EL GUARDIAN: CAPITULO IV

Esta es la historia de ‘El Guardián’, un hombre obligado a velar la vida de un mundo en constante lucha por darle muerte. Aquí os dejo con la cuarta entrega:

INDICE DE CAPITULOS

Capítulo I: Bendecido por los dioses, condenado por los hombres

por Desmodius

Capítulo II: La huida de ‘El Guardián’

por Shaiyia

Capítulo III: El huérfano de la alquimia

por RikkuInTheMiddle

Capítulo IV: El sendero de los muertos

por Electroblog

 

EL GUARDIAN (IV): EL SENDERO DE LOS MUERTOS

En lo alto de aquella cima no les esperaba más que el frío, la desolación, y un viento encolerizado que les retaba una y otra vez abofeteando sus caras, golpeando sus vestiduras, y azotando sus oídos con un escalofriante grito. Miles de metros más abajo, se dibujaba un sendero serpenteante cuya silueta se entrecortaba con las pilas de cadáveres que se hacinaban a su alrededor. Ninguno de los tres se atrevió a retirar de su rostro la túnica que impedía al hedor de la muerte acceder a sus pulmones.

El reino de Hagar tal y como venía descrito en los antiguos escritos había desaparecido. Poco o nada quedaba de su esplendor y grandeza, tan sólo unas ruinas que se veían diminutas en lo alto de aquella escarpada montaña. A lo lejos, un paisaje desolado y oscuro retenía millares de esqueletos cuyos dueños habían participado en la batalla más cruenta que el mundo de Thalos había conocido. Quinientos años antes, en ese mismo lugar, los hombres se enfrentaron por segunda vez al elegido por los dioses con la obsesiva idea de arrebatarle el poderoso don que le había sido otorgado. Una hueste de más de cien mil criaturas surgidas de todos los rincones de la tierra se habían concentrado aquella noche en el valle para, junto con los ejércitos comandados por los reyes de Hagar y Greicot, someterse a las órdenes de Hilar, un ambicioso hechicero con el poder y la osadía suficientes como para desafiar a los dioses y pretender acabar con su protegido.

El silencio era sepulcral, las miradas de los hombres y las bestias observaban absortas la negra silueta de su líder a lomos de uno de los pocos diablos nocturnos que aún quedaban con vida. Alzó su mano, y tras su gesto, uno a uno miles de soldados uniformados y armados ascendieron por la rocosa pendiente de la montaña y se adentraron en sus entrañas por la estrecha gruta que daba paso a su interior.

El filo de una espada negra oxidada rasgó el aire, pero Lezith la esquivó grácilmente con un simple movimiento de cintura al tiempo que detenía con su mano un enorme mazo punzante que iba directo al cráneo de Nihls. Observó la sangre caliente que manaba de su mano herida, pero no sintió dolor alguno, hacía tiempo que había dejado de sufrir y de albergar emoción alguna, pues su alma y su cuerpo se encontraban vacíos desde el mismo momento en que una espada profanó el corazón de su madre.

Hubiera sido un regalo del cielo poder morir en su regazo en aquel instante, pero los soldados de Breox encontraron más sencillo y divertido abandonarlo en manos de las bestias salvajes. El destino hizo que fuera encontrado por una patrulla de Triazz, que en vez de devorarlo vivo como hacían con todos los seres a los que daban caza, decidieron llevarlo a su aldea para convertirlo en su esclavo. Durante los años siguientes creció entre ellos, sometido a sus vejaciones, a sus malos tratos, y a sus torturas, pero también observándolos en el arte del combate y de la caza. Pronto advirtieron que su mascota tenía una habilidad innata para convertir con sus manos cualquier metal al calor de una fragua en un preciado y refinado siervo de la muerte, por lo que no dudaron en dejarlo definitivamente al servicio del herrero. Un día, el crujido del látigo azuzado por la mano de su amo fue contestado por la afilada punta de una diminuta hoja de bronce diseñada para mantenerse oculta en un paladar. Luego, tras apropiarse de su mejor creación convirtió aquel lugar en un lago de sangre negra y espesa, y mientras juraba que algún día haría arrepentirse a los dioses por su insultante desidia, lo poco que quedaba de su corazón le indicó el camino de vuelta hacía el territorio donde años atrás tuvo lugar su alumbramiento.

