ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO (ii)

Si no te has leido la primera parte, te recomiendo que al menos le des un vistazo aquí

 

Por suerte Luis había quedado con unos amigos, así que no tenía que preocuparme por ver más su cara de ‘de la que te estás librando chaval’. Lo malo es que me dejó tan sólo unos pantalones de licra de los que usaba cuando empezó en el gimnasio. Así que allí estaba yo, en aquel salón, con mis pantalones de licra, y rodeado de mujeres. Yo miraba las paredes sin saber bien que decir o como iniciar una conversación, y ellas no paraban de fijarse en mis nuevos pantalones. Por fin Paula rompió el hielo y dijo:

 

– ¿Qué tal si jugamos un rato a la Wii?. – un molesto silencio acompañó a su pregunta a la vez que sus amigas se miraban las unas a las otras.

 

– ¿Qué dices Alex?. ¿Se te da bien esto de los videojuegos?.

 

– ¡Pero si soy el mejor!. Yo juego con mi PC y mi PS2. No tengo la Wii, pero suena divertido. ¿Qué juegos tienes?

 

– Ahora mismo sólo el Wii Sports, y el Galaxy que nos prestó un amigo de Luis.

 

– ¡Pues venga ese Sports que os voy a dar a todas por cu… os voy a dar una paliza! – dije levantándome con un brinco del asiento.

 

Por primera vez sus amigas sonrieron, y aunque en un primer momento pensé que por fin me estaba integrando, enseguida me día cuenta de que de lo que se reían era de mi paquete prensado en la licra que se había quedado al descubierto con aquel estúpido salto. Decidimos jugar una partida a los bolos y el destino decidió que fuera yo quién empezara (el destino y cuatro dedos índices apuntando hacía mí tras preguntar quién iba a ser el primero).

 

– Ponte la correa. – me indicó Paula.

 

– No hace falta. Yo este mando lo controlo bastante bien. – le dije mientras me concentraba en realizar un pleno. Quería demostrarles mi habilidad con los videojuegos, dejarlas con la boca abierta, enseñarles que estaban ante alguien que se había acabado el ‘Dios de la Guerra’ en todos los niveles de dificultad.

 

Lancé con un rápido movimiento de mi brazo y la bola se deslizó por la pista hasta hacer caer todos los bolos. Lo había conseguido, estaban con la boca abierta, aunque no miraban la pantalla del televisor de 32 pulgadas, su vista estaba fijada en el marco de la ventana que estaba a su derecha.

 

– ¡Te dije que te pusieras la correa! – gritó Paula, tras lo cual miré mi mano derecha en busca del mando para comprobar que efectivamente estaba vacía.

 

– ¡Mierda!, ¡la crema hidratante! – recordé mientras a mi mente venían imágenes de lo que minutos antes me había sucedido en el cuarto de baño.

 

– ¿Qué haces ahí parado?. ¡Baja a buscarlo!

 

– Esto… Paula, si te parece ya vamos nosotras a por él. Total, no creo que podamos seguir jugando. – dijo una de las chicas.

 

– ¿Ya os vais?. – les preguntó.

 

– Si, os dejamos solos para que habléis con más tranquilidad sobre el ‘tema ese’… – dijo otra de las amigas.

 

Se despidieron y, al salir, Paula sonrió para decirme:

 

– Bueno, será mejor que te explique de una vez porqué me he decidido por fin a llamarte y quedar contigo en mi casa.

 

Un cosquilleo recorrió mi estomago. Era lo mejor que me había pasado en todo aquel desastroso día. La seguí hasta su cuarto de paredes empapeladas con posters y estanterías plagadas de peluches, y una vez traspasado el umbral de la puerta me invitó a sentarme junto a ella en el borde de su cama.

 

– Alex, yo quería pedirte una cosa. – dijo mientras sus ojos color miel me miraban directamente a los míos.

 

– ¿Si?

 

– Yo, quería…

 

Sonrió, y fue entonces cuando mis mejillas comenzaron a arder como si formaran parte de una barbacoa en pleno desierto, y a enrojecerse como si quisieran competir en color con el sobre de Ketchup de un Mc Donalds. Estaba tan nervioso que no pude evitar llevar mi mano a la nuca para retener las gotas de sudor que se deslizaban inundando el cuello de mi camisa, y desviar la mirada hacía el techo como si allí se encontrase algo verdaderamente interesante.

 

Es que me da vergüenza decírtelo, ¿sabes?. Porque es algo muy personal.

 

Yo… Tu sabes… tu sabes que puedes confiar en mí… me puedes decir cualquier cosa… – balbuceé.

 

Ya, por eso te he llamado. No puedo aguantar más. ¡Tengo un retraso de tres días!.

 

¿Co… ¿Cómo?.

