Beowulf, la leyenda >>> Techno-trance y volteretas en la tercera edad: caso práctico

 

El eterno problema de las interpretaciones libres: ¿Hasta que punto es una versión, y desde que punto se pierde toda la esencia? Es obvio que aquí no queda ni pizca del poema épico que es Beowulf, pero tampoco creo que sea esa la intención del film… ni mucho menos.

Aquí, los responsables han hecho lo que les ha apetecido, dándole una vuelta de tuerca a un poema épico medieval, entre otras cosas porque es tremendamente complejo hacer una obra en verso adaptada. ¿Cuantas películas pueden permitirse el lujo de estar en verso y quedar bien? ¿Mucho ruido y pocas nueces? ¿El perro del hortelano? Pues ya que en Beowulf es eliminado el factor verso, ¿por qué no hacerlo más atractivo añadiendo algún láser y técnicas ninja? Cosas de artista moderno… cosas de alma de artista y de darle a lo propio, aunque sea ajeno, un imbuimiento de si mismo. O de DjTiësto (porque División Barcelona no lo ha conocido nadie de por aquí, ¿no?), no importa demasiado… Además: ¿no sería maravillosa una versión del Cantar del mío Cid en prosa del barrio con banda sonora de Paco Pil? Pues Beowulf igual; absolutamente recomendable. Si no más.

Claro… ya veo el problema: que si no es que no esté en verso, que si quizá es la estética, un tanto cyberpunk de bazar chinorri o la banda sonora Kraftwerk style. ¿Que problema hay? Volveré a preguntarlo ¿Que puto problema hay? La música es electrónica, como otras tantas obras modernas, y la estética es como les ha salido de su genitalidad1. Cada film tiene sus formas, su estilo, sus colores; nadie les protesta a Tim Burton o a Terry Gilliam, cuando ambos tienen visiones peculiares de la realidad. Pues Graham Baker igual, creando su estilo Medievopunk con música Coliseum. Maravilloso. Un auténtico visionario. Si se apellidase Nolan, culmen de lo moderno, la gente cagaría pepitas de oro por la calidad de Beowulf. Pero es un tio desconocido,que tiene su propia visión del rollo épico, y la gente se lo carga. Lo chungo es que cosas mucho más ponzoñosas, se abren hueco entre los clásicos de culto. Esta no. ¿Culpa de Lambert? ¿De Baker? ¿Será el café? ¡Pero si se ven tetas gratuitas! ¡que más quiere la gente! Si no salen, porque no salen, y si salen, porque nunca son suficientes. ¡Inconcebible!

Que no es por ser pesado, pero Christopher Lambert, aquí cumple más que sobrado. Aunque pase gran parte del metraje mirando como a quien pide una pizza sin anochas y se la llevan con anchoas, hace lo que tiene que hacer: dejar sitio a los dobles (que son negros, morenos, bajitos y con bigotón2) y soltando frases lapidarias, como un John McClane cualqueira, fuera de su tiempo y su espacio. Es resto, poco que decir: salen tetas, y Rhona Mitra con escotazos. Esto debería ser razón suficiente para el 90% de la población mundial. Para el resto, incluso veremos que todos o casi todos cumplen. Menos el malo, que es como el dentista ese que recomienda chicles con azucar, que jode la estadística. Y en esta película, es un jambo disfrazado de monstruo, al que le han puesto un efecto raro, como que ondea (Comparable al malo de Krull), que sinceramente, si cada vez que aparece le metiesen una cortinilla de estrella, pues como que estaría más conseguido.

Concluyendo y ciñéndome a la película propiamente, si uno se atreve a darle una oportunidad, intentando (solo se necesita intentarlo) quitar tantos prejuicios al respecto como se pueda, entretiene y divierte. En serio; palabrita del niño Juanjico. Claro, que si nos ponemos quisquillosos y nos quejamos de los detalles, pues no hacemos nada: que si ese es un doble, que si no enseñan pechuga, que si rasca mamá…

Y así no se puede ver una película.

Así, no.


1 Lo que viene siendo la huevada

2 En serio, sucede. Y cuando lo consigues ver,Aeris resucita.

Ojos de serpiente >> La redención del menos aparente

 

Un policía de esos que se deja untar, de esos que solo son capaces de mirarse el ombligo e ignorar lo que a su alrededor ocurre, de los que si no estás con ellos, te llevas un balazo por tocarle las bowlings. Así es el agente Santoro. Un tío duro de los que te levantan las muelas solo porque se ha tomado un whisky de más. Un tío duro de los de verdad, pero en el lado erróneo de la línea. Aunque claro, todos creemos estar en el buen lado de la línea.

Pero su conciencia, esa que le dice que no es tan malo coger pasta bajo mano, porque así te puedes costear un par de vicios al más puro estilo Berlusconi, aumentar tu reputación en las calles y tu patrimonio en los barrios, a veces flaquea. O quizá sea otra forma de mirarse el ombligo y deleitarse en él. Y para él.

La situación empieza a ganarle terreno. Se asusta. Pero la pose debe mantenerse. Santoro debe seguir siendo Santoro, cueste lo que cueste. Comportarse como si el whisky corriese por sus venas como cada noche, solo que sin whisky. Aunque sabe que la noche no será diferente a otras.  Llegará.

Inopinadamente, una conspiración se hila ante sus ojos, de tal forma que por ser quien es no se le esconde demasiado. Pero coño, es policía. La conciencia le habla. Se vuelve a debatir entre lo que juró ser y aquello en lo que se ha convertido. Entre el policía novato que no sabía nada de las calles y el pavo hortera, armado, drogado y hormonado que conoce las calles como si las hubiese modelado él mismo. Es Santoro el grande. El temido. El querido.

A partir de ahí, como si de una jungla superpoblada de cristal se tratase, Cage comienza su camino hacia el renacer moral. Y lo consigue en hora y media y sin rezos. Solo con mala baba reorientada y rabia a mansalva. Un auténtico campeón  purgando sus pecados.

En conjunto la película es un thriller de esos que se acercan peligrosamente al cine negro1, en un mundo oscuro donde todo el mundo es potencialmente malo. Todo el mundo lucha contra todos para poder recrearse en ellos mismos, que al fin y al cabo son lo único importante. Vender a tu abuela por  poder apostar una vez más a los caballos es el pan de cada día. Y recuperarla, un sentimiento estúpido.

Nicolas Kim Coppola2 por fin tiene un papel que le va como anillo al dedo. Debe ser inexpresivo, porque es el tío más duro de Atlantic City. Y el empezar a actuar como debe no implica que deba cambiar la pose. Es parte intrínseca de él e inherente a sí mismo.

Toda la atmósfera es densa… cuesta entrar en un mundo tan oscuro, tan tenebroso, a pesar de toda la iluminación artificial de la ciudad. Sinise hace de villano de los buenos, de los hijos de puta con carisma aunque no sepas demasiado bien que esperar de ellos. Toda una gran contrapartida al amigo Cage.

Aún así, tampoco vamos a engañar a nadie, el conjunto es completamente mejorable, pero las sensaciones son únicas y maravillosas. Ojos de serpiente es una gozada todo el tiempo. Un empezar a disfrutar y no parar, con un De Palma en estado de gracia que se marca un peliculón interesantísimo. Una película fuera de su tiempo, con muchos matices, que pierden valor por ser detalles de mil cosas antes vistas, a pesar de que la nueva mezcla tiene su propia envergadura.

Una pena que la cara de compungido de Cage le haya creado tantos enemigos, porque la verdad es que aquí lo borda. Es la cara de Santoro. Santoro es Cage.