El Triazz sonrió al ver humear la sangre al frío contacto de la noche, y no se percató del sutil movimiento de Lezith, que desenvainando con su otra mano una negra espada logró trazar con su filo una línea invisible en la frente de la víctima. La cabeza se separó en dos partes, y una amalgama caliente de fluido y vísceras resbaló por su mejilla. Luego, con un simple gesto de su mirada, presionó el pecho del asaltante que había cogido a Syok por sorpresa hasta conseguir triturar sus pulmones, evitando de esta forma que asestara a su compañero un golpe mortal con su cimitarra. Finalmente, en un vano intento por sobrevivir, el último asaltante realizó un ataque directo al corazón del herrero, pero éste con una rapidez pasmosa desvió el estoque con su arma y sus dedos sangrantes se aferraron como tenazas al cuello del humanoide.

– ¿Sabes donde está la entrada a la grieta? – gritó Lezith mirando fijamente a su adversario.

Recibió un impacto de saliva por respuesta. Sin inmutarse, guardó su espada y golpeó el rostro de la criatura con su puño libre. Al retirarlo, lo mantuvo en alto para que pudiera ver como la cuchilla que salía de su muñequera de cuero llevaba engarzado un globo ocular. La criatura respondió profiriendo alaridos de dolor mientras miraba horrorizada su ojo recién cercenado.

– ¿Sabes donde está la entrada a la grieta? – volvió a repetirle con más fuerza.

Horas después de que la fila de soldados penetrara por la estrecha oquedad, un enorme temblor sacudió la montaña y la boca que habían utilizado como entrada empezó a vomitar un río de sangre sobre el que flotaban restos mutilados y carne. El terror cundió entre los millares de hombres y bestias que esperaban en el valle, y tras un estruendo que hirió la superficie de la tierra, el caos y los gritos comenzaron a reinar sobre ella. Enormes cicatrices se elevaron por la ladera de la montaña y convirtieron su cumbre en escombros, haciendo perecer bajo las rocas o desaparecer en el interior de la grieta a casi un tercio de aquellas tropas. Finalmente, una enorme explosión, que se elevó hasta casi tocar las estrellas, hizo fenecer a la mitad de los soldados que aún se hallaban en pie, y despejó el negro manto de nubes en el que se envolvía la noche. Fue entonces cuando todos pudieron ver la señal marcada en el cielo, la luna roja de Ashmar con sus tres pequeños satélites descansando equidistantes entre sí bajo la purpúrea mirada del astro. El ojo del guardián del que tanto hablaban las viejas leyendas se había formado y sólo la muerte aguardaba al incauto que se hubiera atrevido a despertarlo.

Del cráter recién formado surgió un extinto demonio rojo de proporciones inmensas, el cual, extendiendo por completo sus alas, alzó el vuelo e incineró con el simple uso de su aliento al resto de tropas que aún permanecían con vida. Luego, descendió en picado y disminuyó considerablemente su tamaño, hasta el punto de posarse en la tierra completamente transformado en humano, justo en el mismo lugar donde Hilar y los reyes habían permanecido a salvo gracias a una esfera de protección invocada por el hechicero. La figura nacarada de un hombre alto y corpulento, desprovisto de vello o de cualquier vestidura, se acercó hacía ellos con paso firme y pausado. En su frente y sobre sus ojos, los observaba una tercera pupila de color rojo bajo la cual descansaban tres lunares púrpuras equidistantes. Sin duda alguna era El Guardián.

– ¿No estás cansado de huir Guardián?, ¿no te hastía tener que ocultarte de aquellos a los que algún día salvaras su vida?. Deja que sea yo quién alivie tu peso, deja que sea yo quién lleve la pesada carga del destino de Thalos. – dijo Hilar con voz temblorosa mientras ambos reyes se arrodillaban estremecidos ante la presencia de aquel ser sobrenatural.

