Objetivo: retomar la escritura

Saludos a tod@s tras tiempos de oscuridad y todo eso… Very Surprised

Me he planteado, como bien dice el título de la entrada, retomar la escritura después de muchos meses en que he preferido dedicarme a otras aficiones al tiempo que cultivaba mi cuerpo LMAO y suspendía penosamente (puñeteras dominadas de los coj…) las pruebas para Vigilante de seguridad y que espero superar ya de una vez por todas el 13 de Septiembre, mi Día D particular.

 Mi idea en esta ocasión es ser menos ambicioso y dedicarme a escribir historias cortas incluso haciendo algún tipo de juego con vosotros compañeros blogeros del que hablaremos en uturas entradas.

La primera historia ronda mi cabeza desde hace mucho y, cómo no, estará ambientada en un apocalipsis zombi. Todo muy monotemático, ya lo sé pero llevo varias semanas queriendo ponerme con ella y mucho más tiempo rondándome dentro de mi enfermiza cabeza.

¿Cuándo llegará? No lo sé pero trataré de que sea como mucho a lo largo de Septiembre y poder iniciar una historia y acabarla aunque sea corta.

Sin más me despido deseando que todo os vaya bien. 

El blog supera las diez mil visitas.

Saludos a tod@s.

Entre ayer y hoy el blog ha superado las diez mil visitas. Es un hecho de agradecer, porque lleva sin una entrada hace mucho. Siento que la cosa hay ido así pero he pasado un cierto bache y necesitaba hacer otras cosas (entre ellas esta semana he empezado en el gimnasio a prepararme las pruebas para vigilante de seguridad) y no quería escribir por escribir sin tener las ideas claras.

Espero que próximamente, no prometeré fechas porque no quiero llevaros a engaño, la historia continue y siga teniendo gente que quiera seguir leyéndola.

Sin más me despido dando las gracias en especial a solid_caim y Desmodius por su apoyo constante y también a los que no opináis ni dejais vuestra impronta por aquí pero leéis lo que cuelgo.

Sin más me despido diciendo hasta pronto.

Me gustaría saber vuestra opinión sobre un relato que he presentado a concurso.

Hola de nuevo.

Después de pensarlo mucho me he decidido a pediros amablemente que miréis el relato que he presentado al concurso de Aullidos.com y me digais qué os parece. Os dejaré el link a la web desde la que podéis acceder al PDF.

Ni siquiera espero que estéis registrados allí para que podais votarme. Lo que me gustaría es que hagáis críticas sinceras acerca de él en esta misma entrada. Se lee rapidito y acepto todo tipo de críticas siempre que sean constructivas. Vamos, que si os parece malo o bueno intentéis decir el por qué.

Abajo tenéis el link.

Gracias de antemano.

http://www.aullidos.com/relato.asp?id=44

 

La muerte empieza en el kilómetro cero, Día 4, Segunda entrada

NO HAY VIVOS AQUÍ 

Tras preparar el almuerzo, Irene y Guty se habían percatado que la comida empezaría a escasear en breve. Sopesaron varias opciones para hacerse con nuevos víveres.

 

La primera de ellas, intentar salir a la calle y saquear algún comercio cercano, quedó descartada de inmediato. Las criaturas no eran especialmente inteligentes o rápidas y esquivarlas en terreno abierto era relativamente fácil, sin embargo, en cualquier tienda o supermercado podían haber quedado zombis que podrían acorralarles y acabar con ellos. También pensaron en bajar hasta el parking e intentar salir de allí con el coche de Irene. Además de la cuestión de no saber a dónde dirigirse, quedaba el hecho de que conducir por unas calles con coches abandonados sin ton ni son y con peatones que no se apartarían al escuchar el coche venir. Lo más probable era que terminaran estrellados en algún lugar o frenados por las hordas de muertos que poblaban ya las calles de la ciudad.

 

Descartadas esas dos opciones, Guty planteó la posibilidad de continuar lo que él había iniciado. La búsqueda de supervivientes en los restantes pisos del edificio o, en su defecto, viviendas cuyos ocupantes hubieran dejado abiertas al tratar de huir de sus familiares infectados. Quizá tendrían más fortuna cuando llamaran a algunas puertas si la que hablaba era Irene. Decidieron probar.

 

La primera cuestión que se les planteó fue qué hacer con los zombis de la puerta de al lado. Hacía ya horas que madre e hijo no golpeaban la puerta, ni se escuchaban sus gemidos. Echaron un vistazo por la mirilla de la puerta, lo cual no les ayudo en demasía. Frente a la puerta no había nadie pero eso no impedía que según pusieran el primer pie en el pasillo las criaturas se abalanzaran sobre ellos. Necesitaban equiparse antes de salir.