1 Un cinéfilo medio decente, compraría unacizalla y me esperaría en la puerta de casa para amputar mis partesnobles por afirmar algo así de una película de Brian De Palma y/ode Nicolas Cage.

2 El señor ese que viene a ser Nicolas “Bisoñés”Cage.

Un top cualquiera >>> 10 películas de 2003 para un mangurrián cualquiera

Me gustan las listas. Y como me gustan, pues las hago. Debe ser por contraposición… como uno es un poco tonto… pues le gustan las listas. Es una lógica tan aplastante que casi da miedo.

Me gusta el cine. Y como me gusta, pues lo veo. Debe ser por contraposición… como uno es un poco ton… Y como procuro ver bastante, de todos los estilos y de todos las épocas, pues es fácil que pueda hacer tops aceptablemente resultones, que dejen buen sabor de boca.

A la pregunta ¿Por qué cojones el 2003? Pues es obvio: Porque es el año en que Dolly, Keiko y Copito de nieve nos dejaron. Y si algo tan jodido pasó en el mismo año, pues seguro que en algún otro ámbito tuvo que ser un buen año.

En este caso el cine fue uno de esos ámbitos positivos. Aparecieron un puñado de grandes películas de varios tipos y formas, cada una a su propio estilo (como corresponde… era una obviedad de esas que mola poner), y oiga, pues una lista se merece.

Hablo ya de que algunas grandes películas de toda esta primera década del siglo tuentiguan se van a quedar en el tintero, pero pasa lo mismo que pasa siempre: un top diez da para diez, no para quince ni para treinta y cinco, así que a mi pesar, películas como American Splendor, Janis y John, La vida de David Gale o Kill Bill: vol. 1, se quedan en las mismísimas puertas de este olimpo tan desagradable y elitista.

Otras tantas, exitazos muchas de ellas, pues se quedan fuera, pero por mucho. Unas más que otras, pero todas con la lejanía suficiente para no inquietar a la clase alta. Así se pierden títulos como Mystic river, Dogville o Buscando a Nemo (Entre otros tantísimos).

Así ya, llega propiamente la lista con la que nadie con dos dedicos de frente debería estar de acuerdo.

Puesto Nº 10: Master and commander: Al otro lado del mundo

 

A veces pasa que empiezas a ver una película con quintal y medio de prejuicios, por supuesto negativos, pero aún así, uno quiere quitarse esa espinita y, joder, verla. Aunque sea para despotricar como hacen los demás. De pronto la acabas de ver y solo puedes decir algo parecido a ¡JO-DER! ¡Debería haberla visto hace mucho tiempo! ¡Cacho peliculón!

Pues eso. Aventuraca naval, con Crowe a la cabeza del reparto, dedicándose a repartir1 lecciones de navegación. Y de combate naval, y de tozudez muchas veces innecesaria, pero bueno, si no, no habría historia, y al fin y al cabo, no hubiesen tenido ninguna historia que contar. Porque la historia de unos que van en barco, casi les hunden y vuelven a puerto sin que les pase nada, pues llama menos, que quieres que te diga.

En definitiva, peaso película se marcan todos, y en mi caso, fuera de todo pronóstico.

 
 

Un cierre cojonudo a una trilogía brutal. Manteniendo el nivel de las anteriores y con momentos tan memorables como las anteriores. Combates prodigiosos, desenlace esperado y los personajes cumpliendo tan bien como en las previas, con Aragorn a la cabeza partiendo la pana. Épico es poco.

Otra gran aventura para este año, de las que te dejan con la baba colgando. Con toda la trilogía, y gracias a que en final no la lía, Jackson se ha hecho un hueco en la historia del cine. En mi opinión, merecidísimo.

Puesto Nº 8: Lost in translation

Película controvertida de esas que aparecen varias cada año. Muy probablemente, la más controvertida del año. La amas, la odias o la amas y la odias, pero desde luego, indiferente es muy difícil que te deje.

Dicen que peca de lenta, de sobreactuada e incluso de pretenciosa a su directora por hacer algo así, pero donde otros ven eso, yo veo una historia maravillosa entre dos personas desubicadas que han encontrado la forma de seguir cuerdos. Quizá a costa de otras cosas, pero como dice alguien muy cercano a mí: Chocolate y merendar no se puede.

Bill Murray da una auténtica lección sobre lo que puede hacer un actor, y tiene incluso más valor, por ser alguien que estuvo mucho tiempo encasillado en papeles de comedia. Gracias a Coppola por volverlo a relanzar.

Puesto Nº 7: Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera

Y verano, y otoño… ¡y así hasta que os canséis!

Si de Lost in translation se decía que era lenta, de esta deben decir que es una foto fija de más de hora y media. Es cierto que es una película pausada, pero es el ritmo que exige una historia como esta. Una cámara como en las películas de Bourne no tiene ningún sentido; no es mejor ni peor, simplemente estaría fuera de lugar.

Esta historia de una vida, repletita de metáforas muy interesantes y fácilmente interpretables, que te lleva por derroteros extraños e interesantes, tiene en Kim Ki-duk al director de orquesta. Su batuta en guión, dirección e incluso actuación plantean un cuento complejo pero apasionante.

Una pena que el cine coreano parezca que solo sea terreno gafapasta o algo peor2.

Puesto Nº 6: Love actually

Nada de Amor actualmente o alguna pichinada así: Realmente amor. Cosas que pasan con los idiomas, que las cosas parecen tan obvias que la cagas de buenas a primeras.

Love actually no es ni mucho menos una patochada romántica al uso. Ni de coña. Love actually se acerca a una visión realista en muchos casos de muchos tipos de amor, con diferentes conclusiones entre ellos. Y aunque hay muchas situaciones que rozan, por sus circunstancias, lo exagerado, también es cierto que la magia del cine permite cosas así. Si se extrapolan a la vida razonablemente cotidiana, son todo situaciones factibles.

Una de las grandes bazas de este film, es el hecho de ser una película coral: Un montón de personajes, todos muy fáciles de seguir en sus respectivas situaciones, cada una con su tipo de amor. En definitiva, esta película no solo habla del amor de pareja, y mucho menos del amor correspondido.

Además, siempre se pueden coger buenas ideas de esta película para situaciones diarias. Ya lo dice Bill Nighy en el papelón que se marca: ¡Niños! No compréis drogas. ¡Convertíos en estrellas del pop! ¡Os las darán gratis!

Puesto Nº 5: La mejor juventud

Seis horas de belleza hecha cine. Un repaso a la historia reciente de Italia a través de la historia de una familia concreta. Cuarenta años de Italia en seis horas. Muy bien contadas, así que es un gran resumen en poco tiempo. ¿A que ya no parece tan malo?

Pues eso, que Luigi LoCascio (un actor muy conocido allí pero nada conocido aquí) se echa a la espalda el peso interpretativo y da un recital importante. Es cierto que todo el juego de maquillajes ayuda para ver cómo cambia físicamente… cuarenta años no pasan en balde, y contando que es una película sin efectos especiales, pues se lo tienen que currar a la antigua usanza.

Un auténtico reflejo de la realidad, llevado con un pulso tremendamente acertado y un ambiente que lleva al ansia por continuar sabiendo.

Puesto Nº 4: Oldboy (Old Boy)

El gran mérito de esta película es llegar a convencerme de que tiene calidad de sobra a pesar de lo sumamente desagradable que es en unas cuantas escenas. Es MUY violenta (y cuando digo muy violenta, quiero decir extremadamente violenta), pero aún así, es una película magnífica.

