ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO (i)

Cogí el frasco de eau de toilette y me rocié con él de arriba a abajo sin acordarme de que mi cara se encontraba recién rasurada. Apreté los parpados en un gesto de dolor y me aproximé al espejo para ver de cerca los enrojecimientos que empezaban a formarse en mi piel. Duchado, vestido, engominado, perfumado, cortado e irritado, corrí por el estrecho pasillo hasta llegar a la puerta de la calle dejando tras de mí un rastro de fragancia más impactante que el de la mofeta de los dibujos animados Pepe L’Amour. Sin duda si la chica del anuncio de ‘Busco a Jack’ lo hubiera encontrado con mi perfume, se hubiera desmayado con el exceso de olor antes de haberse bajado la cremallera del escote.
Apreté el botón del ascensor pero éste no dio indicios de ponerse en marcha. Intrigado eché un vistazo a sus puertas metálicas y me encontré con un trozo de papel de cuadros pegado con cinta adhesiva que tenía escrito a bolígrafo ‘no funciona’. Sin dudarlo ni un segundo descendí raudo por las estrechas escaleras para toparme un rellano más abajo con una anciana que subía con demasiada parsimonia.
– Hombre… Alex… Contigo quería yo hablar… – me dijo.
– Esto… lo siento doña Gloria, yo es que tengo prisa. – respondí.
– Es que resulta, que me comenta Luisa, la del quinto… Ya sabes, esa señora gordita con el pelo corto y rizado que vive en el quinto y que hace años se separó de su marido. Pues ayer, cuando salía a comprar el pan para acompañar la ensaladilla… Porque mira que hace años que no me daba a mi por hacer ensaladilla… pero total, ayer me dije que con el calor que hacía no estaría mal hacer una ensaladilla bien fresquita… pero claro, yo la ensaladilla no la paso sin pan. Así que me comenta Luisa que tiene manchas de humedad en el techo a causa de un escape del termo del vecino de arriba, y como yo estoy debajo de ti pues me dio por mirar esta mañana y la verdad es que he visto unas manchas… Pero claro, con la edad que tengo mis ojos ya no ven como antes, pero para mí que son ¡imágenes de la virgen!. Yo esto ya lo fui a hablar con el párroco don José que casualmente estaba esta mañana en la parroquia y me dijo que…
Media hora después, tras meditar seriamente si huir en dirección a la azotea y lanzarme desde ella a la calle, o si amordazar a la señora y esconderla en mi cuarto de baño, le juré con lágrimas en los ojos que iría a su casa a ver lo de las ‘manchas’ tan pronto como me fuera posible. Me despedí dándole un fuerte abrazo y aproveché para auparla dos escalones más arriba. Por fin tenía vía libre.
Salí corriendo con la esperanza de que la línea siete tuviera el mayor retraso de su historia, mientras sorteaba por el camino toda clase de obstáculos: una señora, el hijo pequeño de la señora, la maletita con ruedas del colegio del hijo pequeño de la señora, un chico absorto con su mp3, y hasta a una chica en patines. Todo menos una cosa, una fatídica boñiga recién exprimida por el culo de un perro que se interpuso en mi camino. Y mientras me resbalaba bajo la asombrada mirada del dueño de aquel condenado caniche, observé como el autobús cerraba sus puertas y continuaba la marcha. 
– ¡Mierda!. – grité.
– ¿Y qué te pensabas que era?. ¿Chocolate?. Mi ‘Paquito’ caga como cualquier otro perro. – dijo el simpático anciano propietario del animal.
– Joder!. ¿Y ahora qué hago?. – pensé en voz alta.
– Pues limpiarte, como todo el mundo. – contestó el anciano mientras me acercaba el papel de periódico con el que pensaba recolectar el preciado trofeo de su mascota.
– ¡No tengo tiempo!. – respondí. – ¡Llego tarde!. ¡Taxi!, ¡taxi! – grité al tiempo que alzaba la mano.
Afortunadamente un vehículo con un cartel de ‘Libre’ en el parabrisas se detuvo ante mi desesperada llamada. Sin embargo cuando me disponía a abrir la puerta del coche, este comenzó a acelerar sin previo aviso, y cuando el conductor sacó su calva cabeza por la ventanilla pude oírle decir:
– ¡Estás loco si piensas que voy a dejar meterte en mi coche para que me cagues toda la tapicería!. ¡Búscate a otro!.
