Valeria Victrix I. Legio XX

 

Capítulo I.

Legio XX

   El centurión recorrió con paso firme la línea de legionarios por última vez, pisando con contundencia la hierba húmeda y ajustando la inquieta formación de jóvenes soldados que permanecían firmes frente a él.

 –Hijos de una perra enferma…- susurró entre dientes, mientras oteaba los rostros que tenía delante. – ¡Os quiero tan atentos como la primera vez que os chuparon la verga!- comenzó a bramar.-¡Cuando estemos allí no muráis hasta que yo lo diga! ¿Está claro? ¡Si yo caigo, nadie se va! ¡Estad seguros de que os agarraré por los testículos si os veo correr aunque mis tripas se estén derramando por el suelo, joder!

Un grito tras otro, su boca fue escupiendo toda clase de injurias aberrantes sobre madres, hermanas, tías y abuelas.

Dacio lo seguía con la mirada desde la segunda fila de la centuria, rezando a los dioses para que el oficial no descargara esa vieja vara de vid sobre él. No dudó en que ese animal podría agarrarle de los testículos aunque se estuviese muriendo mil y una veces, ya que el centurión Lucio Bramo tenía para eso y para mucho más.

Para la desgracia de los legionarios, los centuriones tenían la sana y entusiasta costumbre de corregir los fallos a base de golpes de bastón bien calculados, los cuales no rompían hueso ni impedían al afectado pero sí proporcionaban un dolor indescriptible y desagradablemente duradero.

Dacio volvió la cabeza al frente y sujetó con fuerza los dos pilums que apoyaba en el hombro derecho, como si aquel pequeño gesto le proporcionara seguridad. Por fin había llegado el día.

Tenía dieciocho años y el último lo había pasado sirviendo en la Legio XX, la que más tarde sería conocida como Valeria Victrix, lejos de su anterior vida en el lejano sur de la Galia.

Tras la muerte de sus padres durante el duro invierno anterior, su tío, alegando que no podía mantenerle, le instó a alistarse en el ejercito.

 –Sabes que no puedo mantener una boca más. Eres joven y fuerte, Dacio. Hay otra vías…

 –Eres el hermano de mi padre, me viste nacer. ¿Ahora me niegas un plato?

 -¡Maldito egoísta!.-el hombre le propino un sonoro guantazo al chico, que no se atrevió a replicar.-¡Mis campos no producen, mi esposa se muere y mis hijos apenas tienen para vestir!-suspiró y la ira inicial pareció desvanecerse.- Tienes la oportunidad de ver mundo. El ejercito es duro, pero se gana dinero. Piénsatelo y ven a verme, hablaré con un amigo en el centro de reclutamiento y podras ejercer de legionario, evitando los puestos auxiliares. Todo saldrá bien, sobrino.

Al principio el joven rehusó de tal idea. ¿A cuántos veteranos lisiados había visto pedir por las calles? ¿Ése era el destino que sus padres habían deseado para su primogénito? El orgullo, por aquel entonces, era superior a la lógica y abandonó su hogar durante un tiempo, perdido en sus propios pensamientos.

Después de mendigar y robar durante meses para poder aliementarse, Dacio finalmente había recurrido a su tío y a la única vida que le aseguraba una paga y comida caliente: Las legiones del emperador Claudio. Sacrificar gran parte de su vida y morir por el Imperio no era su idea de prosperar, pero ya no habían demasiadas opciones.

Tras todos aquellos dias oscuros y ya adaptado a la vida en la legión, lo cierto es que por aquel entonces Dacio sólo pensaba única y exclusivamente en fornicar, beber vino y aspirar hierbas de las provincias de Macedonia. Era un joven agraciado, con los ojos de color cobrizo, los labios gruesos y un mentón marcado. Antes de alistarse llevaba el pelo tonsurado, pero ahora le habían rapado al igual que a sus compañeros, en parte para evitar los piojos y las infecciones, en parte, según su compañero Craso, por que si tenían pelo y perdían el casco los bárbaros les agarrarían de las greñas colocándolos en desventaja.

Durante los meses de invierno y otoño siguientes tras el alistamiento, Dacio había aprendido que ciertas costumbres que él consideraba divertidas bien podrían valerle una costilla o un diente roto. Y aquello era lo de menos a la hora de asegurar la obediencia en el ejército.