Por supuesto, no es tan solo lo que aparenta ser, hay mucha chicha detrás, y además, chicha de la interesante, con una puesta en escena peculiar, que va más allá de los convencionalismos de género en el cine. Es otra de esas muestras que confirman que el cine no solo está vivo, sino que todavía está naciendo.

Park Chan-Wook, el director, está obsesionado con todo lo que supone venganza, y Oldboy es la muestra de ello. También Sympathy for Lady Vengeance, que pertenece a su Trilogía de la venganza lo es. Tan dura o más. Pero Oldboy la supera, quizá porque aunque la estética prime, en Sympathy for Lady vengeance, es pura obsesión.

Puesto Nº 3: Memories of murder (Crónica de un asesino en serie)

Excepto Japón y Hong Kong, en Asia, hasta hace unos pocos años apenas había thrillers. De pronto,  algunos otros países, como India o Corea del sur, empezaron a hacer cine de suspense, y a un nivel, como mínimo aceptable.

Con Memories of murder tenemos la tercera surcoreana de la lista, y la mejor de las tres. No por mucha diferencia, ya que las calidades de todas estas películas de la lista son razonablemente parejas, pero gana a sus compatriotas. Incluso gana el bronce del año.

Resumiéndolo mucho, es como Zodiac, pero en bueno. Es la historia de un criminal que es buscado por buenos policías, de diferentes caracteres. Es una historia de lucha contra uno mismo diferenciando lo que uno cree que está bien con lo que realmente está bien. Es la historia de quien quiere hacer su trabajo, y depende de demasiados factores externos como para poder desempeñarlo de una forma correcta. En resumidas cuentas, es una historia de gente que busca sobreponerse a una desesperación impuesta.

Puesto Nº 2: 21 gramos (21 grams)

Siento devoción por Benicio Del Toro. A día de hoy, de entre todos los actores y actrices que he visto, el mejor vivo. Y no tengo dudas. Que ha hecho cosas mediocres, pues sí, pero que le vamos a hacer, todos la cagamos de vez en cuando, y alguien tan expuesto, pues suele caer también.

En 21 gramos deslumbran todos: Sean Penn, Naomi Watts, Melissa Leo… y por supuesto el señor Del Toro. Pero claro, no solo es mérito suyo, también hay un director detrás y un guión respaldando, que también tienen calidad de la buena.

Esta historia de personajes que se entrecruzan es fabulosa. Un pequeño prodigio del cine donde todo sale como debería salir: redondo.

Es prodigioso como Gonzalez Iñárritu ha sido capaz de, con un montaje confuso, mostrarte esas vidas sin pérdida posible. Con un poco de atención se puede seguir sin demasiado problema. Tampoco hay que hacer un máster3.

Mucha tela que cortar.

Puesto Nº 1: La liga de los hombres extraordinarios

La película número uno del año dos mil tres: La liga de los hombres extraordinarios.

Admito que si la película la tomas al pie de la letra, es una patada en la boca del estómago a la literatura, pero esa patada ya la recibió por parte del comic, que aunque no es eximente, si puede moderar algo la situación. Y es que poner a Allan Quatermain, al Doctor Jekill y al capitán Nemo en el mismo relato, pues es arriesgado. Pero bueno, hay muchas películas que toman elementos literarios y los destrozan, y normalmente no tiene tantos detractores. Yo podría haber sido el primero, pero con este tipo de películas hay que desvincularse un poco del nombre que tienen los personajes, y olvidar que tienen su par en el mundo real (dentro de lo real que puede ser un mundo de ficción). Como ejemplo que me parece obvio de toda esta situación podría poner a indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, que como aventura está bien, pero se jode el invento de Indiana Jones, porque el protagonista se llama Indiana Jones. Si se hubiese llamado Pablito Ramírez4, no hubiese pasado nada.

En la liga de los hombres extraordinarios tenemos una de las grandes aventuras que ha dado el nuevo siglo, donde una serie de personajes con capacidades especiales tienen que luchar contra ellos mismos elevados al cubo. Escenas de acción maravillosas, diálogos interesantes y desternillantes en algunas ocasiones y joder, un Sean Connery en plena forma.

Pedir más es tontería.

Acabado el top, y en forma de pequeña reflexión al respecto, lo que más me sorprende a mi mismo de mi propia lista es la presencia de tres películas coreanas entre las 10 mejores, y dos de ellas incluso en el top 5. No soy especialmente amante del cine asiático en general ni coreano en particular, pero bueno. Es lo que hay. E incluso sorprende más sabiendo que Zatoichi (japonesa), fue de las últimas en dejarnos para dar paso a nuevas joyas.

Y ya que hablo de ella, la utilizo como despedida.

¡Qué grande es Kitano, joder!

P.D.: Muchísimas gracias a Zerael por el cartelillo ese molón que preside la entrada, y por recomendarme un peliculón como Memories of murder. 
 

1– El repartidor que reparte. Que ocurrente, ¿eh? Soy la puta juerga a este lado del Tajo…

2– Coreano en particular, pero aquí cabe cualquier cine fuera de los circuitos estándares y fuera de grupos amantes de ese cine particular por razones externas al propio cine.

3– Del universo.

4– O Juanjico Lawless, por decir algún nombre al azar.

Pacific Blue >>> No solo testosterona y pedales

 

Las series son para mi un pequeñomundo inexplorado al que de forma puntual me acerco, descubriendovariedad de cosas: Desde joyas maravillosas con las que deleitarmehasta engendros tenebrosos despedazados en capítulos. Hay de todo,como en botica.

Confieso que a mi me crió latelevisión, desde los primeros ochenta hasta la mitad de losnoventa. Si lo ponían en televisión y estaba en casa, es muyprobable que lo estuviese viendo. Y lo digo yo que en principio solotenía dos tutores privados (TVE1 y TVE2), y conocí el aperturismopúblico con la hueste de canales. Eso supuso que tenía mucho másdonde elegir y que veía lo que en cada momento más llamaba miatención. Las series, por el mero hecho de estar ahí un día yotro, tendían a llamar mi atención: mismas batcaras a las mismasbathoras. Lo peor de todo aquel batiburrillo de datos televisivos, esque no me quedaba con ninguno. Era un ver sin captar. Un deglutir sinpaladear. 

Y en eso, que en mitad de los años deesplendor de los 2 unlimited y de los Maquina total, ya con una miajade conocimiento (exactamente el mismo que sigo conservando hoy), fueel momento de ir repudiando progresivamente a la señora televisión.Mi gusto se empezaba a orientar hacia cosas concretas, normalmenterelacionadas con aquello fácil de ver y que asegurasenentretenimiento a pesar de los cortes publicitarios.

Entre toda aquella amalgama detelevisión, hubo un puñado de series que llegaron a engancharme,como pudieron ser Xena, la princesa guerrera, Sliders: salto alinfinito, Las aventuras de Brisco County Jr. o Edición anterior,recordadas todas con gran cariño. Pero la posibilidad de elecciónera elevada, y allí había sitio de sobra para mucha serie que pasósin pena ni gloria (Thunder in paradise o Misión en el tiempo), ymuchísimas que hicieron que mi concepción sobre las bonanzas de latelevisión cambiase. Ejemplos son Clarissa lo explica todo, Rex: unpolicía diferente, Cosas de hermanas o Tocados por un ángel. Porsupuesto, me refiero a series descubiertas por mi en aquella época.En ningún caso hablo del momento de su creación aunque la mayoríade las veces son hechos coincidentes.