Llenaron una par de mochilas con bolsas de plástico para poder cargar con la mayor cantidad de alimentos que fuera posible una vez aquellas estuvieran llenas. Cogieron también una linterna después de comprobar que las pilas no les dejarían tirados en el peor momento. Pese a que era de día, los descansillos de la escalera y los interiores de las casas podían estar insuficientemente iluminados y probablemente encender las luces atraería a los muertos. Por último se armaron como buenamente pudieron. Guty se hizo con una hachuela de cocina de unos 20 centímetros incluyendo el mango e Irene se armó con un cuchillo algo más largo pero menos contundente.

 

Así ataviados se dirigieron a la puerta. Guty portaba en sus manos la linterna y la hachuela. Se colgó la primera del cinturón y antes de abrir dijo:

 

-Venga, nos vamos de excursión- Irene no pudo evitar reírse.

 

El joven entreabrió lentamente la puerta y echó una ojeada al exterior. No había moros en la costa. Tras un gesto suyo ambos salieron al descansillo y cerraron tras de si. Tenían dos pisos hacia arriba y hacia abajo que explorar. Comprobaron que el ascensor funcionaba y decidieron realizar la tarea de ir de puerta en puerta de abajo a arriba. Según Guty, había algunas viviendas habitadas en los pisos inferiores aunque no habían querido abrirle. Quizá las cosas cambiaran si oían la voz de una mujer al otro lado de la puerta.

 

Tras salir del ascensor en la primera planta empezaron por la puerta con una “A”. La respuesta que recibieron del interior les hizo desistir inmediatamente. Los gruñidos de uno de aquellos seres dejaban claro que no encontrarían allí a nadie con vida. El joven se sorprendió cuando vio como Irene sacaba alguna cosa de uno de los bolsillos de su mochila.

 

-¿Qué es eso?- inquirió con curiosidad.

-Algo que he traído para dejar avisos- fue su respuesta mientras escribía a la derecha de la puerta la siguiente frase con un pintalabios: “No hay vivos aquí”.

 

En esa planta no tuvieron mejor suerte en sus siguientes intentos. De las cinco letras del alfabeto que identificaban a los distintos pisos sólo en la “D” había alguien con el corazón bombeando sangre en sus venas. La señora, por la voz parecía una anciana, les dijo que únicamente abriría a la policía, que tenía comida suficiente para muchos días para ella y su perro y que no la compartiría con nadie. El resto de puertas quedaron marcadas con aquella ominosa frase “No hay vivos aquí”, aunque no todas estaban habitadas por zombis. Por desgracia ninguna puerta estaba abierta así que siguieron su camino hasta el siguiente piso con las manos vacías.

 

Antes de llegar al último escalón, Guty se asomó girando a ambos lados la cabeza. A simple vista tampoco había ninguno de ellos. En esta ocasión comenzaron por la quinta letra y siguieron la cuenta atrás. Las cuatro primeras puertas fueron de nuevo un fracaso. Dos de ellas quedaron marcadas y en las otras dos tampoco quisieron saber nada de ellos. Estaba claro que la gente no se fiaba de nadie y no les culpaban. Se sentían relativamente seguros tras sus puertas blindadas y los escasos víveres que les quedaban eran para ellos más valiosos que el oro. Irene había esperado algo más de colaboración de sus vecinos aunque para ser sinceros, con sus horarios de trabajo había entablado muy poca relación con ellos en los dos años que llevaba viviendo allí.

Al llamar a la última puerta fue cuando su sino pareció cambiar. Cuando golpearon con los nudillos, la puerta giró sobre sus goznes y se abrió un poco. Los ojos de ambos se encontraron con una mezcla de miedo y esperanza en sus miradas. Entraron con cuidado y lo más sigilosamente que les fue posible. Guty encendió la linterna y enfocó el haz al fondo del pasillo para después recorrer las paredes. Dos puertas a la izquierda, ambas cerradas, y una mayor a la derecha; debía ser el salón. La última era la única abierta.

 

-La distribución es totalmente diferente a la de mi casa- susurraba Irene a la espalda del joven-. Ya me dijeron los anteriores dueños que habían hecho reforma pero no imaginaba…

-Chssst- la interrumpió Guty mandándola callar mientras se acercaba a la puerta del salón. Tras dar una pasada con la linterna y no hallar nada más que una ventana abierta por la que entraba una ligera brisa, pareció relajarse-. Tranquila, es exactamente igual que el que compartía con mis colegas.

 

Hasta el momento ningún ruido les hacía pensar que pudiera haber uno de ellos. Siguieron andando hasta el final del pasillo donde éste se bifurcaba. A la izquierda se encontraba el baño y a la derecha la cocina, su objetivo. Si Guty no recuerda mal, se trata de una de las habitaciones más grandes de la casa, recuerdo de una época en que se pasaba más tiempo en la cocina que hoy en día. En cuanto llegan allí comienzan a registrar la nevera y los diversos armarios y cajones. La búsqueda resulta fructífera y en pocos minutos tienen llenas ambas mochilas. Sólo con eso tendrán para subsistir varios días más. Depositan por un momento las mochilas sobre la mesa de gran tamaño que preside el centro de la estancia. Se sonríen el uno al otro cuando un tremendo golpe les hiela la sangre.

