Pikmin

Cariño, he encogido al hombre del espacio
Se abre el telón y se ve a Miyamoto comiendo Lacasitos en su jardín. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama el juego? La respuesta es tan fácil de deducir que si has tenido que volver a mirar por segunda vez el título del análisis, Miyamoto se debe haber puesto a llorar en la otra punta del mundo. Con dos entregas ya en el mercado, la futura reedición de estas en Wii con el control adaptado al nuevo mando y una tercera entrega exclusiva en camino, la saga estrenada allá por el 2001 en GameCube (2002 para Europa) ya se ha labrado por méritos propios un lugar privilegiado en el historial del popular desarrollador nipón.

Nunca sabremos si de verdad estaba comiendo Lacasitos, M&Ms o algo parecido, pero lo que sí ha confirmado en más de una ocasión es que se había basado en su jardín a la hora de concebir este juego. Conocido por crear y reinventar sagas de la talla de Super Mario, The Legend of Zelda o Donkey Kong, Pikmin supuso sus primeros escarceos con la estrategia, género tradicionalemente descuidado en las consolas. Y para ser un tímido pasito en este apasionante mundo, como de costumbre acabó entrando por la puerta grande con un título que, si bien se puede revelar como infinitamente más simple que cualquiera de los clásicos del género, nos sorprende con la etérea magia miyamotesca en cantidades industriales.

Como todo juego que no sea el Tetris y sus congéneres puzleros, Pikmin tiene un argumento que sirve para justificar la odisea de Olimar. Este diminuto, rechoncho y vagamente porcino personaje sufre una desafortunada colisión con un meterorito mientras regresa a su querido planeta natal, Hocotate (si de primeras has leído “chocolate” prueba de nuevo). La nave cae entonces sobre un extraño planeta cercano, desfragmentándose parcialmente al atravesar la atmósfera. Como era de esperar, nuestro protagonista sale ileso del accidente y recupera la consciencia a escasos metros de su nave. Pero la alegría solo dura hasta que cae en la cuenta de que un total de treinta piezas se han desperdigado por el extraño planeta y debe recuperarlas si desea volver a su tierra de nombre casi delicioso (casi).

A priori no debería ser un problema para nuestro pequeñín, pero pronto se da cuenta de algo terrible… ¡el planeta está lleno de ese mortal gas conocido como oxígeno! Por suerte, su traje espacial tiene una reserva (¿de qué?, me pregunto yo) que le permitirá sobrevivir un total de treinta días en la superficie de este misterioso mundo. Empieza entonces una cuenta atrás en la que Olimar deberá reconstruir su nave o morir en el intento. Porque sí, amigos, a pesar de su preciosa estética colorista que te acaricia los ojos cuando está en pantalla, Pikmin puede darte la desagradable sorpresa de ver como fracasas en tu misión y tienes que volver a empezar el juego desde el principio.

Para que esto no ocurra, entran en escena los pikmin, las pequeñas criaturas que dan nombre al juego. Nada más alejarse de su maltrecha nave para explorar la zona, Olimar se encontrará con una especie de cebolla roja gigantesca apoyada sobre un trípode. Al acercarnos, de esta estrambótica estructura saldrá volando una semilla que caerá y germinará en la tierra, surgiendo una especie de planta que se ondea sin necesidad de viento, como si estuviese viva (las plantas están vivas, ya lo sé. Pero supongo que se aprecia el matiz). Tras el desconcierto inicial, Olimar se acerca y agarra la misteriosa protuberancia, que desentierra de un tirón. Y el tubérculo que allí se encuentra no es un jugoso ingrediente que pudiera acompañar a cualquiera de nuestras ensaladas, sino un pequeño animalito rojo que ahora lo mira con curiosidad.

Por sí solo, este primer pikmin apenas nos servirá para coger alguna de las pequeñas pastillas rojas que crecen en las flores, y que llevadas a la cebolla darán como fruto nuevos pikmin. Pero poco a poco iremos conformando todo un señor ejército a base de repetir una y otra vez este proceso (no tan lento como puede parecer, ya que con pastillas más grandes o enemigos obtendremos montones de nuevas semillas). Una vez tengamos un número considerable de estas criaturas, empezará el juego propiamente dicho. El primer (e infinito) día de la cuenta atrás hará las veces de tutorial para acostumbrarse a los controles y al “funcionamiento” de los pikmin. Cuales patitos recién salidos del cascarón, seguirán a Olimar allá a donde este vaya y obedecerán sus instrucciones a pies juntillas. Mientras observamos y dirigimos cual terrateniente, nuestro creciente ejército-proletariado acabará con enemigos, tirará muros para abrir nuevas zonas, extenderá puentes y, lo más importante, llevará las piezas que encontremos de vuelta a nuestra nave.

Pero no todo será coser y cantar en nuestro periplo. Si bien la unión hace la fuerza, el llevar a un total de cien pikmin al mismo tiempo (lo máximo que nos permite el juego, el resto aguardarán en la cebolla en espera de ser llamados) no garantizará el éxito de la misión. Si bien los primeros retos son fáciles y las piezas se recuperan con sorprendente rapidez, la cosa se empieza a torcer poco a poco, aunque sin llegar nunca a resultar frustante. Tras hacernos con el sencillo y ejemplar control, el juego nos “suelta” en la segunda zona, donde el tiempo ya empieza a correr (nos quedarán entonces venitinueve días, de unos quince minutos cada uno) y el agobio, aunque aún bastante tenue, empieza a palparse en el ambiente.

