Chouza ayudó a la literatura – Circus

 
El cielo azul marino nocturno de Kent se veíasalpicado aquella noche por titilantes estrellas que eran como puntadasde hilo plateado en la tela celestial que se doblaba y plegaba sobre símisma y que de no ser por un botón de color marfil en fase creciente sehubiera deshecho en cientos de harapos de tonalidades azules. Los niñosconversaban en un murmullo de casa a casa sentados en los alféizares delas ventanas. Sus rostros se iluminaban intermitentemente con la luzquejumbrosa de las velas moribundas que la mayoría sostenían en unplatito de metal dorado. En la otra mano todos agarraban, inclusoalgunos apretaban contra el corazón, unos pequeños trozos rectangularesde cartulina finamente grabados con información y dibujos delicados deacróbatas. Todo el mundo en Kent estaba ilusionado ante la inminentellegada del Gran Circo Dunkle Lächeln. Los brillantes ojos infantilesvigilaban la tortuosa senda de entrada al pueblo con la esperanza deque, en cualquier momento, apareciera el circo ambulante.

Ya avanzada la noche, cuando el cielo empezaba a teñirse de colorrosa, gran parte de los trasnochadores no aguantó el peso de lospárpados, que se resistían a separarse de su abrazo una vez cerrados,ni la falta de conversación y poco a poco huyeron en retirada aresguardarse en la calidez de sus camas. Los más afortunados teníanhermanos pequeños a los que poder aferrarse y arrebatarles el calor. Lallegada del Gran Circo estaba fijada para esa mañana según los cartelesque no dejaban hueco en ninguna pared del pueblo. Hasta había colgadosde algunos techos un par de ellos. Poco a poco Kent se fue levantando.Los despertadores del alba sonaban puntuales. Pronto las calles sellenaron de olor a pastel de manzana, ternera asada, guiso de pato,patatas, guisantes… Se daban los últimos retoques para la bienvenida.Cordeles de colores colgaban de balcón en balcón, la buena ropaesperaba planchada y perfumada a cada habitante, se habían cortado lasmalas hierbas de los jardines, podado árboles y flores ornamentalmentey se había limpiado cada recoveco, rincón o esquina del pueblo.

A media mañana risas y conversaciones se agolpaban en cada calle.En la plaza algunos ancianos veían jugar a los niños bajo la sombra delos árboles. Un hombre tocaba la flauta. Todo esto sucedía bajo uncielo color amarillo pastel decorado con unas nubes grises. Las gotasde lluvia se precipitaron contras los tejados, los adoquines, lasfachadas, las ventanas y contra las cabezas de los que no corrían aresguardarse. El olor a hierba y a tierra mojada flotaba en el ambienteacribillado por miles de balas de agua acompañado por el olor de lacorteza húmeda, las manzanas maduras, las vacas, las gallinas, lasflores y el poco perceptible olor a miel proveniente de las colmenas.La gente seguía yendo a las tiendas a comprar cosas de última hora o acharlar con los vecinos bajo paraguas poco diferentes unos de otros.Los debían de haber comprado todos en la misma tienda… La gran campanade bronce de la iglesia retumbó gravemente a las cuatro de la tarde,aunque su sonido pronto se vio engullido por el de la constante lluviaque caía sobre Kent.

El repiqueteo incesante adormecía a los trabajadores del GranCirco Dunkle Lächeln. El circo ambulante contaba en sus filas con doselefantes indios, un elefante africano, una tigresa blanca, una familiade cinco monos, un presentador, tres domadores, un funambulista, cuatrocaballos que junto a los elefantes tiraban de la comitiva, dosconductores que se turnaban y dos acróbatas que a su vez hacían lasfunciones de payaso. En una de las carretas sumida en la oscuridad,pues ya la noche extendía su manto, una ciruela negra era mordida porunos dientes blancos y ligeramente felinos. Por el ventanuco se colabala poca luz de la luna que lograba traspasar las ramas de los árbolesque azotaban el lateral de la carreta y que la noche anterior habíancontemplado mecerse por el viento los niños del pueblo.

