Cazadores de sombras – Capítulo I

Disculpen el retraso de esta entrada, estimados lectores, pero tuve algunos contratiempos en estos últimos días. Bueno, sin mayores palabras, he aquí el primer capítulo de la historia de Los Cazadores de Sombras.


Cazadores de sombras

Capítulo I
El odio de Zaros

Zaros era un joven bastante inmaduro e impulsivo, vivía en una humilde aldea cercana al cuartel general de La Orden de Los Cazadores de Sombras, una antigua y respetada orden dedicada a cazar demonios y todo ser emergido de las tinieblas que atentase contra la seguridad y bienestar de la humanidad.

Edmund, padre de Zaros, sabía que su irreflexivo y terco hijo era sumamente propenso a meterse en problemas por cualquier nimiedad, por lo que se esmeraba diariamente en inculcarle valores, especialmente la humildad y caridad. En una nublada tarde, Edmund llevó a Zaros a una de las partes más pobres de una ciudad vecina, para enseñarle sobre la decadencia que otros hombres sufrían.

No tardaron mucho en dar con un mendigo sentado cerca del mercado de la ciudad, lucía bastante andrajoso, débil y hambriento. Edmund se dirigió al mercado y compró algunas piezas de pan, embutidos y un par de frutas.

–Zaros– le decía con firmeza Edmund a su hijo–, esta jornada hemos sido muy afortunados y debemos compartir nuestra dicha con los menos afortunados. Esta comida no es un gran festín, pero ese pobre hombre de allá la agradecerá de sobremanera. Vamos.
–Claro, regálale comida a los pobres y déjanos sin comer a nosotros, tu familia– espetaba con desánimo Zaros, que escasamente le llegaba a la altura del pecho a su padre.
–Sé sensato hijo, debemos hacer actos de caridad.

Se acercaron hasta el mendigo, quien los vio con desconfianza. Tenía algunos estandartes de guerra en la raída y sucia capa que vestía, quizá se la había robado a algún caballero. Su mirada era penetrante, desafiante y vacía, la desgracia había borrado todo vestigio de calidez en aquellos ojos azules.

–Tenga, buen hombre– dijo amablemente Edmund, extendiendo la mano con la comida que había comprado–, no es mucho, pero comer poco es mejor que no comer.
–¡Oh…! Bendito sea, bendito sea– dijo con voz áspera y profunda el hambriento hombre–, no he comido desde hace 3 días… pensé que moriría antes de que alguien se compadeciera de mí. Su hijo no parece estar muy feliz por su decisión –observó el hombre, engullendo velozmente los embutidos– , creo que él también está hambriento… toma hijo– dijo el mendigo, ofreciéndole una pequeña pieza de pan a Zaros.
–¡No…! Realmente no tengo hambre– respondió secamente el joven.
–Agradece su generosidad, hijo, este hombre te ha ofrecido de la poca comida que tiene. Discúlpelo, a veces, es bastante grosero – se excusó Edmund.
–No se preocupe… no hay… ¿qué es eso…?– preguntó bruscamente el indigente, con una expresión de horror en el rostro, señalando hacia la espalda de Zaros y su padre.

Una enorme horda de seres oscuros, fornidos, algunos alados y otros con gran cantidad de armas, se acercaban velozmente hacia donde estaban ellos, algunos se rezagaban en le camino para causar grandes estragos. El rostro de aquellos seres, aún en la lejanía, era aterrador.

–¡Son demonios…! ¡Corre Zaros, corre!– gritó desesperadamente Edmund tomando fuertemente del brazo a su delgado hijo. El mendigo no había tardado mucho en reaccionar, no había rastro de él en aquella escena, parecía haber desaparecido apenas se percató de la presencia de los demonios.

Esos monstruos iban hacia el cuartel general de La Orden, parecían estar ejecutando un gran asedio, arrasando las ciudades cercanas… y, por desgracia, los guerreros demoníacos venían desde la aldea de Zaros y su familia. Edmund apresuró el paso, sabía que si se dirigía a la zona oeste de la ciudad, podría rodearla y llegar hasta su hogar sin correr peligros.

