Mil años de sueños: Flores blancas

 

Flores blancas

 

 

Adorablesflores blancas adornan la ciudad, por todos los rincones de las calles, no enparterres o jardines dedicados a su cultivo, sino mezclándose de manera naturaly en profusión con cada hilera de casas, como si los edificios y las floreshubieran crecido juntos.

 

Es elcomienzo de la primavera y la nieve aún no ha desaparecido de las montañascercanas, pero la refulgente luz del sol baña ya la franja de océano que lamecon delicadeza la orilla sur de la ciudad. Esta es una antigua y prósperaciudad portuaria. Todavía hoy, sus muelles son testigos cada día del ir y venirde transatlánticos y cargueros.

 

 

Sin embargo,su historia está dividida claramente entre el “antes” y el “después” de unacontecimiento que sucedió un día hace mucho tiempo.

 

Aquí lagente prefiere no hablar sobre aquello: es la marca divisoria grabada en lacronología de la ciudad.

 

Losrecuerdos son demasiado tristes para contar historias sobre ellos.

 

Kaim lo sabey, por eso, ha regresado una vez más.

 

-¿De paso?-le pregunta el dueño de la taberna.

 

Kaimresponde al sonido de su voz con una leve sonrisa.

 

-Supongo queestá aquí por el festival. Debería tomarse su tiempo y disfrutarlo.

 

El hombreestá de muy buen humor. Lleva bebiendo con sus clientes vaso tras vaso y tienela cara bastante roja, pero nadie muestra signos de culparlo por excederse.Todos los asientes de la taberna están llenos y el aire retumba con lasrisotadas. De vez en cuando también se oyen voces felices que vienen del camino.

 

La ciudadentera está de celebración. Una vez al año el festival hace que la gente sedivierta toda la noche hasta que sale el sol.

 

-Espero quetengas habitación para esta noche, señor. Ahora es demasiado tarde paraencontrar una. Todas las posadas están a rebosar.

 

-Eso parece.

 

-Tampoco esque nadie vaya a ser tan tonto como para pasar una noche como estatranquilamente en su habitación metido bajo las mantas.

 

El dueño dela taberna guiña un ojo a Kaim como si le dijera “usted no, señor, estoy seguro”.

-Esta nochevamos a celebrar la mayor y más divertida fiesta jamás vista, y todo el mundoestá invitado, sean lugareños o no. Bebida, comida, juego, mujeres: dígame loque quiere. Le puedo conseguir lo que desee.

 

Kaim toma unsorbo de su bebida y no dice nada. Planea permanecer despierto toda la noche,por lo que no ha alquilado una habitación; aunque tampoco piensa disfrutar delfestival.

 

Kaim va aofrecer una oración la hora antes del amanecer, cuando la noche es más oscura yprofunda. Se marchará de la ciudad, movido por el sol de la mañana conformeeste asome la cara entre las montañas y el mar. Al igual que hizo en su últimavisita.

Porentonces, el dueño de la taberna, que hace unos minutos le contaba a uno de susclientes habituales que su primer nieto estaba a punto de nacer, era solo uncrío.

 

A esta invitoyo, ¡Beba! –dice el dueño de la taberna rellenando e lvaso de Kaim mientrasescudriña a este con recelo-. Viene para el festival, ¿verdad?

 

-En realidadno –dice Kaim.

 

-¡No me digaque no sabía nada! ¿Quiere decir que ha venido de casualidad?

 

-Me temo quesí.

 

-Bien, si havenido por negocios, olvídelo. Nadie hablará en serio en una noche tan especialcomo esta.

 

El dueño dela taberna le explica lo que de especial tiene esta noche.

 

-Debe haberoído algo. Una vez, hace mucho, mucho tiempo, esta ciudad por poco quedódestruida del todo.

 

Hay dosclases de acontecimientos que dividen la historia en un “antes” y “después”:uno es el nacimiento o muerte de algún gran personaje, un héroe o un salvador.