Misha era una de las acróbatas (que también hacía de payasa). Depadre alemán y madre japonesa siempre fue criada bajo una grandisciplina, que no dura. Su pelo negro como la tinta le llegabasolamente al cuello y caía liso, como si en cada punta hubiera unagotita de una materia oscura y densa. Tenía el flequillo cortado todo ala misma altura y de lo alto de la nuca nacían los dos picos quependían centímetros por encima de las clavículas. A cada ligeromovimiento el pelo parecía moverse segundos después, como ralentizadopor la belleza y cuando lo surcaba con sus pequeñas y blancas manos,como el resto de su cuerpo, parecía colarse entres los dedos como sifuera agua. Tenía los ojos grandes y profundos como un lago depetróleo. Sus orejas eran pequeñas y levemente puntiagudas. Su nariz,en cambio, era redondeada, hermosa. Húmedos se encontraban sus labioscolor atardecer…

Allí estaba. Con diecisiete años. Las piernas cruzadas y laespalda contra la pared de madera. Vestía una camisa de manga corta muyancha y unos pantalones largos y abombados color rojo burdeos quetenían una goma en los tobillos. Los pies descalzos, nunca se calzaba.Aún así, éstos eran suaves como todo su cuerpo ya que siempre se losfrotaba y masajeaba antes de dormir con cremas y zumo de fruta. Suspadres habían muerto al poco de que naciera. Durante dos años vivió encasa de su tía hasta que cierto día un señor le ofreció la oportunidadde recorrer el mundo a cambio de que trabajara en su circo. Su tía senegó. En realidad poco le importaba… Desde aquel día había recorridoAlemania, Austria, Suiza y Francia. Ahora estaba en Gran Bretaña, apunto de llegar a Kent. De repente la carreta giró a la derecha yabandonó el camino de tierra para encontrarse con toscos unos adoquinesde granito que la hacían rebotar sobre el pavimento y sacudirse de ladoa lado constantemente. La lluvia amainó hasta el punto de no sentirse.Allá, a unos trescientos metros, unas fantasmagóricas luces de farolasy lo que parecían hormigas, esperaban a Misha y al resto del Gran CircoDunkle Lächeln.

Bocas abiertas, ojos brillantes, gritos y murmullos recibieron ala comitiva. Explotó la pólvora y tras los árboles surgieron comoflechas luminosas los fuegos artificiales. Silbaban en la noche eirrumpían en la bóveda celeste como balas de cañón. El pueblo enteroavanzaba rodeando al circo. Golpeaban las carretas, algunos metían losbrazos en las jaulas… Parecían rémoras bajo las aletas de una manta. Yael hechizo del circo flotaba sobre sus cabezas. Misha observabasonriente como cantaban y bailaban desde el ventanuco. Subieron unapequeña cuesta y se detuvieron en el centro de una pequeña colinarodeada de unos árboles altos y viejos. Habían casetas montadas en lasque se vendían diversos productos, comida, telas, ropa… Decenas demesas y bancos delante de los puestos servían como lugar deentretenimiento a los más mayores, que jugaban al dominó y a lascartas, bebían cerveza y reían. Los niños y jóvenes miraban entrejuegos como poco a poco la carpa de color azul marino y blanco marfilcogía forma alzándose hacia las estrellas. Se levantaba alrededor delmástil y caía en todas direcciones apoyándose en postes más pequeñospara finalmente arrugarse contra el suelo.

A la mañana siguiente se dio por inaugurada la feria anual deKent. A lo largo del mediodía y de la tarde gente de las regionescercanas se fue acercando. Algunos músicos tocaban canciones alegres,bailarinas vestidas con lentejuelas las bailaban. Los mimos aguantabanlas bromas. Todo era lo normal en ese tipo de ferias; carreras decaballos, algodón de azúcar… La cola se extendía desde la entrada de lacarpa como un dragón multicolor hasta casi la mismísima entrada delpueblo. Las gradas se llenaban a medida que la gente entraba. Pasadasdos horas no cabía ni un alfiler. Un calor pesado y agobiante seapoderó del lugar. Gotas de sudor recorrían la piel de los presentes.Los focos se apagaron. Apenas entraba una tenue luz desde el exterior.Un murmullo recorrió como la marea las gradas. Uno de los focos seencendió apuntando al techo. Misha bajaba delicada por un trozo de telarojo carmín. Sus desnudos pies tocaron la tarima y, tras unareverencia, entró el presentador, que al ritmo de la música fuellevando la gala. Tenía una voz grave, una voz de alguien que hubieratrabajado toda su vida desgarrándose la garganta.

