Little King’s Story

Una gran historia para un pequeño rey
Yo era un niño como cualquier otro. Quizá algo más tímido de lo común, por lo que acostumbraba a pasar las tardes jugando solo en mi cuarto. Pero una mañana apareció un grupo de ratas de colores, e intrigado las seguí hasta lo más profundo del bosque. Allí encontré una bonita y reluciente corona de oro que, por supuesto, no dudé en probarme. Y desde el mismo momento en el que ajusté tan reluciente accesorio en mi cabeza, pude comprobar sus efectos mágicos: hombres y animales se postraban ante mí, reconociéndome como su legítimo monarca. Sentaos unos minutos y dejad que os cuente mi historia.
Arbok. Así se llama mi nuevo reino. Tras salir del humilde castillo que me daría cobijo de ahora en adelante y dar una vuelta por los verdes prados, reparé en que mis dominios eran apenas una pequeña extensión, casi deshabitada. Por suerte, cuento con la inestimable ayuda de tres ministros que me aconsejarán para tomar las riendas y hacer del mío un reino grande y próspero. Liam es el sabelotodo, y se ha ofrecido a resolverme cada una de las dudas que me vayan surgiendo. Luego tenemos a la adorable Verdi, una jovenzuela que amablemente guarda mis avances cuando deseo, además de mostrarme la información relativa al número de habitantes, sus ocupaciones y la fama que gozo entre el pueblo llano. Y por último nos encontramos a Hauser, encargado de preparar los planes de expansión de Arbok.
Según me informa el propio Hauser, solo cuento con tres vacas, los citados tres ministros y un total de doce súbditos. Y por encima, todos desempleados ¡Vaya ánimos para empezar! Pero no importa, ante tal panorama el propio Hauser sugiere la solución para acabar con esta crisis: salir en busca de los tesoros que se hayan en los prados que rodean el castillo. Y allá nos vamos. Con solo realizar un gesto con mi báculo al lado de los habitantes que vagan por las tierras colindantes, estos me seguirán allá a donde vaya. Y no solo eso, sino que, asombrosamente, acatan cada uno de mis mandatos sin vacilar. ¿Que les señalo un agujero? Hacia allí corren para excavar con sus propias manos en busca de tesoros.
De este modo, y gracias a mi improvisado séquito, en seguida reuní la cantidad marcada por Hauser. Una vez erradicada la pobreza, era hora de aumentar el desarrollo. Los ciudadanos seguían desempleados, así que me dediqué a invertir el oro obtenido en crear útiles construcciones, como una granja o una caseta para guardias. Solo tendría que dirigir a uno o varios de mis súbditos hacia una de estas casetas para que se convirtieran en agricultores o soldados. Así, unos se dedicarían a las labores de la tierra (excavar en busca de tesoros o crear termas) mientras que otros sería más diestros abriéndose camino a través de ciertos obstáculos o luchando contra las criaturas que seguramente nos esperan allende nuestras fronteras.
No tardé en aprender que la especialización sería algo fundamental para llevar a buen puerto este proyecto de expansión. Apenas había comprendido las ventajas de uno u otro oficio en cada situación cuando el ministro Hauser me recomendó crear otras instalaciones para disponer de nuevos especialistas, como cazadores (que con sus arcos pueden atacar a distancia), carpinteros (eficientes constructores de escaleras y puentes que nos permiten alcanzar nuevas áreas) o leñadores (¿debo explicaros para qué sirven estos?). Y por supuesto, también necesitaba que aumentase la población para disponer de efectivos suficientes en cada cargo. Esto fue fácil de solucionar gracias a la construcción de nuevas casas en la zonas que nos íbamos anexionando.
Sí, anexionando. Habéis leído bien, queridos amigos. La pequeña zona inicial se ha multiplicado a medida que exploramos el mundo y acabamos con los temibles espíritus que nos encontramos en los alrededores de Arbok. Una vaca fantasma, una gran seta venenosa, un sapo gigantesco… Oh, el sapo… Todavía recuerdo como saltaba sobre mis pobres súbditos, mermando su vida. En aquella batalla cayeron Aznarín y Osvaldo. Suerte que a la mañana siguiente reaparecieron en la playa cercana, arrastrados por la marea. En efecto, desde hace unos días me vengo fijando en que los ciudadanos caídos reaparecen como por arte de magia, lo cual me tranquiliza bastante a la hora de enfocar las batallas más duras.
También he notado que según nos abrimos paso por el mundo inexplorado, mayor es reto que plantean nuestros hostiles enemigos. Más vale maña que fuerza, pero si combinamos ambas no habrá quien nos pare. Donde antes bastaba con enviar a dos o tres de mis fieles súbditos, ahora necesito acompañarme de grandes tropas, alternar entre distintos tipos de soldados, usar inteligentemente ciertos elementos del escenario e incluso moverme por el campo de batalla con mucha pericia si no quiero correr la misma suerte que mis ciudadanos. Quizá no haya una playa esperando por mí, pero al menos cuento con esa picardía que me puede llevar a la victoria contra los más poderosos enemigos.