 

-Eso ha sido un portazo-alcanza a articular Guty mientras se cuelga su mochila a la espalda. Le indica a Irene que haga lo mismo y espere. Ambos recuperan sus armas que también se encontraban encima de la mesa-. Voy a echar un vistazo.

 

Habían olvidado cerrar cuando entraron y el aire que entraba por la ventana del salón debe ser el culpable del portazo. Cuando el chico se asoma al corredor el color abandona sus mejillas. En la intersección entre los pasillos se encontraba una de esas criaturas. Su cabeza se mueve ansiosa como si de un perro tras un rastro perdido se tratara. De repente la gira bruscamente hacia la entrada de la cocina. El joven consiguió por muy poco retirarse a tiempo de que el ser no lo viera, o al menos eso creía.

 

Pese a todo, unos pasos lentos comenzaron a aproximarse a la cocina. Asustados, Irene y su nuevo amigo se agacharon tras la mesa.

 

-Tengo una idea- dijo él.

-Pues habla por esa boquita guapo, porque seguro que eso que se acerca puede dar buena cuenta de los dos sin despeinarse.

-En cuanto esté frente a la mesa, la empujamos con todas nuestras fuerzas para atraparlo contra la pared- explicó velozmente-. Espero que el factor sorpresa nos de tiempo a salir corriendo y cerrar la puerta.

 

La mirada que le lanzó Irene dejaba bien clara su opinión acerca del plan. Sin embargo, lo cierto, era que parecía su mejor opción. El zombi continuaba su parsimonioso avance por el pasillo crispando cada vez más los nervios de sus futuras víctimas. Cuando por fin entró en la cocina, no pareció reparar en las dos figuras acurrucadas tras la mesa en la semipenumbra de la habitación. Continuó su andar cansino hasta situarse frente a la mesa, momento en el cual y tras el grito de “¡¡¡AHORA!!!” de Guty, ambos empujaron la mesa con todas sus fuerzas contra el ser.

 

El desagradable crujido de huesos del muerto les hizo pensar que todo había salido según lo planeado; sin embargo, el muerto comenzó a arañar violentamente la mesa con las manos y a lanzar dentelladas al aire. Al parecer las piernas le habían quedado inutilizadas después del golpe, pese a lo cual, en cuanto aflojaban algo la presión sobre la mesa intentaba desplazarse hacia su derecha usando las manos para ponerse ante la única salida. Si dejaban que se liberase, no les daría tiempo a salir de allí con la seguridad de no ser alcanzados por la criatura.

 

-Irene, necesito que aguantes tú sola la mesa durante un momento.

-¿Estás loco? No irás a hacerte el héroe o algo así.

-Tenemos que acabar con él o no saldremos de esta- respondió el joven-. En todo caso, si fallo podrás largarte mientras se entretiene conmigo.

 

La mujer le lanzó una mirada de reproche pero acabó asintiendo con la cabeza. No sabía qué peregrina idea rondaba por la cabeza de su amigo pero o hacían algo o en unas horas serían como aquella cosa que les miraba fijamente mientras seguía golpeando la mesa, la cual ya empezaba a ceder por algunos sitios.

 

A una señal de Guty su compañera empujó con todas su fuerzas mientras él soltaba la mesa y blandía la hachuela sobre su cabeza. En seguida notó cómo el zombi empezaba a ganarle la partida por liberarse. Aprovechando que el ancho de la mesa impedía que las manos del engendro les alcanzaran, el muchacho propinó varios golpes con la afilada hoja de su arma doméstica hasta que finalmente uno de ellos seccionó limpiamente aquel brazo putrefacto un poco más arriba de la muñeca.

 

Irene creyó que vomitaría o perdería el sentido, o ambas cosas a la vez, cuando la mano pasó volando al lado de su mejilla derecha y del muñón comenzó a manar una especie de líquido entre marrón y negro. Para su sorpresa, no sólo no se desmayó sino que se impulsó aun con más fuerza para mantener a la criatura a raya. Guty por su parte se subió a la mesa y aprovechando que con aquel muñón el zombi no podría herirle asestó un golpe con toda la fuerza que fue capaz de reunir, clavándole la hachuela de cocina en el cráneo. Repitió la acción una y otra vez hasta que lo que antes era una cabeza se convirtió en un amasijo de pelos, sangre y lo que debió ser el cerebro. El muerto falleció por segunda y última vez.

 

Tras el espectáculo, Irene termino por vomitar sobre el suelo de la cocina hasta que ya no le quedó más que bilis. Mientras Guty limpiaba la hoja de la hachuela con un trapo que había sacada de un cajón cercano. Las manos le temblaban tanto que se hizo varios pequeños cortes en una de ellas mientras realizaba dicha tarea.