 

El otro esalgo como una guerra, una plaga o un desastre natural.

 

Lo quedividió la historia de esta ciudad en un “antes” y un “después” fue un terribleterremoto.

 

Ocurrió sinprevio aviso mientras la gente de la ciudad dormía profundamente; no tuvieronoportunidad de huir.

 

Con unrugido se abrió la tierra, y los caminos y los edificios se hicieron pedazos.

 

Surgieronfuegos que se extendieron en un abrir y cerrar de ojos.

 

Casi todosmurieron.

 

-No puedo niimaginarlo. Todo lo que yo sé es lo que me enseñaron en la escuela. ¿y quésignifica el “Festival de la resurrección” para un niño? Tan solo era algo quehabía ocurrido hace mucho tiempo. Vivo aquí y eso es todo lo quesignifica para mí, así que un viajero como usted probablemente no pueda nihacerse una idea de cómo fue.

 

-¿Así escomo llaman a esta fiesta? ¿”Festival de la resurrección”?

 

-Pues sí. Laciudad resucitó desde su ruina total y se convirtió en esto. De esotrata la celebración.

 

Kaim sonríea pesar de todo y apura su trago.

 

-¿Qué es tangracioso? –pregunta el dueño de la taberna.

 

-La últimavez que estuve aquí, lo llamaban el “Día conmemorativo del terremoto”.

 

No era unafiesta con celebraciones desenfrenadas.

 

-¿Qué estásdiciendo? Ha sido el “Festival de la resurrección” desde que era niño.

 

-Eso fueantes de que fuera lo bastante mayor como para recordar algo.

 

-¿Cómo?

 

-Y antes deeso, se llamaba “Consuelo de los espíritus”. Quemaban una vela por cada personaque murió, y rezaban para que descansaran en paz. Era una fiesta triste. Conmucho llanto.

 

-Habla comosi usted lo hubiera visto.

 

-Lo vi.

 

El dueño dela taberna ríe con un fuerte resoplido.

 

Parecesobrio, pero debe de haber perdido la cabeza con el alcohol. Escuche, es lanoche del festival, así que va a librarse aunque me haya tomado el pelo, perono diga bobadas así delante de otra gente de la ciudad. Nuestros ancestros,incluidos los míos, son los que sobrevivieron por poco.

 

Kaim sabebien lo que hace. Jamás esperó que el hombre le creyera. Solo quería averiguarpor sí mismo si la gente de la ciudad aún transmitía los recuerdos de latragedia; si, detrás de sus caras sonrientes, todavía quedaba la pena quehabían heredado desde la época de sus antepasados.

 

Cuando otrode los clientes lo llama, el dueño de la taberna deja a Kaim, pero primero lehace una advertencia.

 

-Cuidado conlo que dice, señor. Ese tipo de tontería le meterá en un lío. De verdad. Pienseen ello: ¡el terremoto ocurrió hace doscientos años!

 

 

Kaim no leresponde. En su lugar, bebe su licor en silencio.

Entre losque murieron en la tragedia hace doscientos años estaban su esposa y su hija.De todas las docenas de esposas y cientos de hijos que Kaim ha tenido en suvida eterna, la mujer y la niña que tuvo aquí le resultan especialmente inolvidables.

 

En aquellosdías, Kaim tenía un trabajo en el puerto.

 

Solo estabanlos tres: él. Su esposa y su niñita. Vivían de forma sencilla y feliz.

 

El mismotipo de días que habían precedido a hoy continuarían como mañanas sin fin.Todos en la ciudad lo creían: incluidas la mujer y la hija de Kaim, porsupuesto.

 

Pero Kaim nopensaba lo mismo.

 

Precisamenteporque su propia vida era larga sin fin y en consecuencia había saboreado eldolor de innumerables despedidas. Kaim sabía demasiado bien que en la vidacotidiana de los humanos no había nada “para siempre”.

