Aclaración.

Ojo, que esté inspirado en Metal Gear no quiere decir que sea sobre Metal Gear. No tiene nada que ver, salvo por la temática. La idea me la provocó dicho universo, pero ya está.

Aclarar también que las partes en cursiva son recuerdos del pasado, muy frecuentes en la novela (al estilo Lost). 

Sombras entre susurros.

¡Malditos restaurantes de comida rápida! Te tienen hasta las tantas cocinando hamburguesas que ni ellos mismos probarían, y te dan un sueldo que no te permite ni comer.
Llevo pensando esto durante casi un año cada vez que subo por el ascensor para entrar en mi pequeño y horripilante piso. Uno no se cansa de quejarse. Quizás de vivir bien sí pero, ¿de quejarse? Jamás. O eso quiero creer mientras meto la llave en la cerradura y le doy vueltas, imaginando lo fácil que sería hacer esto si fuera el ojo de mi jefe…
Abro la puerta y dejo la chaqueta  en el perchero. Siempre un orden estricto y rutinario. Ahora la cierro.
Y de pronto siento algo… ¡Hay alguien detrás de mí apuntándome con una pistola!
-¡Algo!-me ordena.
¿Por qué viene un soldado vestido de negro a amenazar a alguien tan normal como yo?
De todos modos, esta situación me está recordando a otra que tuve cuando tenía diez años.

-¿Eres uno de los novatos?-me preguntó un tipo alto que debía tener unos quince años. Su acné y su furia barata le delataban.
-Sí… claro. Soy novato….
-¡Joder!-el muchacho gesticulaba con cierto salvajismo desagradable-¿Cómo te llamas, novato?
-David-contesté, agachando la cabeza.
-Muy bien, David. Aquí hay unas reglas un tanto estrictas, y cuando te dicen que tienes que hacer algo, tienes que hacer ese algo. Cuando te dicen que no te salgas de la fila, es porque no te tienes que salir de la fila, ¿entendido?
-Tenía que ir al baño-apretaba los labios, encendía mis mejillas.
-¿Te dieron permiso?
-No…
-En fin… Estos niños pequeños… Ven, te llevaré de vuelta a la fila.
Me cogió del brazo como si fuera un simple saco de patatas. Le faltó echarme sobre su hombre y zarandearme como si fuera un objeto vulgar e inútil. Cuando me condujo a la fila y me coló entre todos esos niños, sentí como irradiaba calor por sus pupilas, convirtiendo mi cabello y mi ser en meras cenizas.
-Un poco más y te mata…-murmuró una voz femenina detrás de mí.
-Ya ves…-apuntó el chico que tenía justo delante.
-Es que he ido al aseo… no podía aguantarme…-no podía mirar sus rostros. La vergüenza pesaba como un collar de rocas grabadas sobre mi garganta con todos mis pecados grabados en ellas. Solo contemplaba mis pies y el lugar al que se dirigían, lentamente, como unos ignorantes. 
-¿Cómo te llamas?-preguntó la chica, muy alegre y jovial.
-David-era la segunda vez que decía mi nombre ese día, y no sé en cual de las dos estuve más nervioso.
-Pues yo soy Esmeralda, y él es Alfonso.
Creo que Esmeralda siempre mantuvo una sonrisa preciosa. Incluso cuando pasó lo que pasó.
-Ya sabes-saltó Alfonso, más serio y directo-, no te saltes las reglas de este sitio. Mi hermano, que ya lleva aquí un años, me ha contado muchas cosas. Pero vamos, a tus padres le han tenido que avisar, ¿no?
Con toda la naturalidad del mundo respondí:
-No tengo padres…
-¿Los mataste?-preguntó Esmeralda con amabilidad.
-No… Nunca he tenido padres.
Alfonso se llevó la mano a la barbilla y asintió:
-Así que eres huérfano, vaya…
-NO ME GUSTA ESA PALABRA.
Había alzado unos ojos cubiertos en llamas, formando mensajes y una historia pasado indescriptible. Una historia que no era momento de recordar.
<<¡Huérfano! ¡Huérfano!>>, se repetía en mi cabeza.
-Lo siento. Cálmate, que no iba con dobles intenciones ni nada… Aunque te aconsejo que no mires así a tu mentor.-A Alfonso le encantaba hablar-. Sabes que este primer año tendrás en tu cuarto a un alumno mayor que tú que te enseñará distintas cosas, ¿no?
-No, la verdad es que no lo sabía…
-Pues sí, y será mejor que lo trates como si fuera Dios.
-¿Esperas que te toque tu hermano, Alfonso?-preguntó Esmeralda alzando la cabeza tras de mí.
-Ni de coña. Ni sobornándoles me pondrán con mi hermano Eduardo… Estos tíos van a lo que van, y si me ponen con mi hermano, no les saldrá rentable.
Parecía ser el único que no tenía ni idea de qué pasaría allí. El resto murmuraban, se reían, se iban conociendo, y se quitaban de encima la timidez, esa indumentaria que me obligaba a descender los hombros al infierno. Hacía calor. Estaba asustado.
-Tranquilo-Alfonso me había arrancado de mis meditaciones, y yo había dado un exagerado paso hacia atrás-. Este puede ser tu cuarto, pero no sé porqué no hay apellidos en la placa…
-Es porque no tengo apellidos.
-Vaya… Bueno, ¡que tengas suerte!
Alfonso y Esmeralda se perdieron en sus respectivos cuartos, cuando yo no me atrevía a entrar en el mío. Olía el peligro como un cachorrillo abandonado, y creo que eso fue lo que me empujó a abrir la puerta.
Primero un chasquido, después la hoja se desplazó con un murmullo suave, jadeante. Cauteloso, medí hasta el último de mis movimientos. Cada uno de mis segundos. Cada uno de mis pasos.
No había nadie.
Eso pensé, hasta que cerré la puerta de un portazo y sentí como alguien a mi espalda deseaba mi sangre…
Saltó sobre mí, me apresó entre sus brazos, noté el acero inmaculado sobre mi piel. Un poco más de cariño, y la sangre hubiera manado de mi cuello como el agua saltando por una catarata.
-¡Alto!

