Morgennes ayudó a la literatura: Peregrinación

Yo ayudé a la literatura

Esta entrada corresponde a la iniciativa Yo ayudé a la literatura. Lamento el retraso que sufrió, pero he tenido una enorme falta de tiempo y contratiempos personales; desde el 30 de agosto debí haberla publicado, realmente pido disculpas por las molestias ocasionadas a su autor.

"Peregrinación" es un relato de una calidad soberbia que nos demuestra, una vez más, la enorme capacidad literaria de morgennes, a quien agradezco enormemente la gran dedicación que prestó a esta iniciativa. En un extenso relato, seremos ambientados de forma extraordinaria en singulares situaciones. La música que el propio autor recomienda para disfrutar la lectura es Nocturno 20 en C menor de Chopin.


 

 

Peregrinación

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El aire entraba y salía de sus pulmones con violencia, espiraba e inspiraba de manera frenética, sus piernas parecían plomos que le intentaban anclar al suelo, sin embargo, seguía corriendo, en lo más profundo de su mente percibía el constante resonar de una palabra: huye. No sabía cuanto tiempo llevaba desplazándose, ni dónde estaba, se sentía como un pájaro sin alas, impotente. Sólo deseaba huir, distanciarse de lo que le espantaba: el hombre…

Hacía ya meses que la idea de un hogar para él había dejado de ser clara, meses sin establecer un contacto con semejantes, meses sin realizar la más básica de las funciones: la rutina. Sus recuerdos se difuminaban en un horizonte repleto de muerte y destrucción. No le gustaba hacer altos en su camino, cada vez que se paraba, su pasado venía a él…

La brisa marina golpeó sus sentidos, tomó una fuerte bocanada de aire y la soltó, el aire impregnado de salitre era una bendición para sus pulmones. Elvira, su mujer, le aguardaba en la cocina, lo percibió instintivamente por el fuerte olor a gofres bañados en dulce caramelo. Se vistió no sin antes dedicarle un último vistazo a la vista del porche: a su izquierda,  las gaviotas surcaban el océano mientras que los pescadores se afanaban en llevar sus embarcaciones a la arena blanca. A su derecha el terreno se elevaba dando como resultado un monte repleto de pequeños matorrales y bosques con vegetación foránea, surcados por los caminos de tierra que serpenteaban entre las tierras de cultivo, generalmente la vid, dando como resultado su vino favorito, un blanco transparente.

Bajo deprisa a la cocina, ansioso por degustar aquel manjar que todos los días le hacía despertarse dando gracias a Dios por aquellos dones, Elvira y María no estaban allí y dirigió instintivamente una mirada al jardín, donde su esposa y su hija pequeña jugaban entre los naranjos. Sonrió, y se sentó a desayunar mientras leía con calma el periódico… Bendita rutina… Tras el desayuno se dirigió al garaje a por su bicicleta, era una calurosa mañana de fin de semana, con lo cual su trabajo en la fundición cercana debía esperar. Montó, no sin antes saludar cortésmente a su vecino, y emprendió la marcha cuesta abajo, hacia el puerto.

Durante su trayecto desvió su mirada hacia las numerosas casas que formaban el pueblo, todas ellas poseían un color blanco intenso, y las mujeres se afanaban por tener sus balcones repletos de flores recién sacadas del monte. A medida que descendía y callejeaba reparó en la calma con la cual los habitantes llevaban sus rutinas, algunos, alertados por el olor a tostadas y pan, se concentraban en las cafeterías, otros marchaban hacia la playa para tostarse en otro sentido, mientras que los más ancianos del lugar paseaban tranquilamente, la paz y la armonía le saludaban en forma de estatua en la plaza del ayuntamiento.

Todo esto distrajo su atención y cuando se giró frenó en seco al ver a un anciano con su nieto cogido justo en medio de su trayectoria. Avergonzado, solo pudo decir:

– Disculpe caballero, ¿se encuentra bien? – El anciano, sonriendo, le dedicó una mirada cómplice a su nieto y le dijo: – Cálmese buen hombre, a veces las virtudes divinas nos ciegan, por eso Dios nos dio más de un sentido. –

Asintió con la cabeza mientras observaba al anciano y al nieto esbozando una sonrisa. Su trayecto hacia el puerto no le deparó más sorpresas, salvo las de la naturaleza. Miró su reloj, era temprano, con lo cual habría pescado donde elegir, y decidido marchó hacia su tenderete de confianza. Las sardinas y merluzas parecían mirarle aún con ojos pavorosos, ya se encargaría él de darles un buen final. Tras comprar lo justo y necesario, salió del mercado, pero entonces ocurrió algo extraño.