Giré el reloj de mi muñeca, ya que siempre me había quedado algo grande, para poder ver la hora, y un escalofrío de angustia recorrió mi recién perfumado cuerpo. Hacía un cuarto de hora que debía de estar en su casa, y encima le había prometido que no iba a llegar tarde. Así que hice lo que cualquier hombre cagado como yo habría hecho en aquella situación, correr. Correr como un guepardo, como un galgo, como una gacela, aunque muchos hubieran afirmado por mi aspecto que el que corría era más bien un gorrino. Y así fue como llegué a casa de Paula más de media hora después, en pleno mediodía de un Sábado de verano, por lo que para cuando me presenté delante de su puerta estaba completamente empapado en sudor.
Toque el timbre con miedo a un calambrazo causado por la humedad de mi cuerpo, pero afortunadamente no fue así, y escuché los pasos de alguien que se acercaba para abrir la puerta. Me coloque el pelo mojado como buenamente pude, aunque lo único que conseguí fue cambiar mi flequillo de un lado a otro, y entonces ella abrió la puerta para dejar relucir todo su esplendor (esplendor puede sustituirse aquí como ‘pedazo de escote’).
– Hombre, por fin has llegado. Te estaba esperando.
– Si, lo siento, se me ha hecho un poco tarde.
– ¿Que te ha pasado? – preguntó con cara de desagrado mientras me miraba de arriba a abajo.
– Esto… no te lo vas a creer, pero es que he venido corriendo.
– ¿No tienes coche?.
– Eee… si, si… pero es que no me gusta cogerlo. A veces prefiero ir andando para hacer deporte. – mentí.
– Ya, ¿y esa mancha marrón?. – preguntó señalando mis pantalones.
– Pues… no sé, me habré rozado con algo. ¿Me dejas ir al baño?.
– Claro, pasa.
Entre cual extraño y al seguir las indicaciones de su mano traspasé una puerta que sin duda era la entrada al salón. Allí estaban el sofá, el comedor, la televisión, y tres amigas suyas a las que yo no esperaba encontrar allí.
– Ho… Hola. – saludé sorprendido.
Sin embargo mi saludo no tuvo más respuesta que una débil sonrisa reflejada en la cara de una de ellas, mientras la otras dos me miraban con indiferencia.
– Este es Alex.- dijo a sus amigas. – enseguida viene, va un momentito al baño porque se ha cagado el pantalón.
– ¡No, no!, ¡es un roce!. Alguna mancha de aceite o algo…- decía mientras me abalanzaba hacía el baño que había visto entreabierto al final de otro pasillo.  
Cerré la puerta, me quité los pantalones, y me giré rápidamente hacía el sonido de un grifo que parecía abierto. Sin embargo me di de bruces con otro tipo de ‘grifería’ con un aspecto bastante diferente a lo que me esperaba.
– ¡Eh, tio!, ¡pero que haces! – oí gritar al propietario del pene que tenía delante de mis narices.
– Yo… yo… yo sólo iba a…
– Eres otro de los amigos ‘raritos’ de mi hermana, ¿verdad?. ¡Pues ya puedes ir dejando de mirármela pervertido! 
Se abrochó los pantalones y salió del cuarto dando un portazo al tiempo que le escuchaba gritar:
– ¡Tu amigo es un enfermo!. ¡Esto es el colmo!, ¡me ha intentado tocar el pito!.
Avergonzado cogí el primer bote que encontré en el lavamanos y apliqué su contenido directamente sobre la mancha. Luego metí la parte del pantalón afectada bajo el agua para observar con asombro como aquello no mostraba signo alguno de crear espuma. Me fije detenidamente en el bote y me mordí la lengua por no gritar cuando leí ‘crema hidratante’ en la etiqueta del mismo.
Suspiré, me puse los pantalones nuevamente y salí como un torero al ruedo improvisado en el que se había convertido aquel salón. Todos me estaban esperando y me miraban con ojos acusadores.
– Alex… – dijo Paula.
– Yo… estaba buscando el grifo…
– ¿El grifo? – preguntó al no comprender el significado de mis palabras.
– Es que entré con prisas y no me di cuenta de que hubiera nadie dentro. Pensé que alguien se había dejado el grifo abierto. – expliqué.
– ¿Y esa mancha de blanca de ahí?
– Es crema hidratante.
– ¡Pero tío!, ¿tu eres normal?, ¿estás bien de la cabeza? – me preguntó su hermano mientras yo veía como se le hinchaba una vena del cuello.
– Déjalo Luis. ¿Podrías por favor dejarle uno de tus pantalones? – dijo Paula intermediando entre su hermano y yo al ver que este se me acercaba peligrosamente.
– ¡Joder!, no si al final seré yo quién le tenga que pedir disculpas a este imbécil… – respondió airadamente mientras se dirigía a su habitación.
 
CONTINUARA…