 

¿Verdad que te parecen un montón?. No sé cómo he podido dejar que pasara tanto tiempo sin decírtelo.

 

Fue entonces cuando pensé, ¿Retraso?. Pues será mental porque lo que soy yo ni la he tocado. A no ser… A no ser por todos esos sueños que he tenido con ella, porque de húmedos no tenían nada, ¡eran directamente películas porno amateur!. Pero… pero, ¡que coño!, nadie deja embarazada a una chica con un sueño por muy salido que sea!. Alex, tranquilo, tienes que aclararlo…

 

Reco… reconozco que siempre he querido hacerte un favor, pero es que lo del retraso me ha cogido por sorpresa. – atiné a decirle.

 

Si, tienes pinta de eso. Pero no te preocupes. Sé que te gusta un montón este tema y por eso te he llamado. ¿No te importa verdad?.

 

Nuevamente la bombilla de una pregunta se iluminó en mi cabeza. ¿Que insinuaba?. ¿Que tenía cara de salido?. ¿Que cada vez que la veía soltaba más baba que un caracol?. ¿Que tenía dos melones como para… Vale, vale, si, ponía cara de salido, pero ¡como para no ponerla con aquel monumento que tenía delante!. Un momento, ¡qué está pasando aquí?. Tiene un retraso y quiere montárselo conmigo. ¡Esta tía quiere meterme el paquete a mí en vez de yo a ella!. ¿Pero de que va?. ¡Tendrá cara!.

 

Pues no, la verdad es que no me importaría hacerlo pero que sepas que yo no voy a cargar con la culpa de tu retraso. – dije.

 

No te preocupes, cuando termines de hacer lo que tengas que hacer hablare con todos y les diré lo que ha pasado. Mientras no se enteren mis padres…

 

De pronto se iluminó en mi mente la palabra ‘ninfómana’ con luces de neón, y pensé, joder con la Paula, ¡quién iba a suponer que era ninfomaníaca!.

 

¿Todos?. ¿Pero a cuantos te estás refiriendo?.

 

No sé, ¿diez mil?, ¿once mil?. Es que ya he perdido la cuenta.

 

Mientras el mundo se me venía arriba, la hinchazón de la entrepierna se me venía abajo, y sin saber bien que decir, lo único que tenía claro es que no quería ser un número más en su lista, por muy buena que estuviera.

 

Mira Paula, yo… yo… no sé si podré.

 

Venga, no te hagas de rogar. ¿Te parece bien encima de esta mesa?.

 

Juro que en aquel momento mi cabeza quería llamarla frívola, decirle que era una persona fría y sin sentimientos, pero no sé cómo terminó hablando mi pene.

 

Esto… vale… por mí de acuerdo.

 

Gracias, sabía que no me ibas a dejar así.

 

Se dio la vuelta y se agachó para plasmar aún mejor su hermoso trasero en aquellos pantalones vaqueros que dejaban entrever la fina tira de un tanga rojo. Mi mano palpitaba al ritmo de los latidos de mi corazón, que hacía unos segundos había vuelto a bombear la sangre a una parte vital de mi cuerpo que no era el cerebro. Y cuando estaba a unos milímetros de tocar aquel culo sobrenatural, ella se levantó y puso la torre de un ordenador encima de la mesa.

 

Bueno aquí lo tienes.

 

¿El qué? – pregunté desconcertado.

 

El ordenador. Llevo tres días sin actualizar mi blog, la de gente que se estará preguntando porque no he posteado nada. Seguro que es un virus de esos que rondan por Internet. Como se entere mi padre, con las de cosas importantes que guarda en el disco duro, seguro que me lo prohíbe fijo.

 

El… ¿el retraso es por esto?.

 

Si, es que ni siquiera arranca. Menos mal que me han dicho que eres un crack de los ordenadores. Gracias por venir, eres un encanto. Bueno me voy que he quedado con mi novio un momentito, vuelvo con él en media hora y me cuentas que tal va.

 

Eh… si, si.

 

Se colocó un pequeño bolso blanco en el hombro, abrió la cubierta de su teléfono móvil y marcó un número de su agenda al tiempo que acercaba el dispositivo al oído.

 

Hola, ¿Dónde estás?. Si, si ya está en casa. Ok, salgo ahora mismo a buscarte.

 

Y mientras veía su estilizada espalda desaparecer por el marco de la puerta sólo se me ocurrió gritar:

 

No te preocupes, seguro que no es nada y lo arreglo en un abrir y cerrar de ojos. Yo es que para esto soy un…

 

Se oyó el portazo de una puerta, y tras él desapareció la voz de Paula hablando por el teléfono.

 

…gilipollas. – terminé por decir en voz baja, con el corazón destrozado, y la cabeza gacha apuntando hacia el piso.