Nunca debí abrir aquella puerta

NUNCA DEBI ABRIR AQUELLA PUERTA

Nunca debí abrir aquella puerta. Doce años de mi vida preparándome para ese momento, doce años que se dicen pronto, leyendo multitud de publicaciones para instruirme en el arte de la supervivencia, consultando miles de foros de arquitectura para realizar una construcción en condiciones, atiborrándome a almacenar todos los víveres que estaban de oferta en el Carrefour, decorando el interior con toda la utilería disponible en el Coronel Tapioca, y voy e incumplo a las primeras de cambio la regla número uno del superviviente de un refugio, NUNCA ABRAS LA PUERTA.

A mi favor diré que si lo hice no fue porque no leyera el enorme cartel que había colocado sobre la misma, incluyendo la letra pequeña que añadía “bajo ningún concepto” a la frase, o porque me hubiera provocado curiosidad el sobresalto causado por el continuo golpear de unos nudillos sobre la fría cubierta de metal, o porque su sonido coincidiera con la pérdida hacía escasos instantes de las señales de televisión y radio, lo cual unido a las ya extintas líneas de telefonía móvil y fija me había dejado completamente incomunicado. Lo que realmente me indujo a cometer tal grave imprudencia fue el tembloroso sonido de una voz femenina suplicándome que la abriera, aunque lo cierto era que mi acto no se correspondía con un noble gesto de auxilio.

Porque entendámonos, pegarte doce años de tu vida imitando la conducta del mundo animal, es decir, almacenando cual ardillita comida para el invierno, devorando como una termita miles de papeles en forma de apuntes, y trabajando de sol a sombra en la construcción con la espalda deslomada cual hormiga, no deja mucho tiempo para las relaciones humanas. Así que allí estaba yo, debatiéndome entre la idea de pasar en soledad mis últimos años de vida, o compartirlos con una sensualmente misteriosa desconocida, maldiciendo la hora en que le hice caso al simpático que puso aquel comentario en el post de ‘construye tu propio refugio nuclear’ de mi foro favorito de bricolage argumentando que la entrada a los mismos no debía incorporar mirilla.

Nunca debí abrir aquella puerta
. Eso fue lo primero que me vino a la mente la primera vez que la vi, cuando me quedé absorto contemplándola intentando entrar de lado mientras procuraba no quedarse atrapada en el ancho bastidor de metal, fue entonces cuando me di cuenta de que aquel acto de bondad libidinosa había sentenciado el final de mis días. El problema de no contar con un gran presupuesto, de tenerse tan sólo a si mismo, y de haber nacido con más parte de ganso que de ser humano, es que mi concepto de refugio no pasaba de ser un poco más grande que el cuarto de una lavadora y ella requería de una lavandería entera. Y aunque aquel reducido espacio no se hallaba exento de lujosos detalles como televisión, varias consolas y todo un arsenal de películas, incluyendo algunas que ruborizarían incluso hasta el mismísimo Nacho Vidal, lo cierto era que mi pequeño hotel de cinco estrellas no había sido diseñado para compartirlo con un compañero de piso, y mucho menos si este se trataba de la versión en carne y hueso del orondo “muñequito” de los neumáticos Michelín.

– Gracias. – me dijo al tiempo que mi rostro se enterraba entre sus prominentes pechos, y las dimensiones de mi post apocalíptico apartamento se reducían considerablemente frente al tamaño de su nuevo e inesperado inquilino.

– De nada. – Le respondí secamente mientras juraba que nunca más volvería a tomar decisiones con el pinganillo (y no me refería al micro de mis cascos inalámbricos precisamente) en lugar de con la cabeza.

