Hace un par de horas, esto hubiera parecido imposible

HACE UN PAR DE HORAS, ESTO HUBIERA PARECIDO IMPOSIBLE
Hace un par de horas, esto hubiera parecido imposible. Nadie podi?a haber imaginado cuanto iba a cambiarme la vida desde que esta man?ana me levantara rodeado por eso que muchos llaman “naturaleza”, cuando realmente todo mi entorno se reduci?a a piedras, barro, un monto?n de moscas y hormigas, y montan?itas de mierda seca de vaya usted a saber que extran?o animal.
Lo malo que tienen los “finde” o fines de semanas familiares es que, como su propio nombre indica, tienes que aguantar con toda la familia, abuela incluida. Y el problema de ir con la “yaya”, sin contar con la vara que da contando sus historias de postguerra, es que existe una ley universal no escrita por la que siempre le toca dormir en mi caseta cuando vamos de acampada. No es que no pueda dormir porque la pobre se tira unos pedos que hasta llego a oi?r crujir las rai?ces de los a?rboles adyacentes, ni siquiera es ese gas inerte de color verde fluorescente que se queda flotando en el interior de la caseta cada vez que dormida levanta una de sus piernas y suelta una de sus tremendas perlas, el verdadero motivo por el que no puedo pegar ojo cuando duermo al lado de ella es el temor acuciante de que su dentadura postiza, que se abre y cierra mientras entra y sale de su boca con cada uno de sus ronquidos, pueda seccionarme una oreja.
Y ante la iro?nica situacio?n de que alli?, en pleno bosque, tuviera ma?s oportunidades de ser mordido por una anciana antes que por un animal salvaje, decidi? dar una vuelta para asi? de paso poder respirar un poco de aire puro y fresco, ya que dentro de aquella tienda de campan?a el oxi?geno verdaderamente escaseaba. Jama?s debi? haber abandonado el calor de los pedos de mi abuela, porque lo que me paso? a posteriori fue ma?s desgarrador que haberme dejado el oi?do externo en medio de sus artificiales incisivos.