Entre todo este mogollón donde lofácil es despotricar o ensalzar desde la memoria, que siempre mientepasado el tiempo, el objeto de la entrada es una serie de las que medejaron bastante indiferente pero que poco a poco, reposición areposición, le he acabado cogiendo cariñicos: Pacific Blue.

La sinopsis es rebuscadísima delcagarse. Es un grupo especial de policía que se tiene que dedicar amantener el orden en su zona. Original como los Werter´s.

Lo que hace especial a esta pequeñabrigada es que ninguno de sus miembros (y miembras) tiene glándulassudoríparas. Que vayan en bicicleta a todas partes es completamentesecundario, aunque parte integrante de ello, pero lo que realmente espara alucinar es que se peguen unas cabalgadas que ni el mismísimoCipollini, persiguiendo ¡y alcanzando! a gente corriendo en el mejorde los casos, y a gente en coche en el peor de los mismos, y lospolicías estos, ni pierden fuelle, ni sudan, ni se despeinan.

 

Supongo que de todo lo anterior sepuede deducir lo que viene ahora, pero quiero dejarlo más que claro:No considero que una serie como Pacific Blue sea el culmen de latelevisión y que me gusta por sus guiones preciosistas o porque sufotografía sea digna de ganar un Oscar. Ni tan siquiera porque creaque su elenco actoral sea el culmen de la interpretación, o elsúmmum de la belleza. Lo realmente atrapante de una serie así,después de los años del pavo, es la capacidad que tiene desorprender con pequeñas cosas. Chorradas vacías para algunos yotros tantos ni las verán ni las quieren ver. Pero dentro de eseaspecto de bastante bajo presupuesto que se acerca en ocasiones a unacierta falta de calidad general, un ambiente para nada pretencioso,con personajes que no destacan por estruendosos, que no buscan llamarla atención con sus personalidades arrolladoras y su carisma +7.Esto se agradece porque a pesar de ese rollete ese de que si no secansan, que si tal, que si cual, se esconden historias, que comomínimo, dan la impresión de seguir una cierta lógica. Porsupuesto, fuera de esta consideración quedan las escenas de acción,donde un tío en bici alcanza a una furgoneta en marcha que se vasaltando las normas de circulación. Eso, que de primeras puedeparecer algo estúpido o cutre (o estúpido y cutre), puede ser tansolo una forma de acelerar la conclusión. Sería una gilipollezhacer que CADA persecución de CADA capítulo durase lo que duraríauna carrera de esas características. Se acelera el tiempo para queel dramatismo de la historia no se pierda en futilidades.

Y además mola un cojón que la mayoríade los criminales acaben encerrados en callejones sin salida o que depronto aparezca el camión de la basura o una abuela con andador yles obligue a detenerse. No será original, pero desde luego, si esdisfrutable.

Total, que una serie nada presuntuosallegó a la televisión, con un formato quizá mejorable, por tratarde unos policías en bicicleta, pero que no buscan convertirse enpersonajes exageradamente estereotipados. Se agradece algo así,aunque también es cierto, que tanto gimnasio y tanta silicona muchasveces se encuentra frontalmente con la idea de que esos individuospuedan ser personas aceptablemente mundanas. Quizá estuviesenbuscando eso cuando idearon la serie. Vamos, que no es una seriesobre tetas y culos. Solo.

Por cierto. Dos puntos más a su favor:

Puntazo extra 1: El lugar dondetrabajan es en Santa Mónica, lugar de trabajo de los mismísimosMitch Buchannon y C. J. Parker, solo que estos al otro lado de lalínea de playa.

Puntazo extra 2: Uno de los policíasde la dos últimas temporadas es el mismísimo Mario López, bienconocido como A. C. Slater, de Salvados por la campana. ¡Yeah!

P.D.: Hubiese pillado alguna capturillade pantalla molona para esta entrada, pero he tenido problemas con eldividí grabador.

Algunos pluriempleos cinematográficos. El cineasta multitarea.

Si algo envidio del mundo en general y de las mujeres en particular es la capacidad de hacer varias cosas a la vez. E incluso de hacerlas bien. Joder, juro que me cuesta horrores compaginar cosas como ver la televisión mientras plancho: Mis camisas blancas con nuevo estampado casero lo confirman. Incluso ver una película y beber algo suponen niveles de concentración épicos… de una temporada a esta parte me atraganto continuamente. Por supuesto, esto me hace sentirme superior en la escala evolutiva que, por ejemplo, un presentador cualquiera de Intereconomía.
En cambio, los cineastas, que están hechos de otra pasta (dicen que los toreros también, pero por suerte los toros les pillan y demuestran que son de sucia carne) son capaces de hacer de forma simultánea dos cosas como actuar y dirigir. Incluso hay algunos que pueden encargarse de la fotografía e incluso de la música de su propio cine. Esos ya como para darles de comer aparte porque deben venir como cerca, de Ganímedes. Al menos cuando lo hacen bien. Si pensáis que esto es algo un tanto chungo, podéis ver Primer, de Shane Carruth, y el tío hacía hasta los cafeses en el rodaje. Hasta hacía de puerta corredera y abanicaba al resto de actores cuando se sofocaban.

En todo este contexto de autopluriempleados me voy a referir tan solo a los que se dirigen a si mismos en vivo: ni a los que hacen cameos al más puro estilo Hitchcock o como Spielberg en una de las de Austin Powers, ni a los que dirigen a unos y dejan que otros les dirijan a ellos, como Antonio Banderas, que prefiere dirigir a su señora o como el mismísmo David Cronemberg, que tiene algunos papelillos muy molones. Todo esto supone que el grupo al que me voy a referir es al de los cineastas que se dirigen a si mismos. Incluso concretando más, cineastas que se dirigen a si mismos y he visto alguna de sus películas. Por muy buena actriz y directora que sea Jodie Foster (o no), no he visto ninguna de sus películas como directora… es un terreno escabroso entrar en lo que no se conoce, porque las opiniones son todavía más sesgadas si eso es posible.

Así, con el grupo de gente que nos queda, que son la mayoría, para referirnos a ellos podemos dividirlos de mil millones de formas: por su nivel actuando, por lo que nos gusten, por lo egocéntricos que parezcan o por la largura de su cabello si nos viene en gana.

De todas formas, cada estilo tiene sus propias personas haciendo esto, muchas veces por falta de presupuesto, pero otras tantas veces es por exceso de ego de ese que nos lleva a suponer que uno mismo es quien nació para interpretar ese papel. Los grandes ejemplos en este aspecto son dos cineastas, uno clásico ya y otro contemporáneo, que parece que han pensado que Shakespeare escribió para ellos. El uno, el gran Orson Welles, y el otro, Kenneth Brannagh, y aunque el segundo está a años luz del primero, tampoco es moco de pavo. Joyas como Mucho Ruido y pocas nueces o Hamlet, no pueden ser olvidadas, aunque no tengan nada que hacer contra Macbeth o Campanadas a medianoche. Ellos son el centro, pero con estilo.