Primero un cuchillo, y ahora una pistola.

El que me apresaba no tenía intenciones de callarse.
-Cierra la puerta tras de ti con furia de emperador romano, mientras soy yo quien tiene en su dedo la capacidad de los dioses, de darte vida, muerte, o una nueva experiencia que te llevará al Olimpo, donde muchos embusteros han caído bajo las trémulas pero certeras flechas de Apolo, y fueron arrollado por Atenea y su carro. Ahora navega en el hades. ¿Y tu alma sabe nadar o tienen que mostrarle las instrucciones como si de un simple humano se tratara? ¿Serás el Dios de la guerra, o una simple espada que conduce a un hombre a su fin? Escucha el acero porque él te oye a ti, él está vivo pero no muere. Se glorifica con cada gota de rocío que emanan las venas de desgraciados como tú. Aunque si estás aquí es porque puedes caminar, si estás aquí es porque tienes dos escaleras frente a ti. Una hacia el cielo. Una hacia el infierno.
>>Y jamás comprenderás que el camino es el mismo.

-Las manos sobre la nuca. ¡Ya!
Ya sé porque vienen a por un tipo tan normal como yo…

-No estás sudando, ni temblando… No tienes miedo.
Lentamente, espeté:
-No es precisamente miedo lo que siento cuando tengo la muerte tan cerca.

¿¡Cómo no he caído antes!?
Levanto las manos poco a poco.

-Yo soy Tyler. Pero por aquí soy conocido como Trailer.

Es que yo no soy un tipo normal.
Me agacho y doy una patada giratoria en las piernas del hombre de negro con tanta fuerza que le hago caer. Una bala se pierde en el techo, ¡menudo principiante! Antes de que toque el suelo, me repongo, y mi codo le ayuda a descender con mayor celeridad. El tío ha perdido el conocimiento, y me ha regalado una desert eagle. 
Cuanto amor siento al tocarla.
Algo me dice que la broma no ha terminado.
Escucho un crepitar nubloso allí en el salón, por lo que voy a acercarme… a ver qué encuentro. Me pego a la pared con la pistola en la mano, oliendo cada rincón, palpando cada centímetro, saboreando la tensión.
La televisión está encendida. Alguien la está viendo.
-Hola, David.
Esa voz me hace sonreír.
-Hola, Alberto.
Acostado sobre mi sofá, con una escopeta recortada sobre su muslo, no puedo evitar acercarme, y sentarme a su lado.
-No dan nada, ¿no?-le digo.
-La misma niebla de siempre.
Y es que en mi televisor, como en la escuela, no hay ningún canal programado.
Frufrufrufrufrufrufrufrufru…

Bienvenidos.

Bienvenidos todos a este mi humilde blog.

