Cazadores de sombras – Capítulo VI

Última actualización: 26 de noviembre de 2008

Lamento el retraso, estimados lectores, pero por fin se me es posible publicar el siguiente capítulo de esta historia; éste trata sobre una noble chica que comete un simple, pero gravísimo error que la lleva a creer que es su obligación formar parte de La Orden. Como dato curioso, debo mencionar que hay una clara referencia a un buen colega dentro del texto. Si él satirizó un texto mío, ¿por qué no podría yo usarlo como personaje dentro de mi historia…?

Bueno, sin mayores preámbulos, he aquí el sexto capítulo de la historia de Los Cazadores de Sombras.


Cazadores de sombras

Capítulo VI
La redención de Ikko

Los cazadores de sombras mantenían libre a la pequeña ciudad de Eollem-Sied, al sureste de su cuartel general, de los demonios; pero no eran las bestias de la oscuridad las que asediaban a los habitantes de la ciudad, sino Vanthios, el tirano que los gobernaba, y sus caballeros, quienes no dudaban en cobrar altos impuestos para brindar protección ante ciertos actos vandálicos que ellos mismos propiciaban.

Ikko era la menor de 3 hermanas, nacida en una humilde familia en Eollem-Sied. Ikko había probado ser una excelente arquera desde muy joven, a partir de que su padre la llevaba a observar sus cacerías. Ella era una diestra arquera que entrenaba diariamente con arco y flecha en el bosque, diciendo a los guardias de la ciudad que iba de cacería, dado que dentro de todo el reino estaba prohibido portar armas si no se era un guerrero, cazador o caballero al servicio del rey.

La joven era totalmente consciente de la situación de su pueblo y por ello siempre intentaba combatir la maldad de los caballeros de Vanthios, pero era incapaz de hacerles frente eficazmente sin usar armas. Ikko se dedicaba a ayudar a los mendigos desamparados, los protegía y ocultaba si los caballeros de la ciudad amenazan las cercanías.

La joven, de estatura media, delgada, con angelical tez clara y largo cabello castaño claro, era asediada frecuentemente por diversos pretendientes, quienes siempre recibían la misma respuesta: “No”. Ikko no tenía planeado casarse siendo tan joven, esperaría, al menos, a tener 20 años; hasta esa edad, centraría todo su esfuerzo en ayudar a quienes lo necesitaran.

Sus hermanas se hallaban casadas desde hacía un par de años, con hombres de buena posición social, por lo que vivían en otras ciudades. Ikko era la única hija que seguía viviendo con sus padres, una abnegada ama de casa y un hábil leñador. La joven arquera era noble y bondadosa, por lo que siempre intentaba ayudar a los necesitados o, bien, minimizar lo más posible las labores de su madre.

Una lluviosa tarde, Ikko se hallaba ayudando a 2 pequeñas niñas a llegar a salvo a su casa; las cubría con un manto, mientras las cargaba entre sus brazos. Después de recorrer buena parte de la ciudad, las niñas le indicaron a Ikko que su hogar se hallaba muy cerca de ahí, pero 3 corpulentos caballeros de Vanthios se interpusieron ante la joven antes de que ésta pudiera seguir avanzando.

-Eh, tú, ¿qué llevas bajo el manto?- le preguntó un caballero a Ikko.
-A 2 niñas, las protejo y llevo a su casa- respondió ella con un ligero toque de desdén en la voz.
-¿2 niñas…? Nosotros podemos encargarnos de eso- declaró otro caballero, sin poder evitar un tono de perversidad en sus palabras.
-Malditos depravados… las niñas vendrán conmigo, su casa está cerca- dijo con determinación la joven.

Los caballeros no podían creer la osadía de aquella joven, que ni siquiera portaba armas o vestía insignias reales. Ikko intentó avanzar y dejar atrás a los caballeros, pero estos le obstruyeron el paso; ella los evadió ágilmente y corrió velozmente hasta estar frente al hogar de las niñas, donde su madre estaba preparándose para ir bajo la lluvia, seguramente a buscar a sus niñas.

Ikko soltó a las niñas y dejó que corrieran con su madre; la osada joven, mientras tanto, se quedaría en ese sitio para enfrentar a los caballeros de Vanthios. Sabía que, bajo la lluvia y sin usar arma alguna, sería casi imposible derrotar a los feroces caballeros; pero intentaría, al menos, detenerlos por un breve momento.

La intrépida y ágil joven corrió hacia uno de sus 3 oponentes y, poco antes de llegar hasta él, se deslizó sobre el piso para lograr derribarlo; su ataque resultó efectivo, ya que el suelo húmedo le dio gran impulso a su movimiento. Había derribado a uno, pero seguían 2 en pie, así que se abalanzó sobre el más cercano a ella y le asestó una potente patada en el costado, cual su adversario resistió con fortaleza.