– ¿Qué puedes ofrecerme tú simple hechicero?. ¿Qué cosa queda en este mundo que aún pueda dar otro sentido a mi existencia? – le escucharon pronunciar aunque en ningún momento separara sus labios.

– Te ofrezco la vida que siempre llevaste, retornar al pasado, la libertad. – respondió Hilar.

– ¿Y como piensas devolvérmela? Ni siquiera tu magia o la mía tienen el poder suficiente para cambiar el designio de los dioses. Te lo advierto mortal, no trates de engañarme…

– No, jamás me atrevería a hacerlo. Tan sólo acuérdate de sus palabras, los dioses dijeron que podrías conferir tu don siempre y cuando sacrificaras tu bien más preciado.

– Ya no me queda nada más que dar… – respondió aquel ente mirando hacia otro lado.

– Lo sé. Quién entrega su vida a los dioses, poco a poco entrega también la de los suyos, ¿cierto?. Es tu maldición Guardián, pero también puede ser la mía. ¿Recuerdas a Ilaila?. Ya la has sacrificado. He aquí sus lágrimas, otórgame tus poderes y yo te la devolveré viva a cambio. Sabes que no necesito más para encontrarla entre los muertos. – dijo Hilar mostrándole un diminuto frasco.

Sorprendido, aturdido por un profundo dolor que creía olvidado, la pupila roja del elegido se encendió tiñendo con su color la totalidad de lo que su mirada abarcaba, e instantes después desapareció transformado en una bandada de diminutos seres alados. El hechicero sonrió mientras calmaba a su montura y veía a los reyes correr aterrorizados. Había inyectado el veneno de la duda, ya sólo era cuestión de tiempo que El Guardián acabara regresando a su lado.

– ¿Sabes donde está la entrada? – gritó por última vez.

Su pregunta sólo obtuvo suplicantes llantos de clemencia por parte del interrogado y un desagradable olor a orín ocasionado por el miedo. Con un golpe seco hendió la cuchilla en la garganta de su preso, y sólo el ruido del viento volvió a perturbar la noche en lo alto de aquella colina. Lezith sonreía con desgana mientras dejaba caer el cuerpo sin vida al suelo.

– No importa donde está esa gruta, basta seguir mis visiones para encontrarla, ¿verdad Nihls? – dijo guiñando un ojo y acariciando la melena del asustado chico. Su famélica imagen hacía que a su mente retornaran terribles recuerdos enterrados por el paso de los años. Sin embargo, Syok de Asgaroth no reconocía a la persona que tenía delante, algo en él había cambiado, parecía no ser el mismo con el que había partido tan sólo unos días antes desde Tiresia. Apesadumbrado, el curtido guerrero murmuró en su idioma natal unas palabras que el joven huérfano llegó a escuchar pero sin discernir su verdadero significado, ‘Que los dioses me perdonen si estoy condenado a matar a su hijo’.

Terminaron de atravesar lentamente El Sendero de los Muertos, la frontera entre los vestigios del Reino de Hagar y la árida región que fue devastada por la fuerza de El Guardián hace ya tanto tiempo. Conocida como el Reino de las Cenizas por mantenerse oculta bajo la perenne noche de las nubes de polvo surgidas tras la gran explosión, su oscuridad custodiaba celosamente la entrada hace siglos olvidada del Bosque de los dragones.

Esto es sólo una parte de este gran relato, si quieres conocer el resto de la historia, no te pierdas el próximo capítulo en el blog de LoganKeller. Si te ha gustado la idea y quieres colaborar dando continuación a este fantástico proyecto literario, ya sea escribiendo, realizando ilustraciones, o cualquier cosa que se te pase por la cabeza, tu aportación será bien recibida, así que no lo dudes más y apúntate en el índice de capítulos.

¡Saludos Electrizantes!