BIOGRAFIA: AQUEL MARAVILLOSO VERANO (I)

Era una mañana gris de sábado cuando decidí comenzar mis fabulosos tres meses de vacaciones (ahhh, la idílica vida del estudiante, si no te tocas las bolas en vacaciones es porque te las has tocado antes) yendo a unos grandes almacenes para celebrar el haber pasado de curso con la adquisición de un videojuego.

Un amigo venía a buscarme, y tras tomarme su retraso con resignación (es la manera fina de expresar que me cagué en todas sus muelas, estuvieran picadas o no), nos dirigimos a la parada. A lo lejos un coche rojo empezó a derrapar y realizar eses sin ‘hache’ y sin ‘ce’ por toda la carretera hasta llegar a mi altura. En ese instante todo el mundo en la parada (incluso mi amigo) había huido a lo Michael Scofield en Prison Break, y sin necesidad de hacerse un megatatuaje. ¿Todos? No. Un imbécil con cara de asombro*, o sea yo, permanecía mirando con la boca abierta la trayectoria de aquel vehículo mientras decidía por donde salir corriendo. Tal indecisión provoco que en aquel momento pareciera yo más una imitación torpe del Chikilicuatre haciendo constantemente el paso de El Cruzaito que un adolescente huyendo de su atropello.

Nota del autor: *Asombro aquí es sinónimo de gilipollas

Fue entonces cuando el avispado* conductor frenó en seco y el coche realizó un sorprendente giro de 180 grados con su parte trasera, lo cual provocó que el vehículo se abalanzara sobre mí. Era como estar en los San Fermines huyendo de los retrovisores de unos coches en vez de los cuernos de un toro. Finalmente, el coche me embistió y yo salí volando cual mozo corneado en el aire.

Nota del autor: *Avispado aquí es sinónimo de hijo P… (no es ‘p’ de predilecto)

Como si de una película se tratara, mis ojos hicieron literalmente un fundido en negro para instantes después abrirse lentamente a un inmenso mar de nubes. Por fortuna no estaba en el paraíso, sino tumbado boca arriba en la acera mirando al cielo y siendo más protagonista que Risto Mejide cuando opina en Operación Triunfo.

