La Garra de Plata

Hoy, estimados lectores, voy a publicar aquí el relato con el concursé en la VI edición, organizada por zappadown,  del concurso de relatos. Lamentablemente, éste relato no resultó premiado en categoría alguna, pero me ha servido de gran manera para replantearme la idea de la historia completa de este héroe anónimo. Sin mayores dilaciones, he aquí el relato (ambientado con el tema The Devil´s Trill Sonata interpretado por Vanessa Mae).

La Garra de Plata

Desde hace algún tiempo, un intrépido joven con un atuendo oscuro y guantes con garras que se hace llamar a sí mismo como “La Garra de Plata” se ha transformado en el héroe local de esta ciudad. Varias personas narran sus encuentros con este personaje que, según sus palabras, “es un verdadero héroe que está dispuesto a limpiar las calles de los ladrones y demás criminales”.

Hoy por la mañana, entrevistamos a la señora Rodríguez quien fue socorrida por este singular sujeto. Doña Bárbara le relató cómo este héroe detuvo a un ladrón antes de que se introdujese en su domicilio a nuestro reportero Segismundo Torres:

-¿Cómo la rescató La Garra de Plata?
-Bueno… el joven no me rescató, pero sí evitó que un bandido entrara a mi casa a robar todo. Lo combatió a mano limpia y en pocos minutos… era realmente espectacular ver la agilidad del joven. Es complicado imitar o intentar describir los movimientos del joven, en especial porque lo vi en la noche y desde mi ventana
-dijo Doña Bárbara al tiempo que señala la ventana de su habitación en el segundo piso-. Parecía que adivinaba cómo iba a atacar el ladrón y lo golpeaba antes de que actuara.
-¿Y logró hablar con él?
-Oh sí, le di las gracias por su ayuda e, inmediatamente después, el joven desapareció en las sombras. No pude ver adónde se fue. Dondequiera que estés, te agradezco mucho haberme salvado Garra de Plata…

Un joven se hallaba frente al televisor viendo las noticias, parecía aburrido; pero se animaba oyendo las palabras de la anciana que estaba siendo entrevistada en el noticiero. Un reloj al lado del televisor sonó anunciando las cinco de la tarde, lo que produjo que el joven apagara el televisor y se dirigiera hacia la parte trasera de su casa.

“Esto no es lo mismo sin Carlos ni Víctor. Es una lástima que hayan tenido que marcharse por un mes… tendré que hacer esto yo solo, sin ayuda de nadie más. Quizá pueda recorrer más territorio si empiezo mis rondas a las seis de la tarde para cubrir las rondas de los otros dos. Espero que vuelvan pronto, amigos.” Pensaba para sí mismo Ángel, el joven, que observaba un mini-gimnasio instalado en una habitación.

Ángel comenzó a hacer algunos ejercicios para los brazos mientras pensaba en lo que lo había conducido a convertirse en el héroe anónimo llamado “La Garra de Plata”. Sí, él era el joven de quien se hablaba en las noticias locales; pero… ¿por qué y cómo se había convertido en aquel héroe oculto bajo una pañuelo y lentes oscuros? El joven rememoraba entre las imágenes que su mente lanzaba:

Seis meses atrás, Ángel había sido asaltado y salvado por un vecino suyo. Desde entonces, pidió ayuda a un compañero de su clase para aprender defensa personal, porque sabía que éste practicaba artes marciales. Tras arduas semanas de entrenamiento y práctica, estaba listo para defenderse por sí mismo; pero eso no le bastó, deseaba hacer algo más… ayudar a quienes estuvieran en peligro, igual que lo había estado él tiempo atrás.

Sabía que su ciudad se había convertido en un lugar inseguro y lleno de criminales por las calles que aguardaban a sus inocentes víctimas en las sombras de la noche. Acudió con un amigo de la infancia, Víctor, para pedirle ayuda, ya que éste tenía diversos recursos a su disposición; ambos idearon un plan para convertirlo en un “superhéroe”, en alguien que pudiera ayudar a los desamparados por las noches bajo el anonimato de un disfraz.

Primeramente, Víctor le cosió unas largas agujas de acero en un guante de cuero negro, le dio un puño americano, gafas oscuras, un pañuelo, gabardina y pantalón de cuero negros, así como botas militares con unos ajustes en las suelas para aparentar una estatura considerablemente mayor. Posteriormente, el propio Ángel cambió sus armas por guantes de cuero “normales” y unas pequeñas garras compradas como artículos sexuales.