El caballero sujetó a Ikko por la pierna y la alzó cerca de 2 metros para poder azotarla cruelmente contra el suelo; un golpe devastador para la joven, pero del cual pudo reponerse velozmente, ignorando su dolor y alejándose hábilmente de sus rivales mientras se incorporaba. Su rostro estaba cubierto por lodo y sangre, ella había podido hacer muy poco contra esos bestiales caballeros y ellos, con un simple movimiento, casi la habían derrotado por completo.

Ikko corrió nuevamente hacia su oponente e, inclinándose diestramente frente a él, le arrojó lodo a los ojos; el caballero, enfurecido, se abalanzó hacia donde había visto por última vez a la joven, pero terminó golpeándose a sí mismo contra un muro dado que Ikko lo había esquivado con un diestro movimiento.

El caballero que había derribado primero, cubierto de lodo, se hallaba nuevamente en pie junto con el tercero, quien poco había intervenido en la batalla. Ambos, enfurecidos y con ansias de terminar aquella absurda batalla, se abalanzaron sobre la joven, quien logró escapar al deslizarse entre ambos, tomándolos por los tobillos y derribándolos fácilmente.

La audaz joven se puso en pie ágilmente, tenía la opción de huir del lugar y finalizar esa batalla ahí, dado que los caballeros no podrían reconocerla cuando se quitara la capucha, bajo la lluvia, la oscuridad era muy útil para evitar ser reconocido; además, las 2 pequeñas niñas ya se hallaban en el resguardo de su hogar, donde su padre regresaría en poco tiempo. Pero Ikko tomó una decisión precipitada: permanecería ahí y enfrentaría a los caballeros, necesitaba aprovechar tal oportunidad para liberar su odio contra la tiranía de Vanthios y sus siervos.

Tras unos breves instantes de calma, mientras la lluvia comenzaba a cesar, los caballeros se alzaron nuevamente; sus rostros, aún en la oscuridad, reflejaban un visible odio contra la joven. Ikko intentó su maniobra de escape una vez más, pero sus adversarios fueron más precavidos en esa ocasión y la sujetaron por los hombros mientras ella intentaba burlarlos.

La arrojaron contra el mismo muro donde yacía inconsciente el único caballero que había logrado vencer; los salvajes vasallos del rey se abalanzaron nuevamente contra la joven y desataron su ira contra su indefenso cuerpo.

Ikko, con el cuerpo adolorido y sin poder abrir un ojo, despertó en una fría celda en un lugar oscuro, estaba encadenada de muñecas y tobillos. Lo poco que ella alcanzaba a percibir es que tenía serias lesiones alrededor de todo el cuerpo, especialmente en el abdomen. Un guardia de las mazmorras se percató que la joven había despertado finalmente.

-¡Ah…! Veo que has despertado; si te interesa saberlo, llevas aquí 2 días. Has sido condenada a pasar algunos años confinada en esta prisión por la voluntad del señor Vanthios, quien ya se ha enterado de la osadía que tuviste contra sus caballeros. Disfruta tu nuevo hogar…- terminó de decir burlonamente el guardia, al tiempo que se disponía a vigilar otras celdas.

La desdichada joven se hallaba hambrienta, débil y malherida en medio de una oscura celda en un lugar desconocido… siendo ella tan noble y generosa, ¿qué había hecho para merecer tal castigo? Únicamente había intentado proteger a dos inocentes niñas de 3 salvajes y depravados caballeros; pero, a veces, el destino toma direcciones poco agradables.

Los días transcurrían lentamente para la infortunada joven, quien se alimentaba difícilmente por algunas lesiones en el cuello; su estado mejoraba conforme transcurría el tiempo, sus heridas cicatrizaban, podía abrir nuevamente ambos ojos por completo y mover sus extremidades con la poca libertad que le daban sus cadenas.

3 meses después de su captura, la joven ya había asimilado su situación; sin embargo, lamentaba mucho no poder dar las explicaciones pertinentes a sus padres, quienes deberían estar muy preocupados por ella. A Ikko le agradaba ver los ocasos a través de pequeñas fisuras en las paredes que conectaban con el exterior; pero, una tarde, el cielo se hallaba misteriosamente nublado, así que la prisionera se había resignado a cerrar los ojos y aprovechar la oscuridad para descansar.

Repentinamente, la puerta de su celda fue abierta y ella, liberada de sus cadenas. El guardia que la liberó le entregó una delgada espada y, entre jadeos, le dijo: “los demonios invaden la ciudad, debes ayudarnos”.