El caos se apoderó rápidamente de la ciudad y lo único que se escuchaba eran gritos de desesperación, el enfrentamiento de varias espadas y personas muriendo. Desde el cuartel general de La Orden, decenas de caballeros montados en imponentes caballos negros se dirigían hacia las diversas ciudades aledañas, donde el asedio demoníaco había tomado por sorpresa a sus habitantes.

Las ciudades habían sido diezmadas con increíble velocidad, aquello parecía un plan perfectamente ideado, sin fallos. Los cazadores de sombras (caballeros de La Orden), pronto llegaron ante el caos y comenzaron a combatir a los demonios, utilizando sus emblemáticas espadas gemelas y, algunos, poderes sobrehumanos.

Zaros corría veloz al lado de su padre, sin hablar ni oponer resistencia alguna, el horror de ver por primera vez a aquellos deformes e imponentes seres suponía algo difícil de asimilar para alguien tan joven. Repentinamente, un enorme monstruo alado y con garras cubiertas de sangre se impuso ante ellos, su aspecto era aterrador, parecía ser su futuro verdugo.

Edmund arrojó a Zaros tan lejos como pudo con un solo brazo y tomó una piedra del suelo, lanzándosela al enorme demonio y acertando el tiro en el ojo, completamente negro, de la feroz bestia del Infierno.

–¡Corre Zaros…! ¡Llega a casa y protege a tu madre y tu hermano…! ¡CORRE!– gritó con todas sus fuerzas Edmund, al tiempo que corría de vuelta al centro de la ciudad, perseguido por el sanguinario demonio.

Zaros, presa del pánico, tardó algunos segundos en reaccionar, pero de inmediato comenzó a correr con toda la fuerza que podía, evitaba los obstáculos con increíble destreza. Sabía que, al llegar a los establos del oeste de la ciudad, debería girar hacia la izquierda y andar sigilosamente a través de la maleza del exterior, hasta llegar a su aldea.

Así lo hizo, pero cuando logró avistar los establos, también vio a un par de demonios devorando algunos caballos en medio de una pila de cadáveres humanos, equinos y de otros animales. Zaros contuvo, con enorme dificultad, un frenético grito de horror. Su valentía e intrepidez se habían desvanecido ante tan impactante situación, pero sabía que moriría si no lograba regresar a su hogar y escapar junto con su familia.

Se ocultó tras algunas carretas hacinadas cerca de los establos, se movió lentamente hacia el camino de la izquierda y, aprovechando que los demonios forcejeaban con un caballo bastante grande y brioso, comenzó a correr de nuevo hacia las afueras de la ciudad. Llegó a salvo a un área con una densa maleza; nuevamente, corrió de forma impetuosa hacia su destino.

Unos minutos después, en medio del caos y la desesperación del ambiente, logró llegar hasta su pequeño hogar. Entró de forma presurosa, exhausto por su larga carrera; sin embargo, tuvo la reconfortante bienvenida de su hermano y su madre, quienes mostraron un gesto de alegría desmedida al verlo vivo de nuevo.

–Madre– dijo Zaros, apenas recuperó el aliento–, mi padre me ha abandonado en la ciudad para que yo pudiera llegar a salvo hasta aquí, pero estoy seguro de que volverá, los cazadores estaban cerca cuando nosotros huíamos.

Su hermano mayor, Dazius, quien cuidaba la puerta de la pequeña casa, murmuró débilmente: “eso esperemos”. Un súbito escándalo se apoderó de la aldea, un ruido enorme se podía apreciar al otro lado de la puerta… parecía que los demonios habían vuelto a la pequeña aldea para saquear lo que no habían robado ya.

Zaros tomó la pesada espada de su padre y Dazius empuñó con fuerza su delgada y larga hacha doble; ambos sabían que tenían pocas posibilidades de vencer a más de un demonio, por lo que deberían buscar, fuera como fuera, luchar juntos contra los demonios uno por uno. Desafortunadamente, el único demonio que irrumpió en el recinto medía cerca de 3 metros, era fornido y tenía afiladas garras negruzcas. Tomó por la cabeza a Dazius, quien intentaba herir a su opresor inútilmente, y le pulverizó el cráneo sin mayores esfuerzos.