Nada ma?s salir, una luz cegadora deslumbro? mis ojos, que se cerraron su?bitamente presa del dan?o. A tientas avance? hasta lo que yo pensaba que era un despiste de mi padre, que se habi?a dejado encendidos los faros del coche en uno de sus mu?ltiples descuidos. Sin embargo, aquellas luces eran demasiado potentes como para provenir de cualquier clase de vehi?culo, asi? que mientras me acercaba a tientas haci?a ellas recorde? las historias de miedo que nos habi?amos contado pocas horas antes alrededor de una hoguera, ma?s que nada porque sin querer acababa de meter uno de mis pies dentro de lo que quedaba de ella, en un monto?n de brasas au?n calientes. Sorprendentemente no mostre? dolor alguno, al menos no hasta que unos cuantos metros ma?s adelante meti? el otro pie en una de nuestras bolsas con desechos y me corte? los dedos con la tapa de una lata de sardinas en escabeche.
Me trague? las la?grimas (porque las sardinas ya me las habi?a tragado antes), y me mordi? la lengua con tal de no proferir algu?n grito que pudiera despertar a toda mi familia. Finalmente me aleje? en direccio?n a los focos hasta encontrarme con lo que pareci?a ser la entrada de un enorme edificio de metal y, ante la idea de que alguien hubiera tenido la genial iniciativa de abrir un chiringuito lleno de luces en medio de aquel lodazal, entre? dando saltitos no tanto por la alegri?a como por las heridas producidas en ambos pies.
Tras acercarme a lo que pareci?a ser la barra para poder pedir algo de alcohol con el que olvidar mis dolores y poder desinfectar mis heridas, me percate? de lo raro que resultaba aquel lugar tan vaci?o, porque por no haber no habi?a ni camarero ni barman, tan so?lo una extran?a criatura que pareci?a ser la mascota de aquel antro. Se trataba del perro ma?s extran?o que habi?a visto en mi vida porque, aparte de sostenerse sobre sus dos patas, careci?a de rabo alguno y teni?a el trasero ma?s pelado y rojo que el culo de un mandril. Cuando vi las la?grimas que inundaban sus pequen?os y redondeados ojos azabaches comprendi? ra?pidamente lo que pasaba, se trataba claramente de un animal torturado que habi?a sido abandonado en aquel lugar solitario por algu?n desaprensivo.
Escape? del local con aquel ser entre mis brazos, dispuesto a salvarle la vida, pero nada ma?s salir, entre el fri?o, el miedo, y los nervios de la hui?da, me entraron unas ganas de orinar terribles, y nada mejor para demostrar mi desaprobacio?n ante la crueldad humana que realizar el terrible acto vanda?lico de mearme en la puerta de quienes permiten tales actos. Asi? que, sin dudarlo, me baje? los pantalones y cuando ma?s entretenido estaba realizando mi graffiti protesta ocurrio? algo que seguramente entrara? en los anales de la historia de la Ciencia Ficcio?n.
Aquel can saco? de entre su pelaje un enorme cilindro con forma de consolador y lo meneo? haci?a el cielo como si fuera una batuta. Acto seguido las paredes meta?licas de aquella construccio?n comenzaron a elevarse, y desaparecieron su?bitamente en el cielo por medio de unos potentes motores cuyo impulso me lanzo? por los aires hasta topar de bruces con aquella criatura, y cuyo ruido alerto? a todo ser vivo que se encontrara en los alrededores del bosque, incluyendo a mi familia.
Ninguno de ellos estaba preparado para lo que se iba a encontrar. Mi padre tapo? con sus manos los ojos de mi madre, mientras ella haci?a lo mismo con los de mi hermana pequen?a, y e?sta a su vez le tapaba los ojos a la abuela, aunque realmente no haci?a falta, pues se hallaba inconciente en el suelo debido al impacto de la visio?n. Alli? estaba yo, con los pantalones au?n bajados, que habi?a sido arrastrado por la fuerza de los motores de una nave espacial hasta caer sobre la espalda de aquel animal, a cuyas nalgas peladas y rojas se aferraba una de mis manos mientras la otra sosteni?a aquel cilindro con forma de consolador.
Como cabri?a esperar, “una imagen vale ma?s que mil palabras”, asi? que nadie creyo? la explicacio?n de mi encuentro en la tercera fase, ma?s bien me tomaron por un “gran amante” de los animales, pero en el sentido ma?s zoofi?lico de esta expresio?n. Por este motivo mi padre se vio en la obligacio?n moral de hacerse cargo del extraterrestre y de acogerlo en casa, pues pensaba que el pobre animal estari?a traumatizado por el instinto sodomizador de su hijo, y para evitar males mayores a mi? me encerro? en mi cuarto. Pero cuando ya pensaba que me iba a convertir en un preso de mi propia habitacio?n, la puerta se abrio? de golpe y aquella cosa entro? por ella de forma campante.

– ¡Que? haces aqui?!, ¡chucho!. O lo que seas, ¡sal fuera!, ¡no quiero ma?s problemas! – empece? a gritar para todo dios me oyera.

– Tu? raptarme mi. Tu? buscar mi nave – respondio? aquel ser.

¡Joder con el perro!, ¡el muy cabro?n hablaba!. Me pellizque muy fuerte una mejilla por si se trataba de un mal suen?o, pues todo el mundo sabe que las sardinas en escabeche caen muy pesadas en el estómago sobretodo antes de ir a dormir. No obstante, con una agilidad increi?ble, la criatura salto? hasta la cama donde yo estaba y se sento? encima de mi cintura, y cuando yo estaba a punto presa del pa?nico de cerrar los ojos para permitir que me mordiera la yugular, e?ste se hurgo? en su densa pelambrera color marro?n y saco? nuevamente aquel aparato con forma de consolador.

– Venir muy lejos. Buscar amor que comprender mi?, tu? llegar.

– ¡Pero que con?o haces! – grite? aterrado.

– Planeta mi no tener hombres. Nosotras viajar galaxias, buscar pareja. Mi venir aqui?, tu encontrar mi caravana amor.

– ¿Caravana del amor?, ¡pero si era una nave espacial!.

– Planeta mi, si entrar en caravana, tu casar chica. Mi tu mujer.

Se separo? el pelaje del pecho y dejo? entrever seis senos, organizados verticalmente en dos pares de tres, a cada cual ma?s cai?do. Pense? en la suerte que habi?a tenido Dan Aykroyd cuando en una escena similar era Kim Basinger la que ejerci?a de mujer extraterrestre y es que, a fuerza de ser sincero, me poni?a ma?s cachondo la imagen de ET cuando sali?a del armario haciendo de travestido con aquella peluca rubia que aquel bicho por muchas tetas que tuviera.