 

Esta vidaque su familia había llevado acabaría en algún momento. No podía continuar sincambios. Sin embargo, esto no le provocaba pena alguna. Al negárseles el “parasiempre”, los seres humanos sabían cómo amar y valorar el aquí y ahora.

 

A Kaim legustaba especialmente enseñarle flores a su hija, cuanto más frágiles yefímeras mejor.

 

Las floresque se abrían con el sol de la mañana y se marchitaban antes de que el sol sepusiera podían encontrarse en cualquier parte de la ciudad portuaria; adorablesflores blancas que brotaban al comienzo de la primavera.

 

A su hija leencantaban las flores. Era una niña dulce que nunca cogería una flor que habíaluchado tan valientemente por abrirse. En su lugar, simplemente las mirabadurante horas.

Ese año,también…

 

-¡Mira quégrandes son los capullos!¡Están a punto de abrirse! –dijo felizmente alencontrar flores blancas en el camino cercano a la casa.

 

-¿Mañana,tal vez? –preguntó Kaim en voz alta.

 

-Seguro–dijo su mujer contenta-. Mañana levántate temprano y échales un vistazo.

 

-Pobresflores –dijo la niña-. Son bonitas cuando florecen, pero se marchitanenseguida.

 

-Tanto mejor–dijo la esposa de Kaim-. Da buena suerte verlas florecer. Eso lo hace más divertido.

 

-Puede serdivertido para nosotros –respondió la niña-. Pero piensa en las pobres flores.Se esfuerzan tanto por abrirse y se marchitan el mismo día. Es triste…

 

-Bueno,supongo que sí…

 

Una tristezamomentánea invadió la habitación, pero Kaim la disipó rápidamente con una risa.

 

-Felicidadno es lo mismo que “longevidad” –dijo.

 

-¿Quéquieres decir, papá?

 

-Puede queno florezca durante mucho tiempo, pero la flor es feliz si puede ser lamás bella y dar el mejor perfume que tiene mientras está abierta.

 

La niñaparecía tener dificultades para comprender esto y simplemente asintió con unligero suspiro. Entonces se puso a sonreír y dijo:

-Si tú lodices será verdad, papá.

 

Tu sonrisa es más bonita que cualquier florabierta.

 

Debería habérselo dicho. Después Kaim lamentó nohaberlo hecho.

Llegó acomprender que las palabras que había pronunciado tan a la ligeraresultaron ser una especie de profecía.

 

-Bueno,damisela –dijo-, si vas a levantarte temprano para ver las flores mañana por lamañana, será mejor que te vayas a la cama.

 

-De acuerdo,papá, si es necesario…

 

-Yo tambiénme voy a la cama –dijo la mujer de Kaim.

 

-Vale.Buenas noches, papá.

 

La mujerdijo a Kaim.

-Buenasnoches, querido, me voy a la cama de verdad.

-Buenasnoches –respondió Kaim, disfrutando de una última bebida para calmar la fatigadel día.

 

Estasresultaron ser las últimas palabras que la familia compartiría.

 

Un violentoterremoto asoló la ciudad “antes” del amanecer.

 

La casa deKaim quedó reducida a un montón de escombros.

 

Los dosseres queridos de Kaim partieron para ese distante mundo antes de poderdespertar de su profundo sueño y sin siquiera tener la oportunidad de decirle“buenos días”.

 

El sol de lamañana se elevó sobre una ciudad que había sido destruida en un momento.

 

Entre losescombros, las flores brotaban: las flores blancas que la hija de Kaim habíaansiado tanto ver.

 

Kaim pensóen poner una flor como ofrenda par el frío cadáver de su hija, pero rechazó laidea.

 

No podíacoger flores.

 

Comprendióque nadie, ningún ser vivo sobre la faz de la tierra, tenía derecho dearrebatarle la vida a una flor que solo vivía un corto día.

