Chouza ayudó a la literatura – Circus

 
El cielo azul marino nocturno de Kent se veíasalpicado aquella noche por titilantes estrellas que eran como puntadasde hilo plateado en la tela celestial que se doblaba y plegaba sobre símisma y que de no ser por un botón de color marfil en fase creciente sehubiera deshecho en cientos de harapos de tonalidades azules. Los niñosconversaban en un murmullo de casa a casa sentados en los alféizares delas ventanas. Sus rostros se iluminaban intermitentemente con la luzquejumbrosa de las velas moribundas que la mayoría sostenían en unplatito de metal dorado. En la otra mano todos agarraban, inclusoalgunos apretaban contra el corazón, unos pequeños trozos rectangularesde cartulina finamente grabados con información y dibujos delicados deacróbatas. Todo el mundo en Kent estaba ilusionado ante la inminentellegada del Gran Circo Dunkle Lächeln. Los brillantes ojos infantilesvigilaban la tortuosa senda de entrada al pueblo con la esperanza deque, en cualquier momento, apareciera el circo ambulante.

Ya avanzada la noche, cuando el cielo empezaba a teñirse de colorrosa, gran parte de los trasnochadores no aguantó el peso de lospárpados, que se resistían a separarse de su abrazo una vez cerrados,ni la falta de conversación y poco a poco huyeron en retirada aresguardarse en la calidez de sus camas. Los más afortunados teníanhermanos pequeños a los que poder aferrarse y arrebatarles el calor. Lallegada del Gran Circo estaba fijada para esa mañana según los cartelesque no dejaban hueco en ninguna pared del pueblo. Hasta había colgadosde algunos techos un par de ellos. Poco a poco Kent se fue levantando.Los despertadores del alba sonaban puntuales. Pronto las calles sellenaron de olor a pastel de manzana, ternera asada, guiso de pato,patatas, guisantes… Se daban los últimos retoques para la bienvenida.Cordeles de colores colgaban de balcón en balcón, la buena ropaesperaba planchada y perfumada a cada habitante, se habían cortado lasmalas hierbas de los jardines, podado árboles y flores ornamentalmentey se había limpiado cada recoveco, rincón o esquina del pueblo.

A media mañana risas y conversaciones se agolpaban en cada calle.En la plaza algunos ancianos veían jugar a los niños bajo la sombra delos árboles. Un hombre tocaba la flauta. Todo esto sucedía bajo uncielo color amarillo pastel decorado con unas nubes grises. Las gotasde lluvia se precipitaron contras los tejados, los adoquines, lasfachadas, las ventanas y contra las cabezas de los que no corrían aresguardarse. El olor a hierba y a tierra mojada flotaba en el ambienteacribillado por miles de balas de agua acompañado por el olor de lacorteza húmeda, las manzanas maduras, las vacas, las gallinas, lasflores y el poco perceptible olor a miel proveniente de las colmenas.La gente seguía yendo a las tiendas a comprar cosas de última hora o acharlar con los vecinos bajo paraguas poco diferentes unos de otros.Los debían de haber comprado todos en la misma tienda… La gran campanade bronce de la iglesia retumbó gravemente a las cuatro de la tarde,aunque su sonido pronto se vio engullido por el de la constante lluviaque caía sobre Kent.

El repiqueteo incesante adormecía a los trabajadores del GranCirco Dunkle Lächeln. El circo ambulante contaba en sus filas con doselefantes indios, un elefante africano, una tigresa blanca, una familiade cinco monos, un presentador, tres domadores, un funambulista, cuatrocaballos que junto a los elefantes tiraban de la comitiva, dosconductores que se turnaban y dos acróbatas que a su vez hacían lasfunciones de payaso. En una de las carretas sumida en la oscuridad,pues ya la noche extendía su manto, una ciruela negra era mordida porunos dientes blancos y ligeramente felinos. Por el ventanuco se colabala poca luz de la luna que lograba traspasar las ramas de los árbolesque azotaban el lateral de la carreta y que la noche anterior habíancontemplado mecerse por el viento los niños del pueblo.

Misha era una de las acróbatas (que también hacía de payasa). Depadre alemán y madre japonesa siempre fue criada bajo una grandisciplina, que no dura. Su pelo negro como la tinta le llegabasolamente al cuello y caía liso, como si en cada punta hubiera unagotita de una materia oscura y densa. Tenía el flequillo cortado todo ala misma altura y de lo alto de la nuca nacían los dos picos quependían centímetros por encima de las clavículas. A cada ligeromovimiento el pelo parecía moverse segundos después, como ralentizadopor la belleza y cuando lo surcaba con sus pequeñas y blancas manos,como el resto de su cuerpo, parecía colarse entres los dedos como sifuera agua. Tenía los ojos grandes y profundos como un lago depetróleo. Sus orejas eran pequeñas y levemente puntiagudas. Su nariz,en cambio, era redondeada, hermosa. Húmedos se encontraban sus labioscolor atardecer…

