BIOGRAFIA: AQUEL MARAVILLOSO VERANO (II)

Hoy, por petición popular (bueno, recientemente tan sólo me lo ha pedido Logan), voy a postear la segunda entrega de mis vivencias personales tras mi atropello. Os recomiendo encarecidamente que os leáis esta entrada si queréis cogerle el hilo al argumento…

Una vez dentro de la ambulancia, el conductor se dirigió a toda leche al hospital. Era como ir en el formula uno de Fernando Alonso pero por un camino de cabras en vez de un circuito asfaltado mientras te gritan al oído NANO NANO NANO NANO (onomatopeya de cómo suena la sirena de una ambulancia). Con cada bache que cogía, yo veía algo más de cerca eso tan bonito que vemos brillar por las noches y que no son las farolas, y con cada gesto de dolor que mostraba más me decía el chico de la ambulancia que yo era un quejica porque con la protección que me acababa de poner era imposible que aquellos saltos de camilla me afectaran.

Cuando llegamos al hospital, una chica vestida de enfermera se aproximó a mí y me puso la mano a la altura de la entrepierna.

¡Dios! ¡Cómo me haces esto! ¡Mi sueño erótico por antonomasia y yo aquí impedido! – pensé. Aunque realmente no estaba impedido del todo, porque empecé a notar como mi corazón tenía que desviar la sangre que bombeaba al muslo afectado hacía mi miembro viril, que por lo visto no quería que me olvidara de él en aquellos difíciles momentos.

De repente, aún no se bien de donde (no me dio tiempo a preguntarle), la enfermera sacó unas enormes tijeras. ¡Dios! ¡Me quería amputar la única parte de mi cuerpo que aún funcionaba con normalidad en aquellas circunstancias y que jamás se fracturaría a causa de un accidente de coche!

Intenté huir de aquella Lorena Bobbitt en potencia, pero con una habilidad sorprendente que yo sólo había visto con anterioridad en Eduardo ManosTijeras, cortó mi pantalón vaquero en un Tris y un Tras, dejándome en calzoncillos en la camilla en mitad de aquel pasillo de hospital atestado de gente. Sonreí como buenamente pude al público que me observaba y comprendí que el peor color de calzoncillos que puedes llevar el día de tu accidente es el blanco.

Bastante tiempo después de andarme exhibiendo en paños menores apareció un hombre para llevarme con la camilla a la sala de radiografía. La mesa estaba helada y yo tenía un dolor en la pierna insoportable.

– No te muevas – dijo desde una pequeña sala próxima
– ¡Plong!, se oyó como ruido de fondo al hacerme la radiografía
– Hmm, aquí no se ve nada. ¿Seguro que te duele?

No, no me ocurre nada. Lo que pasa es que me gusta llamar la atención de la gente porque me excita, ¡no te jode! – pensé.

– Si, me duele bastante – alegué.
– Ok, entonces probemos en otra posición. Gira la pierna – me dijo el amable enfermero.
– No puedo – respondí, en parte porque me resultaba imposible hacerlo, y por otro lado porque siempre he sido reacio a probar nuevas posturas raras sin previo calentamiento.
– Vamos, no seas quejica, que no tienes nada – contestó mientras me giraba la pierna 90 grados hacía la izquierda (pareciendo desconocer el significado de la palabra ‘sutileza’) y yo gritaba de dolor.
– No te muevas – me dijo el ya no tan amable enfermero.
– ¡Plong! – se volvió a oír.
– ¿Ves como no tienes nada? – dijo desde el cuarto.

Yo ni respondí, porque gracias a su gentil acción en aquel momento yo sólo podía ver las estrellas mientras me palpitaba la pierna al ritmo de una buena batukada.

– Esta bien. Túmbate que voy a hacerte una de la pierna entera y ya lo dejamos – afirmó algo molesto, mientras me hacía sentir como un modelo en declive que ya nadie quería ver posando para una revista y que de hacerlo sólo sería leída por una pequeña minoría.
– ¡Plong! – se escuchó de fondo.
– ¡No jodas! – exclamo el enfermero desde el cuarto.
– Chico… – vino mientras intentaba dejar de sonreírse
– ¡Buenas noticias!, tu tobillo está intacto. Ahora, lo que es el fémur, lo tienes partido en dos, ¡y sus dos mitades se han montado una encima de la otra!

Más tranquilo, sabiendo que lo único que tenía era un sándwich dentro de mi muslo formado por dos crujientes capas de hueso, me volvieron a abandonar a mi suerte en medio de un pasillo. Sin embargo, ya no era un casual en calzoncillos, era el magnifico poseedor de una fractura de fémur. Así, si alguien se paraba y me preguntaba que hacía allí, podría responder:

– Aquí, esperando a que me traten mi fractura de fémur.

Lo cual era mucho mejor que decir:

– Aquí, que me han dejado en calzoncillos y no se lo que tengo.

Como aquel hospital estaba abarrotado de pacientes hasta la médula, me metieron en una ambulancia y me llevaron directamente a la sala de urgencias de otro hospital menos congestionado. En aquella sala ocurrió uno de los hechos más insólitos de mi vida.

– Te voy a anestesiar la rodilla – me dijo un enfermero jeringuilla en mano.
– ¡Pero si lo que tengo roto es el fémur! – grité alarmado
– Ya, pero ¿ves esta herradura? – preguntó

Y lo miré con cara de loco mientras intentaba no enseñarle mi dentadura, no fuera que al final me hubieran confundido con un caballo.

– Pues te la voy a poner en la rodilla, para colocarle un peso, y de está forma conseguir separar los dos trozos de fémur, ya que se te han montado uno encima del otro.
– Vale – contesté resignado mientras me pinchaba en la rodilla.

Al rato regreso el enfermero pero sustituyendo la inocente jeringuilla por una taladradora y broca en mano.

– Bueno, ¿estás preparado? – me dijo sonriendo.
– ¡Para qué! – grité con el alma en un puño.
– Hombre, para ponerte la herradura te tengo que hacer dos agujeritos, uno a cada lado. ¿Con que te pensabas que hacíamos los agujeros en urgencias? Tranquilízate, que es una Black & Decker.

Suspiré, y a mi mente vinieron muchas escenas de películas gore como ‘Tu madre se ha comido a mi perro’, pero no quería pensar en lo que habían taladrado anteriormente con aquella herramienta, así que me limité a tumbarme y a sentirme algo aliviado, porque al fin y al cabo la taladradora era de una reconocidísima marca. Me pregunté si era necesario el que utilizara tacos para una mejor sujeción.

Como si de una sesión en directo del programa Bricomanía se tratara (Ostia, me llamo Pachi y hoy voy a enseñaros como colocar un objeto decorativo en vuestra rodilla), empecé a sentir la broca penetrando desde el lado interior y observé como ésta salía por el lado exterior.

– ¡Ostia! – dijo el enfermero mañoso
– ¿Que pasa Pachi? – pensé.
– Me ha salido la broca por un sitio que no es. Espera, que lo intento de nuevo – me comentó el ya no tan mañoso enfermero.

Volvió a introducir la broca por el agujero (no penséis mal) realizado en el lado interior de la rodilla, pero varió ligeramente la trayectoria para que esta saliera por una nueva ubicación.

– ¡Ahora si! – dijo con un gesto de satisfacción mientras admiraba su obra.

Introdujo una barrita de hierro por uno de los agujeros y dejó que sobresaliera por ambos extremos de la rodilla, y luego enganchó la herradura. Deseé al menos, que ésta fuera una de la buena suerte.

(CONTINUARA)