BASADO EN HECHOS REALES: EL GILIPOLLAS QUE INVENTO LAS ENTREVISTAS DE TRABAJO

Si pensabais que lo más DE-MENTE que os podíais encontrar por ahí era el blog de Arckanoid, es porque no conocéis a la persona que me hizo mi primera entrevista de trabajo, y es que la vez primera, en cualquier ámbito de nuestra vida, se queda más grabada en nuestra memoria que un tatuaje de Michael Scofield en la piel. Porque la primera vez que te diriges a una entrevista de empleo vas como enamorado, como si se tratara de tu primera cita con una chica, con muchos nervios, sudores fríos, y hasta ese cosquilleo en el estómago, vamos que alguno que otro habrá confundido los síntomas y habrá acabado dándole al entrevistador un beso en toda la boca (sobretodo si termina siendo seleccionado).

Por suerte, mi entrevistador era un hombre muy mayor, por lo que “casi” seguro no iba a darle un morreo por equivocación, salvo que me escogiera para un trabajo bastante, bastante, bastante remunerado (o sea, bastante al cubo, lo cual matemáticamente hablando significa lo mismo que un pastón literalmente hablando). Sin embargo, bajo esa fachada de anciano encantador, se escondía la máxima de “hay más locos fuera, que dentro del manicomio”.

Dos años antes, en un laboratorio de la facultad de Ciencias del Mar, mientras diseccionaba un pescado, me daba cuenta de que en caso de seguir con aquella carrera a lo máximo que podría aspirar sería a limpiar escamas en una pescadería. Y no es que tenga nada de malo el noble oficio de vender las cosas que hay “bajo el maaar, bajo el maaaar” (como diría el colega de “La Sirenita”), pero es que para llegar a eso no hacía falta pasarse cinco años de tu vida jugando al billar en la cafetería o tumbado en el césped de la entrada a la espera de mi siguiente clase.

Porque aunque no se necesitara nota para entrar, uno de los requisitos NO escritos para poder estudiar la licenciatura era que si no tenías espíritu “hippie”, al menos debías aparentarlo. Como no podía entrar en Informática por culpa de unos malos resultados en selectividad, ni tenía dinero suficiente para irme a estudiar Biología Marina a la isla de Logan, pensé que en aquel sitio yo encajaba perfectamente, por lo que creo que he sido la única persona en el mundo que ha empezado a cursar unos estudios motivado por su aspecto. Y como por aquellos días llevaba más de cinco años luciendo una tremenda melena (la estrategia fue amenazar a mi madre con dejarme el pelo largo o ponerme un pendiente enorme con forma de crucifijo, sabiendo que evidentemente ella cedería por lo primero), y una trenza a lo Braveheart entrelazada con un hilo de color a juego con la camisa que siempre llevaba por fuera (que yo sepa ser hippie nunca ha estado reñido con saber combinar colores), me integraba en aquel ambiente mejor que un camaleón en la jungla.

Cuando me convertí en el “abuelo” de mis clases de química orgánica y dinámica de fluidos (hmmm, ¡a que esta última suena interesante!, ¡pues no lo es!, al menos no cuando tu compañera de clase es tan sólo una montaña de fotocopias), decidí hacer “borrón” y cuenta nueva entre semana (los fines de semana seguiría haciendo “porrón” y cuenta nueva), e ingresar en un módulo, pero no en uno de esos donde estás preso y tu familia te dedica canciones por la radio, sino en uno de Administración y Finanzas, más que nada porque quería empezar a trabajar (algo muy poco habitual en mi) y todas las empresas del mundo tienen una administración y necesitan que les lleven las finanzas. Así que me corté el pelo, me metí las camisas por dentro, me las arreglé para que las mangas no siguieran tapándome completamente las manos, y al cabo de dos años me saqué el título y me apunté en la bolsa del instituto (y no me refiero a esa que utilizan para sacar la basura y ponerla dentro de un contenedor, sino a la de trabajo).