Los recursos aprendidos en el primer día sentarán las bases, pero pronto se volverán insuficientes. Si bien en algunos puntos el juego nos puede guiar mediante ciertas explicaciones, tarde o temprano tendremos que darle a la cabeza y discurrir nuevas tácticas, que pondremos en práctica mediante el clásico método ensayo-error. Por ejemplo, en la segunda área nos encontraremos con una pieza en medio de una laguna. Nuestro primer impulso será el de acudir rápidamente a recoger tan codiciado tesoro, pero.. ¡horror! ¡Nuestros pikmin rojos morirán nada más tocar el agua! Más tarde, probaremos de nuevo con un pikmin amarillo, dado que se consigue a escasos metros de dicha laguna y la lógica nos puede hacer concluir que esta especie será la idónea… ¡pero no! Nuevamente la tragedia hace acto de presencia nada más nuestras criaturas entran en contacto con el agua (lo cual, por cierto, puede hacer que nos planteemos serias dudas sobre sus hábitos higiénicos). ¿Nos hará falta entonces otro tipo de pikmin? Mmm…

La principal baza para salir airoso de un gran porcentaje de las situaciones es la correcta alternancia entre los distintos pikmin. Cada color va asociado a una serie de características de las que los otros carecen, como resisitir al agua (“vaya, haberlo dicho antes y evitábamos la matanza del anterior párrafo”), usar bombas o un mayor poder de combate, entre otras. Aunque esto solo será el inicio. La estrategia más clásica de corte bélico cobrará todo protagonismo a la hora de enfrentarnos a los numerosos enemigos finales (sinónimos de nueva pieza para nuestra nave), que a diferencia de los pequeños y comunes enemigos “estándar” que se repiten con frecuencia, nos pueden poner contra las cuerdas. No obstante, con un poco de lógica y el manido método ensayo-error, en el peor de los casos deberían morder el polvo tras un par de intentos.

Después están los enemigos “tocanarices”, que aunque no responden de forma oficial a este nombre, se ganan a pulso improperios por parte de los más descuidados. A destacar, el insecto que sobrevuela algunas áreas y se lanza de vez en cuando a robar un par de nuestros pikmin para lanzarlos luego a varios metros de distancia; o el “pseudo oso-hormiguero-globo-volador” que lanza fuertes ráfagas de viento y desperdiga nuestra tropa por la zona. Pero con una dosis de paciencia y saber hacer, tras la sopresa (o disgusto) inicial tampoco deberían suponer mayores problemas. Pikmin es un juego, por lo general, muy asequible.

Y es por eso que a pesar de la enormemente rica, satisfaciente y variada experiencia que supone, y a pesar del interesante modo desafío (donde nuestro reto es cultivar la mayor cantidad posible de pikmin en un solo día) el juego se termina en un suspiro. No hay que estar demasiado puesto en el noble arte del cálculo para darse cuenta de que treinta días, a quince minutos cada uno, nos deja un título evidentemete corto. Bien es cierto que seguramente nos tocará repetir más de un día, ya sea por nuestra incompetencia al afrontar determinados desafíos o por evitar la sensación de que hemos distribuido mal el tiempo y nos puede pasar factura a largo plazo.

Porque el componente estratégico de Pikmin no se limita al hecho de conjugar el uso de los diferentes colores para abrirse paso hacia las preciadas piezas de la nave, o a las estrategias adoptadas ante cada tipo de enemigo. El hecho de contar con un tiempo finito que debemos dosificar con cabeza eleva el reto (cuando da sus frutos) a la categoría de gozo. La cosa no será tan simple como ir a pieza por día, sino que habrá días en los que nos dediquemos a cultivar pikmin de los colores que consideremos más mermados, días en los que “allanaremos” el camino a nuevas áreas y días en los que recojamos del tirón dos o tres piezas. Planifica y vencerás.

Como dijo una vez alguien sabio (que me aspen si recuerdo quien y donde), aunque cada juego creado hasta la fecha tratara sobre el cultivo y control de una horda de plantas alienígenas con el fin de recuperar las piezas de una nave espacial, Pikmin seguiría siendo un juego genial. No es solo lo que hace, sino lo bien que lo hace. No es solo una gran y original idea, es la forma de llevarla a cabo, explotarla sin caer nunca en excesos que conlleven situaciones de preocupante repetición. El juego nos sorprende a cada paso, mezclando rutinas ya interiorizadas con nuevas pruebas para nuestra inteligencia y habilidad. Pikmin es un juego que sabe jugar, valga la redundancia, a la perfección con cada uno de sus elementos (y hay muchos más aparte de los que he citado, para no destripar el juego por completo, que conste). Un título en constante evolución que se siente vivo, tan vivo como los tiernos pikmin o todo el mundo que se poco a poco se abre a nuestro paso.

En más de una ocasión nos arrancará una sonrisa ver como uno de nuestros bichitos tropieza y cae, quedándose atrás y echándose luego a correr para alcanzar al resto de la tropa. O nos dará verdadera pena ver como un pequeño despiste nuestro traerá como consecuencia la muerte de alguno de ellos. El pequeño-gran mundo de Pikmin es tan real y está tan bien planteado (con un diseño gráfico adecuadísimo y una gran atención por los detalles) que a veces tendremos la sensación de estar viendo un documental. Eso sí, de otro planeta. Una genuino ecosistema digno de admirar. Quizás no sea el mejor juego al que hayas jugado. Quizás no sea ni el mejor de su consola. Pero si no te embarcas al menos durante un par de días en la “experiencia Pikmin”, siempre te faltará algo por ver de este prolífico mundillo.