 

Un par de minutos más tarde abandonaban la casa cerrando tras de si la puerta para dirigirse a la casa de Irene. Por hoy habían tenido suficiente. Antes de subir las escaleras marcaron la puerta.

 

NO HAY VIVOS AQUÍ

Algo así es lo que blande Guty en este capítulo.

 Así es la hachuela de Guty

LA muerte empieza en el kilómetro cero, Día 4, Primera entrada

MADRID, SIERRA OESTE 

Julia no podía evitar pensar cuan bello era el amanecer y cuánto contrastaba eso con la locura en que se estaban convirtiendo sus vidas. El café con leche humeaba entre sus manos y le ayudaba a calentarlas en la fría mañana. En Robledo de Chavela las primeras horas del día podían ser frescas incluso en verano y ya estaban a finales de octubre. El buen tiempo acompañaba aun, pero Julia no dejaba de rumiar la idea de que la nieve no tardaría en hacer aparición. Las nevadas seguramente les servirían como barrera natural contra los muertos pero también dificultarían a su marido el poder llegar hasta ellos si no emprendía su viaje ya.

 

Una mano que se posó en su hombro la distrajo de tan oscuras cavilaciones y le hizo dar un pequeño respingo con el que estuvo a punto de derramar el contenido de su taza.

 

-¿Qué tal has dormido mamá?

-Creo que algo mejor que tú cariño –respondió mientras fijaba la vista en el rostro de su hija-. Sé que es duro pero debes tener fe. Luis conseguirá llegar hasta aquí sano y salvo. Siempre ha sido un hombre de recursos.

-En eso tienes razón pero, ¿puede alguien estar preparado para enfrentarse a ese holocausto en que se ha convertido Madrid?

-Lo único que puedo decirte de nuevo es que tengas fe.

 

Pasaron unos minutos en los que ninguna de las dos pronunció palabra alguna. Volvieron en si cuando la niña y su abuelo les llamaron desde la ventana de la cocina. El desayuno estaba listo. Julia no tenía mucho apetito pero decidió que debía obligarse a comer algo. Tanto ella como sus padres trataban de hacer de toda aquella experiencia algo que fuera lo más cercano a  la normalidad para Elena. En general lo estaban logrando aunque la cría no paraba de preguntar por su padre. Jamás había estado separada de él más de veinticuatro horas.

 

Tras el copioso desayuno, Julia y su padre, decidieron que debían acercarse a pueblo a hacerse con más provisiones para la despensa. Aun les quedaban muchos alimentos pero, después de ver cómo estaba evolucionando todo, la rapidez con que la ciudad de Madrid y su periferia caían ante el avance de los zombis, estaba claro que el pánico haría presa en la gente de zonas como la sierra que aun estaban a salvo. En situaciones como la que sufrían, el miedo se plasma primero en un ansia acaparadora, especialmente de alimentos.

 

Cuando llegaron al supermercado se sorprendieron ante la poca gente que había. La población habitual de Robledo no era muy numerosa y estaba claro que no demasiados habían tomado la decisión de irse fuera de Madrid en las primeras horas de la plaga. Sin embargo, tras pasar al lado de los primero estantes, entendieron que si había poca gente era porque ya quedaba poco que comprar. Pese a ello fueron capaces de encontrar bastante de las cosas que necesitaban y además se hicieron con un cargamento de semillas de diversas verduras y legumbres. De esa sección no faltaba prácticamente nada, lo cual, dejaba claro que le gente creía que la crisis en que se hallaban inmersos se solucionaría a corto plazo. Julia y su padre decidieron que sería mejor prevenir que curar.

 

Se encontraban ya en la caja cuando escucharon el alboroto al fondo del establecimiento. Por lo que parecía, varias personas se peleaban. Los gritos ponían nerviosos a los pocos clientes, que aceleraban el ritmo, depositando el contenido de sus carritos con rapidez en las cintas. La discusión se interrumpió y segundos después pasó como una exhalación un hombre, que debía ser uno de los participantes en ella, murmurando algo entre dientes.

 

-¿No era ese nuestro vecino el señor Collado?- inquirió Julia a su padre.

-Si que parecía él pero jamás le había visto así. Supongo que todo esto le está desquiciando.

 

Julia iba a decir algo más cuando los gemidos de un hombre la interrumpieron. Se trataba de uno de los empleados del supermercado. Venía del mismo sitio del que llegara unos instantes antes el señor Collado. Se apoyaba en una compañera mientras se agarraba con fuerza el brazo. La manga azul celeste se oscurecía por momentos alrededor de la mano que rodeaba el antebrazo herido.

 

-Imagino que tendréis botiquín- dijo Julia mientras dejaba a su padre y se dirigía hacia los dos jóvenes. Era difícil decidir cual de los dos estaba más pálido. La chica asintió con la cabeza-. Muy bien vamos a echarle un vistazo a esa herida. Soy enfermera e intentaré ayudaros en lo que pueda.