Zaros, confundido y horrorizado al ver el cuerpo decapitado de su hermano ante él, no pudo reaccionar; el demonio lo apartó de su camino con un potente golpe y fue tras la bella mujer al fondo de la reducida habitación. La tomó por los brazos y, cruel y sádicamente, la partió en dos.

Las vísceras de su madre estaban esparcidas en el suelo, rodeadas por dos mitades inertes de lo que alguna vez fue un cuerpo humano. Una escena que conmocionó a Zaros, quien sólo había abierto los ojos para atestiguar el atroz asesinato de su madre… una imagen que nunca podría borrar de su memoria, un dolor que corrompería su corazón por la eternidad y envenenaría su alma por el resto de su vida.

El insensato joven arremetió de inmediato contra la sanguinaria criatura, empuñando con todas sus fuerzas la espada de su padre… se abalanzó contra el cruel asesino sin importarle el hecho de que era imposible que lo venciera o que éste estuviera siendo combatido ya por un cazador. Zaros sólo tenía un sentimiento, algo que le estaba calcinando las entrañas: venganza.

El demonio, forcejeando contra el cazador, pateó a Zaros y lo dejó inconsciente por algunos minutos. Al despertar, el joven, vio que sólo lo acompañaba el cazador, cuidando la destruida entrada de la humilde morada.

–¡Dónde está el demonio…! ¡Dónde está! ¡Debo matarlo!– Decía impetuosamente Zaros, intentando empuñar el arma que ya no tenía entre las manos.
–Cálmate, él ya no es más un peligro. Lo vencí y ha vuelto al Infierno, a donde pertenece.– Comentó con firmeza el cazador, mientras veía por la puerta de la casa; el ambiente estaba bastante tranquilo, quizá todos los demonios habían sido derrotados finalmente.
–Mi madre… ella…
–Sí, ella murió. Lo siento.
–Mi hermano…
–Lo siento.
–Mi padre, él estaba en la ciudad. Debió haber escapado, seguro está cerca de aquí…
–¿La ciudad…? Ahí nadie ha sobrevivido. Lo siento.

Ésas últimas palabras “Lo siento”, despertaron en Zaros un odio irrefrenable… exigía venganza… los demonios debían morir ante su espada y así sería, no importaba si no era un guerrero diestro o no tenía las armas necesarias, él exterminaría a la plaga de los demonios de la faz del planeta.

–Puedo ver en tu rostro que el odio está envenenando tu alma; olvida eso, sólo lograrás destruirte a ti mismo en lugar de vencer a los demonios.
–Yo los mataré… ¡Los mataré a todos!
–Ésa es la misión de La Orden, si deseas exterminar a la raza de los engendros que asesinó a tu familia, ve al cuartel general y conviértete en un cazador de sombras, seguro lograrás ser un gran caballero. Sólo recuerda esto: Olvida tu odio, olvida la venganza.

Zaros, sin familia ni hogar a los cuales acudir, aceptó la oferta del cazador y lo acompañó al cuartel general de La Orden; el panorama no era muy alentador en dicho sitio, parecía que los demonios habían centrado su ataque ahí porque habían decenas de cadáveres humanos y demoníacos; igualmente, habían varios hechiceros realizando complicados conjuros ante los muertos.

Cruzó la entrada enmarcada por 7 delgadas y finas espadas plateadas. Una puerta se abrió ante él… era su nuevo hogar y quienes lo recibían, su nueva familia. Aun dentro del amplio recibidor de aquel majestuoso templo, cálido y acogedor, Zaros no podía olvidar el atroz evento que, horas atrás, había cambiado por completo su vida. Ahora sólo había algo que lo impulsaría a seguir adelante… su odio contra los demonios.


Agregaré mayores detalles sobre la trama y mis fuentes de inspiración en otro momento, mis amigos, por ahora estoy corto de tiempo.

Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.