La noche fue inolvidable. Vibró la gente al ver a la tigresasaltando por aros de fuego y mostrándose dócil ante el látigo de cuerode su domador, rió con la familia de monos que saltaban de aquí paraallá, montaban en monociclo y hacían malabares con botellas llenas demitad ron y mitad vapor del líquido mantuvo la respiración con elfunambulista que a treinta metros sobre el suelo caminaba sobre unacuerda que cada vez que levantaba un pie desprendía partículas de polvoe hilo. Pero sin duda lo que más impresionó al público fueron los treselefantes. Las tres bestias se elevaban sobre sus patas traseras. Enlos pliegues de su piel azul y marrón tintineaban lentejuelas ycascabeles. Llegó el momento de los acróbatas; Lou y Misha.Sobrevolaron las cabezas de los espectadores danzando en el aire,soltándose, agarrándose, sonriendo…

Bajaron al suelo. Se inclinaron para saludar agarrados de la mano.Al incorporarse Misha dejó de sentir la mano de Lou. Lou era una deesas personas que aunque estuvieras a veinte metros de distancianotabas su presencia… No había nadie, sólo un niño de unos siete añossentado enfrente de ella. Se acercó a él. Estaba guapa como siempre. Lacara pintada de blanco al igual que todo el cuerpo, dos estrellasnegras pintadas que tenían como centro a los ojos, los labios pintadosde un color azul oscuro y brillante. Tenía puestos unos pantalonesacolchados que le llegaban hasta debajo de las rodillas del mismo colorque sus labios, una camisa blanca arremangada, un trozo de tela rojo enla cintura y un guante negro en la mano izquierda. Los pies de Mishaempezaron a caminar dejando tras de sí columnas de polvo en suspensión…

Iru, que así se llamaba el niño, estaba sentado en la primerafila. Tenía los pies cruzados y los dedos de las manos entrelazados.Llevaba puestos unos zapatos acharolados de color negro y punta redondasin atar, unos calcetines de media caña bajados hasta los tobillos, unpantalón corto azul marino, una camisa blanca y un chaleco también azulmarino. El pelo perfectamente peinado con la raya a un lado. Tenía losojos cerrados y silbaba una alegre melodía inflando los cachetes. A sulado había un pequeño saco de tela.

Misha se paró delante de él. Dos segundos más tarde llegó su pelo…Una fragancia penetró en ella embriagándola con una dulzura y unafrescura que nunca antes había sentido. Se sentó al lado de Iru.Pasados unos diez minutos Iru dejó de silbar y abrió sus ojos verdescomo una hoja. Sacó dos ciruelas del saco y le ofreció una a Misha.Empezó a hablar muy bajito.

Kent siempre ha sido un pueblo muy supersticioso y místico. Elfolclore es denso, complejo y amplio por aquí. Cientos de leyendascantadas, escritas y habladas durante generaciones. Un aura mágica queacompaña a los niños y niñas desde antes de su nacimiento hasta que vencrecer las flores desde abajo. Criaturas extrañas que habitan en elbosque, tripulaciones de piratas que perecieron en las costas cercanasy que por las noches vagan riendo con sus voces gastadas por lasplayas, hacen hogueras, bailan… Espíritus de personas que escapan desus tumbas…Nunca creí demasiado en esas historias. Pero una en concretome extrañaba y la sentía más real, cercana, casi palpable. Se trata de“La leyenda de los marcados por La Luna”.

