Cazadores de sombras – Capítulo II

No he podido resistir la tentación, queridos lectores, y he decido publicar el segundo capítulo de esta historia hoy sábado -y no el lunes o martes-. Este capítulo es más siniestro y cruel que el primero; Dorxis es, sin duda, el cazador de sombras con el pasado más tormentoso y doloroso.

Bueno, sin más preámbulos, he aquí el segundo capítulo de la historia de Los Cazadores de Sombras.


Cazadores de sombras

Capítulo II
El oscuro pasado de Dorxis

En medio de una oscuro e inmundo recinto lleno de fornidos demonios, resaltaba la imagen de un pequeño niño, con un aspecto demacrado, ropa andrajosa y la espalda marcada por diversas cicatrices; su nombre, según lo llamaban los demonios, era Dorxis (“esclavo” en un antiguo dialecto demoníaco), había sido secuestrado desde muy pequeño y su vida había sido perdonada porque los demonios deseaban tener un esclavo más.

Dorxis había vivido entre los demonios sometido a sus tratos inhumanos, torturas y exigencias. En su corta vida, el joven niño había aprendido algunas prácticas de herrería, estrategia militar, tortura y magia negra; algo inevitable al permanecer por tantos años entre los guerreros demonios. Después de una larga y agotadora jornada, era conducido de nuevo hacia las mazmorras (sus aposentos).

La mayor parte del tiempo, no tenía más compañía que algunas cadenas en su celda, pero aquella vez lo esperaba un anciano con la ropa desgarrada y sangre fresca en la cara, con un aspecto bastante deplorable.

-Necesitamos encerrar a una de nuestras bestias en la mazmorra del viejo, así que estará aquí- dijo fríamente uno de los demoníacos guardias arrojando a Dorxis hacia su celda.

Aquel viejo era uno de los pocos prisioneros que el niño conocía, se llamaba Saryo, otro esclavo proveniente del pueblo de Dorxis. Había platicado algunas veces con él acerca de su pueblo antes de ser invadido por los demonios, pero nunca lo había cuestionado acerca de sus padres o el día en que fueron tomados como esclavos.

-Saryo, ¿podría hablarme de mis padres…?- preguntó con gran interés Dorxis.
-¿Tus padres…? Eres la viva imagen de Enrok, tu padre, un noble caballero al servicio del rey-contestó el viejo -, tu madre era una mujer muy dulce y encantadora. Yo conocía a tu padre porque me había ayudado mucho en el pasado. Ellos murieron defiendo a la ciudad y a ti, debes sentirte afortunado porque los demonios te dejaron vivo para poder vengar su muerte… ahora duerme, mañana será otro largo día… más.

Dorxis, acostumbrado a descansar sólo lo necesario, despertó al escuchar ruidos extraños en su celda… los guardias llevaban a Saryo a otra mazmorra. Uno de los demonios que llevaba al viejo era Benox, un cruel y mezquino demonio, el “dueño” del pequeño Dorxis.

Cuando el demonio se enfurecía, Dorxis sufría las consecuencias; esa era la razón por la cual el infortunado niño tenía diversos moretones y cicatrices en el cuerpo. El triste día en que el esclavo se cruzó con su amo después de que éste hubiese perdido una importante batalla contra los enemigos de su tribu, recibió un golpe devastador en las piernas; tal acto lo imposibilitó a caminar por varias semanas, hasta que Benox decidió curarlo a través de magia negra: un siervo minusválido no le servía de mucho.

Al amanecer, Dorxis despertó rápidamente y se dispuso a comenzar un nuevo y fatídico día de trabajo. Los esclavos eran alimentados al amanecer con comida, generalmente cruda, y después eran conducidos a las minas; los humanos cautivos entre los demonios eran obligados a trabajar de forma extenuante para obtener minerales valiosos útiles para el comercio o fabricar las armas de los guerreros.

Los demonios castigaban con desgarradores latigazos a aquellos que dejaban de trabajar para tomar un leve descanso; no mostraban compasión hacia el joven Dorxis, pese a ser su esclavo más joven, si decidía detenerse por un par de minutos, sufría graves consecuencias.

