Elemental Evolution

Elemental Evolution
By: Chouza

 

 

Andrei Leonowens había sido reclutado por eldepartamento de investigación y desarrollo del ejército soviético. Nole había dado tiempo a nada, ni a despedirse de su familia ni de Rosa,su novia. Estaban paseando por la universidad cuando, sin mediarpalabra, lo apresaron y llevaron, en una furgoneta, junto a otros trescientíficos a la bahía Spasov. Era un frío día de otoño, un doce si norecordaba mal. Entre las grises olas surgió el submarino que losllevaría a una isla del pacífico según les habían dicho. La travesíaduró alrededor de dos meses en los cuales durmieron en estrechasliteras y comieron latas de conserva. Poco a poco fueron conociéndose.

Andrei era el más joven, Dimitri y Nik loseguían y el mayor de todos era Stilyan, que ya casi cumplía un siglode vida. Stiyan trabajaba actualmente en la fabricación de un horno degran potencia. Ya tenía hecho el proyecto, todo estaba calculado almilímetro. Mediante una serie de bóvedas, conductos, válvulas, émbolosy sobre todo mucha madera, se podía construir lo que él mismo habíadenominado como el infierno artificial. 

Dimitri y Nik eran los hijos de un gran químicoruso; Roman Solomatine. A la muerte de su padre habían decidido seguircon sus investigaciones sobre la interacción a gran escala de loselementos químicos sometidos a diversas condiciones de estado. Solíanser bastante antipáticos, les molestaba muchísimo que se entrometieranen sus investigaciones y siempre estaban a vueltas con los amarillentosescritos de su padre. A pesar de su carácter eran muy concienzudos ymeticulosos con su trabajo. 

Andrei, por su parte, demostraba unainteligencia muy superior al resto de universitarios. Desde pequeñotenía una idea en mente; encontrar las unidades de medida perfectas.Siempre había pensado que los metros, los grados, los litros y demásunidades, atendían a razones poco satisfactorias. Tenía que haber unsistema de medición que no fallara, que sirviera para explicarcualquier cosa. No comprendía muy bien por qué lo habían metido en elmismo saco que a aquellos genios… 

La escotilla se abrió. Una caverna mitad metalmitad roca les dio la bienvenida con voz grave. Bajaron por la fríaescalera que dos soldados habían acoplado al submarino. Les dieronórdenes de dirigirse por el ascensor al piso superior, se metieron enel vehículo y desaparecieron en las profundidades de la gruta. Alllegar arriba quedaron asombrados, el complejo científico secretoEstela bullía de actividad. Mujeres y hombres de todos los lugares delmundo apuraban sus pasos de aquí para allá. 

Una cincuentona italiana llamada Tareli les pusoal tanto en un particular ruso de lo que habían venido a hacer allí, dedónde se alojarían, de las reglas y del modo de funcionamiento delEstela. Las grandes potencias mundiales llevaban algo más de una décadatrabajando en el proyecto científico más ambicioso jamás imaginado;Elemental Evolution.

En el año 1.883 un buceador colombiano, en unade sus múltiples inmersiones, encontró unas losas de piedra grabadas.Concretamente siete losas. Pesaban cada una cerca de veinte kilos ymedían más o menos un metro cuadrado. Una sucesión de símbolos deextraña apariencia cubría cada una de las losas. Al no poderdescifrarlas se las vendió a un museo. Pronto el ejércitonorteamericano supo de su existencia y las compró a un alto precio. 

Tras haber pasado por miles de manos fue unamujer quién supo dar significado a los símbolos de las losas. Habíansido grabadas por una antigua raza que había habitado el planeta enarmonía con los elementos. En las losas aparecían los hábitos de esaraza, sus costumbres y su sabiduría. Un pequeño fragmento había llamadopoderosamente la atención de la mujer. Decía lo siguiente: 

“Sabemos que nuestro destino es acabar en lasprofundidades y convertirnos en mito. Hemos vuelto a simplificar loselementos para que el poder de su anterior estado no caiga en malasmanos. Hacer que evolucionen no es fácil y pocas veces a lo largo de lahistoria se ha logrado. Cada vez que evolucionan renuevan el planetapor completo. Cada vez que evolucionan se desencadena una granrevolución…” 

Dicha mujer era Tareli, la futurasupervisora del proyecto Elemental Evolution. Todos los países estabande acuerdo; había que hacer evolucionar a los elementos. Por ellofirmaron el Tratado de los Labios Rojos. Aunque hubieran guerras cadapaís debería enviar a sus mejores y más prometedores mentes al Estela.Era un gran secreto, ningún civil lo sabía. 