Allí estaba. Con diecisiete años. Las piernas cruzadas y laespalda contra la pared de madera. Vestía una camisa de manga corta muyancha y unos pantalones largos y abombados color rojo burdeos quetenían una goma en los tobillos. Los pies descalzos, nunca se calzaba.Aún así, éstos eran suaves como todo su cuerpo ya que siempre se losfrotaba y masajeaba antes de dormir con cremas y zumo de fruta. Suspadres habían muerto al poco de que naciera. Durante dos años vivió encasa de su tía hasta que cierto día un señor le ofreció la oportunidadde recorrer el mundo a cambio de que trabajara en su circo. Su tía senegó. En realidad poco le importaba… Desde aquel día había recorridoAlemania, Austria, Suiza y Francia. Ahora estaba en Gran Bretaña, apunto de llegar a Kent. De repente la carreta giró a la derecha yabandonó el camino de tierra para encontrarse con toscos unos adoquinesde granito que la hacían rebotar sobre el pavimento y sacudirse de ladoa lado constantemente. La lluvia amainó hasta el punto de no sentirse.Allá, a unos trescientos metros, unas fantasmagóricas luces de farolasy lo que parecían hormigas, esperaban a Misha y al resto del Gran CircoDunkle Lächeln.

Bocas abiertas, ojos brillantes, gritos y murmullos recibieron ala comitiva. Explotó la pólvora y tras los árboles surgieron comoflechas luminosas los fuegos artificiales. Silbaban en la noche eirrumpían en la bóveda celeste como balas de cañón. El pueblo enteroavanzaba rodeando al circo. Golpeaban las carretas, algunos metían losbrazos en las jaulas… Parecían rémoras bajo las aletas de una manta. Yael hechizo del circo flotaba sobre sus cabezas. Misha observabasonriente como cantaban y bailaban desde el ventanuco. Subieron unapequeña cuesta y se detuvieron en el centro de una pequeña colinarodeada de unos árboles altos y viejos. Habían casetas montadas en lasque se vendían diversos productos, comida, telas, ropa… Decenas demesas y bancos delante de los puestos servían como lugar deentretenimiento a los más mayores, que jugaban al dominó y a lascartas, bebían cerveza y reían. Los niños y jóvenes miraban entrejuegos como poco a poco la carpa de color azul marino y blanco marfilcogía forma alzándose hacia las estrellas. Se levantaba alrededor delmástil y caía en todas direcciones apoyándose en postes más pequeñospara finalmente arrugarse contra el suelo.

A la mañana siguiente se dio por inaugurada la feria anual deKent. A lo largo del mediodía y de la tarde gente de las regionescercanas se fue acercando. Algunos músicos tocaban canciones alegres,bailarinas vestidas con lentejuelas las bailaban. Los mimos aguantabanlas bromas. Todo era lo normal en ese tipo de ferias; carreras decaballos, algodón de azúcar… La cola se extendía desde la entrada de lacarpa como un dragón multicolor hasta casi la mismísima entrada delpueblo. Las gradas se llenaban a medida que la gente entraba. Pasadasdos horas no cabía ni un alfiler. Un calor pesado y agobiante seapoderó del lugar. Gotas de sudor recorrían la piel de los presentes.Los focos se apagaron. Apenas entraba una tenue luz desde el exterior.Un murmullo recorrió como la marea las gradas. Uno de los focos seencendió apuntando al techo. Misha bajaba delicada por un trozo de telarojo carmín. Sus desnudos pies tocaron la tarima y, tras unareverencia, entró el presentador, que al ritmo de la música fuellevando la gala. Tenía una voz grave, una voz de alguien que hubieratrabajado toda su vida desgarrándose la garganta.

La noche fue inolvidable. Vibró la gente al ver a la tigresasaltando por aros de fuego y mostrándose dócil ante el látigo de cuerode su domador, rió con la familia de monos que saltaban de aquí paraallá, montaban en monociclo y hacían malabares con botellas llenas demitad ron y mitad vapor del líquido mantuvo la respiración con elfunambulista que a treinta metros sobre el suelo caminaba sobre unacuerda que cada vez que levantaba un pie desprendía partículas de polvoe hilo. Pero sin duda lo que más impresionó al público fueron los treselefantes. Las tres bestias se elevaban sobre sus patas traseras. Enlos pliegues de su piel azul y marrón tintineaban lentejuelas ycascabeles. Llegó el momento de los acróbatas; Lou y Misha.Sobrevolaron las cabezas de los espectadores danzando en el aire,soltándose, agarrándose, sonriendo…