“Dos personas se encontrarán. Se parará el tiempo. Dejarán deexistir los demás. A partir de ese momento sus vidas quedarán unidasirremediablemente. Viajarán juntos haciendo feliz a la humanidad. Nadieconseguirá llenar el corazón de ninguna de las dos como se lo llenaránla una a la otra… No se sentirán desconocidos, no deben sentirsedesconocidos… Serán hermanos. Serán hijos de La Luna.”

Partió el circo. Atrás quedaba Kent; la pequeña colina rodeada deárboles altos y viejos, la cuesta, las calles empedradas, las ventanasabiertas por las que se despedían los niños que la noche anteriorhabían hecho vigilia en ellas, los carteles, el hombre que tocaba laflauta en la plaza del pueblo, la buena ropa que ya esperaba en elarmario otra ocasión, el olor a comida, a tierra húmeda y a hierba, losparaguas casi iguales… Todo se perdía…

Las ramas de los árboles azotaban el lateral de la carreta. La luzdel mediodía entraba por el ventanuco y dibujaba sombras de hojas enlos cuerpos de Iru y Misha. Tenían los ojos cerrados. Silbaban entrelos dos la canción que la madre de La Luna le había enseñado a Ojoscolor naturaleza haciéndola más hermosa aún. Estaban sentados con laespalda contra la pared y se agarraban las manos. Iru tenía en su manoderecha el trozo de luna que le faltaba a Misha… 

 

 
 
Hasta ahí Circus.
 
Sinceramente, es un placer haber participado en esta iniciativa llevada a cabo por Desmodius, pero ha sido un placer aún mayor haber recibido esta colaboración por parte de Chouza, el que para mi opinión es un genial escritor.
 
Quiero pedir perdón al autor del relato por el retraso que sufrió su publicación, pero es que tuve una semana muy ajetreada que me impidió colgarlo antes. También, a pedido de Chouza, quiero darle un agradecimiento especial a Misha Wink.
 
Y ahora, un aviso. Lamentablemente, el relato que yo escribí para el concurrso no podrá ser publicado debido a que la persona a quien debía enviárselo (Ilink) ha sido expulsada definitivamente. Así que Desmodius me ha asignado a una nueva persona para darle el relato (que no diré quien es). Así que estad atentos Wink.
 
Ahora sí, saludos gamefilia!! Y dejen comentarios Very Happy.
 

El Origen by Desmodius – Capítulo 4: Sacrificio

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Bienvenidos de nuevo (me estoy cansando de escribir siempre lo mismo al comienzo de todas mis entradas ¬¬)

Hoy, con una semana de retraso por problemas personales, al fin podremos continuar con esta genial historia escrita por Desmodius, que ya se encuentra en la segunda mitad de su desarrollo.

Esta semana, en El Origen: Conoceremos un poco más del pasado de Ayperos II, mientras que Abel deberá enfrentarse a su destino.

 


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Capítulo IV
Sacrificio

–¡Ayperos, yo, el asesino de Abrahel, reclamo el derecho a comandar tus treinta y seis legiones! –dijo un semidemonio bastante delgado, con aspecto casi humano y largas alas negras.
–Yo te di la oportunidad de volver del exilio, ¿es ésta la forma en que me lo agradeces? ¡Necio! Pagarás con tu vida esta insolencia. Yo, Ayperos, comandante al servicio del gran Astaroth, acepto el desafío por el derecho de comandar mi ejército.

Ambos oponentes desenvainaron sus armas. La espada de Ayperos era negra y emana un siniestro brillo rojizo; la de su adversario era más pequeña, delgada y dorada. El enemigo de Ayperos demostraba tener una agilidad sorprendente, así como ser un estratega brillante, por lo que resultaba difícil asegurar quién sería el vencedor.

Transcurrieron tres días, en los cuales cada uno demostró grandes habilidades con sus armas. Al final del tercer día, ambos contendientes se hallaban gravemente heridos y exhaustos. Ayperos fue sorprendido con una ágil estocada en el pecho, por lo que cayó rendido ante su oponente.