De la nada, un montón de caras desconocidas entraron sin avisar en mi campo de visión.
– ¿Estás bien? – Preguntó una.
– ¡No lo toquéis! – Gritaba otra como si yo fuera un apestado que pudiera contagiar a alguien con alguna extraña enfermedad.
– ¡No te duermas! ¡Abre los ojos! – Dijo alguien alarmado.
– ¿Cuántos dedos ves aquí? – Pregunto un listo mucho antes de que se inventara el Brain training.
¡Joder!, ¡que me acababan de atropellar!. Aún no sabía si estaba entero o en pedazos, así que ¿Por qué me iba a importar cuántos dedos tenía aquel tipo en su mano? ¡Por mí como si sólo tenía un dedo, y lo usaba únicamente para introducirles supositorios a sus amigos!
– Tres – le dije para salir del paso.
Intenté reincorporarme yo sólo pero no pude. Algo fallaba, y me di cuenta de que mi pierna izquierda tenía una postura más extraña que la de El Pozi cuando hace yoga.
– No te muevas. Creo que tienes el pie roto – volvió a decirme el listo.
– Traed tablas y una manta – Por lo visto me habían visto cara de niño balsero.
– Voy a entablillarlo – decidió el listo.
– ¡Que no se duerma! – Dijo el alarmado al tiempo que me propinaba un cachete por todos los morros.
– ¿Es usted medico? – pregunto tímidamente uno de los pocos rostros con uso de razón.
– ¡Sí! ¡Naturalmente! – gritó el listo, y mientras me tapaba los ojos con su mano, susurraba…
– Bueno, en verdad soy estudiante de primero de veterinaria pero sé como actuar en estos casos.
¡Eh!, ¿Qué pretendía aquel loco? ¿Ponerme la vacuna del moquillo? ¿Desde cuándo se tapa uno los ojos para no oír por los oídos? Todo aquello me daba muy mala espina, así que le quité la mano de mi cara y le dije que no me tocara y que por favor llamara a una ambulancia.
– No te preocupes chaval. Te vamos a sacar de aquí – insistió el listo.
– Te vamos a meter en un taxi – añadió.
– ¡Que no se duerma! ¡Hay que echarle agua fría por encima para que se espabile! ¡Que alguien traiga agua! – gritaba el alarmado.
¿Sacarme?, ¡ni que estuviera yo en un pozo!. ¿Taxi?, si hubiera cogido uno antes en vez de esperar a la guagua, o si el mamón de mi amigo no se hubiera retrasado, nada de esto hubiera ocurrido.
¿Qué quería? ¿Rematarme con un palo y meterme en el maletero de un coche?, y sobretodo ¿Porqué un miembro de la Facultad de Veterinaria desconocía el significado de la palabra ambulancia?
¿Y qué le pasaba al del agua? ¿A qué venía tanta insistencia?. ¡Ni que mi accidente hubiera estado patrocinado por Font Vella!
– Oigan, estoy bien, pero no me voy a mover hasta que no venga una ambulancia – le dije al listo y al alarmado.
– Está bien, que alguien llame a una ambulancia – contesto contrariado el listo por no tener ninguna cobaya con la que experimentar.
– Vale, pero… ¡no cierres los ojos! – grito el alarmado, que ya tenía una botella de agua en la mano, y amenazaba con tirármela por encima. Al fin libre de aquellos psicópatas, me incorporé sentándome para observar mí alrededor. Lo primero que hice fue saludar a mi peluquero, ya que su peluquería Sergio’s estaba justo delante de la parada, y él se encontraba en la entrada observándome con los brazos cruzados, los cuales solo separó para saludar.
– ¿Como estás? – me preguntó desde la puerta.
Pues ya ves, aquí formando un espectáculo delante de tu mierda de establecimiento donde no entra ni un gato, para ver si la gente se anima un poco y comienza a entrar porque por lo que a mí respecta cabrón insensible no me vas a volver a ver el pelo (nunca mejor pensado).
Estupefacto y sin contestar, miré para el vehículo que me acaba de arrollar y embestir contra la pared. Por la violencia del impacto y la velocidad con la que todo había pasado deduje que tenía que haber sido un automóvil de gran cilindrada.
Aquel resultó ser el peor momento de todos, y el mundo se me empezó a caer encima. Ante mi se alzaba la silueta frontal de la carrocería de un… ¡Seat 127!. De todos los coches que me podían haberme atropellado, va y me pilla una mierda de Seat 127 rojo de segunda mano. ¡Qué hijo de puta!.
Se oyó una sirena y tras ella apareció una ambulancia. Estaba salvado, o al menos eso creía. Se bajaron dos chicos que al tocarme la pierna y ver las lágrimas desprendidas por mis ojos me preguntaron:
– ¿Te duele?
¿Cómo iba yo a explicar que debido a que el impacto era tan reciente aún no había comenzado a experimentar dolor físico, y que mis lágrimas estaban causadas por un dolor espiritual de mi alma afligida ante la imagen de haber sido atropellado por un coche tan roña?
– Sí, mucho – le dije para disimular.
– No te preocupes, que te vamos a inmovilizar el tobillo – me contestaron
Con una velocidad pasmosa (fruto seguramente de la práctica con muñecas hinchables) aquel chico infló una férula, que se asemejaba mucho a los brazaletes que se hinchan para que los niños pequeños floten en la piscina, y la colocó alrededor de mi tobillo.
El ruido de otra sirena llamó la atención del coro de personas que se había creado a mí alrededor, era la policía. Aquel hombre libreta en mano, se puso de cuclillas ante mí, y me preguntó:
– ¿Cuál es tu nombre, hijo?
¿Hijo? ¡Lo único que me faltaba en aquel momento es que apareciera en mi vida un padre secreto que encima no se supiera ni mi nombre! Afortunadamente, me di cuenta de que era tan sólo una expresión, y que el shock de aquel tremendo golpe me estaba empezando a afectar. Tras responderle, me volvió a preguntar:
– ¿Recuerdas el número de teléfono de tu casa?
– Si, ¿para qué? – le respondí al tiempo que le decía el número.
– Tenemos que informar a tu familia de lo ocurrido. ¿A dónde ibas? – preguntó el policía.
– A unos grandes almacenes – volví a responder.
– Entonces les llamaré y les diré que te has caído por las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes, pero que estás bien, y que no se preocupen. Es mucho mejor que decir que has tenido un accidente de coche. ¿Entiendes?.
Alucinado, imaginando la cara que iban a poner en casa cuando un policía les llamara diciendo que el subnormal de su hijo se había caído por las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes, ni siquiera me percate de cómo me introducían en la ambulancia y cerraban sus puertas tras de mí.