Aquí iré posteando todos y cada uno de los capítulos de la novela que estoy escribiendo. ¿Por qué lo hago en un blog de gamefilia? Pues porque hace tiempo quería escribir una historia al estilo de Metal Gear Solid, sobre espionaje, traiciones, y esas cosillas, y he creído que a vosotros os podrías interesar, o más bien que vosotros sois el público al que va dirigido este proyecto de novela.

Si tenéis alguna duda, o alguna queja o crítica… Por favor, hacedla. No escribo para que me alavéis alabéis, escribo para que me destruyáis.

Muchas gracias. 

 

La misma niebla de siempre.

-¿A qué has venido?-pregunto apretando con fuerza el metal de la desert eagle.
-¿No puedo ver a un viejo amigo?-contraataca Alberto con su altanería de siempre.
-No eres un amigo. Eres un soldado.
-Y uno muy bueno, sí. Venga, David. Hace ocho años, antes de que te largaras, eramos muy buenos amigos. Ahora tienes veinticinco y estás hecho todo un… hombre.
-¿Sabíais todo el tiempo donde estaba?
-Casi todo el tiempo.
Alberto me miró con esa sonrisa suya de niñato superior. Vestido con el uniforme negro de infiltración, parecía un maniquí inflado con esteróides, sin personalidad y sin intenciones. Pero nunca puedes fiarte de un muñeco. Nunca sabes cuando cortará sus hilos y los usará para estrangularte.
-¡Eh, novato!-me llamó el chico mayor del primer día cuando me vio por el pasillo unos meses después.
-Hola.-No tenía más palabras para él.
-Veo que te sienta bien el uniforme de novato.
Azul oscuro con vetas verdes.
-Gracias-le dije con sinceridad.
Él me revolvió el cabello con su manaza, carente de respeto.
-Pareces idiota. Si a un idiota le dices algo bonito, sonríe, sin preocuparse de si es verdad o no. A todos nos queda mal el uniforme de novato.
Le aparté la mano y di un paso atrás.
-Tranquilo, novato.-Calmó su tono y su postura-. Sólo venía para preguntarte qué tal con Trailer. Me han dicho que es tu mentor.
-Es… bueno… es duro. Pero es buena gente.
-¿Buena gente, dices?-se mofó- Si alguien está aquí, es justamente porque no es buena gente. Ya sabes los… requisitos-se relamió los labios al pronunciar tal palabra- para poder formar parte de esta familia. De todos modos, venía para que le dijeras a tu mentor que cuando quisiera, que tendría una revancha.
-Te necesitamos-dijo finalmente Alberto.
-¿Quién me necesita?
-El gobierno de los Estados Unidos y la ONU.
-¿Para qué?
-No puedo decírtelo hasta que no aceptes. Y aceptarás.
La cabeza… Me duele demasiado…
-No terminé mi entrenamiento. Y huí de allí para no convertirme en lo que pretendíais que fuera.
-Eres el mejor soldado que ha tenido nunca el mundo. Nadie te hace sombra. No puedes evitarlo. El entrenamiento no importa, pero sabes de sobra que la sangre que corre por tus venas ansía esa batalla, ansía cambiar el mundo. ¿En cuántas ciudades y pueblos has estado desde que dejaste La Escuela?
Maldito hijo de…
-En más de trescientas…
-Y en todas ellas habrás buscado la manera de cambiar algo, ¿verdad?
-La famosa leyenda de los trescientos espartanos tiene su parte real y su parte ficticia. Cada espartano tenía dos siervos, por lo que ya eran más de lo que pretendían hacernos creer. De todos modos, la pericia de cada uno de estos guerreros equivalía a la de cien persas. Eran máquina de matar. Hombres que sólo habían nacido para morir en el campo de batalla. En la guerra.
-¿Cómo nosotros?-pregunté cuando Trailer guardó silencio.
-Yo prefiero pensar que somos máquinas de cambiar el mundo.
-Ya… ¡Ah! He visto a un tipo mucho mayor que nosotros, que dice que cuando quieras, que tendrás tu revancha. ¿A qué se refería?
Trailer miraba al techo como si no tuviera más remedio. Su enorme y devastador cuerpo se había quedado congelado. No por miedo, sino como si su alma hubiera decidido escapar para encontrar respuestas en otra parte.
Sin más, como si de la voz de los oráculos se tratara, marcó mi futuro.
-Vas a pelear contra él en un combate de boxeo.