–Creo que la batalla ya terminó, ¿no crees, Ayperos? Ahora me haré llamar como tú; odio el nombre que mi madre siempre usó para llamarme.
–¿Serás Ayperos II? Eso jamás ocultará le hecho de que no eres más que un débil semidemonio, criado en el exilio por una súcubo traidora de su sangre.
–Soy el semidemonio que va a asesinarte, deberías tener eso en cuenta. Pero tal nombre ya le pertenece a uno de tus hijos, ¿cierto? Sí, lo sé, te enamoraste profundamente de una humana y ahora proteges a su hijo. Lo llamaste Ayperos II, así que para poder usar tal nombre debo matarlo.
–¡Nunca lo conseguirás! Mi hijo ha vivido oculto desde su nacimiento, él siempre llevará mi sangre y algún día te destronará.
–Estoy destinado a la grandeza, lo supe desde el momento en que me diste la oportunidad de volver al Inframundo… ahora es momento de terminar este duelo y reclamar mi ejército.

Con una impetuosa estocada, el negro corazón de Ayperos fue atravesado. Su oponente reclamó de inmediato su nuevo nombre: a partir de ese momento, sería conocido como Ayperos II. Alzó su ensangrentada espada y gritó con voz ronca: “Yo, Ayperos II, exijo la presencia de mi ejército, de las treinta y seis legiones bajo mi mando.”

El suelo se sacudió por unos instantes, la poca luz que iluminaba aquel escenario se desvaneció momentáneamente y, con un fuerte estruendo, aparecieron más de doscientos mil demonios arrodillados ante su nuevo comandante. Sus armaduras irradiaban un débil resplandor verduzco, la única fuente de luz en medio de la oscuridad total.

“¡Mi Señor, hemos llegado!” Un demonio de baja estatura sacó de sus recuerdos a Ayperos, quien montaba un enorme caballo negro con crin rojiza. Habían pasado ya diez años desde que el astuto semidemonio había logrado obtener su prestigio y poderío.

Alrededor de sesenta jinetes se detuvieron lentamente ante las indicaciones de Ayperos, quien divisaba su objetivo: unas ruinas resguardadas por frondosos árboles. El camino restante deberían cruzarlo a pie, ya que los caballos sólo entorpecerían su viaje.

–¿Es aquí, Ayperos? –preguntó un caballero de aspecto siniestro con una elegante armadura negra.
–Eres tú quien conoce el porvenir, Abigor, deberías saberlo. Paymon, uno de los grandes reyes del Inframundo, fue derrotado y encarcelado aquí por el más grande ejército que los humanos pudieron unificar. Nadie reclamó el derecho de dirigir su ejército, por lo que él debe seguir teniendo el mando de sus doscientas legiones.
–Ayperos, ten en cuenta que él es un demonio de un poder inimaginable. Nosotros mismos le tememos por su crueldad. Él no es igual a los magos, marqueses, duques y príncipes del Infierno que has convencido hasta ahora. Ten cuidado con lo que haces –sentenció Baal, un demonio de aspecto desagradable con cara humana y rasgos de gato y sapo, con una corona de duque.
–Hemos puesto nuestras legiones a tu servicio, Ayperos, porque has hecho hazañas imposibles y eres digno de admirar; pero debes tener mucho cuidado con Paymon –indicó Sabnac, un marqués del Inframundo de forma humana con cabeza de león.
–Ya preví todas las precauciones necesarias para liberar y convencer a Paymon, descuiden. ¿Cuándo he perdido una batalla? Yo liberé a varios de ustedes de sus prisiones y los he unificado bajo un fin común: imponer nuestro imperio exterminando a la raza humana.

Ayperos dirigió a sus seguidores a través de un pasadizo secreto oculto bajo las ruinas. En su andanza, los comandantes del Inframundo encontraron diversos sellos mágicos que les impedían avanzar; pero ninguna barrera era suficientemente poderosa como para detenerlos por mucho tiempo.

Poco más de una hora después, el ejército de criaturas infernales llegó a su destino. Se hallaban frente a un gran círculo grabado en el suelo protegido con infinidad de símbolos mágicos, rodeado de doce antorchas. Ayperos tomó su espada dorada y la blandió frente al círculo para romper parte de su protección.