 

Una vez dentro de la estancia donde tenían el botiquín lavaron y desinfectaron la herida. La fortuna sonrió al chico pues la herida parecía más grave de lo que realmente era por lo escandaloso de la sangre. Mientras continuaba con la cura, Julia no pudo evitar preguntarle qué había sucedido exactamente.

 

-Ese hombre me vio reponiendo en la zona de lácteos, que es de lo poco que aun nos queda en el almacén, y me abordó recriminándome que no encontraba casi ninguno de los productos que necesitaba -el joven se encontraba aun visiblemente nervioso por el shock de lo vivido minutos antes-. Entonces comenzamos a discutir porque, si ha visto la tele, el mundo se está yendo a la mierda. Le dije que ya hacíamos bastante con estar abiertos con todo lo que estaba sucediendo.

 

Se interrumpió con un rictus de dolor en el rostro. Julia le preguntó si estaba apretando demasiado el vendaje sobre el apósito, a lo que el chico respondió afirmativamente. La mujer deshizo la última vuelta de venda y le instó a continuar.

 

-Pues eso, –reinició el empleado el relato- que tras decirle aquello se puso hecho una fiera y no sé de donde sacó un cuchillo de cocina y me atacó a la altura de la cara. Conseguí cubrirme con el brazo y gracias a  la aparición de Fabiola pareció recapacitar y se largó.

 

Julia no pudo evitar pensar en qué poco tiempo puede una situación límite llevar a la gente a la locura o sacar a flote algo que ya estaba ahí, esperando a que los muros que lo contienen se derrumben para hacerse con el control.

 

-Bueno, ya está –dijo al terminar el vendaje-. Imagino que llamaréis a la policía.

-La cuestión- intervino la joven- es que en Robledo sólo quedan un par de agentes y no dan abasto. Llamaremos pero lo más probable es que no puedan hacer nada o que cuando lo hagan ese hombre ya haya desaparecido de los alrededores.

 

La mujer les facilitó la dirección del señor Collado. Lo sucedido en el supermercado no podía acabar así. Además, dudaba que se marchara del pueblo. En la situación actual no había ningún sitio que resultara más seguro, si es que alguno lo era.

 

Después de quince o veinte minutos que a Antonio, el padre de Julia, se le hicieron eternos, su hija reapareció por la puerta de la zona del supermercado vedada a los clientes. Tras ella la joven empleada con un rostro que casi había recuperado su tono natural. No dejaba de darle las gracias a la mujer una y otra vez.

 Padre e hija salieron del local en cuanto terminaron los agradecimientos. Metieron todo en el maletero y entraron en el coche. En el corto camino de regreso a casa, Julia no podía quitarse de la cabeza la idea de que pasarían los días venideros conviviendo puerta con puerta con un lunático. Deseó con todas sus fuerzas que Luis consiguiera escapar de la capital cuanto antes. No se consideraba una cobarde ni una mujer que necesitara de su “maridito” para sacarla de apuros pero estaría más tranquila con él a su lado.

La muerte empieza en el kilómetro cero, Día 3, entrada final

DISCREPANCIAS 

Las cosas se empezaban a torcer demasiado pronto en El Corte Inglés de la calle Preciados. Pese a que habían visto el vídeo en más de una ocasión, no todos estaban de acuerdo en mantener encerrado a Fernando. Los gritos y puñetazos de éste último en la puerta del cuarto donde lo había encerrado Fran no ayudaban demasiado.

 

-Creo que es una estupidez tenerlo ahí aislado –razonaba Oscar, otrora vigilante de joyería. Siempre había sido de los que se preocupan sólo de si mismo-. En su situación quizá más de uno habríamos actuado igual.

 

-Vaya Oscar, me alegra saber que será mejor no tenerte a mi espalda en un futuro.

 

-Si quieres ser un hipócrita Rubén, por mi perfecto; pero déjame recordarte que no hace ni veinticuatro horas que hemos estado matando a esos seres para poder movernos con libertad por el centro. Las cosas han cambiado, lo queráis ver o no.

 

La discusión continuó durante mucho tiempo. Para sorpresa de Fran, sólo cuatro de sus compañeros y los vendedores de Preciados 9 le apoyaban en su decisión de mantener prisionero al jefe de planta. La idea de tenerlo suelto por ahí desagradaba a Fran pero, viendo como se había caldeado el ambiente, podría resultar peor tener enfrentados a unos contra otros en un espacio grande pero cerrado como era el centro comercial. Además, aunque sólo él tenía acceso al armero del personal de seguridad, Oscar también iba armado y no quería que aquella disputa derivara en algo que todos se vieran obligados a lamentar en un futuro.

 

-Está bien- alzó la voz interrumpiendo el griterío que se había adueñado del despacho-. Liberaré a ese hijo de puta con una condición; le tendremos vigilado y si intenta jugárnosla, volveré a meterle ahí y tiraré la llave.