Con el paso de lo años, el odio de Dorxis hacia los demonios incrementó más y más, hasta que tomó la decisión de asesinar a su despiadado amo. Tomó, discretamente, una cimitarra de entre las armas de los demonios y la llevó hacia su mazmorra en cuanto los guardias abandonaron momentáneamente su puesto; esperó pacientemente la llegada de Benox, escondiendo el arma cerca de él.

-Hoy ha sido un mal día… pero puedo desahogarme contigo, Dorxis- decía con una áspera y maliciosa voz Benox.
-Se… señor, hoy tuve un accidente con Doriat y no puedo caminar, si desea que lo ayude debe acercarse a mí…- decía temerosamente Dorxis.
-Imbécil, ¿qué clase de problema has tenido con mi mejor guerrero…? Voy a torturarte por horas si ha sido algo grave.
-No, no… tropecé y me herí con su arma.
-Niño idiota, pero qué se puede esperar de alguien de una raza tan débil y, especialmente, de padres tan estúpidos como lo fueron los tuyos.

Dorxis no pudo contener su ira por más tiempo, tomó rápidamente y con gran habilidad la cimitarra escondida entre el heno y se la atravesó en el abdomen al demonio; se la encajó con todas sus fuerzas y el más profundo odio de su corazón. Benox alcanzó a rechazar al niño con sus garras, lastimándole gravemente un ojo, antes de caer pesadamente al frío suelo: estaba muerto, esa es la última escena que vio el joven Dorxis antes de caer inconsciente.

Cuando el débil esclavo abrió los ojos, estaba encadenado de las muñecas, los tobillos y el cuello; sólo podía sentir un ojo… temía lo peor respecto al último ataque que Benox le había lanzado.

-El maldito ya despertó… ¡infeliz… mataste a uno de nuestros mejores soldados!- dijo de forma áspera un demonio bastante delgado, al tiempo que golpeaba violentamente al niño en el abdomen.
-¡Déjalo…! Recuerda que debe estar consciente para mañana al anochecer, se lo dejaremos a los lobos… tendrá una muerte lenta y dolorosa- indicó otro demonio bastante bajo de estatura.
-Tienes razón… mañana al anochecer, niño, serás la cena de los lobos…

El demonio tomó una delgada daga de su cinto y se la enterró en el abdomen a Dorxis, quien gritó fuertemente al tiempo que oía “maldito infeliz” en un susurro. El joven prisionero, malherido, tuerto y encadenado, estaba temeroso de su destino… iba a morir a mano de hambrientas bestias en medio de la oscuridad.

El tiempo transcurría rápidamente, el amanecer había durado mucho menos que en los días normales, el mediodía ya había transcurrido y el atardecer se acercaba… Dorxis comenzaba a escuchar aullidos a la lejanía, la oscuridad comenzaba a cernir el ambiente: la noche estaba cerca. La muerte del pequeño prisionero estaba cerca, al menos, se reuniría con sus padres, esos que nunca había conocido.

Dos imponentes guardias se acercaron a su celda, le quitaron las cadenas y lo golpearon por algunos minutos mientras le decían “Benox te perdonó la vida, maldita escoria humana, y tú lo traicionaste”. Después de su cruel castigo, Dorxis fue conducido a través de las mazmorras y el resto de la morada de los demonios, hasta un bosque cercano.

Dorxis vio el ambiente, era la primera vez que veía las afueras de aquel lugar, era un bosque bastante bello iluminado intensamente por una blanca luna en medio del cielo negro. Los demonios lo tomaron por las muñecas… era el fin… comenzaron a atarlo a un árbol… el sonido de dos cuerpos cayendo al suelo fue algo inesperado en aquella situación.

Una horda demonios con una armadura diferente a la que Dorxis estaba acostumbrado a ver se dirigía hacia la fortaleza donde vivían los demonios con los que él había vivido por años, debía ser un asalto de la tribu enemiga. Un milagro sin duda, nuevamente tenía la oportunidad de sobrevivir ante el caos y la adversidad; tomó una espada de los guardias y corrió hacia el bosque.