Hay otros que prefieren hacerse los papeles a medida ellos mismos. Si hablan de lo que quieren hablar desde su propia perspectiva, ¿por qué no ser ellos mismos quienes lo plasmen? Así encontramos al pesado de Woody Allen haciendo de Woddy Allen en una veitena de películas en las que es un neoyorquino con problemas de autoestima y muchos traumas sexuales no resueltos. Todas jodidamente iguales. Con el mismo personaje central. Y los mismos secundarios con diferentes caras. Aunque bueno, a veces involuciona y gira sobre sus propias canas y hace que otros actores hagan de Woddy Allen. El día que sea capaz de hacer una película completamente ajena a el, quiza comprenda porqué es considerado un cineasta genial. Y ojo, que admito que el tío tiene calidad, al fin y al cabo, películas como Un final made in Hollywood, Septiembre o Desmontando a Harry no están al alcance de cualquiera, pero películas como Otra mujer o Melinda y Melinda, adalides del aburrimiento, pues como que dejan en entredicho toda la calidad del cabezón obsesivo.

Por supuesto, dentro de los que se hacen papeles a medida, están los que los adaptan para que coincidan personaje y actor. Aquí entraría gente de la talla de Clint Eastwood en la piel de William Munny, de Santiago Segura y su Torrente, o de Patrick MacGoohan y su Nº6, donde todos se caracterizan por tener papeles que van como anillo al dedo, sin hacer precisamente de si mismos en la vida fuera de la pantalla. Todos estos hacen de su personaje un medio de expresión adaptado a sus propias necesidades. Como directores, y muchas veces como guionistas, lo van perfilando para que se adapte a sus capacidades. Y si no que se lo digan a Truffaut en La habitación verde, o a Mel Brooks en… cualquiera. Que aunque encasillado en la comedia burda y absurda (véanse Las locas, locas aventuras de Robin Hood o Drácula, un muerto muy contento y feliz), es capaz de hacer papelones de impresión. Todo un maestro. Y por supuesto no podemos, bajo pena de excomunión, dejarnos a los grandes del cine mudo (y parte del sonoro). Esos dos grandes que hicieron tanto bien fuera del cine gracias al cine. Olvidarnos de Buster «Cara de piedra» Keaton y de Charles Chaplin nos enviaría directamente al infienno. El maquinista de la general y Candilejas son unos buenos ejemplos.

 
También pelmas como Roberto Benigni, que solo sabe hacer de bufón sobreactuado en el mejor de los casos, son capaces de vez en cuando de hacer a estos bufones entrañables. Llevar a su terreno sus ponzoñas mentales a un nivel superior, como en La vida es bella, o tirarlas por tierra, como en El tigre y la nieve. Aunque la ventaja de Benigni es que no tiene el dilema de Spike Lee, ese tipo que para su suerte nació negro y así puede salir en sus propias películas. Malcolm X y Haz lo que debas son buenas muestras de ello. Si no hubiese nacido así ¿quién habría salido entonces? Estoy convencido de que cada noche le cuesta dormir pensando en ello. Lo peor de todo es que la única película suya que he visto donde no está obsesionado con los colores de la gente, es con diferencia su mejor película. La última noche es un maravilloso placer. Malcolm X un dolor de muelas.
Incluso puede decirse que todos los estilos tienen a gente asín; hemos hablado de algunos dramas, de comedias, de westerns y de lo que haga falta. Los musicales pueden escribir en letras de oro algunos de sus representantes. El mismísimo Gene Kelly codirigió Cantando bajo la lluvia. Jim Sherman tuo un papel interesante dentro de su propia The rocky horror picture show, y John Cameron Mitchell cogió las riendas de Hedwig and the angry inch interpretando el papel de la mismísima Hedwig. También el cine de acción, con la reciente Los mercenarios con Sly cortando el bacalao nos enseña todo esto, pero mirando poco a poco al pasado, vemos a otros directores-actores de acción, como los honkoneses Sammo Hung Kam-Bo (Los supercamorristas) y Stephen Chow (Shaolin soccer) o los otros americanos Steven Seagal y su En tierra peligrosa y Steve Oederkerk con su magistral Kung Pow: A puñetazo limpio. Aunque claro, Takeshi Kitano y su Zatoichi (por ejemplo) tampoco se queda atrás.

Y bueno, a estas alturas solo quisiera no dejar en el tintero nombres que se alguna manera u otra me han impactado, como puede ser el gran director Jean Renoir, haciendo una interpretación magistral en la mediocre La regla del juego, o como puede ser Nacho Vigalondo, que a la contra, hace una interpretación mediocre en una gran película como es Los cronocrímenes. Pero bueno, nombres ilustres como el gran Fernando Fernan Gomez (recomiendo fervorosamente La venganza de don Mendo a aquellos a quienes os guste el teatro), el ególatra de Quentin Tarantino (elegid la que queráis que no sea Jackie Brown), que se dedica a salir en sus películas y en las de su colega Robert Rodriguez, o los Kevin: Costner (El mensajero del futuro), Spacey (Beyond the sea) y Smith (Jay y bob el silencioso contraatacan). Terry Gilliam necesariamente sale en algunas de sus películas. Al fin y al cabo era parte integrante de los Monthy Python, el antisemita de Mel Gibson se necesitó a si mismo para hacer Braveheart y Syney Pollack, ese gran cineasta, se utilizó en un pequeño pero carismático papel en Tootsie, con Dustin Hoffman a la cabeza del reparto.

Quería dejar para el final al mejor: Magnús Scheving. Quizá por el nombre no os diga nada, pero es el mismísimo Sportacus, de LazyTown. Creador, director y brincador principal. Un buen partido.

Si. Sin duda podía haber sido peor la gracieta sobre el partido. Si me lo curro, lo consigo.

Para acabar decir que esta entrada en mi mente tenía mucha mejor pinta que una mera enumeración de actores/directores. Pretendía hacer algo parecido a un análisis o una opinión personal o alguna cagarruta más molona, pero al final ha quedado esto. No es lo que esperaba, pero tampoco me quejo, al fin y al cabo así ha salido por si mismo: lo he dejado fluir.

P.D.: Por si queda alguna duda de las fotillos, son, en orden, Orson Welles en Campanadas a medianoche, Roman Polanski en El quimérico inquilino, Clint Eastwood en Sin perdón y Stephen Chow en Shaolin soccer.

P.D.2:Hola.

De aquí a la eternidad >>> Un clásico que se queda a medio camino

Está claro que los clásicos cinematográficos lo son por algo. Cualquiera no puede entrar en tal casi sagrada élite, y menos en la más reducida de estas, que es aquella en que se aclama con una sola voz de cinéfilos y profanos la propiedad de ser clásico de una película concreta. Véanse ejemplos como El padrino, película que a todos entusiasma y que en buena parte de las listas se encuentra como la gran película de todos los tiempos. O Ciudadano Kane con iguales resultados. (Que si, que resulta que no te gustan ninguna de las dos o peor… que te dejaron indiferente. Pero entras al saco, ya eres parte de la estadística.)

Así tenemos De aquí a la eternidad, una película bélica del año 1953, que sitúa su acción allí por Hawaii (que no Bombay, por lo que no son dos paraísos) inmediatamente antes de todo el ataque brutal de Japón a Pearl Harbor en un momento histórico que nadie conoce y que no tuvo mayores repercusiones históricas. Apenas.

En ella tenemos dos historias de faldas, relacionadas por el ejército y el destacamento al que ambos caballeros están asignados. Así tenemos al soldado Prewitt encarnado por Montgomery Clift y al sargento Warden, interpretado por un inconmensurable Burt Lancaster, uno superior inmediato del otro y que se verán las caras con amores improbables.

Así, la otra parte del problema son los personajes de Deborah Kerr (la señora Karen Holmes) para Warden y Donna Reed (la señora de compañía Alma Burke aka Lorene) para Prewitt. Y para redondearlo, tenemos a tres personajes fundamentales para que todo tenga un cierto hilo conductor, como son el capitán Holmes (Phillip Obert), “Fatso” Hudson (Ernest Borgnine) y el completamente innecesario e interpretado de una manera magistralmente horrible, Angelo Maggio interpretado por el muy carismático y peor actor, Flan SinNata (que por cierto, por esta interpretación se llevo un moñaco dorado).