La calma que irradiaban los lugareños se tornó en sorpresa y pavor, a lo lejos se oían  unos extraños ruidos que le alertaron. De entre las montañas aparecieron naves voladoras, su color plateado intenso  les confundía con los rayos del Sol, y el ruido frenético de sus motores parecía desafiar a la armonía reinante. También oteó cientos de carros de combate, estos eran de un color negro carbón que contrastaba con el verde vegetal, el suelo temblaba y las plantas gemían bajo sus cadenas. La infantería comenzó su carga, y lo que a continuación vino le marcó por siempre jamás.

Salió corriendo, sin percatarse de su vieja bicicleta, corrió entre las callejuelas más estrechas para evitar las aglomeraciones y estampidas, pero no pudo escaparse del horror de los acontecimientos. Se detuvo un instante para tomar aire, y observó. Las casas, antes de un intenso color blanco, se encontraban destrozadas, las bombas habían destruido tejados, fachadas y patios interiores, el color blanco ya no existía, en su lugar el negro hollín impregnaba cada pared. Ya no había flores en las terrazas, se habían consumido, bien por el fuego o el excesivo calor.

Pero lo peor no era eso, a los cuantiosos daños materiales había que sumarle las víctimas mortales. Observó espantado cómo yacían a su alrededor numerosos cuerpos inertes, sin vida… Hacía escasos veinte minutos aquello había sido una cafetería donde hombres, mujeres y niños desayunaban plácidamente, ahora sólo quedaban vestigios de aquella paz… Sillas destrozadas, cristaleras rotas, botellas caídas… la cafetera seguía funcionando, agónicamente, parecía que percibía que ya nadie tomaría café de ella. Oyó pasos a su espalda y se giró atemorizado. Vio ante él a un niño con el rostro ensangrentado y la mirada vacía, fijó su vista en el brazo del niño, donde antes había una extremidad ahora había un muñón que no paraba de gotear sangre. También se fijó en los cristales que, violentamente, se habían fijado en uno de sus ojos y en la espalda.

Permaneció inmóvil unos instantes, no pudo reaccionar, tenía miedo. Antes de que pudiese articular alguna palabra, el niño se aproximó a él, clavando aquella mirada hueca y vacía en él, con su maltrecho ojo y su inexpresivo rostro. Caminó tres pasos. Pensó en abrazarle y consolarle, decirle que todo iba a ir bien, pero le mentiría, y además, estaba aterrado. El niño se paró, y cual pluma, dejó que su herido cuerpo se desplomase en el suelo. Su mirada se apagó, su rostro se relajó y su terrible agonía llegó a su fin.

De sus ojos brotaron lagrimones, no había podido reaccionar, ni consolarle ni acompañarle… El miedo, el miedo le había derrotado. Siguió corriendo y llorando, lloraba por todas las víctimas que yacían en el suelo, cada una de ellas había sufrido una agonía a cada cual más dolorosa e intensa. Heridas de metralla, sin brazos ni piernas, incluso sin torso. Rostros vacíos y sin expresión, algunos deformados. La Muerte danzaba alegremente entre los cuerpos, recolectando aquellas almas destrozadas para que la acompañaran en su funesto baile. El constante estallido de las bombas y el escalofriante ruido de las balas eran el compás de aquel macabro rito.

Corrió y siguió corriendo, vio al abuelo del niño muerto, le había intentado proteger, pero no había sido suficiente. Otras personas corrían por las calles, otras permanecían inmóviles ante aquella masacre, intentó captar la atención de algunas de ellas, pero los soldados hicieron acto de presencia. Las fusilaron, igual que se da caza a una liebre, por la espalda y con un disparo certero. Riachuelos de sangre corrían mansamente entre las botas de goma de los soldados, que, con firme decisión, remataban a los heridos.