Nunca debí abrir aquella puerta. Lo supe cuando al intentar hacerme un hueco entre sus desproporcionados senos me topé con un inmenso bigote que ya quisiera para sí el fontanero ese de los videojuegos. Y yo, que ya me había imaginado repoblando el planeta a base de una cantidad ingente de sexo ininterrumpido durante los años que durara el remanente de la radiación, en esos momentos lo único que de verdad deseaba es que aquella cosa no tuviera un “pito” más grande que el mío. Lo cierto es que no tardó en decirme su nombre (tras lo cual respiré profundamente aliviado al no escucharle pronunciar ‘Manuel’ o cualquier otro similar del mismo género), y en comenzar a romper el hielo, sobretodo porque no se cortaba un pelo a la hora de abrir el congelador y sacar de él cualquier cosa que sirviera para formar parte de su rigurosa dieta consistente en comer de todo a cualquier hora del día.

– De no haberme dejado entrar ahora estaría muerta, jamás pensé que la amenaza de una guerra nuclear en plena mitad del siglo XXI llegara a ser cierta. Cuando oí por la emisora el lanzamiento inminente de las bombas me entró el pánico, estamos muy lejos de alguno de los subterráneos que se han adecuado para el resguardo de la población. – me explicaba mientras arrancaba con sus dientes un trozo de carne a la chuleta que sostenía en sus grasientas manos y lo acompañaba con un sorbo desaprovechado, al menos en su caso, de una bebida ‘light’.

– No hay de qué, si volvieran a tocar la puerta haría lo mismo de nuevo. – le respondí mientras le observaba chuparse los dedos, a sabiendas de que le mentía. – Lo que me sorprende es que dieras con el refugio con todo el lío que se debe haber montado ahí fuera.

– Bueno, tampoco fue tan difícil, sobretodo teniendo en cuenta que a la entrada del mismo hay un cartel enorme que dice “ESTE REFUGIO HA SIDO CONSTRUIDO CON MAQUINARIAS PACO”, y otro aún más grande que pone “EL DUEÑO DE ESTE REFUGIO NO PAGA (MAQUINARIAS PACO)”.

Su respuesta me dejó helado, y no porque la muy desinquieta hubiera vuelto a abrir la tapa del congelador para sacar Dios sabe que alimento con el que saciar su voraz apetito, o porque no conociera la existencia de dicha cartelería, debida sin duda a un malentendido entre mi sponsor, mi banco, y los números rojos de mi cuenta corriente, sino porque no había sido consciente de la celeridad con la que se habían desarrollado los últimos acontecimientos bélicos, los mismos que habían motivado mi prematuro aislamiento, bueno, eso y las continuas quejas y llamadas por parte de mis múltiples acreedores, Paco y sus maquinarías incluido. Y aunque me alegraba saber que el estado actual de mis deudas se había solucionado por sí sólo con el precipitado devenir de los hechos, un problema aún mayor comenzaba a rondar mi limitada (debido a la drástica reducción del espacio físico) existencia, el morir de inanición a causa de aquel ser de hambre insaciable.

Nunca debí abrir aquella puerta
. Y es que su súbita llegada e incontrolable trastorno alimentario comenzaron a producirme pesadillas en las que me despertaba observando horrorizado como mi canilla, a pesar de ser peluda y delgadita, era engullida por sus letales fauces tras haberse dado cuenta del vacío existente en el maldito refrigerador.

Mira. – Le dije para captar su atención, ya que era así como me había dicho que le gustaba que la llamasen a pesar de que su nombre completo era Ramira, lo cual me parecía una manera bastante acertada de referirme a ella, pues cada vez que la veía, mi mente no podía parar de repetir su nombre, ‘Mira como come la muy jodida’, ‘Mira que no lavarse con la escusa de que no cabe en el plato de ducha’, ‘Mira que atascarme el pozo séptico del baño’, y ‘Mira’, ‘Mira’, y ‘Mira’ otra vez. Definitivamente la tenía en el punto de ídem, se había convertido en mi obsesión día tras día, en la estrella solar ante la que giraban los pensamientos de mi Galaxia en el Universo de mi mente, que es la forma bonita de decir que no había momento en el que no me cagara en todos los astros por haberla cruzado en mi camino.