La nostalgia y la pena fueron dejando hueco enel corazón de Andrei para dar cabida a la ilusión. Cada día algúncompañero lo sorprendía con alguna invención o artilugio, ellaboratorio más avanzado del mundo estaba a su disposición, un pequeñomundo que se le iba descubriendo poco a poco… 

Los años fueron pasando en una voráginecientífica de continuos descubrimientos, de ensayo y error, deperfeccionamiento. Cada vez se acercaban más a su propósito. AndreiLeonowens estaba algo falto de inspiración en cuanto a la búsqueda delas medidas perfectas y se entretenía ayudando a los demás. Una nocheestrellada en aquella isla, y de bombas en otros lugares, Andrei salióa pasear por la playa. 

La arena se hundía bajo sus pies y el agua selos helaba. Era placentero. A veces alguna alga se le enredaba en lostobillos y lo desequilibraba. Allá, a lo lejos, vio la luz de unalinterna. Al acercarse se encontró con una mujer que tenía el pelorecogido en una coleta. Dos tirabuzones le caían por la cara y teníalos pantalones arremangados hasta las rodillas. 

La mujer se llamaba Vanessa, era de Dinamarca yllevaba gran parte de sus veintiséis años dedicada al estudio de lacapacidad de las estrellas de mar para regenerar los miembros perdidos.Andrei, sin mediar palabra, empezó a ayudarla a capturar esosextraordinarios seres. A partir de ese día, cada noche iba “Leon” a suencuentro con Vanessa que, al enterarse del particular apellido deAndrei, había empezado a llamarle así. 

El recuerdo de Rosa fue marchitándose. Vanessaera pura mitología nórdica que se iba dejando descubrir lentamente, unamujer alegre y sonriente que derrochaba humildad e inteligencia. Juntosfueron confeccionando un meticuloso estudio muy laureado por el restode la comunidad. Ya no pasaban desapercibidos, sólo faltaba conseguiraplicar el resultado del estudio a la regeneración de cuerpos humanos.Se emplearon a fondo días y noches probando esto y lo otro aquí y allá,hasta que al final lo consiguieron. 

Fabricaron un ungüento que al aplicarlo sobre laherida en cuestión estimulaba al organismo a reponer el miembroamputado. Dicho ungüento sólo se podía aplicar antes de que se cerrarala herida. El problema de esto era que el nuevo miembro se desarrollabajoven, es decir, si a un veterano de guerra se le extendía la crema porun brazo amputado, el brazo nuevo tomaría la forma del que tendría unbebé y poco a poco iría desarrollándose como si de una personaindependiente se tratase. 

Habían pasado muchos años. Andrei tenía yacuarenta y siete y Vanessa pocos menos que él. Hacía mucho quecompartían habitación y día a día se querían más. Vanessa era realmenteguapa desnuda. Sus proporciones eran armónicas y su cuerpo derrochabafuerza y vitalidad. A Andrei le encantaba estar con ella, pegar lacabeza a su pecho y dormirse bajo el ritmo de su corazón y acunado porsu olor. A menudo iban a un pequeño acantilado a debatir y aacaramelarse… 

A la muerte de Tareli Vanessa fue elegida comonueva supervisora del proyecto Elemental Evolution. Esta tarea lerobaba mucho tiempo, pero cada vez que podía iba a ver a Leon. Leon seencontraba solo y decidió ocuparse revisando su teoría. Pasadas unaspocas semanas, dio con la solución. Lo hizo al formularse la siguientepregunta: << ¿Cuánto la quiero? >>. Empezó a divagar y trascinco minutos estaba pletórico de alegría, la respuesta era simple, mássimple de lo que siempre había creído. La quería sin más… Ni mucho, nipoco, ni tanto por ciento… La amaba, ella era su universo. El universono estaba creado bajo ninguna medida. Sólo el ser humano se esforzabapor encontrar coincidencias y similitudes en vez de aprovechar, dedisfrutar, de vivir…

Sintió el hombre una paz consigo mismo inmensa,pero decidió no contarle su descubrimiento a nadie. Lo tomarían por underrotado que había buscado una solución fácil. Andrei se sentía feliz,el resto, a excepción de Vanessa, no le importaban. Los días se fueronsucediendo como venían haciéndolo desde hacía milenios, Andrei comenzóa ayudar a Vanessa a gestionar el descomunal proyecto. Tenían tiempopara ellos y una de esas tardes de cielo plomizo y destellos de cobreardieron en el calor de la sala de calderas. 

