BIOGRAFIA: AQUEL MARAVILLOSO VERANO (III)

Bueno, aquí os dejo por fin LA ULTIMA ENTREGA de esta gran anécdota que fue que me atropellara un coche. Si la primera parte os hizo gracia, y la segunda os dio grima, espero que en esta ocasión os dé ambas cosas a la vez…

 

Me llevaron a una habitación, y una vez allí colocaron una enorme pesa que se unía a la herradura mediante un cable, la cual quedaba colgando por el exterior del lado inferior de mi cama. Pase la noche en aquel cuarto, y al despertarme noté con satisfacción que el peso se encontraba más cerca del suelo y que efectivamente había realizado su cometido. Poco después me visitó una chica extranjera vestida de enfermera de muy buen ver y con una esponja en la mano.

-¡Destápate! – me dijo.

Aunque aquello era el sueño de cualquier chico hecho realidad y una forma perfecta de perder mi virginidad, el trauma causado en mí el día anterior por la enfermera de las tijeras y el hecho de que me estaba poniendo palote sólo con verla, me causaron tal vergüenza que sólo pude responder:

-Esto… ¿puedo?… ¿puedo bañarme yo sólo? – y desapareció por la puerta sin mediar palabra dejándome en una mano la esponja y en la otra una palangana de agua tibia. Ni que decir tiene que tuve que esperar a que el agua se enfriara para poder bajar la hinchazón.

Por la tarde, tras haber almorzado únicamente una albóndiga (aunque del tamaño de una bola de bolos), entró una señora vestida de celeste haciendo uso de una escoba.

-¡Jesús!, ¿Qué te ha pasado? – preguntó la señora de la limpieza al verme.

-Nada, sólo que ayer me atropelló un coche, me rompí el fémur, me taladraron la rodilla, y me han puesto un peso para que los dos trozos del hueso vuelvan a su posición normal.

-¡Pobrecito! Bueno, espero que te mejores. Me voy para no molestar más.

-No señora, si usted no es moles…

-¡TOING! – escuché.

Aquello me enseñó que hasta la más buena de las personas tiene un lado oscuro (que no es el ojete), y que puede convertirlas de manera repentina en un ser de muerte y destrucción. Y es que la buena señora en un error tremendo de cálculo le había dado por quitar también el polvo de mi pesa, lo cual inevitablemente hizo que se descolgara del cable, y que en una milésima de segundo, las dos partes de mi fémur volvieran a ponerse una encima de otra.

-¡Ay, perdona! ¿Te he hecho daño? – preguntó la señora de la limpieza.

No señora, yo es que me retuerzo así de dolor porque me gusta practicar como sería la cara de tener serios retortijones debidos a un exceso de ingestión de fabada.

-¿Llamo a una enfermera? – preguntó de nuevo

-Err… si, por favor – contesté. O si no mejor déjelo, llame a un sicario o a un asesino a sueldo para que acabe con su vida lentamente, en agonía, y finalmente me pase la factura, gracias – pensé.

Afortunadamente hizo su aparición un medico con gafas de culo botella para calmarme, uniformado con una impoluta bata blanca.

-¡Hola amigo! ¡Soy el médico que va a operarte! – su voz sonaba un poco a Yo soy Coco y vengo con mi Jaca Paca.

Volvió a colocar el peso en su sitio, y sacando con disimulo del cuarto a la señora de la limpieza comenzó a explicarme como sería mi intervención.

-Bueno, bueno, bueno. ¡Que sepas que el fémur es el hueso más duro de romper! ¡Mira que eres difícil! Eres muy afortunado por tan sólo haberte roto el fémur en un atropello, y que este no se astillara en pequeños trozos o saliera al exterior perforándote el muslo.

Fue entonces cuando me percaté de que aquel señor era peor animando que Massiel en una fiesta sin bebidas alcohólicas.

-Las fracturas de fémur de esta índole son muy fáciles de arreglar. Primero realizamos una pequeña incisión en la parte superior e inferior de la cara externa del mulo. Luego introducimos una barra metálica del tamaño del fémur y esta servirá de guía para que el hueso vuelva a pegar en condiciones.

-¡Genial! – exclamé.

-Desgraciadamente, en tu caso, por ser adolescente el hueso todavía está en fase de crecimiento, y como este lo hace por sus extremos no podemos realizar este tipo de intervención.

-¡No fastidie! – le dije.

-Por este motivo, lo que vamos a realizarte es un corte longitudinal de arriba a abajo en tu muslo y ponerte una placa con 7 tornillos a la altura de la fractura, es una operación larga y probablemente pierdas bastante sangre, por lo que necesitamos que llames a tus amistades y vengan a donar. Lo malo es que como te rompas nuevamente el hueso con la placa puesta éste se quedara hecho añicos.

Definitivamente, este hombre animaba menos las fiestas que el payaso del Mc Donalds, y como en aquella época a nadie se le había aún ocurrido idear el teléfono móvil (y llevar uno modelo góndola de telefónica en el bolsillo era algo bastante cantoso) no pude enviar un mensaje de texto a mis amistades con la frase ‘Si quieres donar manda un SMS con la palabra DONO al 7878’.