Un par de meses más tarde me llamaron para ver si quería asistir a una entrevista. Hasta aquel entonces, todos mis empleos habían sido un poco, bastante, “freelance”, arreglando ordenadores, diseñando, dibujando, retocando fotografías, y hasta ejerciendo de operador telefónico despertando a la gente a las ocho de la mañana para preguntarles a que partido político pensaban votar en las futuras elecciones (a la gente no le debía hacer ni puta gracia que sonara el teléfono a esa hora y que una voz le dijera ¡HOYGAN!, ¡A QUIEN VA USTED A VOTAR!, por la de gritos e insultos que me llevaba, y porque casi siempre decían que a mi madre, que ni siquiera se presentaba, pero que de haberlo hecho por pura estadística hubiera salido elegida fijo).

El caso es que pensé, ¡que suerte!, ¡una entrevista en exclusiva a lo Super Castlevania IV para la SNES!. Sin embargo mi cara cambió completamente cuando al llegar me encontré con la práctica totalidad de mis compañeros de clase (desde entonces me paso las exclusividades de las consolas por la punta del enchufe). Sonreí medianamente y observé como poco a poco eramos introducidos en un cuarto por parejas. Entonces desee ser la pareja de alguna de mis compañeras, más que nada porque con ellos sólo podría llegar a ser “pareja de hecho”, y yo que soy muy clásico para estas cosas siempre había aspirado al matrimonio por la iglesia (que le vamos a hacer, algunos aspiran pegamento, y yo aspiraba eso). Por desgracia me tocó (es tan sólo una forma de hablar) Horacio (cualquier parecido con su nombre real es pura coincidencia). Horacio es de esas personas que cuando te la presentan tienes un motivo más para creer en el más allá, en las abducciones, o en la vida extraterrestre o extracorporea, de las que la gente comenta “le falta un hervor”, “le faltan dos lunas”, “le falta un tornillo”, vamos, que siempre le falta alguna cosa porque muy completo no es, y no por ninguna extraña enfermedad conocida, sino porque simplemente es así, que le presentaba a mis amigas y se le salía la baba, y lo digo de forma literal.

A Horacio lo conocía de mucho antes de entrar en el módulo, cuando una noche de marcha en un bar de chupitos, para celebrar la despedida de soltero de un amigo de instituto, le invité a una “lágrima” cuando tuvo la osadía de gritar a los cuatro vientos que en aquel sitio no servían más que mierdas con sabor a fresa y nada con alcohol de verdad. Una “lágrima” como Manolo decía (un estudiante de “Teleco” empleado por la noche en el bar, y con el que compartía juegos de PSX), no era más que la concentración en un diminuto vaso de todos los alcoholes transparentes que existen en el mundo (ron, vodka, y por su sabor y graduación creo que directamente le ponían también el de las farmacias o el de quemar). Como era obligación tomárselo de un trago, aquel hombre de casi dos metros de altura no se lo pensó dos veces, y tal cual se lo metió en la boca lo sacó inmediatamente por la nariz para evitar seguir ingiriendo aquel líquido altamente inflamable que le estaba irritando hasta los ojos. Una vez más, la “lágrima” había hecho honor a su nombre, y yo acababa de conocer a una persona bastante peculiar, de esos que tras contarle un chiste se quedan cinco minutos riéndose solos como estando en la inopia.

Entré con Horacio y nos recibió el entonces adorable señor canoso, bajo y regordete, que escondía una sonrisa bajo su diminuto bigote, y una mirada entrañable tras el cristal de sus gafas. “Hagan el favor de rellenar estos tests de aptitud”, dijo mientras se marchaba por la puerta. Horacio y yo nos quedamos mirándonos con cara de asombro, hasta que atinó a decirme “¡Empieza!” al tiempo que fijaba su mirada en mis hojas, y a cada marca que yo ponía en el papel él ponía otra en el suyo en el mismo lugar. Poco a poco conseguía sacarme de mis casillas, como cuando alguien para fastidiar empieza a hacer de mimo y repite todos tus gestos como si fuera un mono. Eran unos simples tests de lógica, de esos continuar la serie de figuras, y otro de indicar el movimiento de unas palancas, pero cuando el entrevistador regresó por la puerta con un vaso de agua en la mano las palancas se convirtieron para Horacio en una muralla infranqueable. Cuando acabé mi parte, me quedé sentado allí, junto a aquel hombre, viendo como Horacio se pasaba los diez minutos restantes en decidir marcar con un puntito la opción A de una de aquellas preguntas mientras se frotaba con nerviosismo su sudorosa y poco amueblada (no sólo me refiero al pelo) cabeza.

