SINGULARITY: MEMORIAS

                                     

 

· EPISODIO 1: PRÓLOGO

 CUADERNO DE BITÁCORA, KATORGA-12, DIA 8.

»Ya no sé ni donde estoy; la realidad se mezcla con la fantasía de manera demasiado sutil, desdibujando la fina línea que separa lo tangible de lo que ha ido inventando mi castigada mente para afrontar el miedo que me embarga.

Sólo han pasado ocho días, o eso creo. Aún recuerdo aquella centelleante onda lumínica que arrasó todo a su paso hace unos cinco días, acompañada de un extraño estruendo que por poco me destroza los tímpanos. Mi miedo fue tal en aquel momento que tras la ola, como he decidido llamarla a partir de ahora, no me atreví a salir de mi angosto escondite a ver que es lo que había ocurrido… Pero cual fue mi sorpresa, que con asombro y terror, tras ese extraño incidente, comprobé que el cadáver cercano del escuálido perro que tenía localizado desde mi posición de supuesta seguridad ya no estaba. No estaba, joder, NO ESTABA. ¿Habría desparecido? ¿me estoy volviendo loco?»

– Se acabó, tengo que hacer algo.

William depositó con sumo cuidado su maltrecho cuaderno personal de tapas de piel desgarradas y hojas amarillentas a un lado de la modesta hoguera que había logrado preparar en su pequeño e improvisado refugio para resguardarse del frío y las inclemencias del tiempo con el que aquella extraña y desolada isla parecía recibir a sus inesperados visitantes.

Hoy no había comido nada aún, a la espera de reunir las fuerzas y la valentía mental suficientes como para salir fugazmente de su escondrijo, avanzar tan solo unos cinco o seis metros hasta el cadáver de aquel desafortunado Setter Irlandés invadido por una negra y espesa nube de moscas, arrastrarlo hasta su improvisada cueva, e intentar sacar algo de carne de aquel consumido cadáver; pero como ya había plasmado estupefacto en su diario personal, el cánido ya no estaba. Su única oportunidad de llevarse algo sólido a la boca con lo que recuperar algo de sus maltrechas fuerzas y proseguir con su viaje se había esfumado como la sal en el agua.

Un agua que golpeaba con furia las rocas del acantilado situado a un tiro de piedra de la entrada del escondrijo de William; la espuma salada salpicaba su sucio rostro con más frecuencia de la que desearía, y por momentos, la erosión de la estructura de piedra de la pequeña cueva donde se hallaba parecía clamar por su derrumbe, ante el miedo atroz del superviviente.

De todas formas, algo había cambiado tras la ola, lo notaba. Cuando su avioneta se estrelló hace más de una semana sin poder evitarlo por ninguno de los medios y sin poder salvar a ninguno de los acompañantes de su equipo, aquel maldito lugar estaba desierto… O al menos, a priori, no estaba habitado por humanos. Ahora sin embargo, unos extraños ruidos guturales, lejanos pero aterradores, invadían el ambiente; la tensión se mascaba en el mismo y casi se podía cortar con un cuchillo, como si alguien estuviese vigilando sus pasos, sus gestos, e incluso controlando su mente, sus ideas, sus intenciones… No obstante, ¿podría todo esto deberse a la paranoia que empezaba a poblar su castigada mente? A fin de cuentas, no hacía falta ser un entendido para darse cuenta de que aquel maldito lugar estaba vacío, abandonado, dejado de la mano de Dios, y no precisamente desde hacía poco tiempo.

Pero era ahora, tras la ola, cuando algo parecía haber cambiado. No sólo la muerte se había esfumado, representada en la desaparición de la posible comida de William sin explicación aparente, si no también en su entorno. El cielo resplandecía poco a poco, dejando a un lado la penumbra que predominaba hace unos cuantos días, y dando paso a tenues rayos de agradecida luz que asomaban tímidos entre las espesas nubes que aún permanecían en el techo celestial tras días de fuertes tormentas; el arbusto estéril, seco y marchito que adornaba la entrada del improvisado refugio de Willian parecía renacer por segundos, muy lentamente, sus hojas parecían incorporarse de su estado caído de nuevo, fuertes, plenas de vida y su pequeño tronco parecía recuperar su presencia con fuerza sobre sus raíces. En definitiva, parecía que aquel árbol retomaba la vida, renacía… Algo extraño de veras.

