Mil años de sueños: La partida de Hanna

Los miembros de la familia tienen los ojos llorososcuando dan la bienvenida de nuevo en la posada a Kaim tras su largo viaje.

-Muchísimas gracias por venir.

Kaim comprende la situación al instante.

La hora del adiós está cerca.

La partida de Hanna

Pronto, demasiado pronto. Pero ya sabía que este díallegaría tarde o temprano, y no en un futuro lejano.

“Puede que no te vuelva a ver más”, le había dicho ellacon una triste sonrisa cuando partió de viaje. Estaba acostada en la cama,sonriendo con su rostro de blancura casi transparente, terriblemente frágil, ypor ende indescriptiblemente bello.

-¿Puedo ver a Hanna?

El posadero asiente ligeramente con la cabeza.

-Pero no creo que vaya a reconocerte.

Le advierte a Kaim de que no ha abierto los ojos desdeanoche. El ligero movimiento de su pecho indica que aún se aferra a un frágilhilo de vida, pero podía romperse en cualquier momento.

-Qué pena… Sé que para ti era muy importante venir averla…

Otra lágrima resbala por la mejilla de la mujer.

-No te preocupes, no pasa nada –la tranquiliza Kaim.

Ha presenciado innumerables muertes, y su experiencia leha enseñado mucho. La muerte arrebata el habla en primer lugar, luego la vista.Sin embargo, lo que sí que aguanta hasta el final es el oído. Aunque el enfermopierda la conciencia, no es extraño que las voces de los familiares provoquensonrisas o lágrimas.

Kaim rodea con su brazo el hombro de la mujer.

-Tengo muchas historias de viajes para ella.

Llevo esperando esto todo el tiempo que he pasado fuera.

En lugar de sonreír, la mujer deja escapar otra lágrima yasiente.

-Y Hanna esperaba poder oír tus historias –dice conpalabras entrecortadas por el llanto.

El posadero interviene. –Ojalá pudiera pedirte quedescansaras del viaje antes de verla, pero…

-Por supuesto, la veré ahora mismo –dice Kaim,interrumpiendo la disculpa del hombre.

Queda muy poco tiempo.

Hanna, la única hija del posadero y de su esposa,probablemente no pase del próximo amanecer.

Kaim deja su equipaje en el suelo y abre sin hacer ruidola puerta del cuarto de Hanna.

Hanna fue muy débil desde su nacimiento. Lejos dedisfrutar de la oportunidad de viajar, apenas había salido del pueblo, siquieradel vecindario, donde había nacido y crecido. El médico había dicho a suspadres que aquella niña difícilmente llegaría a adulta. Los dioses habíanreservado un triste destino para aquella diminuta niña de rasgos de muñecaextraordinariamente bellos.

Tal vez los propios diioses intentaran expiar esta cruelinjusticia haciendo que la niña fuera la hija única de los dueños de unapequeña posada de carretera.

Hanna no podía ir a ninguna parte, pero los huéspedes dela posada de sus padres le solían contar historias sobre ciudades, países,paisajes y gentes que ella nunca conocería. Cuando un nuevo huesped llegaba ala posada, Hanna siempre desplegaba su batería de preguntas:

“¿De dónde eres?”, “¿A qué te dedicas?”, “¿Me cuentas unahistoria?”.

Solía sentarse y escuchar aquellas historias con ojosbrillantes y vivos, instaba al viajero a pasar rápido al siguiente episodio conun “¿Y luego? ¿Y luego?”.

Cuando se marchaban, siempre les rogaba:

“¡Por favor, vuelvey cuéntame montones de historias sobre países lejanos!

Solía quedarse despidiendo con la mano al viajero hastaque desaparecía de la vista por la carretera. Luego soltaba un melancólicosuspiro y volvía a la cama.

Hanna duerme profundamente.

No hay nadie más en la habitación, lo que tal vez indicaque hace tiempo que los médicos la dieron por perdida.

Kaim se sienta en una silla cercana a la cama y la saludacon una sonrisa. –Hola, Hanna. He vuelto.

Ella no responde. Su pequeño pecho, que aún no tiene losrasgos del de una adulta, sube y baja casi imperceptiblemente.

-Esta vez fui mucho más allá del océano –le cuenta Kaim-.El océano del lado desde el que sale el sol. Tomé un barco, en un muelle lejos,lejísimos, mucho más allá de las montañas que ves desde esta ventana, y estuveen alta mar desde el momento en que la luna era un círculo perfecto en elcielo, mientras fue haciéndose cada vez más pequeña y luego cada vez másgrande, y hasta que estuvo llena de nuevo. Allá donde alcanzaba la vista nohabía más que mar. Tan solo agua y cielo. ¿Te lo imaginas, Hanna? Nunca hasvisto el mar, pero estoy seguro de que la gente te habrá hablado sobre él. Escomo un charco enorme e infinito.

Kaim se ríe para sí mismo y parece que las mejillaspálidas de Hanna se mueven ligeramente.

Puede oírlo. Aunque no pueda hablar ni ver, sus oídos aúnestán vivos.