Tenemos la vida en un cuartel de la armada de los Estados Unidos de América en Hawaii, a la que acaba de llegar el soldado Prewitt, un virtuoso de la corneta, que quiere cumplir como soldado de verdad. El capitán a quien ha sido asignado es Holmes, un hombre obsesionado con el boxeo y con el campeonato del ejército sobre esto. El propio Holmes pidió que Prewitt militase en sus filas por ser boxeador tiempo atrás, y de buen nivel. Lo que pasa es que Prewitt no quiere, lo que le llevará a enemistarse con la gran mayoría de su escuadrilla, en una lucha de resistencia, a ver quien aguanta más. En su primer día de permiso, en un local de alterne light (solo se habla con las chicas) conoce a Lorene, la que pretende que sea la mujer de su vida, pero Lorene, aunque enamorada, desea vivir unos ideales mucho más altos que la de casarse con alguien que puede morir cualquier día.

Por otra parte está la historia de Warden, que un día, como quien no quiere la cosa, se enamora de Karen Holmes, la esposa desatendida de su jefe, el capitán. Warden, un hombre duro, no enamoradizo, pero si bravo y decidido, se decide a ocupar el lugar que no satisface su jefe, a costa de muchas cosas, y jugándosetoda su reputación, su trabajo, y su vida en general. Se juega incluso un consejo de guerra. No es moco de pavo. Pero el fornido sargento luchará contra viento y marea por lograr que la fría Karen, con un pasado como gran pelandrusca, se rinda a sus botas militares.

Si a esto lo juntamos con la vida del tuercebotas de Maggio, buen amigo de Prewitt, pero más pendiente de correrse una buena juerga que de hacer una sola de las cosas que le exige su oficio, que acaba metiéndose en líos con el jefe de la cárcel militar, Hudson, pues ya estamos apañados. Tres dramones por el precio de uno.

Con todo presentado, lo cierto es que no tengo la menor duda de que estamos delante de una gran película, pero no me parece que sea esa joya imperecedera que se dice de ella. Por el contrario yo veo una muy buena película, con momentos realmente prodigiosos, como la famosa escena de Burt Lancaster y Debora Kerr revolcándose, bien mojados en la arena de la playa o toda la escena del desembarco, con el desconcierto castrense general y una primera defensa como mejor pudieron. En el resto, hay pasajes que no pintan mucho, personajes que sobran y muchas de las actuaciones poco fundamentales, no solo mediocres, sino que directamente pueden ser tachadas de malas actuaciones. Como si estuviesen desganados. Una auténtica pena.

Una pena también que en una película que buscaba ser un reflejo de la vida militar, ese aspecto haya quedado tan flojo. Se ven mucho más la vida del militar en sus horas de asueto, que cuando está trabajando, y en el mejor de los casos, lo que aparecen son escenas sobre los momentos en que putean a Prewitt por no querer boxear o cuando están jugando al billar pasando las horas muertas. Muy descuidado en ese aspecto a mi humilde entender.

Visto todo este contraste entre lo bueno y lo malo de la película, pero con un predominio claro de lo bueno, y con unas actuaciones principales envidiables, el tono dramático se mantiene todo el tiempo. Desde luego no hay tiempo para la chanza, todo es dramático, e inclouso cuando ves que las cosas van bien para ellos, se presiente que los buenos tiempos acaban. Incluso Frank Sinatra, que intenta dar el toque cómico en un principio, se carga toda la intención con lo malo de sus dotes interpretativas. Una pena, porque ciertamente, esta película llevaba camino de convertirse en algo para la posteridad cinematográfica y por pretenciosidad, creo yo, se queda en buena película sobre la vida y obras de unos pocos militares en Hawaii. Inconmensurable Burt Lancaster y buen Montgomery Clift, que no es capaz de superar la gran actuación que hizo en La heredera, pero que hace, sin duda, un gran papel.

Karen Holmes: Solo soy una fracasada. Si es que me comprende… y no dudo que me ha comprendido.

Cine y videojuegos – ¿Historia de un amor imposible?

Y el señor Zerael colaboró en este blog.  Y todos vimos que era bueno y nos regocijamos. Poco más que decir. ¡A la carga!
 

Cine y videojuegos…videojuegos y cine… esa pareja eterna del ocio moderno que tantas alegrías nos ha regalado. Dos formas semejantes de plantear historias, cada una con mecanismos propios, pero con una valoración social diametralmente opuesta. Poca gente encontraréis que reniegue del cine en general –y no me refiero al arquetipo de crítico que pone a caldo a la industria, porque precisamente es un perfil de cinéfilo estándar–, pero no tardaréis mucho en dar con alguien que mire con malos ojos al entretenimiento electrónico.

Un cierto halo de desconfianza sigue reinando en lo que al reconocimiento videojueguil se refiere. Aunque en menor grado, el de los videojuegos sigue siendo un mundo ampliamente denostado. Los motivos son variados y gratuitos, y no me molestaré en discutirlos aquí; sin embargo, sí que me gustaría señalar una idea que parece arraigada en muchos críticos de cine con cierto renombre: la falta de madurez. Una buena forma de ilustrar esta idea, es la infame crítica que recibió la terrible adaptación de Max Payne.

Max sigue sufriendo de la falta de corazón que hace a los juegos emocionalmente inferiores a las películas. Nadie ha derramado nunca una lágrima con la muerte de un personaje de un videojuego.

Roger Moore para el Orlando Sentinel

Unas palabras desafortunadas que ponen de manifiesto la ignorancia de muchos. Cualquier jugador avezado sabe de sobra que la afirmación de Moore es dolorosamente vacua.

Sin embargo, sí que hay una realidad que refleja perfectamente, y que a mi modo de ver, está íntimamente relacionada con el tema de la madurez de la industria. Casi todas (tentado estoy de decir todas) las películas que versan sobre videojuegos son de una calidad paupérrima, tanto como productos cinematográficos como adaptaciones de videojuego. ¿A qué se debe? Principalmente, aunque no únicamente, al carácter descaradamente comercial de los videojuegos. También está la torpeza del director y la desfachatez de los guiones, pero esa es otra historia.

No hace falta que nos vayamos muy lejos. Tomemos como ejemplo a esa aberración llamada Max payne. Nada encontramos en ella que adapte realmente lo que supone jugar al Max Payne videojueguil. Apuntes aquí y allá de situaciones circunstanciales, guiños a personajes… y poco más. Todo lo demás se envuelve de los resortes tópicos de la superproducción hollywoodiense. Y estos resortes ignoran lo que los chicos de Remedy llevaron a cabo con maestría: un argumento imponente tanto en el plano cinéfilo como en el videojueguil.

No me interpretéis mal. El cine y los videojuegos son un negocio, y una parte esencial de su existencia es la obtención de beneficios, pero eso no significa que todo el ocio –y toda la cultura– dependa exclusivamente de papelotes verdes con rostros de gente muerta. Puede que los videojuegos ya sean cultura oficial, pero para que alcancen el reconocimiento que merecen deben desprenderse de ese prejuicio de infantilidad que propicia despropósitos como la cinta protagonizada por Wahlberg.