 

Como era de esperar, los partidarios de mantenerle encerrado protestaron ante la decisión. Fran rechazó las quejas con un gesto de la mano y se dirigió a la puerta detrás de la cual Fernando seguía exigiendo que le liberaran a voz en grito.

 

-Apártese de la puerta para que pueda abrir-le indicó Fran.

 Los chillidos del asesino cesaron. En cuanto abrió la puerta, Fran le bloqueó el paso y acercándose a su oído le susurró:

 

-Como se la juegues a alguno de mis compañeros o a mi te juro que te mato, bastardo. ¿Me has entendido?

 

Cuando se retiró y dejó vía libre al hombre al que había encerrado la palidez de su rostro le dejó claro que le había entendido. Fernando salió del despacho de seguridad y el resto de los que estaban por allí se fueron también salvo Rubén.

 

-Quiero que lo mantengas vigilado todo el tiempo que puedas con las cámaras-le pidió Fran en cuanto se quedaron totalmente solos.

-No te quepa duda de ello. Ni siquiera hacía falta que lo pidieras.

  EL CHINO DE LA ESQUINA 

La noche empezaba a caer sobre la ciudad y los supervivientes de la pequeña tienda habían desistido en su búsqueda de algún canal de televisión que les permitiera olvidarse del infierno que les rodeaba y habían apagado el aparato. La plaga continuaba extendiéndose a una velocidad pasmosa y en todas las autopistas cercanas a la capital se habían producido enfrentamientos como los del peaje de la A-4 con el mismo fatídico resultado.

 

Luis llevaba todo el día dándole vueltas en la cabeza a la idea de largarse de allí e intentar llegar por sus medios a la sierra, el lugar donde sus seres queridos le esperaban. Los enemigos que le esperaban fuera eran muchos pero eran más lentos y quizá al abrigo de la noche les sería más difícil detectarle. Su intención era regresar a las barricadas de Embajadores porque tenía la esperanza de poder usar alguna de las motos de policía que habían quedado. Si no recordaba mal tanto Juan, que seguía congelado a pocos metros de él, como el compañero al que habían abatido cuando huían de Embajadores habían llegado en moto. Alguno de los dos debía conservar las llaves.

 

Xiaomei le llamó desde la trastienda. Miguel y ella se habían encargado de preparar la cena mientras dejaban a Luis con sus cavilaciones. Sabían que lo que se había visto obligado a hacer por la mañana le afectaba profundamente. Matar para vivir, a eso habían llegado en éste Madrid que más bien parecía una puerta abierta al averno.

 

Durante la cena, en la que incluso el padre de la joven estuvo algo comunicativo, lo cual ya era mucho, les expuso cual era su idea. Les dijo que seguramente la llevaría a cabo la noche siguiente. Ninguno trató de disuadirle. Cómo hacerlo tras haber visto las imágenes por televisión. Todo se estaba viniendo abajo y había quedado patente que difícilmente aparecería nadie para salvarlos como acostumbran los marines en las películas de Hollywood.

 

Después de cenar apañaron la trastienda como pudieron para tratar de descansar. Allí los sonidos de los muertos que dominaban las calles llegaban tan ahogados que incluso eran soportables.

El relato regresará a lo largo de esta semana.

Saludos a tod@s.

Hace ya dos días que regresamos de Canarias y el relato sigue aun parado. En los días de vacaciones he desconectado demasiado de todo y necesito centrarme para emprender de nuevo el proceso creativo.

Es probable que la nueva entrada concluya el día 3 de la historia y la acción será bastante escasa porque quiero que las relaciones entre los grupos de supervivientes vayan obteniendo cierta profundidad.

Perdón por la espera y deseo que lo siguiente que se publique sea de vuestro agrado.

Descanso de la historia por vacaciones.

Saludos lector@s.

Para que no penséis que abandono esto os aviso que el jueves nos vamos a Fuerteventura (mi querido paraiso en Canarias) para que el grueso de la familia conozca a la enana. Volveremos el día 6 de septiembre y desde la última entrada no he escrito nada ni lo haré seguramente hasta la segunda semana del mes que viene. Veo difícil ponerme a ello con la de gente que hay por visitar y la playita y eso. Very Happy

No sé si cuando vuelva tendré nuevos seguidores, espero que si, pero que al menos a los que empezasteis a leer esto y vais atrasados con esta época estival que tan poco tiempo nos deja, aunque parezca que tenemos todo el tiempo del mundo, os sirva la pausa para poneros al día y seguir la historia según se vaya publicando.

Gracias de nuevo por leerme y si os vais por ahí de vacaciones que disfrutéis mucho.

La muerte empieza en el kilómetro cero, Día 3, entrada decimocuarta

EL CHINO DE LA ESQUINA 

Como si de un principiante se tratara se había quedado dormido. Luis se maldecía mientras se desperezaba y dio gracias cuando vio el movimiento irregular del pecho de Juan bajo las sábanas. El joven aun no había muerto aunque su respiración entrecortada y los lapsos de tiempo cada vez más largos que se tomaban sus pulmones para llenarse de nuevo del vital oxigeno dejaban claro que estaba en las últimas.