Bajaron al suelo. Se inclinaron para saludar agarrados de la mano.Al incorporarse Misha dejó de sentir la mano de Lou. Lou era una deesas personas que aunque estuvieras a veinte metros de distancianotabas su presencia… No había nadie, sólo un niño de unos siete añossentado enfrente de ella. Se acercó a él. Estaba guapa como siempre. Lacara pintada de blanco al igual que todo el cuerpo, dos estrellasnegras pintadas que tenían como centro a los ojos, los labios pintadosde un color azul oscuro y brillante. Tenía puestos unos pantalonesacolchados que le llegaban hasta debajo de las rodillas del mismo colorque sus labios, una camisa blanca arremangada, un trozo de tela rojo enla cintura y un guante negro en la mano izquierda. Los pies de Mishaempezaron a caminar dejando tras de sí columnas de polvo en suspensión…

Iru, que así se llamaba el niño, estaba sentado en la primerafila. Tenía los pies cruzados y los dedos de las manos entrelazados.Llevaba puestos unos zapatos acharolados de color negro y punta redondasin atar, unos calcetines de media caña bajados hasta los tobillos, unpantalón corto azul marino, una camisa blanca y un chaleco también azulmarino. El pelo perfectamente peinado con la raya a un lado. Tenía losojos cerrados y silbaba una alegre melodía inflando los cachetes. A sulado había un pequeño saco de tela.

Misha se paró delante de él. Dos segundos más tarde llegó su pelo…Una fragancia penetró en ella embriagándola con una dulzura y unafrescura que nunca antes había sentido. Se sentó al lado de Iru.Pasados unos diez minutos Iru dejó de silbar y abrió sus ojos verdescomo una hoja. Sacó dos ciruelas del saco y le ofreció una a Misha.Empezó a hablar muy bajito.

Kent siempre ha sido un pueblo muy supersticioso y místico. Elfolclore es denso, complejo y amplio por aquí. Cientos de leyendascantadas, escritas y habladas durante generaciones. Un aura mágica queacompaña a los niños y niñas desde antes de su nacimiento hasta que vencrecer las flores desde abajo. Criaturas extrañas que habitan en elbosque, tripulaciones de piratas que perecieron en las costas cercanasy que por las noches vagan riendo con sus voces gastadas por lasplayas, hacen hogueras, bailan… Espíritus de personas que escapan desus tumbas…Nunca creí demasiado en esas historias. Pero una en concretome extrañaba y la sentía más real, cercana, casi palpable. Se trata de“La leyenda de los marcados por La Luna”.

“Dos personas se encontrarán. Se parará el tiempo. Dejarán deexistir los demás. A partir de ese momento sus vidas quedarán unidasirremediablemente. Viajarán juntos haciendo feliz a la humanidad. Nadieconseguirá llenar el corazón de ninguna de las dos como se lo llenaránla una a la otra… No se sentirán desconocidos, no deben sentirsedesconocidos… Serán hermanos. Serán hijos de La Luna.”

Partió el circo. Atrás quedaba Kent; la pequeña colina rodeada deárboles altos y viejos, la cuesta, las calles empedradas, las ventanasabiertas por las que se despedían los niños que la noche anteriorhabían hecho vigilia en ellas, los carteles, el hombre que tocaba laflauta en la plaza del pueblo, la buena ropa que ya esperaba en elarmario otra ocasión, el olor a comida, a tierra húmeda y a hierba, losparaguas casi iguales… Todo se perdía…

Las ramas de los árboles azotaban el lateral de la carreta. La luzdel mediodía entraba por el ventanuco y dibujaba sombras de hojas enlos cuerpos de Iru y Misha. Tenían los ojos cerrados. Silbaban entrelos dos la canción que la madre de La Luna le había enseñado a Ojoscolor naturaleza haciéndola más hermosa aún. Estaban sentados con laespalda contra la pared y se agarraban las manos. Iru tenía en su manoderecha el trozo de luna que le faltaba a Misha… 

 

 
 
Hasta ahí Circus.
 
Sinceramente, es un placer haber participado en esta iniciativa llevada a cabo por Desmodius, pero ha sido un placer aún mayor haber recibido esta colaboración por parte de Chouza, el que para mi opinión es un genial escritor.
 
Quiero pedir perdón al autor del relato por el retraso que sufrió su publicación, pero es que tuve una semana muy ajetreada que me impidió colgarlo antes. También, a pedido de Chouza, quiero darle un agradecimiento especial a Misha Wink.
 
Y ahora, un aviso. Lamentablemente, el relato que yo escribí para el concurrso no podrá ser publicado debido a que la persona a quien debía enviárselo (Ilink) ha sido expulsada definitivamente. Así que Desmodius me ha asignado a una nueva persona para darle el relato (que no diré quien es). Así que estad atentos Wink.
 
Ahora sí, saludos gamefilia!! Y dejen comentarios Very Happy.