Afortunadamente no todas las adaptaciones han sido tan desastrosas. Y lo que es mejor, no todas han recibido palos de ignorancia por parte de la caterva cinéfila. Christophe Gans hizo un trabajo sensacional con Silent Hill. No os negaré que le encuentro importantes fallos, pero independientemente de mis consideraciones, es una adaptación muy bien conseguida. Sobre todo porque de verdad ofrece una experiencia cinematográfica que transforma lo vivido a los mandos de la saga de videojuegos. Vamos, que lo adapta.

Con un poquito de maña (o de asturiana) y algo más de valentía con el guión, podríamos haber hablado de una pequeña obra maestra. De cualquier forma, es un paso adelante, un primer atisbo de esperanza en lo que a adaptaciones se refiere.

Silent Hill, por cierto, es uno de esos videojuegos que podrían encuadrarse en una de las categorías videojueguiles dominantes: la de inspiración cinematográfica. Historias interactivas con abundantes escenas argumentales, o simplemente “cinemáticas”. Este tipo de desarrollos son herederos de las aventuras primigenias, y la influencia de los modos del séptimo arte es más que evidente.

No son pocos los que consideran que esta dirección a la hora de elaborar un juego es poco atractiva. A pesar de la mutua influencia, entre los videojugadores también existen aquellos que reniegan de los productos con demasiada carga cinematográfica. Muy probablemente se deba a la importancia, casi universalmente reconocida, que tiene la jugabilidad.

Nunca me he posicionado en ninguno de los dos extremos; adoro juegos con sobresaturación de argumento escenificado tanto como aquellos que carecen de cualquier rasgo de narrativa. Creo que es relativamente sencillo equilibrar ambas formas, e incluso abusar de una de las dos, para que el resultado sea sobresaliente –ahí está Kojima con su saga del soldado perfecto, o esa inusual experiencia en la Zona encarnando a un Stalker–.

Esta diferencia de planteamientos en los videojuegos es menos evidente en el mundo del cine. Casi siempre que alguien saca a relucir el tema, se habla exclusivamente de las adaptaciones. Pero los videojuegos han influenciado al cine de formas mucho más numerosas… aunque también, quizá, mucho más sutiles.

¿Es posible adaptar ese rasgo único de los videojuegos –la jugabilidad– en una película? Sé que suena ridículo, pero con algo de imaginación uno puede sacar conclusiones sorprendentes. Obviamente, no se trata de que el espectador tenga voz y voto en el film, ni ninguna chorrada por el estilo. Nada de eso… precisamente porque adaptar significa traducir a otro medio algo que se expresa en un “idioma” ajeno, que en una película aparezca algo como la jugabilidad no quiere decir otra cosa más allá de que se perciban sensaciones videojueguiles en una creación genuinamente cinematográfica.

Tarantino, con la primera Kill Bill, consiguió algo muy parecido a lo que trato de decir. Aunque por todos es sabido que el director bebe (o plasma, o plagia… o como gustéis) de incontables fuentes, creo que muchos jugadores apreciarían sensaciones similares a las que se encuentran en los videojuegos. La fuerza de las imágenes, la verosimilitud de sus barbaridades (muy lejana de los desvaríos del señor Nomura en Advent Children), la teatralidad en las presentaciones de los personajes… detalles que construyen una película extraña y que quizá por simple casualidad se identifica fácilmente con el sentir videojueguil.

Otro caso atípico lo encontramos en esa película que supuso un punto e inflexión para la antigua Square, Final Fantasy. Si bien sus semejanzas argumentales con la saga son tenues, y en absoluto entra en esa hipotética clase de películas videojueguiles (ya que en esencia no es más que una peli de ciencia ficción de tomo y lomo), su forma de afrontar el problema de la relación entre videojuegos y cine es original. Aunque considero que se trata de un film notable, no habría estado de más que el señor Sakaguchi se hubiera esforzado por elaborar un metraje más afín al mundo del que proveía. ¿Acaso por considerar que estaba realizando algo a otro nivel?

Desde luego, viendo subproductos como los paridos por ese pseudoseñor que es Uwe Boll, la sospecha de que son dos universos cualitativamente distintos no podrá disiparse. Quizá haga falta que un director con redaños se atreva, de verdad, a hacer adaptaciones sustancialmente considerables.

Sea como fuere, tengo la sensación de que socialmente, de un modo involuntario e interiorizado, tendemos a considerar como un “arte” inferior a los videojuegos. Y no me refiero a la gente que echa pestes sobre la industria, sino a nosotros –a aquellos que viven de cerca los devenires del ocio electrónico–. Todavía resuenan con fuerza aquellas declaraciones de Kojima, asegurando que los videojuegos nunca podrán ser un arte.

¿Realmente es así? ¿Son completamente incompatibles? Obviamente, yo no lo creo. De hecho, me parece que la relación entre el séptimo arte y los videojuegos es ya inevitable. Los más escépticos lo achacarán al poderío económico de ambos mundos; los más románticos, a las posibilidades creativas de dos formas de expresión tan “compenetrables”.

Y en el fondo, todos tendrán razón.


Impresionante, señoras, señores y mutantes de diversa índole. Estoy profundamente agradecido al señor que regenta La ciudad olvidada por esta pedazo de colaboración que me ha obligado a incluir me ha cedido amablemente para este humilde blog.

Muchas gracias, no solo por la propia colaboración, sino porque la reflexión de la propia entrada me parece muy bien enfocada y muy acertada.

Diez videojuegos concretos para un mal videojugador tardío

Aclaración: No es un top diez de los mejores videojuegos, ni tan siquiera uno de los más divertidos, apasionantes, interesantes. Directamente no es top. Es una lista normal y corriente con diez videojuegos de diferentes tipos (podrían ser unos pocos más, pero ya os digo que más bien pocos) con los que me he cruzado a lo largo de mi corta vida como jugador de videojuegos y a los que he jugado hasta la saciedad. Puede ser que nunca fueran grandes títulos, o puede ser que decidáis expulsarme de esta comunidad tan videojueguil por pecador de la pradera (y de otros sitios)

Aclaración 2 (La venganza): Que nadie espere que hable mucho de videojuegos, porque es un tema del que no tengo ni la más remota idea.

Bueno, como digo, yo empecé muy tarde en esto de los videojuegos. Yo me recuerdo a mi mismo, en tiempos de la EGB (Cuando aún había de eso y no ESO) pidiendo a mis padres con insistencia un ordenador, una mascota o un hermano. Era hijo solo… ¡me aburría, coño! Por aquel entonces tuvieron la feliz idea de apuntarme a una actividad extraescolar en la que con los disquetes aquellos tamaño sándwich de 5 ¼ nos enseñaban a utilizar aplicaciones MS-Dos, y con aquellas pantallas de fluor que cuando pasabas mucho rato te palpitaban los ojos y casi parecía que podías iluminar una habitación tan solo con la luz que emanabas. ¡Tecnología punta de entonces!

¿Problema? Cuando llegue a tener mi propio ordenador no había vuelto a tocar aquello, los disquetes eran tamaño sándwich nouvelle cuisine y apenas se usaban ya. Fui radiactivo durante un tiempo para nada.

Y bueno, pues nunca llegó ni la mascota, ni el hermanito ni por supuesto un ordenador de esos que os carga el demonio (debe ser, si no, no me lo explico), hasta que ya pasaron un par de ciclos educativos y esos señores que me sustentan decidieron que quizá podría ser de utilidad dejar de utilizar las tablas de cera y los estilos y tener un ordenador en casa así de pronto. Así que la mini sociedad Amish en la que me encontraba empezó a evolucionar. Mirad si son modernos ahora mis señores padres, que incluso han decidido dejar de usar el sextante para el coche de caballos, ¡y se han comprado un GPS!