Bueno, eso y ciertas ventajas que últimamente he conseguido, como aumentar la vitalidad de mis pequeños guerreros, el número de estos que puedo llevar conmigo al mismo tiempo o incluso la formación de combate. Definitivamente, cada vez creo que estoy más preparado para afrontar la dura tarea que mi estimado Hauser me propuso el otro día: la unificación de todo el mundo bajo nuestra bandera. Los dominios de otros siete reyes se extienden más allá de donde alcanza la vista, y de ahora en adelante mía será la misión de encontrar y derrotar a cada uno de ellos. De este modo, sus reinos pasarán a formar parte del mío.

Tendencias belicosas aparte, ayer me he dado cuenta del motivo por el cual disfruto tanto llevando las riendas de esta, nuestra gran nación. No es la guerra, ni la preparación de minuciosas estrategias. Es Arbok. Desde el principio lo he tenido delante de mis narices, pero he tardado en comprenderlo. Cada vez que celebramos todos juntos una victoria en la plaza mayor del reino, esta gran satisfacción que siento en mi interior no viene dada solo por el orgullo del trabajo bien hecho. No es el mero sometimiento lo que me impulsa a avanzar. Es la vida, la vida que rebosa en mi pueblo. Empezó como un entretenimiento, pero poco a poco este mundo se ha ganado mi corazón.

Cada día, al levantarme en mi recién ampliado castillo, leo las sugerencias que los ciudadanos van dejando en el buzón que he mandado instalar. Unas veces me alertan de posibles peligros que puedan rondar nuestras fronteras. Otras, algunos fans me envían ánimos y halagos. Luego es hora de hacer una visita a mi bella consorte, la princesa Malacatón… Como lo leéis, uno tampoco pierde el tiempo a la hora de rescatar damiselas en apuros. Y creedme si os digo que esta no es la única. Más tarde salgo a pasear tranquilamente, o al menos todo lo tranquilo que puede un rey frente al que todos sus vasallos se detienen para hacer una reverencia. Uno por uno puedo ir saludándolos y hablando con ellos. Se repiten un poco, pero se les perdona porque en el fondo todos me admiran. Y lo más importante, saben quien manda aquí.

Algunos días me invade una curiosa sensación. Poder. No solo soy un rey, en este nuevo mundo soy algo así como un demiurgo. Yo decido que se construye y cuando se construye. Cuantos habitantes tiene mi reino y a que se dedica cada uno de ellos. Viven sus vidas, pasean, charlan tranquilamente (ya he presenciado el nacimiento de más de una pareja de tortolitos que luego acabó en boda), cortan leña, recogen los frutos del campo, hacen brasas para cocinar los alimentos y se retiran al caer la noche. Pero tan solo una orden mía es suficiente para que abandonen sus rutinas diarias y se lancen a una muerte casi segura. O saboreen el dulce sabor de la victoria. Decido cuando hay paz y cuando hay guerra, quien sale a luchar y quien se queda a salvo en casa. ¿Es quizá demasiada responsabilidad para recaer sobre los hombros de una sola persona? No me cabe duda, pero eso es lo que lo convierte en algo tan atractivo.

