Muerte, un destino inesperado

Muerte
Un destino inesperado

Un rostro blanco e inexpresivo, con ojos vacíos, la observaba. Ella, vencida por el cansancio y el sufrimiento, sólo podía contemplar el tiempo, aguardando el momento inevitable de abandonar aquella habitación, huir de ese tormentoso sitio que se había vuelto su hogar meses atrás. Una mano pálida y fría, sin rastros de haber tenido vida jamás, se extendió frente a ella; ya era hora, tiempo de abandonar esa prisión terrenal que la mantenía atrapada en un mundo que no le correspondía.

La vida, con gran debilidad, sonaba en aquella habitación cuya luz se volvía más tenue a cada instante ante los ojos de la mujer tendida en la cama. Finalmente, un sonido inequívoco anunció que en aquel sitio había una persona menos, una que ya se había librado de todo sufrimiento y tormento terrenal. Ahora se encontraba caminando, libre y tranquilamente, al lado de una delgada silueta cuya imagen transmitía serenidad y calidez, pese a su palidez y ásperas facciones.

Un momento de silencio para escuchar el júbilo de la mujer que ahora es libre de todo suplicio en el mundo de los vivos, que puede recorrer felizmente los lugares más bellos sin siquiera moverse y que puede descansar orgullosa de haber dejado en este mundo a un escritor como el que plasmó estas líneas.


Dedicado a mi madre, RIP.
2 de febrero de 1955 – 29 de octubre de 2010.

 

Saludos,
Desmodius.