Mira, tenemos que hablar. Esto no va bien, no es lo que tenía planeado. Hay cosas que escapan a mi control.

– Vaya, pensaba que no te importaba, que no te dabas cuenta de lo que hacía.

– Te equivocas. Si que me importa, y mucho. No podemos seguir así, hasta aquí he podido aguantar, y la verdad es que no sé como he podido contenerme durante tanto tiempo.

– ¿Estás hablando en serio?.

– Si.

– ¡Bésame tonto!. – exclamó al tiempo que se abalanzaba a abrazarme con sus robustos y fornidos brazos, aunque más bien pareciera un encarcelamiento por mi incapacidad para escaparme de ellos. La sorpresa en mi fue tan grande, que intenté no abrir los ojos como platos no fuera a ser que se pensara que mis pupilas eran dos pequeñas aceitunas negras y también se las comiera.

– ¡A mi también me importas!. ¡Estaba tan nerviosa pensando que te sentías incómodo ante mi presencia que no podía evitar matar mi ansiedad comiendo!. Pero ahora, ¡lo único que deseo devorar son tus labios!.

Cerré los ojos, y por un momento pensé en lo irónico de que un holocausto nuclear acabara convirtiéndose para mí en un holocausto caníbal, y en lo absurdo que quedaría mi rostro con la sonrisa permanente de mis dientes en la cara, sin nada que los cubriera. Sin embargo, dicho pensamiento se vio truncado de pronto por una sensación inesperada, y no hablo de su lengua intentando jugar al punching ball con mi campanilla, sino al repentino empeño de mi cuerpo en querer convertir mi sistema circulatorio en un circuito de Formula Uno, en el que cada uno de mis glóbulos rojos hacía de espectador y algún que otro leucocito acelerado de piloto.

Nunca debí abrir aquella puerta. Eso fue lo que vino a mi mente cuando aterrado me dí cuenta de que estaba más desprotegido que los tripulantes del Nostromo frente al octavo pasajero, y no lo pensaba por mi falta de precaución a la hora de facilitar la entrada al primer desconocido que me lo había pedido sino porque de todas las cosas inútiles que había decidido traer conmigo, desde la figura dorada del gatito ese que está en todas las tiendas de chinos y no para de mover la patita por eso de que da suerte hasta una Mountain Bike de mi infancia que no sobrepasa la altura de mi rodilla por eso de la nostalgia, jamás se me ocurrió coger unas cuantas cajas de condones o darle menos uso a mi mano derecha. Y mientras desechaba alocadas ideas sobre anticonceptivos improvisados, como cortarle un dedo al guante de látex que teníamos para fregar la loza o utilizar las bolsitas de plástico de los paquetes individuales de kleenex, me di cuenta de lo que verdaderamente me estaba ocurriendo.

Y no era el prominente tamaño que estaba adquiriendo mi paquete, que había alcanzado proporciones antológicas y que amenazaba cual mini increíble Hulk sin clorofila con romper las vestiduras que lo atenazaban, o que me estuviera poniendo “palote” acariciando un muslo más velludo que el mío y del que mi mano no llegaba a cubrir ni una doceava parte de su perímetro. De lo que realmente me había percatado es que más allá de su cuerpo, Mira resultaba ser una chica tremendamente atractiva capaz de convertir la conversación más trivial o el acto más simple en algo valioso, divertido, o bello. Realmente todas las críticas y desaprobaciones volcadas sobre ella se debían únicamente a mi incapacidad por aceptar una verdad tan clara y evidente como que me encantaba ver el cerco oscuro de espuma que se quedaba alrededor de su bigote cuando se bebía su café con leche, que me divertía esquivar con las manos aquellas lapas que tenía a modo de uñas de los pies cuando se las cortaba y salían disparadas en todas direcciones cual frisbee arrojado sin control, que me podía pasar horas y horas escuchándola hablar sobre sus teorías sobre el efecto invernadero aún a sabiendas de que ella no tenía ni pajolera idea de lo que estaba diciendo, en definitiva, que me encontraba locamente enamorado de ella.