Tras una hora de ejercicios para mantenerse en forma, Ángel fue a ducharse. Le parecía increíble ver cómo se había convertido, con un simple disfraz, en un gran y aclamado héroe en su ciudad. Junto con sus amigos, disfrazados de formas similares a él, había socorrido a diversas personas en los últimos meses. Víctor, tiempo después de ayudarlo con su traje, decidió ser su compañero nocturno bajo el nombre de “El Ángel Caído” y Carlos, que se enteró pronto de las intenciones del joven, se unió a ellos como “El Tigre Negro”.

Tras ducharse, Ángel se disfrazó rápidamente. Bajo su atuendo, era completamente irreconocible; incluso practicaba unos minutos para impostar el tono de su voz de forma más grave. Al verse al espejo, notaba que las plataformas de sus botas lo hacían lucir seis o siete centímetros más alto. Estaba preparado para ayudar a las personas que cayeran en problemas por culpa de los criminales de las calles.

Salió sigilosamente por la parte trasera de su casa hacia un terreno abandonado donde la maleza poco cuidada lo hacía prácticamente invisible. Estando fuera del alcance de la vista de sus vecinos, Ángel comenzó a andar por las calles de los alrededores. Se mantenía lejos de la vista de las personas y observaba cuidadosamente sus alrededores.

Al anochecer, era más fácil mantenerse oculto de la vista de los peatones. Ángel escaló una pequeña tienda para poder andar por los techos de los edificios contiguos y poder tener un mayor rango de visión. En la noche podían verse diversos hechos muy curiosos que, seguramente, de día no ocurrían; entre los cuales, a Ángel le llamó la atención un anciano en evidente estado de ebriedad que estaba jugando ajedrez contra sí mismo y maldecía a todos a su alrededor en un parque cercano.

Ángel observó por unos minutos la singular escena que protagonizaba el anciano, cual no tardó mucho en intentar acosar a las señoritas que transitaban por la calle. Ángel decidió ir a detenerlo de inmediato, debía actuar rápido para evitar cualquier percance mayor.

El joven llegó ante el personaje que estaba causando problemas y lo llevó amablemente a una banca desocupada del parque.

-Señor, ¿no cree que ya es hora de irse a su casa…? Ha tomado unas copas de más y es mejor que permanezca seguro en su casa.
-Yo… hip… no tengo… hip hip… casa… hip.
-Que lamentable, señor. ¿No tiene usted algún lugar dónde dormir?
-Hip… este… hip hip este parque… hip.
-Le pido, señor, que no cause más problemas, por favor, e intente dejar el alcohol; no es la solución a sus problemas. ¿Ha comido algo hoy?
-Hip… hip… ¿Qué si… hip hip… comí hoy… hip? ¡Claro que… hip… NO! ¿Qué… hip… voy a… hip… comer en esta… hip hip… ciudad tan miserable… hip…?
-Yo lo invito a cenar, si usted promete dejar en paz a la gente de este parque.
-Hip… delo por… hip hip… hecho…- dijo el anciano al levantar un brazo y colocarse la mano en la frente a modo de saludo militar.

Ángel llevó al anciano a un restaurante cercano y pagó media docena de platillos que el hambriento sujeto pidió. Tras pagar la cena al individuo y dejarlo encargado a los meseros del lugar, Ángel regresó a su ronda nocturna. El tiempo transcurrió sin mayores problemas hasta las tres de la mañana, hora a la que Ángel regresaba a su hogar.

Por la mañana, a las diez, el joven se despertó de mala gana para apagar su despertador. Su disfraz se hallaba tirado en el suelo y sus guantes, en una mesita cerca de su cama. Se duchó con agua fría para “despertar por completo”. Una hora después, vestido de civil y con su disfraz guardado en una pequeña mochila que siempre llevaba, se dirigió a una tienda cercana a su casa; necesitaba comprar algunos víveres.

Desde hacía varios meses, sostenía una muy buena relación con la encargada del establecimiento, una joven de estatura media, morena y muy simpática; pero creía que ella comenzaba a sospechar de su identidad por razones que desconocía. Tras abastecerse de lo que necesitaba, el joven conversó amenamente con su amiga, mientras otra persona se encargaba de atender a los clientes.