Transcurrido un tiempo, invitó a Horacio a otro despacho, y lo que ocurrió allí sólo lo saben él y quién lo entrevistó. Él, quién lo entrevistó, yo que estaba en la habitación de afuera, y todos los que aún quedaban en el exterior del cuarto donde yo me encontraba, porque Horacio con los nervios no hablaba, simplemente daba gritos como si fuera un vendedor de refrescos y helados que se pasea por la playa, soltando perlas del tipo “¿Y pagan bien aquí?”, “Yo es que soy el mejor de mi promoción”, o “¿Yo no lo conozco de algo?”. Cuando salió de la habitación sonreía como el que piensa que acaba de conseguir algo importante, un hito histórico, como marcar un gol para la selección nacional en la final, o pegarse de corrido las tres películas de “El Señor de los Anillos” en versión extendida sin pestañear o ir al baño.

El viejo me hizo una señal para que entrara y fue entonces cuando dio comienzo mi alucinante, surrealista, y “diferente” entrevista de trabajo. Nada más pasar por el arco de la puerta me encontré al hombre encantador rascándose los huevos enérgicamente (con gusto ¿eh?, nada de un ligero toque a lo Michael Jackson), y no parecía inmutarse ante mi presencia. Una vez se hubo despachado a gusto, sacó su brazo (es que tenía el pantalón a lo “cachuli”, es decir, con el cinturón a la altura de los sobacos) del interior de sus calzones y lo extendió hacía mi en un cordial gesto para estrecharnos las manos. Presa del pánico, aterrado, miré hacia la puerta con ánimo de salir corriendo, pero una voz interior (que decía “¡necesitas las pelas para terminar tu colección de comics de Akira!”) me obligaba a quedarme allí, y además ¡no podía largarme de la primera entrevista de trabajo antes de que ni siquiera ésta hubiera dado comienzo!. Observando con mucho cuidado y detenimiento su mano, y buscando entre sus dedos indicios de algún robusto y rizado vello que pudiera suponer un impedimento para aquel acto, estreché la mano de aquel guarrete señor mayor al tiempo que mantenía una falsa sonrisa en el rostro.

– Siéntese – me insistió. A lo cual yo accedí mientras suspiraba aliviado creyendo en vano que ya había pasado lo peor. Hableme de usted – me dijo.

Lo primero que me vino a la cabeza es que al contrario que Horacio no debía de ponerme a gritar como un energúmeno si quería causar una buena impresión, y lo segundo fue ¿de que coño quiere este que yo le hable?, ¿de mi accidente de coche?, ¿que de pequeño me comía los mocos literalmente a la hora de almorzar?, ¿que de adolescente me comía los mocos no literalmente a la hora de ligar?. Y como no quería meter la pata, simplemente me quedé callado, con la misma cara de estupefacción que pondría una candidata a Miss Nacional ante la pregunta ¿que sabe usted de Rusia?.

– ¡Vaya!, ¡parece usted un poco tonto!. Hasta su compañero anterior parecía más espabilado. Quiero que me hable de… no sé… de su infancia… recuerdo que…. recuerdo que me encantaba ir en bicicleta… ¡Hableme de sus padres!.

Atónito, conseguí balbucear “Pues… mi padre era de Lanzarote y mi madre de…”, pero nada más comenzar la frase aquel desquiciado cerró los ojos, puso los pies cruzados encima de la mesa de su despacho y dijo “siga, siga”.