¿Y las voces? William juraría que la otra noche, tras despertarse medio agónico y envuelto en fríos sudores de una de sus terribles pesadillas, escuchó a dos hombres, a lo lejos, hablando entre ellos en un lenguaje que no sabía descifrar, muy posiblemente ruso por la contundencia y lo austero de sus palabras. Parecían estar buscando algo, ya que uno de ellos discutía con ganas a través de alguna especie de radio o walkie-talkie sobre algo llamado E99.

– ¿E99, que cojones es eso? – Se preguntaba para sus adentros.

– ¡Vamos William, tienes que salir de este agujero y buscarte la vida, nadie va a venir a por ti!

Dicho y hecho. Hizo acopio de los escasos efectos personales que conservaba como oro en paño y se dispuso a seguir explorando aquel hostil paraje a la búsqueda de alguna forma de escapar. Apagó la casi ahogada hoguera que había sumido su refugio en un negruzco y desagradable humo que imposibilitaba el permanecer allí mucho más tiempo, y salió al exterior.

Pero no estaba ni remotamente preparado para lo que vio a continuación.

Aquellos intensos y profundos ojos rojos clavaron su mirada en el, analizándolo, preparando el momento del ataque. Ante la atónita mirada de William, el accidentado Setter Irlandés estaba en pie frente a el, concentrado en su víctima, con el lomo curvado en posición de ataque.

¡Joder, estaba ahí, vivo, entero, y rabioso! ¿Como era eso posible?

¿Que podía hacer en aquella situación? El miedo le había paralizado por completo, el pulso era tan fuerte y frenético que casi notaba como el corazón hacía el intento de asomar de su pecho, el sudor frío aparecía de nuevo recorriendo sus sienes, y le costaba respirar. El cadáver del perro ya no era tal, – ¿como diablos era eso posible?- se preguntaba una y otra vez.

El animal permanecía en su posición, amenazante, segregando espesa y blanquecina baba a través de la comisura de sus labios, gruñendo con fuerza, avanzando paso a paso, sin prisa, casi como si estuviese contemplando con gozo a su desafortunada víctima, saboreando el momento previo a la matanza, y William no podía hacer nada por sortear aquella situación. El perro bloqueaba la única salida de su refugio, el pequeño y sinuoso camino de arena y piedras que llevaba a la zona superior del acantilado, y tampoco podía defenderse de la amenaza… ¿con que? ¿con una cantimplora semi vacía?

Dándose por rendido, y asimilando que había llegado su momento, Willian cerró los ojos a la espera de su muerte. Pero lo único que recibió a cambio fue un fuerte salpicón de apestosa y rojiza sangre en su cara. Tragó saliva, abrió poco a poco los ojos y vio, anonadado, como el Setter volvía a ser un cadáver, esta vez sin cabeza, sólo un desagradable amasijo de sesos, globos oculares y sangre. Mucha sangre. Su muerte había sido tan fugaz que el cuerpo del mismo permanecía en pie, exactamente en la misma postura hostil con la que había dado la bienvenida a William.

Sin tener tiempo de reflexionar sobre que demonios había pasado en tan pocos segundos para que su, en principio improvisado sustento, hubiese recuperado y acto seguido perdido la vida a la velocidad del rayo, William alzó la vista hacia el final del camino al compás de un agudo silbido para avistar a un segundo visitante. Esta vez tampoco sabía con certeza si amigo o enemigo.

CONTINUARÁ…

· Texto: David Cronenberg

· Corrección y creación de imagen de cabecera: Idrhil