-Y dime… ¿A dónde fuiste anoche? Llegué a tu casa cerca de las ocho, cuando cierran la tienda, y tú no estabas.
-Ah… fui a una fiesta, con… unos amigos. Era para… celebrar el cumpleaños de un compañero.
-Ya veo, y regresaste tarde, ¿no? Las ojeras te delatan.
-No puedo ocultar la verdad… regresé a las tres de la mañana. La fiesta fue muy buena.
-¿Escuchaste lo que hizo La Garra de Plata anoche?
-No, no realmente. No he prendido el televisor hoy, apenas acabo de despertar hace una hora.
-Ayudó a un anciano y lo llevó a comer al Restaurante de San Marcos; es ése al que solías ir los fines de semana con tu familia, ¿no?
-Sí, pero hace ya mucho tiempo que no voy. Lo lamento, pero debo irme… un vecino me necesita para mover algunos muebles y creo que debo comer antes para tener la fuerza necesaria.
-Oye… ¿no querrías ir a cenar esta noche? Saldré temprano del trabajo y ya tiene mucho tiempo que no cenamos juntos.
-Eh… Claro, ¿a las… seis?
-A las siete, porque no creo que una comida a las seis pueda ser considerada cena. ¿Vas por mí a mi casa?
-Claro… cuenta con ello.

Ahora Ángel se hallaba en un predicamento, debería decidir entre cancelar la cita con su amiga, Alejandra, o abandonar la ronda nocturna de esa noche. Era en ese tipo de situaciones en las cuales sus amigos le eran más útiles. Una noche de entretenimiento y relajación no le vendría mal, ya que no había descansado desde hacía más de un mes de sus rondas nocturnas. Esa noche, La Garra de Plata no merodearía en las sombras.

A las seis, tras haberse ejercitado y duchado, Ángel se alistaba para ir por Alejandra. Ocultó su disfraz en la mochila que siempre usaba y la dejó en la sala, quizá necesitaría el traje por la noche, por lo que volvería a su casa. Cuarto para las siete, el joven pagó un taxi para que lo llevara a casa de su amiga -los inconvenientes de no poseer automóvil propio-.

Al llegar a su destino, Alejandra salió de su casa: lucía hermosa engalanada con un traje verde de gran escote en la espalda, elegantes zapatillas que hacían juego y un peinado muy elaborado. Ángel comenzó a sudar ligeramente, ya que no esperaba encontrar a su pareja tan atractiva y seductora. Ambos se dirigieron a un lujoso restaurante llamado “El Carruaje”. Degustaron deliciosos platillos con vino y conversaron cerca de una hora, hasta que Alejandra revisó su bolso desesperadamente… parecía que había perdido algo importante.

-¿Qué sucede, Alejandra…? No tienes que pagar la cuenta, lo haré yo gustosamente.
-No es eso… yo traía un reloj de oro que quería regalarte… un obsequio atrasado… tú sabes… por tu cumpleaños…
-Muchas gracias, pero no es necesario realmente; además, mi cumpleaños fue hace más de tres meses.
-No por nada es un regalo atrasado. El problema es que no lo encuentro… ¡no!
-¿Ocurre algo?
-Lo dejé olvidado entre mis cosas en la tienda… debemos ir rápidamente, quizá aún no hayan cerrado por completo… ¡vamos!

Ángel pagó la cuenta, muy elevada por cierto, y ambos pidieron un taxi para llegar rápidamente a la tienda donde trabaja Alejandra. El lugar estaba completamente cerrado y el guardia nocturno aún no había llegado. Resignada, Alejandra le pidió a Ángel que la llevara a su casa. De regreso a su hogar, la joven se resignó a darle las gracias por la velada a Ángel y suspirar: “Ojalá La Garra de Plata pudiera ayudarme.”

Ángel regresó en el mismo taxi a su casa, sin comprender si las últimas palabras de su amiga habían sido una simple coincidencia o si realmente sabía su identidad secreta. Fuese como fuese, debía ayudarla; pero no como Ángel, si no como La Garra de Plata. Se desvistió, peinó y disfrazó velozmente.

En algunos minutos, estaba frente a la tienda; escaló la pared lateral para alcanzar el techo y ver si podía entrar de alguna forma. Para su sorpresa, un conducto de ventilación se hallaba abierto; parecía que había sido abierto por la fuerza y con el uso de algunas herramientas. El joven entró a la tienda sigilosamente, utilizando una estantería como escalón para llegar al suelo.

Dentro había alguien más, un sujeto que parecía no haber podido hacer sus compras en el día: se hallaba robando diversos productos y objetos personales que los trabajadores habían dejado en sus casilleros. Aquella noche era la más indicada para que Ángel… no, La Garra de Plata actuara. El joven avanzó cautelosamente hacia el ladrón, que no había percibido su presencia.

Al llegar a escasos centímetros del sujeto, de espaldas, lo amagó y le arrebató una pistola del pantalón; pero otro sujeto lo golpeó con un bate de madera en el rostro. Había dos ladrones en la tienda y ambos parecían sujetos peligrosos. Ángel se incorporó rápidamente.

-Caballeros, la tienda ya cerró. Creo que deberían volver mañana por la mañana para hacer sus compras.
-¿Y tú eres el famoso superhéroe del que todos hablan? ¡Eres un alfeñique! Vamos a matarte aquí mismo.

