El Origen by Desmodius – Capítulo 4: Sacrificio

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Bienvenidos de nuevo (me estoy cansando de escribir siempre lo mismo al comienzo de todas mis entradas ¬¬)

Hoy, con una semana de retraso por problemas personales, al fin podremos continuar con esta genial historia escrita por Desmodius, que ya se encuentra en la segunda mitad de su desarrollo.

Esta semana, en El Origen: Conoceremos un poco más del pasado de Ayperos II, mientras que Abel deberá enfrentarse a su destino.

 


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Capítulo IV
Sacrificio

–¡Ayperos, yo, el asesino de Abrahel, reclamo el derecho a comandar tus treinta y seis legiones! –dijo un semidemonio bastante delgado, con aspecto casi humano y largas alas negras.
–Yo te di la oportunidad de volver del exilio, ¿es ésta la forma en que me lo agradeces? ¡Necio! Pagarás con tu vida esta insolencia. Yo, Ayperos, comandante al servicio del gran Astaroth, acepto el desafío por el derecho de comandar mi ejército.

Ambos oponentes desenvainaron sus armas. La espada de Ayperos era negra y emana un siniestro brillo rojizo; la de su adversario era más pequeña, delgada y dorada. El enemigo de Ayperos demostraba tener una agilidad sorprendente, así como ser un estratega brillante, por lo que resultaba difícil asegurar quién sería el vencedor.

Transcurrieron tres días, en los cuales cada uno demostró grandes habilidades con sus armas. Al final del tercer día, ambos contendientes se hallaban gravemente heridos y exhaustos. Ayperos fue sorprendido con una ágil estocada en el pecho, por lo que cayó rendido ante su oponente.

–Creo que la batalla ya terminó, ¿no crees, Ayperos? Ahora me haré llamar como tú; odio el nombre que mi madre siempre usó para llamarme.
–¿Serás Ayperos II? Eso jamás ocultará le hecho de que no eres más que un débil semidemonio, criado en el exilio por una súcubo traidora de su sangre.
–Soy el semidemonio que va a asesinarte, deberías tener eso en cuenta. Pero tal nombre ya le pertenece a uno de tus hijos, ¿cierto? Sí, lo sé, te enamoraste profundamente de una humana y ahora proteges a su hijo. Lo llamaste Ayperos II, así que para poder usar tal nombre debo matarlo.
–¡Nunca lo conseguirás! Mi hijo ha vivido oculto desde su nacimiento, él siempre llevará mi sangre y algún día te destronará.
–Estoy destinado a la grandeza, lo supe desde el momento en que me diste la oportunidad de volver al Inframundo… ahora es momento de terminar este duelo y reclamar mi ejército.

Con una impetuosa estocada, el negro corazón de Ayperos fue atravesado. Su oponente reclamó de inmediato su nuevo nombre: a partir de ese momento, sería conocido como Ayperos II. Alzó su ensangrentada espada y gritó con voz ronca: “Yo, Ayperos II, exijo la presencia de mi ejército, de las treinta y seis legiones bajo mi mando.”

El suelo se sacudió por unos instantes, la poca luz que iluminaba aquel escenario se desvaneció momentáneamente y, con un fuerte estruendo, aparecieron más de doscientos mil demonios arrodillados ante su nuevo comandante. Sus armaduras irradiaban un débil resplandor verduzco, la única fuente de luz en medio de la oscuridad total.

“¡Mi Señor, hemos llegado!” Un demonio de baja estatura sacó de sus recuerdos a Ayperos, quien montaba un enorme caballo negro con crin rojiza. Habían pasado ya diez años desde que el astuto semidemonio había logrado obtener su prestigio y poderío.

Alrededor de sesenta jinetes se detuvieron lentamente ante las indicaciones de Ayperos, quien divisaba su objetivo: unas ruinas resguardadas por frondosos árboles. El camino restante deberían cruzarlo a pie, ya que los caballos sólo entorpecerían su viaje.

–¿Es aquí, Ayperos? –preguntó un caballero de aspecto siniestro con una elegante armadura negra.
–Eres tú quien conoce el porvenir, Abigor, deberías saberlo. Paymon, uno de los grandes reyes del Inframundo, fue derrotado y encarcelado aquí por el más grande ejército que los humanos pudieron unificar. Nadie reclamó el derecho de dirigir su ejército, por lo que él debe seguir teniendo el mando de sus doscientas legiones.
–Ayperos, ten en cuenta que él es un demonio de un poder inimaginable. Nosotros mismos le tememos por su crueldad. Él no es igual a los magos, marqueses, duques y príncipes del Infierno que has convencido hasta ahora. Ten cuidado con lo que haces –sentenció Baal, un demonio de aspecto desagradable con cara humana y rasgos de gato y sapo, con una corona de duque.
–Hemos puesto nuestras legiones a tu servicio, Ayperos, porque has hecho hazañas imposibles y eres digno de admirar; pero debes tener mucho cuidado con Paymon –indicó Sabnac, un marqués del Inframundo de forma humana con cabeza de león.
–Ya preví todas las precauciones necesarias para liberar y convencer a Paymon, descuiden. ¿Cuándo he perdido una batalla? Yo liberé a varios de ustedes de sus prisiones y los he unificado bajo un fin común: imponer nuestro imperio exterminando a la raza humana.