No hacía mucho, uno de cada diez soldados de una centuria había sido ejecutado por desobedecer una orden directa del legado en persona, el cual había procurado que lo contemplara el resto de soldados sin ninguna excepción por rango o especialidad. Aquella era una medida disciplinaria tan brutal como la mentalidad de sus superiores, que hacían la guerra sin miramientos, impulsada por una superioridad en técnicas de combate y basada en la disciplina. Si los legionarios mostraban desobediencia alguna, eran castigados. Si trabajaban y progresaban entonces eran recompensados.

El los primeros meses en el campamento de la Galia había conseguido olvidarse de los penosos meses anteriores a base de esfuerzo y palos. Les enseñaron a marchar, a construir, a cavar y después a marchar de nuevo. Habían aprendido a cuidar y respetar sus bienes, ya que muchos de los reclutas habrían de pagarlos poco a poco durante sus años de servicio. Dentro de la centuria estaban distribuidos en pequeñas escuadras de ocho hombres, los cuales compartían el día a día. Las tiendas en los numerosos campamentos, las guardias, las marchas, las borracheras… Habían llegado a convivir y llevarse bien, y Dacio y su grupo habían comenzado a llamarse "hermanos".

Más tarde les enseñaron a matar… Con espadas de madera y escudos de esparto.

Pero también a usar el pilum. A controlar su peso y arrojarlo con eficacia, clavándolo en el pecho del enemigo o en su escudo, provocando que el contrapeso de la lanza partiera el bloque de madera y lo inutilizara. La espada y el escudo de la instrucción pesaban el doble que los verdaderos y aquello sin duda beneficiaba a la hora de entablar combate real. Cuando Dacio recibió su gladius le pareció tan ligero como una pluma. Les enseñaron a apuñalar una y otra vez, al vientre, testículos o ingles, a la cara y al cuello.

Pero ya no eran reclutas, eran legionarios, y ahora estaban formando en una verde explanada que quedaba en la cara noroeste del emplazamiento portuario de Rutapiae, con el mar a sus espaldas y el mundo civilizado tras él. Diez cohortes completas se estaban preparando para ir a la batalla, lo que sumaban unos cinco mil quinentos legionarios, sus correspondientes oficiales y personal administrativo, además de tropas auxiliares de caballería y tácticas ligeras.

El precioso estandarte de la vigésima ondeaba no muy lejos de las posiciones de Dacio y su centuria. El legionario se quedó mirándolo fijamente, suplicándole entre dientes fuerza y vigor para el combate.

El legado, ataviado con una reluciente armadura y cuya capa estaba bordada con finos hilos dorados, apareció a caballo entre los hombres, escoltado por diez oficiales de élite, todos a caballo. Dacio no recordaba haberlo visto a menos de veinte metros de distancia. La vez que más cerca tuvo al señor de la vigésima legión fue el día en el que los nombraron legionarios, y apenas pudo distinguir su rostro.

-¡En marcha!.-gritó el ordenanza del legado mientras cabalgaban.-¡Adelante y al Norte!

Las trompetas rugieron al unísono y tocaron avance provocando que en los árboles circundantes a la explanada una bandada de cientos de aves locales echasen a volar presas del pánico y la confusión. Los portaestandartes levantaron las gruesas varas y la columna de legionarios se puso en marcha, provocando toda clase de ruidos contundentes y tintineantes que envolvieron la extensa pradera.


¡Saludos!

Hace unos meses, Lester Knight publicó el prólogo de esta historia en ese poderoso estandarte de la literatura que es Mundo Destierro. Hoy os traemos el primer capítulo a Relatos de Suburbia.

Este relato es el reflejo de mi pasión por la historia de Roma en toda su extensión y, particularmente, en la época en la que el comenzó la invasión de Britania.

En este tiempo, las tierras al norte de las fronteras de las provincias romanas eran un completo misterio, plagadas de brumas y ciénagas, leyendas, mitos y fieros guerreros. Me resulta tremendamente interesante imaginar que es lo que tuvieron que sentir todos aquellos soldados al adentrarse en unas tierras tan desconocidas y peligrosas.

Sobre la Legio XX me gustaria puntualizar que fue una de las legiones más condecoradas y activas de la historia de Roma, participando en numerosas invasiones y refriegas.

Espero que disfrutéis de su historia tanto como yo lo he hecho al escribirla.

¡Roma Vincit!

Baalard, Relatos de Suburbia.