– Esto… yo no sé montar en bicicleta, ni me gustan mucho los deportes – respondí observando como bostezaba. Prefiero pasear y caminar por la playa – y mientras le contaba “Las mil y una gilipolladas de mi vida”, de vez en cuando, y con los ojos aún cerrados, me decía “continue, continue”.

Juro que miré para el techo en incontables ocasiones, y a mi alrededor buscaba desesperadamente una cámara oculta que pudiera dar alguna explicación a aquella situación tan rocambolesca, pero no la encontré por ningún lado. “Claro, estará bien escondida, así que ni en broma la voy a descubrir. Sonríe, que fijo mañana sales en la televisión, que se andan burlando de todos los que como yo no tienen trabajo. ¡Lo que no se les ocurra a estos cabrones de la tele!".

Así que seguí hablando hasta que a aquel hijo de su madre y de su padre le dio por roncar. Entonces no pude más, me sentía muy violento en medio de aquella situación tan bochornosa, y en medio de una terrible cólera no contenida, le dije en voz muy baja “Señor, ¿se encuentra usted bien?” (lo malo de ser tan pequeñito es que los huevos los tengo del mismo tamaño, aunque en proporción al resto de mi cuerpo).

– ¿Eh?, ¿eh?, ¿decías? – se tambaleó mientras se despertaba y se recogía la saliva con el dorso de su mano.

“No pretenderás estrecharme la mano de nuevo, ¡cabrón!”, pensé, pero en cambio le dije:

– Creo que se ha quedado un poco traspuesto señor.

– No, no, te estaba escuchando hijo, continua…

– Es que estaba roncando…

– ¡Te he dicho que no estaba dormido!, ¿acaso me estás llamando mentiroso?.

– ¡Y encima se pone Farruquito el tio! – pensé. No, no, señor, sólo que me pareció verle…

– ¿Dormido?, ¡yo no estaba dormido!.

– No, no, claro que no – respondí al tiempo que pensaba – ¡Vaya mierda de entrevista, ¡este hombre está completamente pirado!. A la próxima tontería yo…

– Por cierto, tu eres un poco gay, ¿no?.

– ¿Cómo?.

– Pues eso, sarasa, mariquita. Digo que eres un mariquita

– No señor, se confunde…

– Venga, no disimules… ¡si se te nota un montón!.

– ¡Oiga!, ¡que yo tengo novia!

– ¿Y que tiene que ver eso?. ¿Te gustan los chicos, verdad?

– ¡Mire!, yo lo siento pero… ¡tengo que irme!.

– ¿Y el empleo?.

Puede metérselo por el mismísimo trasero con la ayuda de un nabo gigante mientras aprieta con fuerza el agujero del culo, pensé, aunque sólo atiné a decirle, ¿que problema hay?.

– ¿No lo quieres?.

– Pues claro…

– ¿En serio?.

– En serio…

– ¿De verdad?.

– De verdad.

– Pues… ¡no te lo pienso dar!

Si hubiera un país donde vivieran todos los hijos de puta del mundo, seguramente el jodido viejo de los cojones sería su presidente, pero como lamentablemente esa nación no existe, lo tenía ahí delante amargándome la vida. Le pregunté ¿Po… Porqué?.

– Porque hablas mucho y no pienso contratar a nadie que hable más que trabaje, ya que distraerías a tus compañeros y eso perjudicaría el rendimiento de la empresa. Es una pena, porque eres el que mejor ha hecho los tests de momento, ¿puedes decirle a tus dos compañeros que faltan que entren?.

– Pero… ¡si yo le he contado mi vida porque usted me lo ha pedido!

– Hablas mucho… ¡que pasen los siguientes! – gritó.

Y mientras dos de mis compañeros entraban ahí dentro sin saber con lo que se iban a encontrar, yo abandoné aquel edificio cagándome en la madre que parió a aquel viejo y en el gilipollas que inventó las entrevistas de trabajo.

 
Bueno, espero que os haya gustado esta "divertida" anécdota, pero si de verdad queréis aliviarme el trauma dejad un comentario con el asunto PUTOVIEJODELOSCOJONES para hacerme sentir un poquito mejor… XD
 
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