-Pero no te preocupes. Te vamos a poner un metal especial para que tu cuerpo no pueda rechazarlo, y no te pite al pasar los detectores de metales de los aeropuertos.

Como no me podía hundir más en la miseria, los días previos a la intervención quirúrgica estuve pensando en que aquel metal podía ser el Adamantio, como el de las garras de Lobezno, y que así me convertiría en el primer ser humano en tener un fémur indestructible, o en si debido a la operación me convertiría en un pararrayos andante, o en si la placa vendría con extras incorporados como la detección del cambio del tiempo, y otras cosas semejantes.

El día de la operación me sentía como el muñeco del famoso juego con el mismo nombre pero sin la enorme bombilla roja sobre mi nariz, e imaginaba al doctor persiguiéndome por todo el hospital con unas enormes pinzas de metal tratando de sacarme un hueso de plástico sin que la gigantesca bombilla se iluminara mientras de fondo se escuchaba una pegadiza musiquilla cuya letra decía ‘Tú eres el doctor, y el enfermo se te escapa. ¡Operación!’.

Ya en el quirófano, un hombre vestido de verde me preguntó si estaba nervioso, a lo cual le respondí con un NO rotundo para hacerme un poco el valiente. Lo que no sabía es que segundos después me iba a conectar a un aparatito que iba a medir mis pulsaciones por minutos y estás estaban más revolucionadas que las hormonas de un adolescente viendo fotos de Carmen Electra.

-Así que no estabas nervioso, ¿eh?. No te preocupes, es normal, pero ahora con esto que te estoy inyectando vas a dormir a pierna suelta. Cuenta hasta treinta – dijo mientras vertía un líquido transparente por el catéter que habían introducido en mi mano derecha.

-Oye, pon la música, que vamos a empezar – dijo una cara oculta tras una mascarilla de color verde, y alguien puso en marcha un radiocasete.

¡Ja! ¡Qué van a conseguir dormirme con un líquido! ¡Con lo que me cuesta a mi conciliar el sueño! ¡Como no me contéis ovejitas! 1, 2, 3, 4…

Lo último que recuerdo es que tras más de cuatro horas de intervención desperté desnudo en una camilla mientras era abofeteado por un enfermero.

-¡Oye tú, despierta! ¡Ya puedes despertar!

-Dgrffg agg… – No recuerdo lo que intente decirle, tan sólo quería dormir y dormir aunque estuviera en bolas y conectado a bote de suero lleno de sangre helada. Por lo menos puedo decir que conozco la refrescante sensación que tendría un vampiro si tomara granizada.

-¡Plas! ¡Plas! – me golpeó unas cuantas veces más, no se si por sádico gusto, o para cerciorarse de que estaba despierto pero la anestesia me había dejado grogui.

Al día siguiente amanecí con 57 grapas galvanizadas tamaño 24/6 en el muslo y un nuevo compañero de cuarto. Después de la experiencia con la taladradora, y en vista de cómo se las gastaban en la seguridad social, me supuse que para graparme habrían usado alguna grapadora marca Petrus, que son bastante conocidas.

-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué te ha pasado en la pierna? – me preguntó sonriente aquel hombre desconocido.

-Nada, que me atropelló un coche, me rompí el fémur, me taladraron la rodilla, me pusieron un peso para que los dos trozos del hueso volvieran a su posición normal, me colocaron una placa y siete tornillos dentro del muslo, y lo cerraron con 57 grapas -respondí

-Bah, eso no es nada. Peor es lo mío. Me caí por la escotilla de un barco y tengo destrozado el ligamento cruzado de la rodilla. Eso si que duele. ¡DIOS! ¡ESO SI QUE DUELE! ¡DIOS! ¡QUE ALGUIEN ME DE ALGO PARA CALMAR EL DOLOR! ¡DIOS! ¡LLAMA A UNA ENFERMERA! – empezó a gritar con los ojos en blanco.

El resto de mis noches en aquel hospital transcurrieron entre mis dolores de pierna, mis molestias de espalda por no poder cambiar de posición, y una alarma despertadora que se activaba a las 4 de mañana con el dulce sonido de ¡DIOS! ¡QUE ALGUIEN ME DE ALGO PARA CALMAR EL DOLOR!.

Pero una mañana amanecí sin que el sobresalto de la alarma humana me hubiera despertado. Miré tímidamente de reojo a mi derecha y vi la cama vacía. Suspire aliviado y volví a cerrar los ojos deseando descansar tranquilo. Nada más cerrarlos alguien me grito al oído ¡FRANCO! ¡FRANCO HIJO PUTA!. Era mi nuevo compañero de cuarto, un anciano que durante las semanas siguientes me despertaba a las 6 de la madrugada para recordarme lo chungo que había sido la guerra civil.

¡SALUDOS ELECTRIZANTES!