Ayperos dirigió a sus seguidores a través de un pasadizo secreto oculto bajo las ruinas. En su andanza, los comandantes del Inframundo encontraron diversos sellos mágicos que les impedían avanzar; pero ninguna barrera era suficientemente poderosa como para detenerlos por mucho tiempo.

Poco más de una hora después, el ejército de criaturas infernales llegó a su destino. Se hallaban frente a un gran círculo grabado en el suelo protegido con infinidad de símbolos mágicos, rodeado de doce antorchas. Ayperos tomó su espada dorada y la blandió frente al círculo para romper parte de su protección.

Pronunció velozmente un hechizo en una lengua oscura y los sellos que protegían el grabado del suelo desaparecieron, mientras el fuego de las antorchas se avivaba. En medio del círculo, había símbolos ilegibles. Ayperos se hizo una profunda herida en el brazo izquierdo con su propia espada, su oscura sangre comenzó a brotar y esparcirse a través de los grabados del suelo.

–¡Yo, Ayperos II, exijo que el rey Paymon sea liberado de sus ataduras y vuelva al mundo terrenal para brindarme su ayuda! ¡Rey Paymon, acepte mi sacrificio y rompa los hechizos que lo mantienen preso!

El silencio e incertidumbre se apoderó del lugar por escasos instantes, hasta que un estrepitoso rugido indicó que el suelo estaba rompiéndose y dando paso a un ser de gran tamaño. Con gran esfuerzo, un enorme y fornido demonio de color rojizo y cara similar a la de un dromedario emergió del suelo y se puso en pie frente a Ayperos.

La presencia de Paymon irradiaba un halo de maldad extraordinario. Con el ágil movimiento de una mano, tomó a Ayperos del cuello y comenzó a estrangularlo sin piedad; pero éste dijo débilmente: “Señor, fui yo quien lo liberó… merezco su perdón…”

Al escucharlo, Paymon arrojó al semidemonio contra el techo del recinto. Débilmente, Ayperos se incorporó e hizo una reverencia ante el poderoso demonio que había liberado, ignorando la perplejidad de los demás comandantes presentes.

–Por favor, señor, acepte mi oferta de unirse a nuestro ejército y exterminar a la raza humana. Cada uno de nosotros ha logrado vencer y controlar a los reinos humanos; pero, si los combatimos juntos, podremos exterminarlos por completo. Bajo su amparo, Gran Rey Paymon, seremos invencibles.
–Es una oferta tentadora, semidemonio; la sed de venganza recorre cada rincón de mi ser. La humanidad caerá bajo el gran poder del Inframundo. Yo sucumbí ante su magia; si eres capaz de garantizarme la victoria, pondré a tu servicio mis doscientas legiones.
–Claro, mi señor, yo le aseguro que en pocos días sólo los demonios reinaremos en medio del caos absoluto.
–Yo te seguiré en el camino a la victoria, Ayperos II.

Un pequeño demonio de piel azulada se hallaba encadenado y malherido en medio de la oscuridad. Había sido despojado de sus alas y cuernos. Un demonio más grande que él lo vigilaba desde las sombras.

–¿Por qué asesinaste a mis padres…?
–Era necesario para que obtuviera el poder que merezco… ¡para cumplir mi destino!

Abel fue golpeado de forma brutal mientras su opresor le grababa un símbolo especial en la frente con una daga; lo desencadenó y arrastró hasta un acantilado cercano, le enterró cruelmente una delgada espada en la espalda mientras lo arrojaba al río debajo de ellos.

–Tú no tienes la culpa de los actos de tus padres, al igual que yo. El destino decidirá que hará contigo, yo ya te perdoné la vida…

“Abel, despierta… ¡Abel, ya es tarde!” El joven guerrero abrió súbitamente los ojos. Se hallaba recostado en sus aposentos, Callidora estaba a su lado. Abel había tenido el mismo sueño desde hacía dos meses, el tiempo que había permanecido bajo los cuidados de Callidora después de permanecer inconsciente tres semanas.