Lo que inicialmente parecía un simple juego de niños ha ido creciendo como una bola de nieve que rueda ladera abajo sin nada que la detenga. Las torres de la zona residencial intentan alcanzar el cielo mientras la población se multiplica casi a velocidad de vértigo. Ahora soy dueño y señor de una superpotencia mundial, doy trabajo a centenares de personas y puedo tirarme todo un día para cruzar mi nación de una punta a otra. Nuevos oficios como el de comerciante, minero o cocinero empiezan a prosperar, mientras que dentro de las anteriores profesiones surgen nuevos especialistas que trabajan con mayor eficacia (como los mega carpinteros, que han aprendido a tratar la piedra). Y lo mejor es que tengo la sensación de que esto aún no ha hecho más que empezar.

Si pensáis que tras haberme acompañado hasta aquí ya os podéis hacer una idea de lo que he vivido estos últimos días, pensadlo dos veces. ¿Qué hice para derrotar a los poderosos reyes? ¿Cómo son los terrenos más allá de los verdes campos que vieron nacer mi reino? ¿Qué clase de extrañas criaturas acechan en los confines del mundo? Todas estas preguntas (y muchas otras que ni tan siquiera os habéis formulado) encontrarán respuesta tras una larga, larguísima aventura. Caminando por los preciosos, detallados y coloridos paisajes, las horas se van como si fuesen minutos.

Además, un misterioso músico que responde el nombre de M recorre el reino tocando deliciosas melodías clásicas que creo reconocer de mi etapa anterior, antes de convertirme en soberano. Por ejemplo, no creo equivocarme al afirmar que es una animada versión de la Novena Sinfonía de Beethoven esa que suena mientras paseo de día por mis dominios, o un fragmento de la obertura de Guillermo Tell la que me alienta en alguna de las batallas decisivas. Eso sí, al caer la noche el señor M deja de tocar y el sonido del agua correteando río abajo o los distintos animales (vacas, gallinas, ovejas…) es lo único que acompaña mis caminatas nocturnas.

Pero tampoco es oro todo lo que reluce, y por supuesto ha habido alguna que otra cosa que no me ha gustado tanto. Para empezar, una vez salgo de mis tierras con un séquito, no puedo hacer varios grupos (supongo que tienen miedo a perderse en tierras inhóspitas), por lo que si surge alguna batalla y llevo carpinteros o agricultores conmigo, estos pueden verse dañados en combate. Aunque con cierta pericia puedo evitarlo, no deja de ser una pequeña molestia. Luego está esa costumbre que algunos han cogido de hablar imitando a Chiquito de la Calzada, con sus “jarl”, “fistro” “pupita diodenal” y demás, pero es un mal menor (quizá haya a quien incluso le guste así) y he acabado por acostumbrarme con el tiempo.

A pesar de todo, nada ha logrado ensombrecer realmente mi estancia en Arbok, donde gustosamente he empleado algunos de los días más entretenidos que recuerdo. El mundo puesto a mis pies, y nunca mejor dicho, es de los que saben dejar huella, de los que te atrapan en ellos. Pero mi historia como rey termina aquí. Ha llegado el momento de que seas tú quien se ponga la corona dorada y empiece a dar forma a este reino mágico, partiendo de la nada hasta alcanzar la completa hegemonía mundial. La tarea no es nada sencilla, pero te aseguro que el esfuerzo se ve recompensado con una de las experiencias más fascinantes que puedas imaginar en un videojuego. Perdón, quería decir en un cuento de hadas.