 

El hombre postrado en la cama había pasado la noche en un estado febril que parecía haberle causado diversas alucinaciones. Luis había intentado calmarle mientras hablaba, en ocasiones gritaba, en sueños. No había servido de mucho pero al menos le había tenido ocupado gran parte de la noche. En un momento determinado el joven incluso había llegado a despertar con cierta lucidez, ocasión que había aprovechado para pedirle que transmitiera diversos mensajes a familiares y amigos. Quedó claro que sabía que no saldría de aquello. Luis hizo lo único que se puede hacer ante los últimos deseos de un moribundo, prometerle que lo haría. Sabía que sería imposible en la situación actual cumplir la promesa, máxime cuando las personas que debían recibir los mensajes estarían en esos instantes rondando las calles en busca de más presas o hechos papilla contra la acera como los suicidas de la tele.

 

Algo llamó la atención de Luis. No se trataba de un sonido sino precisamente de la ausencia del mismo. Las respiraciones de Juan habían pasado de irregulares a inexistentes. Se levantó y se acercó a la cama mientras desenfundaba la pistola, quitó el seguro y tanteó el cuello del que fuera su amigo con las yemas de sus dedos buscando el pulso. Nada, el corazón había dejado de hacer su trabajo. ¡¡Cerrado por defunción!!

 

No fue necesaria toda esa parafernalia típica de las películas de cerrarle los ojos que miraban al vacío pues, el joven había muerto sin despertar. Con el arma colgando a su costado derecho comenzó a preguntarse si realmente la herida del brazo sería suficiente para que Juan regresara convertido en uno de ellos. Podría haberse ahorrado esperas y quebraderos de cabeza disparándole a quemarropa en la frente en ese instante pero la munición no les sobraba y no quería verse en la tesitura de necesitar en el futuro el proyectil y tener que lamentar haberlo usado sin sentido. Se sentó de nuevo en la silla y se dispuso a esperar mientras bebía una botella de agua.

 

La espera fue corta, demasiado corta para lo que había visto dos días atrás en Sol. Habían pasado diez escasos minutos cuando Juan –bueno lo que antes era Juan- se sentó en la cama y abrió los ojos. Cuando sus ojos se posaron en Luis, el agente vio que en ellos ya no quedaba nada de humanidad. La boca del que fuera su compañero se abrió y emitió un sonido sibilante.

 

Xiaomei y Miguel casi no habían dormido. Saber que su amigo estaba encerrado en aquel cuartito arriesgando su vida por los demás les había mantenido en vela.  Escucharon la detonación y luego el fuerte golpe de algo que caía al suelo. Ambos corrieron hacia la puerta que les separaba de Luis y la golpearon sin contemplaciones.

 

-¿Luis? ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado? ¿Luis respóndeme joder?-insistía Miguel a través de la madera que hacía de barrera infranqueable entre él y su amigo.

 

No recibieron respuesta. Tanto la chica como él apoyaron sus orejas contra la puerta intentando oír lo que pasaba al otro lado. El sonido del cerrojo al descorrerse les hizo apartarse; la puerta se abrió y apareció Luis. A simple vista no tenía ni un rasguño.

 

-Ni se te ocurra entrar ahí –se dirigía a Xiaomei, la cual estaba colgada de su cuello en un espontáneo abrazo que Luis le devolvía sin mucha efusividad.

 

Miguel echó un vistazo a la habitación por encima del hombro de Luis. En la pared del fondo una enorme mancha, que dedujo debía ser sangre mezclada con restos de cráneo y materia gris del infortunado Juan, dibujaba claramente la locura de las últimas cuarenta y ocho horas. En el suelo yacía desmadejado el cuerpo del joven.

 

Su amigo y la chica se dirigían ya a la zona del mostrador; cerró la puerta y se reunió con ellos.

 

-No podemos sacar el cadáver ahí afuera- indicó Luis después de mirar a través de uno de los escaparates y ver a decenas de aquello muertos andantes-. Xiaomei, tendremos que usar la nevera o el congelador más grande que tengáis en la tienda para meterlo ahí antes de que el cuerpo se ponga rígido.

 

La muchacha les dijo que lo más grande que tenían era el congelador donde estaban las bolsas de hielo. Los agentes le dijeron entonces que fuera sacando las bolsas, ellos se encargarían de preparar el cadáver.

 

Dos sensaciones les embargaban mientras acometían la tarea. Asco por lo que veían y pena por la joven vida que se había cobrado esta plaga que nadie comprendía. Envolvieron a Juan como buenamente pudieron con la sábana como si de un sudario se tratara y lo llevaron entro los dos, no sin cierta dificultad, hasta el gran congelador que ya tenía preparado Xiaomei. Lo introdujeron allí y lo cubrieron con las pocas bolsas de hielo que cabían encima del cuerpo.