Las graves heridas y la falta de su ojo izquierdo eran grandes desventajas para el joven prófugo ante las criaturas salvajes de aquel desconocido bosque. Dorxis no tardó mucho en encontrar una pequeña cueva; se refugió ahí, sujetó con firmeza su única arma y se dispuso a estar atento ante los peligros del bosque… si dormía, su muerte sería segura.

Unos calidos rayos de luz iluminaron su pálido rostro, su apariencia era deplorable, estaba agotado, hambriento, herido y tuerto. Era inexplicable como un niño tan joven como aquel podía estar vivo ante tal situación. Dorxis salió de la cueva, necesitaba agua y comida.

Un pequeño conejo se cruzó cerca del camino del joven y éste no dudó por un instante en apresarlo y asesinarlo, lo devoró en poco tiempo, no tenía un sabor muy diferente a la comida que los demonios le servían. Después de caminar algunas horas por la inmensidad del bosque, Dorxis encontró un pequeño lago, era la primera vez que veía algo tan hermoso; corrió de prisa para saciar su sed, vio su reflejo en la cristalina superficie de agua: no podía reconocer a aquel demacrado y ensangrentado rostro; repentinamente, escuchó a alguien caminar tras la maleza.

Un caballero con una fina y brillante armadura apareció ante él, era un humano, nunca antes había visto a uno de su propia raza que no fuera un esclavo o un cadáver. Sujetó con firmeza su espada, no sabía si podía o no confiar en aquel extraño sujeto.

-Niño… ¿qué te ha sucedido? ¡Estás malherido! Debo llevarte pronto al pueblo, ahí podrán sanar tus heridas y comerás algo decente- dijo con una profunda y cálida voz el caballero, su tono era reconfortante.

Dorxis estaba exhausto, soltó la espada y decidió que el destino tendría que encargarse de él. Al abrir los ojos, notó que estaba en una pequeña, bien iluminada y pulcra habitación blanca, recostado en una cama cómoda… sus heridas no dolían tanto como antes, pero seguía teniendo hambre y sed.

-Quizá tenga 10 u 11 años, pero… el niño ha despertado… ¡traigan la comida!- gritó una mujer, su imagen transmitía calidez y seguridad.
-¿Dónde estoy…?- preguntó Dorxis, al comprender que estaba en un lugar seguro.
-En el cuartel general de la Orden de los Cazadores de Sombras, fuiste traído por un cazademonios hace dos días, después de que curaran tus heridas en un pequeño pueblo bastante lejos de aquí. Si no me equivoco, estuviste inconsciente cerca de 6 días; no me sorprende, estabas muy malherido y… tu ojo izquierdo…
-Sí, lo sé. Peleé contra un demonio.
-No hablemos más por ahora, cariño, y come, estás muy delgado y pálido…

Dorxis disfrutó su comida, cocinada al fin, por primera vez en su vida… en su nueva vida. Los días transcurrían de forma diferente, su oscuro pasado parecía un anécdota irreal; pasaron 2 meses para que las heridas del intrépido joven sanaran por completo. Comenzó a explorar aquel edificio lleno de humanos, personas vivas y libres, le resultaba extraño no ver demonios en los alrededores.

Una nublada tarde, vio a unos caballeros dirigirse presurosamente hacia la salida, decían algo sobre un gran ataque a las ciudades cercanas. Los demonios estaban ahí, quizá buscándolo o simplemente matando a los inocentes, como él había visto a lo largo de su corta vida. Contempló la insignia de La Orden en lo alto de las paredes de aquel recinto… sabía lo que debía hacer si deseaba vengar a sus padres y, por supuesto, hacerse justicia a sí mismo: él sería un futuro cazador de sombras.


Con este capítulo deseaba agregar ciertas ilustraciones sobre las armas, insignias y demás elementos de la historia, pero no me ha sido posible concretarlas satisfactoriamente; creo que es tiempo de que me resigne a escribir relatos y deje el aspecto de diseño gráfico para alguien más.

Agradezco de sobremanera la colaboración de electroduende respecto al banner de la historia, ahora incluido en los capítulos publicados y el índice.

Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.