Nunca debí abrir aquella puerta. Al menos eso fue lo que sentí cuando obligados ante la ausencia de algún alimento que poder llevarnos a la boca decidimos abandonar la seguridad de lo que se había convertido en nuestro hogar para dejar que una corriente de aire caliente nos golpeara la cara a modo de áspera bienvenida. Intentamos vencer el miedo cogiéndonos fuertemente de las manos mientras avanzábamos entre los restos carcomidos de asfalto y los centenares de edificios que descansaban sobre sus escombros. En nuestros dedos anulares brillaba la forma de unas alianzas hechas el día anterior con el papel de platina que quedó del interior de la última chocolatina, tras reconocer con cierta decepción que el anillo de Sauron que guardaba en mi colección de cosas relacionadas con el Señor de los Anillos era bastante grande para mi e increíblemente pequeño para ella, y eso que Gorthaur (que era como Mira llamaba a Sauron porque la muy friki sabía bastante de lenguaje élfico) se gastaba un dedo tan enorme que si hubiera sido enfermero en vez de Señor Oscuro hubiera reventado a más de uno a la hora de meterle un supositorio. Las gotas de una lluvia ácida e irritante comenzaron a golpear tímidamente nuestros cuerpos, por lo que rápidamente desechamos la idea de seguir bebiendo de aquel agua que caía a la tierra cual maná envenenado del cielo. Por un instante volvimos a sentirnos seres libres y vivos, contemplando un cielo que creíamos borrado de nuestros recuerdos. Mira cayó al suelo manchando el vestido blanco que había usado ayer para asistir a una ceremonia íntima a la que sólo los familiares más allegados, o sea, ella y yo, estábamos invitados. Por suerte, en mi amplia colección de películas, guarrerías varias aparte, guardaba junto a toda la filmografía de Bruce Willis unas cuantas comedias del estilo “Cuatro bodas y un funeral”, “La boda de mi mejor amigo”, o “Mi gran boda Griega”, por lo que no nos resultó muy difícil encontrar una en la que seguir las palabras del cura en mi monitor de diecinueve pulgadas para otorgarnos un mutuo y rotundo “si quiero”. Mira había dejado de respirar, lo noté al besar sus aún tibios labios. Intenté rodearla con mis brazos, al menos todo lo que pude, apoyé mi cabeza sobre su estómago y besé la ropa que lo cubría, despidiéndome de quién nunca llegaría a ver la luz al igual que nosotros no llegaríamos a contemplar un nuevo mañana.

Y en ese mismo momento, en aquella supuesta mañana, me vinieron a la mente dos sencillas estrofas de la “Pequeña Serenata Diurna” de un famoso cantautor cubano, Silvio Rodríguez, y que dicen así: “Amo a una mujer clara, que amo y me ama sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”, porque aún a sabiendas de que la había perdido por completo, y que la humanidad estaba a un paso de fenecer a causa de las enfermedades generadas por el uso masivo de las armas biológicas, químicas, y nucleares, en lo que había sido una letal y devastadora Tercera Guerra Mundial, en esos momentos yo me sentía la criatura más feliz sobre la faz del planeta por haber encontrado a la mujer de mi vida en un minúsculo a la vez que ridículo refugio. Cerré los ojos y me recosté junto a ella dejando que su pelo rizado acariciara mis pálidas mejillas, dejándome vencer por el sueño de un profundo cansancio mientras sonreía por haber abierto la verdadera puerta que había permanecido cerrada durante todo este largo tiempo, la de mi corazón.

******************************

Bueno, con esto de ‘la caló’ y de la faringitis aguda estoy de un vago declarado, así que os dejo con un COPY PASTE de mi último relato, por si alguno de vosotros no ha tenido oportunidad de leerlo y quiere entretenerse en algún momento de este ocioso verano. ¡NOS LEEMOS! 😉