 

La joven encendió la televisión. Obviamente necesitaba distraerse con algo. Quizá hubiera sido mejor para ellos no presenciar lo que les ofrecía en esos momentos la pantalla: los momentos finales de la masacre del peaje de la A-4. La rapidez con que los muertos volvían a la vida en aquella autopista próxima a Leganés hizo comprender a Luis el por qué del pronto retorno de Juan después de fallecer. El proceso se estaba acelerando fuera cual fuera y en pocos días sería imparable.

 ¿A SALVO EN CASA? 

Eran las diez de la mañana y sólo hacía unas cuatro horas que sus nuevos vecinos habían dejado de aporrear su puerta. Desde entonces había conseguido conciliar un agitado sueño durante un par de horas y no seguidas. Se preguntaba a dónde habrían ido cuando los golpes en su puerta comenzaron de nuevo. Lo cierto era que sonaba más como si estuvieran llamando a la puerta y no como si quisieran echarla abajo.

 

-Si hay alguien ahí ábrame, por favor. Los dos que estaban aquí se han ido a su casa pero pueden volver en cualquier momento-la voz llegaba casi apagada a través de la puerta.

 

Irene no sabía muy bien cómo reaccionar. La voz de fuera le resultaba totalmente desconocida pero era evidente que se trataba de otro ser humano y necesitaba la compañía de alguien. Decidió preguntarle si había estado en contacto con aquellos seres, si le habían atacado.

 

-No, tranquila. He ido llamando en todas las puertas desde el primer piso pero o nadie contestaba o los sonidos que me llegaban de dentro no sonaban muy humanos.

 

Un ruido proveniente de la casa de la mujer y su hijo, nuevos muertos andantes del edificio, puso los vellos de punta al chico que esperaba frente a la puerta de Irene. Algo se acercaba al rellano.

 

-Creo que vuelven. Si no quieres dejarme entrar me marcharé antes de que me vean.

 

La puerta se abrió en el preciso instante en que la cabeza de una mujer asomaba desde un piso vecino. Parecía que olfateaba. El hombre entró rápidamente y cerró él mismo la puerta. Irene echó los tres cerrojos.

 

-Hola, me llamo Guty. Bueno, en realidad me llamo Guillermo Gutiérrez pero todos me llaman Guty- se presentó el joven mientras le tendía la mano a su anfitriona.

-Irene-respondió la joven mientras estrechaba la mano-. Ese acento tuyo no es muy de Madrid-señaló mientras sonreía. A través de la puerta no se había dado cuenta de esa particularidad de su visitante.

-No, soy andaluz, de Cádiz para ser exactos.

 

Durante las dos horas siguientes hablaron de todo el caos que les rodeaba. Irene le contó que había estado en lo que los periodistas llamarían hoy día “zona cero” y que había escapado de milagro. Guty la acosó a preguntas sobre qué había visto en la estación de metro pero lo cierto era que Irene había pensado más en salvar el pellejo que en fijarse en los detalles. Después de esto el chico sacó de la mochila que había traído consigo una serie de libros. Uno blanco que se notaba muy usado y con un título muy sugerente llamó su atención.

 

-¿Zombi: Guia de supervivencia?-preguntó mientras miraba a Guty con expresión divertida.

-Si bueno, soy uno de esos que hoy día se etiquetan como “frikis” y mi pasión son los muertos vivientes. Aprovechando mi estancia en Madrid me hice con varias novelas hace dos días en una librería muy cercana a Sol. Por suerte volví pronto a casa.

-¿Y de verdad crees que leer estas cosas servirá de algo?

-¿Quién sabe? Al menos me entretendré mientras idean algún plan para rescatar a los supervivientes. Sé que es raro venir con esto pero la verdad es que en el piso no quedaba ya nada de comida. Mis compañeros no se preocupan de cosas insignificantes como hacer la compra.

 

Tras decir esto sonrió a su interlocutora. Irene no sólo le devolvió la sonrisa sino que estalló en carcajadas después de decirle que se alegraba de tener con ella a un experto en la materia. Cuando consiguió controlarse preguntó a su invitado si quería tomar algo. Que los muertos campasen a sus anchas por ahí no significaba que uno tuviera que olvidar la educación. Un par de minutos después, Irene regresaba con dos latas de Coca-Cola y un bowl repleto de patatas fritas. Durante un rato hablaron de cosas sin importancia y se sintieron como si todo siguiera igual que antes. Sólo los golpes, cada vez menos frecuentes, en la puerta les devolvían en ocasiones a la cruda realidad.

 

Sobre las dos de la tarde prepararon algo de pasta y comieron brindando deseando que la vuelta a la normalidad se produjera lo más pronto posible. Tras el postre se sentaron en el sofá, frente al televisor pero no lo encendieron. Irene recostó su cabeza en el hombro de Guty y le dijo:

 

-Gracias por haber aparecido en mi puerta. Creía que me volvería loca si tenía que pasar más tiempo encerrada aquí sola.