Quiso que le mataran a él también, acurrucarse en una esquina mientras lloraba y esperaba su ejecución, pero su instinto le dijo que corriese a su casa a por su familia. Jadeando y agotado llegó a la puerta de su casa. Se mantenía en buen estado, se dispuso a abrir la puerta pero esta ya estaba abierta, el candado había sido agujereado por una bala. Una vez más, su instinto más básico le dijo que corriese, pero su humanidad le invitó  a adentrarse. Entró, empujó la puerta del interior, la habían forzado pensó. Oyó voces en el piso superior, pasó por la cocina y cogió un cuchillo, no sabía usarlo ni sabía por qué lo había cogido, el instinto quizá. Subió las escaleras pausadamente y las voces se hicieron más perceptibles. Se acercó a la puerta del dormitorio y se dispuso a escuchar:

– ¡ Dejadme en paz, por favor !, ¡Monstruos ! – Elvira lloraba, pero su voz conservaba aquel carácter desafiante y recto.

– No es necesario que grites, mujer, nadie te va a oír, están todos muertos. Ahora, dime dónde está la niña y puede que haya un mañana para vosotras – Percibió el acento extranjero del hombre, sus formas eran educadas, pero su voz rebelaba un aire violento y de superioridad.

– Nunca, ¿Me habéis oído, hijos de puta?, ¡No os saldréis con la vuestra, ella escapará!

– Vos lo habéis querido mi señora. Stefan, mi compañero aquí presente, lleva mucho tiempo sin probar mujer, él os complacerá y os proporcionará una muerte a su libre elección. Tómate tu tiempo Stefan. – El otro soldado asintió, y se turbó ante aquella posibilidad.

El hombre salvaje abandonó el dormitorio. Se escondió tras la puerta mientras él bajaba las escaleras en busca de María. El otro Stefan, empezó a hablar para si mismo, percibió la excitación en él. Empezó a manosear a Elvira mientras estaba luchaba por liberarse, le quitó el camisón y se dispuso a violarla. Entonces decidió entrar sigilosamente en el dormitorio. Stefan estaba ocupado y no reparó en su presencia, sin embargo Elvira le miró y le señaló con la mirada la pistola que Stefan tenía en su cinturón.

Una vez más, el instinto volvió a actuar por él, en cuestión de segundos, sacó la pistola de la funda del soldado con un movimiento fugaz. Stefan se giró sorprendido con el miembro al aire, y antes de que pudiese hablar su instinto apretó el gatillo dos veces. La primera bala le dio en el pecho y le impulsó hacia atrás, la segunda entró en cuello y de la boca de Stefan surgió un chillido ahogado antes de desplomarse sangrando al suelo .Elvira suspiró profundamente y sin mediar palabra se abrazaron, consolándose mutuamente y llorando. Esta calma fue interrumpida por el caminar del otro soldado, que extrañado dijo:

– Stefan, te dije que te tomaras tu tiempo, los chicos estan de camino y estaban ansiosos por verla. –

Elvira, sorprendida, se dirigió a su marido: – Escóndete en el armario, no sabe que estas aquí, sálvate a ti y a María. Te amo, mi amor. – Él intentó mantener la calma y transmitirle algo de esperanza, pero lloró desconsoladamente – Y yo a ti, mi amor, te adoro.- Se besaron tierna y prolongadamente, sabía que no volvería a disfrutar de aquellos carnosos labios ni de los de otra mujer. Se refugió en el armario y esperó.

El soldado entró por la puerta y contempló sorprendido el cadáver de su compañero.

– ¿Qué has hecho, zorra? Ahora pagarás, intenté salvarte, podías haber vivido, ¿por qué la mayoría de personas sois tan débiles, por qué no usáis la lógica y os mantenéis con vida? – ¿Por qué tenía que ocurrir esto? ¿Por qué el hombre irradiaba tanto mal y era tan destructivo? Le habría encantado formularle estas preguntas al hombre, pero de nuevo el miedo le dominó y admitió su cobardía.