Balanceo? el consolador de un lado a otro y e?ste empezo? a emitir cual reproductor MP3 una melodi?a que me resultaba muy familiar, y cuando atine? a recordarla, aterrado ante la idea de que iba a comprobar cual seri?a la calidad acu?stica de “Love is in the air” escuchado a trave?s de un orificio suyo o mi?o, decidi? hacer desistir a la extraterrestre de su propo?sito.

– ¿Esta?s loca? – dije sin estar convencido realmente de estar usando el ge?nero adecuado – ¡si soy menor de edad!

– Donde mi venir, edad legal no existir – contesto? sonriendo y mostrando una hilera de menudos y afilados dientes.

– ¡Pues te jodes!. ¡Aqui? estamos en la Tierra, ali?en de mierda!. ¡Y no me pienso casar con un clon de la perra Laika!. ¡De una forma u otra vas a salir de esta casa!.

Empuje? a la alieni?gena haci?a un lado y descendi? corriendo las escaleras hasta llegar al salo?n donde, con todo el dolor de mi alma, le pegue? una patada a la tele HD Full de 42 pulgadas para tirarla al suelo mientras deci?a a voces:

– ¡Papa!, ¡papa!, ¡el perro se ha cargado el televisor!.

Esperaba ver aparecer a mi padre montado en co?lera y con los ojos inyectados en sangre al saber que ya no podri?a seguir viendo los partidos de fu?tbol a lo grande por culpa de nuestra reciente adopcio?n perruna, pero sin embargo, cuando entro? y vio aquel desaguisado, contesto? con una sorprendente voz a?tona.

– No te preocupes hijo mi?o, tanto jugar a la consola en alta resolucio?n no puede ser bueno.

En su frente habi?a una especie de objeto meta?lico que de lejos pareci?a uno de esos puntitos que tanto les gusta ponerse a los hindu?es y que a uno siempre le entran las ganas de rascar a ver si detra?s aparece algu?n premio.

– ¡Papa!, ¡te ha abducido!

– No hijo mi?o, te?cnicamente no he sido abducido ya que no he sido secuestrado.

– Pues, ¡papa!, ¡te ha metido un chip por el culo y te ha marcado la frente!

– Si hijo, eso si?.

Tras aquella escalofriante confirmacio?n, ella me sujeto? fuertemente de la mano, y mientras me arrastraba fuera de la casa y levantaba su pata para detener un taxi, no paraba de repetir la palabra “boda”. Fue entonces cuando decidi? relajarme, pues seguramente en algu?n momento alguien se dari?a cuenta de lo que estaba pasando y llamari?a a la polici?a, a los militares, o incluso a los “Vigilantes de la playa” si hicieran falta. Y vaya si vinieron (salvo los vigilantes esos), pero para escoltar el vehi?culo del taxista que vino a recogernos, porque en aquel instante pude contemplar horrorizado como aquella marca roja de metal en la frente pareci?a haberse puesto ma?s de moda que la cancio?n de la “Macarena” hace algunos an?os.

A los pocos minutos esta?bamos enfrente de nada ma?s y nada menos que el sen?or acalde, rodeados por cientos de vecinos y familiares, y ante la pregunta de si aceptaba a aquella “mujer” como esposa, no lo dude? ni un segundo, y dije lo que pensaba. De mi boca surgio? un “si, quiero” del taman?o de una catedral, pues en aquel instante lo u?nico que teni?a en mente era poder tener cachorrillos junto a la “perra” de mi mujer, por muy mal que sonara aquella frase. Y es que de tanto apretarme la mano, no so?lo me habi?a endormido el brazo, sino tambie?n todo el cuerpo, por lo que supuse que sin darme cuenta me habi?a metido un chip por el mismo sitio que al resto. Y a pesar de todo lo acontecido, si hace un par de horas alguien me hubiera llegado a decir que estari?a casado con una alieni?gena de aspecto canino, y que e?sta me habi?a conquistado por medio de la “seduccio?n”, en vez de una “abduccio?n”, simplemente me hubiera parecido imposible.

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Bueno, con la excusa de que todo aquel que no esté muy al tanto del concurso de relatos que inició Desmodius y que se hace mensualmente en Gamefilia pudiera leer el que presenté en su primera edición, he hecho un COPY PASTE descarado de mi primer relato, porque la realidad es que no he tenido tiempo de acabar mi próxima entrada liado como he estado escribiendo el relato para esta edición alojada en el blog de Baalard. ¡NOS VEMOS! 😉