Pronunció velozmente un hechizo en una lengua oscura y los sellos que protegían el grabado del suelo desaparecieron, mientras el fuego de las antorchas se avivaba. En medio del círculo, había símbolos ilegibles. Ayperos se hizo una profunda herida en el brazo izquierdo con su propia espada, su oscura sangre comenzó a brotar y esparcirse a través de los grabados del suelo.

–¡Yo, Ayperos II, exijo que el rey Paymon sea liberado de sus ataduras y vuelva al mundo terrenal para brindarme su ayuda! ¡Rey Paymon, acepte mi sacrificio y rompa los hechizos que lo mantienen preso!

El silencio e incertidumbre se apoderó del lugar por escasos instantes, hasta que un estrepitoso rugido indicó que el suelo estaba rompiéndose y dando paso a un ser de gran tamaño. Con gran esfuerzo, un enorme y fornido demonio de color rojizo y cara similar a la de un dromedario emergió del suelo y se puso en pie frente a Ayperos.

La presencia de Paymon irradiaba un halo de maldad extraordinario. Con el ágil movimiento de una mano, tomó a Ayperos del cuello y comenzó a estrangularlo sin piedad; pero éste dijo débilmente: “Señor, fui yo quien lo liberó… merezco su perdón…”

Al escucharlo, Paymon arrojó al semidemonio contra el techo del recinto. Débilmente, Ayperos se incorporó e hizo una reverencia ante el poderoso demonio que había liberado, ignorando la perplejidad de los demás comandantes presentes.

–Por favor, señor, acepte mi oferta de unirse a nuestro ejército y exterminar a la raza humana. Cada uno de nosotros ha logrado vencer y controlar a los reinos humanos; pero, si los combatimos juntos, podremos exterminarlos por completo. Bajo su amparo, Gran Rey Paymon, seremos invencibles.
–Es una oferta tentadora, semidemonio; la sed de venganza recorre cada rincón de mi ser. La humanidad caerá bajo el gran poder del Inframundo. Yo sucumbí ante su magia; si eres capaz de garantizarme la victoria, pondré a tu servicio mis doscientas legiones.
–Claro, mi señor, yo le aseguro que en pocos días sólo los demonios reinaremos en medio del caos absoluto.
–Yo te seguiré en el camino a la victoria, Ayperos II.

Un pequeño demonio de piel azulada se hallaba encadenado y malherido en medio de la oscuridad. Había sido despojado de sus alas y cuernos. Un demonio más grande que él lo vigilaba desde las sombras.

–¿Por qué asesinaste a mis padres…?
–Era necesario para que obtuviera el poder que merezco… ¡para cumplir mi destino!

Abel fue golpeado de forma brutal mientras su opresor le grababa un símbolo especial en la frente con una daga; lo desencadenó y arrastró hasta un acantilado cercano, le enterró cruelmente una delgada espada en la espalda mientras lo arrojaba al río debajo de ellos.

–Tú no tienes la culpa de los actos de tus padres, al igual que yo. El destino decidirá que hará contigo, yo ya te perdoné la vida…

“Abel, despierta… ¡Abel, ya es tarde!” El joven guerrero abrió súbitamente los ojos. Se hallaba recostado en sus aposentos, Callidora estaba a su lado. Abel había tenido el mismo sueño desde hacía dos meses, el tiempo que había permanecido bajo los cuidados de Callidora después de permanecer inconsciente tres semanas.

–Gritabas mientras dormías, Abel, ¿era el mismo sueño que has tenido últimamente?
–Sí, era ése. Creo que quien aparece en él es Ayperos, pero no logro verlo claramente. Nadie más pudo haberme exiliado de esa forma.
–Hoy es el día, joven demonio, debes abandonar el refugio de este sitio y continuar con tu misión. Has obtenido ya una de las dos esencias del Origen, pero debes encontrar la otra por ti mismo; no puedo ayudarte esta vez.
–Estuve a salvo del invierno aquí, Ayperos debe haber conseguido reunir ya todo su ejército en este tiempo… ¿no puedes decirme cuál es mi destino? ¿Cómo puedo hallar algo que ni siquiera conozco?
–Ambas esencias son dos mitades del todo; sólo el mal puede permitir que exista el bien, así como la injusticia da sentido a la justicia y la muerte asegura la vida. Tú posees una, debes buscar la otra mitad, aquel objeto que la complete. Y nunca olvides estas palabras, caballero: “Sólo en la más profunda oscuridad, puede apreciarse la verdadera intensidad de un rayo de luz.”
–¿Qué significa eso…?