– Antes muerta que ser partícipe de una sociedad de asesinos y decrépitos – Nuevamente la voz de Elvira sonó cortante y desafiante. La Muerte la había reclamado, pero ella la aceptaba con dignidad y sin renunciar a los valores por los cuales él se había casado con ella.

– Sea así, ser ignorante – El hombre disparó y la bala fue contra el pecho descubierto de Elvira.

La tristeza y el horror se apoderaron de él al ver el pecho sangrando de su esposa, pero una nueva sensación se apoderó de él, no, no era el instinto, era la ira y la venganza, algo más primitivo aun. Salió de su escondite cuchillo en mano y se precipitó hacia el asesino de su esposa, el soldado le disparó en la pierna pero no fue suficiente para frenarle, la ira guió el cuchillo al vientre del hombre, el cual cayó de bruces y se apoyó contra la pared, llevándose la mano al vientre.

De repente, su mente se detuvo, y se quedó helado ante la dantesca escena que había protagonizado. En la habitación se respiraba un acre olor a sangre, el inquietante silencio  le sobrecogió y el miedo volvió a él, como si se tratara del juego del ratón y el gato. No sabía que hacer, en aquel instante no había ni blanco ni negro, solo gris.     Podía danzar sobre el cadáver y desfigurarlo, o podía arrepentirse y darle un entierro digno, su conciencia  parecía no tener polos opuestos, sólo un ecuador, no sentía ni padecía, todo había sido suprimido por una sensación. Pánico.

Abandonó la habitación en silencio, bajo las escaleras y la vio, era María, su hija, su rostro reflejaba una extraña familiaridad, su estimado amigo, el Miedo ya había hecho migas con ellas. La abrazó fuertemente y esta estalló a llorar sobre su hombro, desconsolada, en espera de un toque tranquilizador que no obtuvo, pues él mismo lloraba sobre  el hombro de la niña. No intercambiaron palabra alguna, abandonaron su antiguo hogar, ahora convertido en morada de pesadillas. Sí, siempre estaría en su memoria, pero se trataría del desencadenante de muchas de sus pesadillas posteriores.

Los días siguientes pasaron sin pena ni gloria, al igual que las estaciones posteriores. Su vida era la de un par de peregrinos, paraban a descansar y retomaban la marcha. No tenían un destino, no tenían un hogar, sólo poseían una cosa: miedo. No pararían hasta encontrar un lugar en el cual su amigo se separara de ellos, un lugar al cual llamar hogar.

En los meses posteriores María murió. Se tiró por un barranco. Él mismo la habría acompañado con gusto, pero el Miedo le detuvo, y se maldijo a si mismo, era un cobarde…

Volvió de entre sus recuerdos. La Cobardía se había unido a su círculo de amistades: Miedo, Tristeza, Desolación e Indiferencia, la habían acogido con gusto para que conviviera con ellas en su interior. No había parado de correr en mucho tiempo, sin embargo nunca estaba solo, muchos peregrinos como él se habían unido a su causa, unos eran niños, otros violinistas, otros habían sido afamados economistas y médicos, ahora no había distinciones. Sólo se detendrían cuando se sintieran seguros, cuando por fin lograran huir de toda aquella pesadilla y el Miedo buscara nuevas víctimas.

Nunca llegó tal día, y uno a uno cayeron, eran frutos podridos caídos de un árbol que se había secado hacía mucho tiempo No habían encontrado un lugar al que llamar hogar, ni habían encontrado seguridad ni armonía… ¿Acaso no existía un lugar en la Tierra donde aquella maldad  no floreciera? Nunca llegaron a saberlo, sus miradas tristes, sus labios secos, su esquelético cuerpo… no había calma en aquellos hombres…

El Miedo y la Muerte son peregrinos incansables, y siempre tendrán una morada donde hacer florecer su fruto…


Con franqueza, debo admitir que no he podido leer completo este relato; merece mi tiempo y atención, por lo que debo posponer su lectura completa. Lo poco que puedo comentar es que la calidad del relato superó mis expectativas en todos los ámbitos. Por supuesto, morgennes, mereces la "Medalla de Zion" en recompensa por tu labor literaria y la medalla de la iniciativa "Yo ayudé a la literatura" por haber participado en ella:

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La actividad más relevante del blog está registrada en La Bitácora.
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Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.