Silent Hill: Shattered Memories

Terror sobre hielo
Qué grande es esa sensación de ponerte ante un juego sobre el que apenas sabías nada cinco minutos atrás y ver como se convierte en un clásico instantáneo. Lamentablemente, es una sensación cada vez más difícil de experimentar, y no porque no haya grandes juegos en la actualidad, sino porque ya lo sabemos casi todo sobre ellos meses antes de que lleguen a nuestras manos. Recuerdo la primera vez que probé Silent Hill en la casa de un amigo. Corría el verano de 1999 y nunca antes había oído hablar de él. Claro que eso no impidió que su evocadora carátula me produjera un escalofrío. Mi amigo insistió en que le echara un vistazo. Bajó las persianas, subió el volumen de la tele y… el resto es historia. Una historia que escribió con mayúsculas el nombre de aquel pequeño pueblo en los anales del terror videojueguil. Una historia que contaré en otra ocasión, pero que me gusta recordar para ser consciente de por qué estoy hoy aquí hablando de Shattered Memories, la última entrega que esta saga nos ha dejado hasta el momento.

Aquel primer Silent Hill fue toda una revelación, tanto para mí como seguramente para muchos de vosotros, y desde el mismo día en el que me enteré de que una secuela venía de camino, supe que debía seguir de cerca los pasos de la terrorífica franquicia de Konami. Silent Hill 2 rayó a un nivel que a día de hoy me sigue pareciendo casi increíble y Silent Hill 3 portó de nuevo el nombre del pueblo maldito con gran solvencia. Pero no mucho después llegó The Room (subtítulo que recibió la cuarta entrega) y empezaron los problemas. No era en absoluto un mal juego, pero se tomaba bastantes licencias y tenía algunos problemas de diseño. Es cierto que un bache lo tiene cualquiera, pero en el caso de esta saga parece que se acabó convirtiendo en un pequeño socavón. La decepción que para muchos supuso esta cuarta entrega vendría acompañada de otra bastante mayor, la desintegración del equipo desarrollador, el conocido como Team Silent. La saga pasó entonces a manos de dos estudios occidentales: Climax (Silent Hill: Origins) y Double Helix (Silent Hill: Homecoming).

Este es, a grandes rasgos, el tortuoso camino que nos ha traído hasta el título protagonista de hoy. Sobra decir para cualquiera familiarizado con la saga que la acogida tanto de Origins como de Homecoming fue bastante fría por parte de prensa y público. De nuevo no eran malos juegos, pero el listón que habían puesto las primeras entregas estaba tan alto que prácticamente ya se había perdido de vista. En medio de este panorama, el anuncio de Shattered Memories para Wii (con ports a PS2 y PSP incluidos) surgió en un ambiente de escepticismo. Climax volvía a tomar las riendas, y ni la revelación de que esta entrega sería una especie de remake (o mejor dicho, reinterpretación) del original logró hacer que demasiadas miradas se centrasen en su desarrollo. Es más, la noticia de que en esta entrega no podríamos pelear contra los enemigos, sino limitarnos a huir de ellos, sentó como un jarro de agua fría a muchos de los fans. En lo que a mí respecta, me mantuve en un discreto término medio: ni le hacía ascos a la idea, ni contaba los días que faltaban para su lanzamiento.

Y así, diez años después, de nuevo un Silent Hill volvió a entrar en la consola de un amigo mío (otro amigo en esta ocasión) mientras yo me preguntaba qué sorpresas me depararía el juego. Por supuesto, esta vez el nombre por sí solo ya representaba mucho para mí, e incluso había visto algún que otro vídeo e imagen del juego en cuestión, amén de leer impresiones de gente que se había hecho con la versión americana meses atrás. Sin embargo, era mucho más lo que no sabía acerca de él. Por eso mi primera cita con Shattered Memories no fue realmente a ciegas, pero sí un poco tuerta. De nuevo unas persianas bajadas y el volumen a un nivel considerablemente alto sirvieron de preludio a mi reencuentro con Harry Mason. Pobre Harry. Una década después volvía a sufrir un accidente con el coche y recuperaba la consciencia para darse cuenta de que su pequeña hija Cheryl había desaparecido en medio de la noche. Una nueva pesadilla estaba a punto de empezar para aquel padre capaz de cualquier cosa, y cómo no, para cualquiera lo suficientemente valiente como para acompañarle.