Tras una breve conversación, ambos criminales se abalanzaron sobre Ángel, pero éste los esquivó con asombrosa facilidad. A uno lo tomó por el brazo y lo arrojó contra su compañero. Les arrebató el bate a los ladrones y lo arrojó lejos. Ambos sujetos se incorporaron e intentaron golpear a Ángel, pero éste fue más ágil que ellos y los empujó hacia un estante que, vencido por el impacto, se derrumbó sobre los criminales.

Ángel los rescató y amarró cerca de las puertas. Hizo una llamada a la policía y dio el aviso pertinente sobre los ladrones.

-Sí, ellos están dentro de la tienda, pero ya los inmovilicé. ¿Quién soy? Sólo un amigo al que pueden llamar La Garra de Plata. Vengan pronto, porque los ladrones comienzan a despertar.

El joven se encargó de que los criminales no pudieran desatar y buscó el reloj que había ido a buscar. Afortunadamente, el casillero de Alejandra se hallaba intacto. Ángel tomó las cosas de su amiga y escapó del lugar por el mismo conducto por el que había entrado.

Asegurándose de que nadie lo observara, dejó una bolsa con las cosas de Alejandra y una nota en un lugar seguro frente a la puerta de su casa. Eran las once: su ronda nocturna aún no terminaba; pero necesitaba curarse el ojo, su herida estaba inflamada y sangraba por el borde inferior. Llegó a su casa y se quitó los lentes rotos y el pañuelo. Se aplicó antiséptico en la herida, se vendó la cabeza con una gasa y se colocó una bolsa de hielo sobre la herida. Se propuso a descansar algunos minutos antes de salir nuevamente… sólo unos minutos.

Ring… ring… ring… El reloj al lado de su cama despertó al joven, eran las diez de la mañana; aún estaba disfrazado como La Garra de Plata y una bolsa con agua estaba al lado de su almohada. Disgustado, pero recuperado por completo, el joven se desvistió, duchó y dispuso a ver las noticias matutinas. Los noticieros locales hablaban de él, parecía que los ladrones que había aprehendido eran “clientes frecuentes” de establecimientos en los alrededores. Había hecho un buen trabajo la noche anterior.

Pasado el mediodía, Alejandra llegó a visitar al joven, que estaba comiendo una rebanada de pizza.

-Hola… ¿interrumpo algo importante, Ángel?
-No, no, para nada. Sólo estaba comiendo un “bocadillo de mediodía”.
-Aquí tienes- la joven le entregó un delgado paquete envuelto finamente con papel dorado y un lazo rojo -, es tu regalo. Espero que te guste. Hoy apareció frente a mi puerta de una manera inesperada, con una nota de La Garra de Plata.
-Vaya, sí que es amable el sujeto.
-Dicen que ayer detuvo a dos importantes ladrones en la tienda donde trabajo, fue una fortuna que estuviera ahí en el momento preciso. Los ladrones declararon que lograron herirlo en la frente…
-Ah… es la primera vez que escucho que lastiman a ese personaje.
-Sí, creo que sí…. ¿Me invitas a compartir tu “bocadillo del mediodía”?
-Claro, adelante.
-No cabe duda de que La Garra de Plata es la prueba de que en este mundo, más que héroes, existen superhéroes- dijo dulcemente la joven mientras veía hacia el exterior -. Me gustaría poder decírselo personalmente algún día.
-Estoy seguro de que lo lograrás, amiga.


No queda más, queridos lectores, que agregar el comentario que escribí sobre este relato en el concurso:

Éste es un relato basado en una historia que he deseado escribir desde hace mucho tiempo. Me inspiré cuando vi un capítulo de la serie "Smallville" donde se mostraba a Flecha Verde, Flash y Aquaman como superhéroes adolescentes con trajes improvisados y poca experiencia, intentado salvar al mundo con las escasas opciones a su disposición. A partir de ese momento, nació en mí la idea de crear un superhéroe propio, uno urbano y que pudiera, en determinado momento y bajo las circunstancias adecuadas, ser verdadero.

La vestimenta la he ido ideando con el paso del tiempo. El motivo original de Ángel para convertirse en tal superhéroe anónimo era venganza familiar, pero posteriormente la trama evolucionó al deseo de justicia. Sus amigos, Víctor y Carlos, están inspirados en amigos míos que tienen ciertas características descritas en este relato. Espero poder desarrollar la historia completa en mi blog, este relato ya fue un buen avance.

===
Esta entrada está archivada en La Biblioteca de Zion.
La actividad más relevante del blog está registrada en La Bitácora.
===

Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.