Jugando con el Destino -Parte Tercera-

Aqui traigo la tercera parte de Jugando con el Destino.

Saludos:

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Parte Tercera -El Paladín de la Muerte-

  

Maldijo de nuevo su malasuerte y miró con envidia las tiendas de sus compañeros. Mientras ellos dormíancalientes en sus sacos, a él le tocaba estar vigilando el campamento. Encima eltiempo no acompañaba. El aire era gélido como un glaciar y no se vislumbrabaninguna estrella en el cielo. Era una noche de perros. Ni siquiera el recordarla gran victoria obtenida hacía apenas dos días consiguió apagar su enfado.

El primer ataque fue porel flanco sur, y una vez atraído al enemigo hacia allí, dos destacamentoshabían aparecido a espaldas de los defensores, los cuales acorralados, noopusieron gran resistencia. Su objetivo era Mudelos, una de las cuatro grandesciudades-estado que conformaban la Alianza. La idea consistía en abrir unpasillo a través de la garganta del Burbasa eliminando los pequeñoscontingentes de defensores mudelianos aprovechando el factor sorpresa. Una vezeliminados, el grueso del ejército no encontraría ningún obstáculo para llegar aMudelos, asediando la ciudad antes de que ésta tuviera tiempo de organizaralgún tipo de resistencia armada.

Aquella guerra sería laprimera para todos, y quizá la última. Desde luego suya no era la culpa de quesus bisabuelos hubieran nacido “distintos” a los demás. Ellos no habíanconocido los tiempos anteriores, en los cuales se nacía con el destinopreestablecido, ni tampoco habían sufrido la expulsión de las grandes ciudadespor nacer sin ese destino escrito, así que lo que les empujaba a combatir enaquella guerra eran los relatos que los más mayores narraban con gran ímpetu,cargando de odio sus ojos, oídos, corazones, brazos y armas. Odio contraaquellos que una vez decidieron poner fin a la libertad del hombre. Odio contraaquellos que los expulsaron de sus hogares y los separaron de sus seresqueridos.

Ya no eran aquellospobres inocentes abandonados en una tierra hostil y peligrosa. Habían crecido.Lo que al principio eran pequeños asentamientos se había convertido en una granciudad autónoma, al margen de la Alianza. Ahora estaban organizados, y no sevolverían a dejar pisotear por nadie.

En ello andaba pensandoel vigilante cuando oyó un ligero ruido. Salió de su ensoñación y, con la manoen la empuñadura de la espada, que continuaba guardada en su vaina, comenzó aandar sigilosamente hacia el lugar desde donde le parecía procedía el ruido.Cuando llegó al lugar no vio absolutamente nada sospechoso, por lo que imaginóque habría sido algún animal el responsable.

Mientras se dirigía denuevo hacia la zona de vigilancia, se entretuvo calentándose las manos con elcalido aire procedente de su boca.

Menuda noche de mierda –se dijo.

No se percató de laimponente figura negra que se plantó ante él. Cuando se quiso dar cuenta, yaera tarde. Intentó sacar su arma de la vaina, pero el frío había formado hieloen la abertura y la espada se atascó. El atacante realizó un giro de derechascon una bonita filigrana terminado en un estoque rápido dirigido a la gargantadel guardia. Ya era suyo. En lugar de acabar con su vida, mantuvo la espada aescasos milímetros de su garganta.

Dime por que debo dejartevivir – espetó.

El soldado, hecho unmanojo de nervios, no puedo más que tartamudear.

Te lo preguntaré una vezmás. ¿Por qué debes vivir y no morir?.

¡Tengo mujer e hijos! –atisbo a gritar el soldado. -¡Déjame vivir por favor! –imploró sollozando.

Ante esta respuesta, elatacante de la armadura negra clavó sin dudar su espada en la garganta delsoldado.

Yo también tenía familia,y no por ello me permitieron vivir – susurró mientras sacaba la ensangrentadaespada del cadáver.

Por cierto – dijo- no mehe presentado – advirtió mientras se acercaba al oído del cuerpo sin vida. –Soy el Paladín de la Muerte. Soy Eris.