El punto de partida es bastante familiar, pero a partir de ahí Shattered Memories no duda en seguir su propio camino. Quien esperara encontrarse aquí con una mera actualización gráfica del clásico original, al estilo de la que sufrió en su día el primer Resident Evil, mejor que vaya olvidando la idea, porque eso es lo último que Climax ha pretendido con esta entrega. Puede que algunas localizaciones nos suenen, e incluso los nombres del reparto de secundarios, como la agente de policía Cybil Bennett o la enfermera Lisa Garland. Ahora bien, tanto su apariencia física como incluso su papel en la historia han cambiado notablemente, llegando a extremos como el caso de Dahlia, que más allá del nombre no comparte absolutamente nada con su homónima original. De hecho, todo el argumento se ha reescrito para la ocasión, y tras el accidente viviremos una nueva serie de acontecimientos que pillarán de sorpresa tanto a los que se inicien en la saga a través de esta entrega como para los que tengan ya sobrada experiencia con el título original de PlayStation.

Las similitudes con el primer Silent Hill prácticamente se cuentan con los dedos de una mano, y desde la misma introducción seremos conscientes de ello. El juego se inicia, como no podía ser de otra forma, con el accidente de tráfico de Harry, pero antes de comenzar realmente a controlarlo el jugador será rápidamente llevado a la consulta de un psiquiatra. Allí transcurrirá uno de los tres bloques principales que forman el juego, muy diferentes entre sí y que se irán alternando para evitar cualquier atisbo de monotonía. En las sesiones con el psiquiatra escucharemos con atención sus pequeñas charlas y responderemos a una serie de tests que evaluarán nuestra personalidad: preguntas cortas a las que responder con verdadero o falso o las típicas manchas de tinta son solo unos ejemplos de lo que nos encontraremos en esta serie de pequeñas pruebas, que resolveremos en primera persona gracias al puntero del mando. Dichas sesiones (en realidad es solo una, pero dividida en varias partes) acaparan el porcentaje más pequeño del juego, pero resultan originales y decisivas para alterar el transcurso de la partida (volveré sobre este tema más adelante).

El punto fuerte de Shattered Memories posiblemente reside, ironías de la vida, en el bloque que menos ha cambiado respecto a los anteriores Silent Hill: la exploración. Encarnando a Harry patearemos el pueblo de arriba abajo, linterna en mano, intentando averiguar que ha sido de nuestra pequeña hija. Las calles estarán vacías y con bastante frecuencia cubiertas de nieve debido al mal tiempo que sufre la región. Para abrirnos paso tendremos que entrar en edificios de todo tipo y buscar rutas alternativas que casi siempre conllevan resolver algún sencillo puzle, como averiguar cuál es el código de seguridad de una puerta trasera, realizar una llamada con nuestro nuevo teléfono móvil o encontrar una llave no muy lejana. Aunque a veces tendremos que darle a la cabeza para resolver alguno de estos pequeños enigmas, el nivel de dificultad medio de los puzles es bastante bajo: siempre es una alegría resolverlos, pero no hay realmente una sensación de satisfacción al estar el reto tan diluido respecto a entregas anteriores.

Claro que, intentando ver el vaso medio lleno, se puede decir en su favor que los puzles no suelen implicar “backtracking” (volver sobre nuestros pasos para buscar objetos que se nos hayan pasado desapercibidos o a los que no podíamos acceder antes), por lo que en las aproximadamente seis o siete horas que dura el juego siempre estaremos avanzando, sin atascamientos importantes ni reciclamiento innecesario de escenarios. Esto, de hecho, se convierte en algo vital dada la naturaleza del título, que pide más que nunca ser rejugado y el tener que dar muchas vueltas podría terminar actuando en su contra. Por tanto, aunque algunos fans de la saga se pueden tirar de los pelos viendo el paseo que supone esta visita a Silent Hill, la filosofía de Shattered Memories se puede justificar amparándose en una experiencia que, si bien tiene sus raíces en las anteriores entregas, se decide a explorar otros territorios y no se desenvuelve nada mal haciéndolo.