-¿¡Cómo!?-salté de la cama y me puse a su lado, por si había escuchado mal.
-Lo que has oído.
-¿Por qué?
Sin cambiar el gesto, ni la mirada, ni su tono de voz, ni su semblante… sin agitar ni un ápice de su piel, y no estoy seguro de si sus labios… dijo:
-Porque para ti soy Dios. Y como en toda religión, debes acatar lo que yo diga, aunque no tenga ningún sentido para ti, aunque parezca cruel e innecesario. Me harás caso porque no existo y me tienes miedo, y el infierno al que se dirigen tus pecados va a ser como si un cuervo te devorara las entrañas cada día. Y tú eres un pecado viviente.
Me está poniendo de los nervios. Me levanto y doy vueltas a ver si me relajo, a ver si se me pasan las ganas de pegarle un tiro. Me rasco la sien con el cañón del arma, para enfriar mis ideas.
-¿Si no lo hago? No podéis matarme.
-A ti no. A ella sí.
El blanco de mis ojos se muestra en todo su esplendor. Alzo mi brazo que desemboca en un instrumento mortal.
-¿De qué servirá que me mates? En cuanto mi corazón deje de latir, el suyo también. Sigues siendo un novato. Has evolucionado, como todos, pero te sigues dejando llevar por esos aspectos de niño que tanto te jodieron. Sigues queriendo apretar el gatillo cada vez que escuchas la palabra “huérfano”.
PUM
Si hubiera levantado la cabeza, se la habría reventado. Ha tenido suerte.
-No tienes más remedio, David. Asesinarán a tu madre si no completas la misión. Y la completarás, porque puedes con todas.
En el ring, Trailer no me miraba, sólo escuchaba. Esquivaba, me zafaba, fintaba, y golpeaba, golpeaba, GOLPEABA, a pesar de que el gentío de querubines que rodeaba el escenario exhalaba alaridos en pos del otro chico.
Mi rostro estaba hinchado, mi lengua saboreaba cada gota de sangre, mis dientes temblaban de emoción, el mundo parecía ir más lento. Mi contrincante era bueno…
-¿Qué te pasa, novato? Pareces cansado.
-No-aseveré-, no y no.
Acometió con su brazo derecho justo a un flanco aparentemente débil. Me zafé y ejecuté un golpe rápido y contundente que dejó una marca roja en su mejilla.
Vítores y alabanzas cambiaron durante un segundo…
-Tú sí que estás cansado.
Me eché hacia atrás en el momento preciso, y mi gancho de izquierda le pilló desprevenido. Después vino una lluvia de golpes en el estómago, las manos me pesaban, los hombros me decían que parase, su sudor se mezclaba con el mío, pidiéndome que acabar con él para siempre. Habría terminado el combate si no me hubiera pillado en el último instante.
Pero no le sirvió de nada.
-Estás muy cansado.
Y ese segundo de alabanzas se prolongó.
Él se acercaba pero sólo tocaba mi guante y ese aire traicionero que no quería llegar a sus pulmones y darle fuerza, mientras enarbolaba hacia él toda clase de trucos.
Iba perdiendo, lo sabía, y no podía con ello. ¡Cuánto le temblaban los brazos! ¡Cuan poco me temblaban a mí!
PUMPUMPAM
Si hubiera tenido más fuerza, ese último golpe le habría echo volar como las aves que jamás seríamos. Sin embargo, cayó como una figurilla de plomo representando una lamentable batalla. 
El combate había acabado. El jaleo ocultaba mi sonrisa.
Segundos después, se quitaba los guantes y los tiraba al suelo.
-Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta.
Le tendí la mano para ayudarle, y él la aceptó con gratitud. Cuando se sostuvo en pie, aunque le costó, me regaló un abrazo. Su figura rodeaba por completo la mía.
-Vale, novato, te has ganado mi respeto. Soy Alberto. Pero, ¿podrías decirme quien te ha enseñado a pelear así?
Con toda la inocencia y la sinceridad del mundo, le sostuve la mirada.
-Nunca antes había hecho boxeo.
-En esa misión-recapacito y voy bajando el arma poco a poco-, es probable que muera, ¿verdad?
-Es probable.
Sonrío. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
-Entonces de acuerdo. ¿De que se trata?
Alberto se levantó y me sostuvo la mirada con tanta inocencia y pesadumbre como antaño.
-¿Recuerdas a tus compañeros de La Escuela? ¿La generación que empezó a entrenarse contigo? Se han rebelado.