La joven, recuperada casi por completo de sus heridas, tomó el arma y decidió ayudar a su ciudad, pero no a Vanthios o sus caballeros; siguió al caballero que lo condujo fuera de su prisión, hasta el exterior, donde una horda de demonios asediaba a la gente. Aquella visión era aterradora, pero la joven estiró brevemente brazos y piernas y se dispuso a combatir a las bestias del Infierno.

Con diestros movimientos, logró combatir a 2 delgados demonios que intentaban asesinar a un hombre que protegía a su indefenso hijo; la habilidad de Ikko se centraba en el uso de arco y flecha, no en la espada, pero aun así era una gran oponente para los demonios. Ella salvó a algunas personas mientras avanzaba hacia el destino más importante que podía tener en ese momento: su hogar.

Llegó, tras librar un gran caos, a su hogar, donde su padre intentaba repeler a un pequeño demonio amarillo que parecía tener poderes eléctricos; Ikko corrió hacia el monstruo y le clavó su espada en la espalda, atravesándole el pecho. Los padres de Ikko la acogieron cálidamente en medio del caos y la confusión de la situación, pero ella les advirtió que aquel no era el momento adecuado para esos asuntos.

Su padre, consciente de la destreza de su hija, de inmediato le arrojó su mejor arma: su arco de caza y un carcaj lleno de delgadas flechas doradas. Ikko combatió ágilmente a decenas de demonios a su alrededor, donde algunos caballeros de Vanthios estaban ayudando al pueblo, para sorpresa de la joven.

Repentinamente, Ikko escuchó a su padre pedir auxilio, en medio del caos, estaba a punto de ser asesinado por un delgado demonio negro y de enormes garras ensangrentadas. La joven apuntó rápidamente hacia la bestia con su arco y soltó la flecha, pero su objetivo logró percatarse del ataque y utilizó al padre de la arquera como escudo humano. Ikko quedó horrorizada al ver que su flecha le había atravesado la cabeza a su padre, cuyo cadáver cayó al suelo pesadamente al ser soltado por el demonio que se abalanzó ferozmente hacia la chica.

Una fina espada plateada surgió repentinamente desde detrás de Ikko y repelió al demonio, cual logró huir en medio de la tenue luz de la luna que comenzaba a iluminar los alrededores. Ikko volteó a ver a su salvador, era el mismo caballero que había combatido y derribado 2 veces meses atrás; parecía que, a veces, el destino desviaba las sendas de los individuos para fines inesperados.

El ataque demoníaco logró ser combatido cuando éstos comenzaron a huir de la ciudad, devastada por el caos. Había docenas de cadáveres por todos sitios, pero sólo uno era el que atormentaba a Ikko en aquellos momentos: el de su padre. Ella se hallaba en el mismo sitio desde donde había disparado su última flecha, parecía petrificada; su madre, mientras tanto, lloraba desconsoladamente ante el cadáver de su difunto esposo.

Sólo un pensamiento rondaba por la atormentada mente de Ikko: ¿Qué la diferenciaba a ella de los demonios? Ella había asesinado a su padre, a alguien inocente, eso era lo que lo demonios hacían, asesinar a gente inocente… ¿era ella tan malvada como una criatura del Infierno?

Esas cuestiones abrumaron la mente de la joven hasta que un caballero le puso la mano sobre el hombro a la joven, era un cazador de sombras; la joven no volteó a verlo, pero él comenzó a hablarle.

-He visto tu increíble habilidad en combate, jovencita; lamento la muerte de tu padre, pero eso fue un accidente. No debes dejar que tus culpas se conviertan en demonios que asedien tu alma, debes liberarlas en el olvido y ver siempre hacia delante. Si no lo logras, terminarás convirtiéndote en una esclava de tu voluntad. Te invito a formar parte de La Orden de Los Cazadores de Sombras, ahí podrás vengar la muerte de tu padre y redimir tus culpas.

La chica no habló, pero hizo una seña afirmativa al cazador de sombras mientras ella contemplaba a su madre, quien parecía no tener interés en voltear a ver a su hija. El caballero condujo a la joven hasta el cuartel general de La Orden, a través del caos de la ciudad y un pequeño bosque, llegaron cerca del amanecer. Quienes se hallaban ahí vestían de luto, el lugar parecía haber asediado por los demonios, pese a sus defensas.

Ikko volteó a ver hacia al cielo… un cielo claro y azul, cálido y acogedor. La joven cerró los ojos y murmuró: “juro que exterminaré a los demonios, padre, lo haré por ti”. Para la joven, sólo librando a los inocentes de los demonios podría redimirse de sus culpas.


Ya he podido dar la edición final a este capítulo, estimados lectores, por lo que ya no contiene los errores que en principio tuvo. Y, como ya han comentado en este punto, el "invitado especial" en este capítulo es electroduende. Faltan 3 capítulos para concluir la primera parte de la historia, de los cuales sólo 2 estarán en mi blog…

Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.