En Este Instante

 

En Este Instante

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   Hace un par de horas, esto hubiera parecido imposible. Ahora estoy sentado en el porche de casa. No oigo nada, no siento frío a pesar de estar desnudo. No puedo alzar la vista y apartarla de mi esposa, muerta entre mis brazos.  

Las luces de la ambulancia iluminan la calle. Es noche cerrada, y los intermitentes aces anaranjados del vehículo generan sombras y figuras extrañas. Varias personas corren hacia mí.   

    Hace sólo un par de horas, Nadia me besa apasionada. Siento el calor de su cuerpo, de su respiración. El suave y húmedo tacto de sus labios. Se abalanza sobre mí y comenzamos a desnudarnos, riéndonos. Hay algo que celebrar. 

Es ahora. Yace silenciosa en mis brazos, en el porche de nuestra casa. Su mirada está completamente vacía y desprovista de vida. “Un infarto” Me dice el sanitario colocándome la mano en el hombro. “A veces ocurre así, sin avisar. Lo siento.” Me la quitan de los brazos, como si fuese un bulto, inanimada. Sigo mirando hacia abajo, dónde ella debería estar. 

La realidad me golpea como un puñetazo directo a la cara. Rompo a llorar, desesperado, gritando y arañándome la cabeza. Se me echan encima para que no agarre el cuerpo sin vida de mi mujer y lo vuelva a sujetar entre mis brazos. Me sujetan con fuerza varias personas. Me tiran al suelo y todos y cada uno de ellos me gritan que me tranquilice mientras me cubren con una manta.

    Hace dos horas y media, Nadia me dice que está embarazada. Lloro, la beso. Ella sonríe y no puede evitar dejar escapar unas lágrimas mientras me muestra su preciosa sonrisa. 

-No me lo puedo creer…-.le digo pletórico. Ella ríe a carcajadas, con la cara húmeda por las lágrimas. Está preciosa, radiante. 

-¡Bueno, ya veremos dentro de nueve meses si te lo crees o no! -.me dice resuelta. 

Te quiero… Dios, cómo te quiero…-.la abrazo de nuevo. 

Nadia sonríe, sin palabras. Sabe que, aunque no se lo diga a menudo, es cierto. La quiero. Me da la sensación de que le alegra profundamente oír esas palabras, tan cortas pero con tanto significado. Me mantiene la mirada unos segundos, feliz.  

Es tan hermosa que duele. Nos abrazamos y nos dejamos llevar por la pasión del momento. Sólo ahora, mientras la cubren con una manta blanca tras colocar su inerte cuerpo en una camilla, pienso que debería habérselo dicho con más frecuencia. “Te quiero”. Debería habérselo hecho saber todos los días de mi maldita existencia.

    Pero hace tan sólo quince minutos, ella se agarra el pecho, con la mirada congelada. Boquea como un pez mientras su cara palidece y me aprieta tanto las muñecas que siento que me las va a romper.No me responde cuando grito su nombre.

    Hace catorce minutos corro desesperado hasta el teléfono y llamo a los servicios de urgencias. Apenas alcanzo a gritar la dirección mientras observo como ella se muere frente a mí, agitando un brazo hacia el techo mientras el otro permanece agarrotado y contraído. 

“No te mueras… Dios, no, no…”   

    Doce minutos. La sujeto con fuerza, nervioso. Estoy sobre ella mientras patalea y jadea. Me mira con ojos vidriosos y pupilas dilatadas a medida que su cara se descompone con cada segundo que transcurre. Me encaja un puñetazo, una patada… Intento controlarla. La impotencia recorre cada centímetro de mi ser.  

“No, no, no…” alcanzo a decir tan sólo hace diez minutos. 

En este instante, ahora mismo, grito de rabia. Golpeo a todo el que se me acerca, me levanto chillando. Sólo quiero llegar a donde está ella. Pero unos brazos fuertes me sujetan por la espalda, rodeándome. La gente se agolpa alrededor, fuera de sus casas, expectantes, con las caras sombrías. Me inyectan algo en el muslo, apenas he alcanzado a sentir el pinchazo cuando las piernas comienzan a flojearme. Mi cerebro lucha por mantenerse lúcido, pero es una batalla perdida. Caigo redondo, aún consciente y balbuceando cosas incoherentes.

    Hace dos años Nadia accede a casarse conmigo mientras me abraza. Hace un año y cinco meses partimos la tarta. La gente ríe y baila. Nos hacen fotografías, nos besan y felicitan. Ella baila con mi padre mientras sonríe y gira. Parece un ángel y yo no puedo dejar de mirarla. Brilla con la fuerza de una estrella.

    Sólo ocho minutos. Me mira y aún patalea, se muere. Sus ojos me indican que se está consumiendo por dentro. Desesperado, la tomo en mis brazos y corro hacia la calle, gritando y pidiendo ayuda a quien pueda escucharme. Cuando vuelvo a mirarla está quieta, no jadea ni me agarra con fuerza, pero sigue mirándome con gesto triste. Caigo de rodillas en el porche y me quedo paralizado, observándola. Unas voces se comienzan a oír al otro lado de la calle. En algunas casas las ventanas se iluminan y las puertas se abren. 

Es ahora de nuevo. El tranquilizante ha hecho efecto. Tirado en el suelo, miro al cielo. Las estrellas se presentan ante mí, silenciosas. Lágrimas blancas que parpadean tímidas manteniendo una frecuencia errática, mientras nacen y mueren a cada instante que pasa. 

Es tan hermoso que duele. 

 


Os presento el relato participante en el primer concurso de relatos creado dentro de Gamefilia (primera edición).

Me enorgullece decir que fue ganador en la categoría de mejor escrito, y aprovecho para agradecer profundamente los votos que lo hicieron posible. No es algo a destacar, pero me hizo bastante ilusión. ¡Gracias!

Actualmente se celebra la segunda edición en el blog de Zerael, cuyo plazo de entrega finaliza hoy en La Ciudad Olvidada (segunda edición). ¡Si no habéis participado y os interesa permaneced atentos y pinchad en los enlaces!

Baalard, Relatos de Suburbia.