–Gritabas mientras dormías, Abel, ¿era el mismo sueño que has tenido últimamente?
–Sí, era ése. Creo que quien aparece en él es Ayperos, pero no logro verlo claramente. Nadie más pudo haberme exiliado de esa forma.
–Hoy es el día, joven demonio, debes abandonar el refugio de este sitio y continuar con tu misión. Has obtenido ya una de las dos esencias del Origen, pero debes encontrar la otra por ti mismo; no puedo ayudarte esta vez.
–Estuve a salvo del invierno aquí, Ayperos debe haber conseguido reunir ya todo su ejército en este tiempo… ¿no puedes decirme cuál es mi destino? ¿Cómo puedo hallar algo que ni siquiera conozco?
–Ambas esencias son dos mitades del todo; sólo el mal puede permitir que exista el bien, así como la injusticia da sentido a la justicia y la muerte asegura la vida. Tú posees una, debes buscar la otra mitad, aquel objeto que la complete. Y nunca olvides estas palabras, caballero: “Sólo en la más profunda oscuridad, puede apreciarse la verdadera intensidad de un rayo de luz.”
–¿Qué significa eso…?

Antes de que Abel pudiera comprender la situación, Callidora se había desvanecido. El joven demonio alistó su armadura y provisiones. Su viaje debería continuar hacia algún lugar que desconocía. Quizá el camino más adecuado sería hacia los dominios de Ayperos, debería enfrentarlo por fin y el destino le revelaría la ubicación de la otra esencia del Origen para vencerlo.

Abel emprendió su viaje hacia el suroeste, hacia la fortaleza de Ayperos, donde encontraría finalmente su destino y podría enfrentar las sombras de su pasado. Los días transcurrían lentamente para el joven guerrero que avanzaba sin reparar mucho tiempo en sitio alguno.

Tras dos semanas de viaje, Abel estaba en las fronteras de los dominios de su enemigo; la luz del día se extinguía a lontananza mientras Abel continuaba con su misión. Al llegar a un claro entre los árboles, el joven demonio divisó a un numeroso ejército de demonios que parecía estar torturando a alguien. Los gritos que provenían de la prisionera le parecían muy familiares.

Abel se ocultó tras unos árboles y avanzó sigilosamente para acercarse a los demonios; al estar frente a ellos, pudo ver que Ayperos tenía presa a Callidora. La hermosa joven se hallaba inmovilizada con delgadas cadenas negras.

–Tú sabes quién robó La Espada del Destino, Callidora… ¡Dímelo!
–El fin de tu destino está cerca, Ayperos II. Un joven, elegido desde el inicio de los tiempos, vendrá para restaurar la armonía del Origen, así está escrito y así será hecho. Él asegurará la vida y la paz para la humanidad.
–¿Alguien está buscando la otra mitad de las esencias del Origen…? ¡Es imposible, sólo yo conozco su naturaleza! ¡Quién! ¡Dime quién, bruja maldita!

Iracundo por el silencio de Callidora, el demonio empuñó con ímpetu su espada dorada y, con un golpe limpio, la cabeza de la hermosa hechicera se desprendió del resto de su cuerpo rodando a los pies de su verdugo.

Abel, conmocionado por el súbito acto de Ayperos, fue incapaz de reaccionar por unos instantes. Al tomar conciencia de lo sucedido, una lágrima recorrió su rostro; el joven guerrero, cegado por el odio, abandonó su escondite y se colocó frente a Ayperos, sin reparar en el hecho de que casi una centena de abominables demonios los rodeaba.

Abel empuñó rápidamente la espada que había obtenido a través de su travesía y se dispuso a combatir a muerte; sin embargo, en su mente se formó el vívido recuerdo de Callidora mientras le decía sus últimas palabras en el templo: “la muerte asegura la vida.”

Consciente de su inminente derrota, Abel supo qué debía hacer sin realmente conocer la razón de tal acto. Sujetó firmemente y, con ímpetu, se la enterró en el vientre. Su sacrificio debería ayudar a que el destino escrito en los inicios del tiempo se cumpliera, o eso pensó segundos antes de llevarlo a cabo.

La oscuridad se apoderaba lentamente de él, mientras escuchaba el ruido de las burlas del ejército de demonios que lo rodeaba en su lecho de muerte. Su misión había terminado, la humanidad se salvaría gracias a él.


 

Para aquellos que se quejaban de la falta de sorpresas en la historia, espero que éste capítulo haya saciado su sed de "imprevisibilidad" Very Happy.

 

Y un punto y a parte. Ayer, sábado 5 de septiembre, se celebró el día del Scout, por conmemoración al principal promovedor del scoutismo en Argentina: Francisco Pascacio Moreno. Si por casualidad tú eres Scout y no conocías la existencia de éste día, no te preocupes, es que este día sólo es celebrado en Argentina Wink.

 

 

Siempre Listo!