Este espíritu innovador, casi transgresor con lo que antaño representaba la saga, nos lleva al tercer bloque del juego, sin duda el más polémico de todos ellos: las persecuciones. Los enemigos no aparecerán ahora a la vuelta de cada esquina para sobresaltarnos y/o ponernos en apuros. Ahora Silent Hill está de lo más tranquila, y solo la inquietante ausencia de gente en las calles o la oscuridad que lo inunda todo nos recuerda que estamos en un juego de terror. Nuestra linterna parpadea y el teléfono emite interferencias cada vez que nos acercamos a los viejos recuerdos que se hayan repartidos por todo el pueblo (y podemos leer o escuchar gracias a nuestro útil móvil, al estilo de los diarios de BioShock). Pero a pesar de estos ruidosos sobresaltos, nunca llegamos a experimentar verdadera sensación de peligro. No al menos hasta que todo a nuestro alrededor se empieza a congelar y el juego nos invita a correr lo más rápido posible para salvar nuestra vida.
¿Palancas? ¿Pistolas? ¿Escopetas? No hay nada de eso en Shattered Memories. Cada vez que el pueblo se congele y los enemigos empiecen a salir por todas partes, deberemos huir de ellos hasta llegar a un punto concreto, punto en el que Silent Hill volverá a la normalidad (al menos toda la normalidad que uno se pueda esperar de un pueblo fantasma) y podremos seguir con la exploración tranquilamente. Para ayudarnos en estas intensas persecuciones, tanto puertas como escalones y demás sitios que nos permitan alcanzar la salida brillarán en un azul bastante intenso, visible desde muchos metros. Esta ayuda, similar a la que nos proporcionaba Mirror’s Edge coloreando elementos clave del camino de rojo, será vital para alcanzar la meta, pero sin dejar cierto reto por el camino: a veces hay varios caminos disponibles y es posible perderse y correr en círculos si nos desorientamos. De ser así, puede llegar a resultar un poco frustrante, aunque por norma es difícil perder mucho tiempo gracias al GPS que incluye nuestro teléfono móvil.
Cada vez que los enemigos nos alcancen (y créeme, tarde o temprano lo harán), con un rápido movimiento del mando podremos liberarnos (al menos en el caso de Wii, versión que he jugado),si bien tras unos cuantos impactos empezaremos a cojear, perder velocidad y finalmente morir. Algo que tampoco es muy relevante, ya que el juego carga de nuevo el inicio de la persecución y en poco tiempo podremos llegar otra vez a donde estábamos antes de morir. No en vano, salvo que nos perdamos, cada persecución se puede superar en menos de cinco minutos. También nos encontraremos con alguna ayuda extra, como las bengalas (durante un tiempo mantienen a los enemigos alejados), los armarios (podemosescondernos en ellos si entramos sin que nos vean) o una serie de objetos (bien señalados con flechas) que podemos dejar caer detrás nuestra para entorpecer el paso de nuestros perseguidores.
Por supuesto, estas partes no solo consisten en llegar a la meta sanos y salvos, sino que hacia el final incluso se añade algún objetivo nuevo, como sacar unas fotografías en unos puntos concretos mientras evitamos las embestidas, volver sobre nuestros pasos para buscar la solución de un puzle o averiguar cómo salir de un laberinto en el que las zonas se repiten sin fin. No obstante, y dejando polémicas a un lado (soy consciente de que habrá gente a la que le encante este sistema, mientras otros renegarán de él), las persecuciones son solo la pequeña dosis de tensión que todo buen juego de terror necesita. Y dicho esto, ni siquiera me habría importado demasiado que no las incluyeran: aunque me parecen entretenidas (la única pega importante a mis ojos la ponen las ocasionales ralentizaciones que sufre el juego al abrir puertas mientras corremos), el verdadero gancho de Shattered Memories está en el turbador viaje que emprende Harry para dar con su hija.
Técnicamente es un juego ejemplar (uno de los thirds que mejor lucen en Wii), la banda sonora está a la altura de las circunstancias (Yamaoka nunca falla a la hora de crear ambientes), el control encaja como un guante (el uso de la linterna con el puntero es inmejorable) y no se puede negar que para ser la séptima entrega de una saga con varios años a sus espaldas, llega repleta de nuevas ideas. Pero todas sus virtudes, e incluso sus defectos (como la escasa dificultad de los puzles o la duración) terminan siendo eclipsados por el maravilloso desconcierto de nuestro protagonista. Cuanto más cerca parezca que estamos de descubrir que ha ocurrido con Cheryl, menos sentido tendrá el cúmulo de situaciones en las que nos veremos envueltos y que dotan a Shattered Memories, especialmente en la recta final, de un aura de surrealismo que nos atrapará hasta el conmovedor desenlace. Desenlace que en cuestión de segundos lo ata todo y al que muy posiblemente asistiremos con la boca abierta.
Y eso solo será el principio de lo que el juego nos puede ofrecer. Una segunda vuelta (o incluso más, yo ya voy por la cuarta) es obligatoria para descubrir todo lo que dan de sí las sesiones con el psiquiatra: en función de nuestras respuestas, el juego se irá modificando sobre la marcha. Si bien el itinerario a seguir y los personajes a conocer son siempre los mismos, nuestras decisiones influirán en cómo estos irán vestidos, como nos tratarán, sus rasgos de personalidad, la temática de algunos locales o incluso las propias secuencias finales. Influencia que incluso se ejerce durante el propio juego, con acciones a priori tan insignificantes como centrar nuestra vista en el escote de algún personaje femenino mientras nos habla o en las bebidas alcohólicas que nos encontramos en los bares del pueblo. Este mimo por los pequeños detalles hace de Shattered Memories un título que, una vez aceptado el hecho de que comparte poco más que su nombre con el Silent Hill original, se revela como toda una joya para aquellos que quieran embarcarse en una sobrecogedora historia de suspense.