Antes de que Abel pudiera comprender la situación, Callidora se había desvanecido. El joven demonio alistó su armadura y provisiones. Su viaje debería continuar hacia algún lugar que desconocía. Quizá el camino más adecuado sería hacia los dominios de Ayperos, debería enfrentarlo por fin y el destino le revelaría la ubicación de la otra esencia del Origen para vencerlo.

Abel emprendió su viaje hacia el suroeste, hacia la fortaleza de Ayperos, donde encontraría finalmente su destino y podría enfrentar las sombras de su pasado. Los días transcurrían lentamente para el joven guerrero que avanzaba sin reparar mucho tiempo en sitio alguno.

Tras dos semanas de viaje, Abel estaba en las fronteras de los dominios de su enemigo; la luz del día se extinguía a lontananza mientras Abel continuaba con su misión. Al llegar a un claro entre los árboles, el joven demonio divisó a un numeroso ejército de demonios que parecía estar torturando a alguien. Los gritos que provenían de la prisionera le parecían muy familiares.

Abel se ocultó tras unos árboles y avanzó sigilosamente para acercarse a los demonios; al estar frente a ellos, pudo ver que Ayperos tenía presa a Callidora. La hermosa joven se hallaba inmovilizada con delgadas cadenas negras.

–Tú sabes quién robó La Espada del Destino, Callidora… ¡Dímelo!
–El fin de tu destino está cerca, Ayperos II. Un joven, elegido desde el inicio de los tiempos, vendrá para restaurar la armonía del Origen, así está escrito y así será hecho. Él asegurará la vida y la paz para la humanidad.
–¿Alguien está buscando la otra mitad de las esencias del Origen…? ¡Es imposible, sólo yo conozco su naturaleza! ¡Quién! ¡Dime quién, bruja maldita!

Iracundo por el silencio de Callidora, el demonio empuñó con ímpetu su espada dorada y, con un golpe limpio, la cabeza de la hermosa hechicera se desprendió del resto de su cuerpo rodando a los pies de su verdugo.

Abel, conmocionado por el súbito acto de Ayperos, fue incapaz de reaccionar por unos instantes. Al tomar conciencia de lo sucedido, una lágrima recorrió su rostro; el joven guerrero, cegado por el odio, abandonó su escondite y se colocó frente a Ayperos, sin reparar en el hecho de que casi una centena de abominables demonios los rodeaba.

Abel empuñó rápidamente la espada que había obtenido a través de su travesía y se dispuso a combatir a muerte; sin embargo, en su mente se formó el vívido recuerdo de Callidora mientras le decía sus últimas palabras en el templo: “la muerte asegura la vida.”

Consciente de su inminente derrota, Abel supo qué debía hacer sin realmente conocer la razón de tal acto. Sujetó firmemente y, con ímpetu, se la enterró en el vientre. Su sacrificio debería ayudar a que el destino escrito en los inicios del tiempo se cumpliera, o eso pensó segundos antes de llevarlo a cabo.

La oscuridad se apoderaba lentamente de él, mientras escuchaba el ruido de las burlas del ejército de demonios que lo rodeaba en su lecho de muerte. Su misión había terminado, la humanidad se salvaría gracias a él.


 

Para aquellos que se quejaban de la falta de sorpresas en la historia, espero que éste capítulo haya saciado su sed de "imprevisibilidad" Very Happy.

 

Y un punto y a parte. Ayer, sábado 5 de septiembre, se celebró el día del Scout, por conmemoración al principal promovedor del scoutismo en Argentina: Francisco Pascacio Moreno. Si por casualidad tú eres Scout y no conocías la existencia de éste día, no te preocupes, es que este día sólo es celebrado en Argentina Wink.

 

 

Siempre Listo!