 

Kaim nuncapudo decirle a su hija “ve al cielo primero y espérame: estaré allí dentro depoco”.

 

Tampococonocería jamás la alegría de reunirse con sus seres queridos.

 

Vivir milaños significaba soportar el dolor de mil años de despedidas.

 

Kaimcontinuó su largo viaje.

Unvertiginoso número de años y meses siguieron: años y meses en los queinnumerables guerras y catástrofes naturales azotaron la tierra. La gente nacíay moría. Se amaban y se separaban de los seres queridos. Había alegríasimposibles de medir y penas igualmente inconmensurables. La gente se peleaba ydiscutía sin parar, pero también se amaba y perdonaba constantemente. Así sedesarrollaba la historia conforme las lágrimas del pasado evolucionaban poco apoco en plegarias por el futuro.

 

Kaimcontinuó su largo viaje.

Después deun tiempo, rara vez pensaba en la esposa y la hija con las que había pasadoaquellos breves días en la ciudad portuaria. Pero nunca se olvidó de ellas.

Y en eltranscurso de sus viajes, volvió a detenerse en la ciudad portuaria.

 

Comforme lanoche se hacía más profunda, el barullo de las multitudes aumentaba, peroahora, según aparecía una luz en el cielo orienta, sin una señal de nadie, elruido dio paso al silencio.

 

Kaim hapermanecido en la plaza central de la ciudad. Los juerguistas también hanllegado hasta aquí de uno en uno, hasta que antes de que se diera cuenta, laplaza adoquinada se ha llenado de gente.

Kaim sienteuna mano en su hombro:

-¡Noesperaba encontrarle aquí !-dice el dueño de la taberna.

Cuando Kaimle sonríe silenciosamente, el duelo de la taberna parece avergonzado y dice:

-Hay algoque olvidé contarle antes… -¿Eh…?

-Bueno, yasabe, el terremoto sucedió hace mucho tiempo. Antes de la época de mipadre y de mi madre, incluso antes de la generación de mis abuelos. Puede quesuene raro, pero no puedo imaginar esta ciudad en ruinas.

 

-Sé a qué terefieres.

 

-En realidadcreo que es probable que haya cosas en este mundo que no puedan olvidarseaunque no hayas llegado a vivirlas. Como el terremoto: no lo he olvidado. Y nosoy el único. Puede que sucediera hace doscientos años, pero nadie de la ciudadlo ha olvidado. No puedo imaginármelo, pero tampoco puedo olvidarlo.

 

Cuando Kaimasiente de nuevo para indicar que comprende las palabras del tabernero, unalúgubre melodía resuena en la plaza. Es la hora en la que el terremoto destruyóla ciudad.

 

Todos losreunidos, el dueño de la taberna y Kaim entre ellos, cierran los ojos, juntanlas manos y ofrecen una oración.

 

Con los ojoscerrados Kaim ve las caras sonrientes de su esposa e hija muertas.

¿Por quéestas caras que creen con todo su corazón que mañana vendrá seguro son tanbellas y tristes?

 

La músicatermina.

 

El sol de lamañana se eleva en el horizonte.

 

Y por todaspartes de la ciudad se abren innumerables flores blancas.

 

Endoscientos años, las flores han cambiado.

 

Loscientíficos han planteado la hipótesis de que el terremoto cambió la naturalezamisma de latiera, pero nadie sabe la causa con seguridad.

 

La vida delas flores se ha alargado.

 

Cuando antesse abrían y marchitaban en un solo día, ahora se mantienen en flor durante treso cuatro días de una vez.

 

Humedecidaspor el rocío de la noche, bañadas por la luz del sol, las flores blancas seesfuerzan por vivir la vida al máximo, embelleciendo la ciudad como si lucharanpor vivir la parte de vida que se les negó a aquellos cuyos “mañanas” les fueronarrebatados para siempre.

 

Fin