Andrei contemplaba como Vanessa se mordía ellabio inferior para ahogar el placer. Suspendida a dos palmos del sueloy apoyada contra la pared sumergía sus dedos entre el pelo de Leon. Elsudor los cubría, rieron de placer, se acariciaron…

Andrei retomó el proyecto de Stilyan, que habíafallecido con casi todo el trabajo hecho. El infierno artificial, elhorno más colosal que habría fabricado la raza humana… Le sorprendió lapulcritud de cálculo y redacción. El trabajo era realmente fácil.Involucró a una veintena de jóvenes científicos y los puso a sudisposición. Estos discípulos eran conocidos en el Estela como “Loshijos del carbón”. Usaban ropajes rojos y era todo un espectáculocontemplarlos.

Las personas son felices al sentirse parte dealgo selecto. Esta distinción los hacía trabajar con ganas y cuidado.Andrei se ocupó personalmente de que ninguno de ellos fuese a trabajarcon sueño. Prefería que si lo tenían se quedaran descansando ya que notrabajar al cien por cien podría suponer algún fallo.

Pasados dos meses los habitantes de la islafueron conducidos al exterior. Era una noche calurosa. Uno a uno ibanlevantando la mirada para quedar estupefactos. El infierno artificialera inmenso. Andrei y los hijos del carbón sonreían al pie de aquellaobra de doscientos metros de altura y setenta y cinco de diámetro. Lasparedes exteriores tenían varias capas de aislante térmico y estabanrecubiertas de rocas para que no desentonara con el entorno.

El proyecto había avanzado a pasos agigantados,todo estaba listo. Tantas copias de la tabla periódica de Mendeleievhabían sido gastadas con el uso y tantos elementos despertaban tantaadmiración que todos los presentes querían ver la revolución prometidadurante décadas. Los más místicos incluso notaban la presencia de losque, por muertos no habían podido asistir en persona. Ánimas azuladasexpectantes entre los vivos.

El horno llevaba semanas seguidas quemandocombustible. Una humareda cenicienta aplacaba el aire marino. Andreiobservó a la multitud bajo la quebradiza noche. Se ató el calzado, seabrochó la chaqueta y, cojeando, recorrió la pasarela hasta el palcodonde estaba Vanessa.

Ella lo miró nerviosa. Aún conservaba esasonrisa que a Leon le volvía loco. Estaba guapísima a pesar de su edad.Tras unos pocos minutos. Vanessa le cedió la palabra a Leon. Los hijosdel carbón ardieron en vítores.

– Apagad vuestra alegría. Ahora… ¡qué comience la fiesta!

Gritos de exaltación sobrevolaron las cabezas delos presentes. La enorme maquinaria comenzó a funcionar. Al infiernoartificial se le habían acoplado cientos de ingeniosos artilugios. Cadapersona había puesto su pequeño granito de arena para hacer realidad elsueño de Stilyan. Las válvulas, palancas, interruptores, engranajes,poleas, émbolos , pistones y demás provocaron un ruido atronador.Andrei echó una gran cantidad de todos los elementos químicos conocidosal denso fuego.

Un silencio inquietante se adueñó de cada átomodel planeta. De repente empezó a manar un fluido de un azul eléctricodel horno. Allá por donde pasaba regalaba vida. Vanessa denominó alfluido de la siguiente manera: Unum. Un gran jolgorio se adueñó de todoslos presentes.

Andrei contemplaba a Vanessa y a sus dostataranietos; Stilyan y Rosa. Tenían un pelo negro, casi azul.Correteaban llenos de vida. Andrei Leonowens y Vanessa Andersonentrelazaron sus manos. Habían pasado ya varios siglos desde aquello.Eran inmortales, al igual que todos los que tocaron el Unum. La granrevolución se trataba ni más ni menos que una gran comunidad de mentesbrillantes eterna. Siglos atrás otra isla bañada por ese fluido azulacabó en el fondo del mar, la Atlántida… 


 

Espectacular relato, hecho por nuestro compañero blogger Chouza, en agradecimiento a mi participación en el diseño de su skin. Muchas gracias Chouza, y los dos esperamos con ansias sus comentarios. 

Un saludo!

P.d. Adjunto el Wallpaper en el que se baso diseño que le hice a Chouza para su blog.