Kaim, convencido y confiando en que eso sea verdad,continúa el relato de la historia de sus viajes. No dice palabras de despedida.

Como siempre con Hanna, Kaim sonríe con una dulzura quenunca ha tenido con nadie más, y prosigue narrando sus historias con una vozalegre, que a veces incluso acompaña de gestos exagerados.

Le habla del océano azul.

Le habla del cielo azul.

Pero no le dice nada sobre la despiadada batalla navalque tiñó de rojo el océano.

Nunca le habla sobre esas cosas.

Hanna aún era una niña muy pequeña cuando Kaim se hospedópor primera vez en el hostal.

Cuando, con su condición infantil y su sonrisa inocente,ella le asaltó con sus preguntas sobre su origen y le pidió que le contara sushistorias, Kaim sintió algo dentro de su pecho.

Aquella vez volvía de una batalla.

Más exactamente, había terminado una batalla e iba caminode otra.

Su vida consistía en vagar de un campo de batalla a otro,y nada de eso había cambiado desde entonces.

Ha sesgado la vida de innumerables soldados enemigos ypresenciado la muerte de infinidad de camaradas en el campo de batalla. Enrealidad, lo único que separa a los enemigos de los camaradas es una meracuestión de suerte. Si las ruedas del destino hubieran girado de maneradiferente, sus enemigos habrían sido camaradas y sus camaradas, enemigos. Tales el sino del mercenario.

En aquella época, su ánimo estaba destrozado y se sntíainsoportablemente solo. Como ser inmortal, Kaim no temía a la muerte, razón porla cual los rostros de los soldados están deformados por el miedo, y por la queel rostro de cada hombre que murió sufriendo quedó grabado a fuego en sumemoria.

Normalmente, solía pasar las noches bebiendo en lacarretera. Sumiéndose en el sopor etílico –o fingiendo sumirse en él- intentabaobligarse a olvidar lo inolvidable.

No obstante, cuando vio la sonrisa de Hanna al pedirleque le contara historias sobre su largo viaje, sintió un consuelo más cálido yprofundo del que nunca hubiera obtenido del licor.

Le habló de muchas cosas…

De una flor preciosa que descubrió en un campo debatalla.

De la belleza cautivadora de la bruma cuando invade elbosque la noche previa al combate final.

Del incomparable sabor del agua del manantial de unbarranco en el que sus hombres y él se habían refugiado tras haber perdido unabatalla.

Del vasto e inabarcable cielo azul que vio tras unabatalla.

Nunca le contaba nada triste. Omitía todo lo referente ala mezquindad del ser humano y la estupidez  que presenciaba sin cesar en el campo de batalla.

Le ocultó su condición de mercenario, las razones que lellevaban a viajar constantemente, y le hablaba solo de cosas bonitas, dulces yagradables.

Ahora comprende que si sólo le contó a Hanna ese tipo dehistorias bonitas sobre sus viajes no fue tanto por no corromper la inocenciade la niña, sino por el bien de sí mismo.

Quedarse en la posada en la que Hanna esperaba verle denuevo terminó por convertirse en uno de los pequeños placeres de la vida deKaim. Narrarle los recuerdos con los que volvía de sus viajes le hacía sentiruna ligera redención, por tenue que fuera.

Su amistad con la niña continuó cinco años, diez años.Poco a poco, ella se acercaba a la edad adulta, lo que significaba que, talcomo los médicos habían predicho, cada día se acercaba más a la muerte.

Y ahora, Kaim termina la última historia de viajes quecompartirá con ella. No podrá volver a verla, no podrá contarle sus historiasde nuevo.

Antes del alba, cunado la oscuridad de la noche alcanzasu cenit, las pausas en la respiración de Hanna se vuelven más largas.

El frágil hilo de su vida está a punto de ceder mientrasKaim y sus padres la cuidan.

La lucecita que anidó en el pecho de Kaim se apagará. Sussolitarios viajes, esos largos viajes sin fin, comenzarán de nuevo mañana.

-Pronto estarás partiendo hacia tus propios viajes, Hanna–le dice Kaim con dulzura-. Partirás a un mundo que nadie conoce, un mundo quenunca ha aparecido en las historias que has oído hasta ahora. Por fin podrásdejar tu cama y vagar por donde quieras. Serás libre.

Quiere hacerle saber que la muerte no es sufrimiento,sino una mezcla de alegría y lágrimas. –Ahora te toca a ti. Procura contarle atodo el mundo los recuerdos de tu viaje.

Sus padres harán ese mismo viaje algún día. Y algún díaHanna podrá reecontrarse más allá del cielo con todos los huéspedes de queconoció en la posada.

Y yo, sin embargo,nunca viajaré allí.

Nunca podré escaparde este mundo.

Nunca te volveré aver.

-Esto no es una despedida. Es solo el comienzo de tuviaje.

Le dice una última cosa.

-Nos volveremos a ver.

Es su última mentira.

Hanna parte hacia su viaje.

En su rostro aparece una sonrisa tranquila, como siacabara de decir un “hasta pronto”.

Sus ojos no volverán a abrirse. Una solitaria lágrimaresbala lentamente por su mejilla.

Fin