Poco a poco los videojuegos comenzaron a entrar en mi vida: el ordenador, herramienta de trabajo indispensable en casi cualquier casa se convirtió casi de inmediato en el aparto que se usa para trabajar de puertas de la habitación para afuera. De puertas de tu habitación para adentro es la máquina definitiva para pasar veinticinco horas al día desaprovechadas. El mejor invento desde el retrete. En serio.

Como he dicho antes, entre los primerísimos y otros un tanto más modernos podrían caber unos cuantos más que estos diez. Silver, Elite beat agents o Out run no han entrado por muy poco.

Aquí está la lista con poco orden y menos concierto. Tan solo el último juego de esta lista ocupa el que realmente se ha hecho un huequecito en mi corazón de melón como el juego con el que mejor me lo he pasado nunca. Allí abajo lo veréis:

Crónicas de la luna negra: Juego francés que es un mezcladillo de estrategia en tiempo real, estrategia por turnos y más cosas estratégicas, donde en un mundillo fantástico medieval muy molón, manejas a un descendiente de los elementales de aire que va por el mundo con una espada que lanza bonitas y abrasadoras bolas de fuego llamado Wismerhill, y que deberá elegir bando para la gran lucha definitiva entre las fuerzas divinas.

Lo he empezado mil y una veces, y me engancha. Solo por la música ya vale la pena, pero tiene una gran historia (cada bando tiene la suya propia) y los héroes, tanto los que se unen a ti como los enemigos tienen una personalidad arrolladora. Los combates, que se dan bastante a menudo, son algo bastante difícil de manejar, porque las posibilidades estratégicas que tiene son inmensas, pero el vicio que me provoca no tiene nombre. Y lo triste es que nunca he sido capaz de acabarlo. En ninguna de las historias y en ninguno de los modos. Y me avergüenzo por ello.

Los artworks que lleva, increíbles.

Scorch: La madre de todos los juegos. No lo digo yo, lo dice el propio juego y dice la gran verdad. Tanquecitos de coloricos que deben neutralizar al resto de tanques de otros colores. Puedes comprar diferentes tipos de armas, de defensas y demás y para disparar debes calcular potencia y dirección.

Es cierto que hay mil juegos similares a este (El mismísimo Worms, incluso) pero este, mi primerísimo de este estilo me dio muchísimo tiempo de diversión, tanto solo como acompañado, y mucho más en tanto que el juego permitía personalizar las frases que dicen los tanques (escrito, claro) tanto al disparar como al morir. Imaginación a tope para que sacase aquellas frases de forma aleatoria. Diversión y piques de los gordos.

Sonic, the hedgehog: Mi primera consola (y la penúltima) fue una Game Gear. ¡Una portátil en color! Una gozada. Tuve varios (pocos juegos): Chuck rock, Factory Panic, uno de Spiderman y poca cosa más. Al que más jugué con mucha diferencia es al juego del erizo. Me lo pasé hasta aburrir al pobre erizo, que ya me miraba mal. Jugaba a ver si era capaz de pasármelo en menos tiempo y con más vidas… una locura (para mi). Incluso conseguía pasarme al final del todo (años después de tenerla) las tres primeras pantallas sin mirar y sin que me mataran una sola vida. Y aseguro que era sin mirar, porque la pantalla decidió reventar y dejar de funcionar. Años de vicio con el bicho azul. A pesar de ser el primer juego que tuve fue con mucho al que más rendimiento le saqué.

Max Payne: Buf. Un minuto en Nueva York. El modo de juego más estresante y cjonudo de un gran juego. Tiempo bala, flipadas de las gordas y un tipo super vacilón pateándose en gabardina Nueva York en medio de la nevada más gorda que se recuerda.

A caballo entre la novela, el comic, el cine negro y el videojuego como tal, se convirtió en una auténtica delicia para mí. Veces y veces me lo pasé, luchando contra el helicóptero de las pelotas maldito.

Buf.

PC Fútbol 2000: El último gran PC Fútbol. Cada vez que han sacado uno después, la han jodido. Y los sucedáneos, pues peor todavía. Por supuesto, como simulador de partidos no valía un mojón, pero como simulador de manager, era impresionante. Quizá fácil, pero divertidísimo. Era una gozada conseguir subir a un tercera a mejor club de Europa en apenas media docena de jornadas. Muchos de los anteriores ya fueron grandes: El Pc fútbol 7 era cojonudísimo e incluso el mismísimo primer PC Fútbol, que iba en tres disquetes cuando tan solo se podía alinear a un extranjero (ni comunitario ni mierdas en vinagreta) tenía su encanto.

Pero el último gran emulador de manager de fútbol fue el 2000.

UFO: Enemy unknown: También conocido como X-COM: UFO Defense. Primer juego de toda una saga, pero al que más y más a gusto he jugado es a este.

El mundo del futuro reciente está en peligro, y unos militares especiales mundiales deben investigar y combatir la amenaza alienígena.

Estrategia y pichinadas de esas preparadas de una forma cojonuda que me dieron años y años de diversión. Para un profano torpe como yo, imposible de acabar: Este es otro de los que no he podido terminar ni en el modo más sencillo, pero ni aún con esas me ha dejado de parecer uno de mis grandes juegos.

Death Lands: Me siento como su tía. Zerael es la mamá de esta criatura, y yo soy su tía, con todas las ventajas que tiene esto y sin la desventaja de pedir propina.

Cuando conocí a ese señor ya venía con cargas familiares debajo del brazo, y como tal había que aceptarle, y bueno, me convertí en el gilipollas que jugó mil (o dos mil) veces a este juego buscando fallos de cualquier tipo, proponiendo cosas a mejorar, animando al Zerael a que continuase… Páginas y páginas con apuntes. Horas y horas buscando detalles.

Disfruté muchísimo con probándolo una y otra vez. Y las que hagan falta.


Héroes IV
: Ni el III ni el V. El tres era bueno, aunque no maravilloso, y el V me parece una patatilla importante.

Interesante e intenso a partes iguales. Apasionante en sus campañas y en sus pantallas en general. Desde que se pudo encasquetar a más de un héroe por ejército y que encima luchaban directamente hasta la muerte o la victoria, el juego ganó enteros, y eso que la tercera entrega me parecía ya un grandioso juego.

Geniales y muy bien compensados los diferentes tipos de castillos y en general, muy interesantes las opciones que se ofrecen.

Buscaminas: La joya de Windows. Lo mejor del ´98 y del XP, seguro. Horas y horas detectando minas, poniendo banderolas y viendo numericos. Ahora la verdad es que le he perdido mucho ritmo, pero mis record me daban bastante miedo a mi mismo. Incluso hacía capturas de pantalla cuando podía, básicamente porque me molaba ser rápido. Eso si, los que acojonaban eran los records que circulaban por internet, que por supuesto me dejaban a la altura del perejil. Pero yo no desistía.

¡Larga vida al Buscaminas!

Carmageddon II: Carpocalypse now: La jodidísima joya de la corona. El juego más divertido al que me he enfrentado nunca. Una auténtica gozada. Muchas veces lo he pasado y muchas veces lo pasaré. Una pena que no tenga forma humana de hacerlo funcionar en XP.

Aún así, apasionante. Aquí si que he invertido horas de juego, siempre disfrutándolo como ningún otro. Incluso me lo he pasado ganando las carreras a base de checkpoints… Aunque claro, la gran diversión estaba en destrozar contrincantes. (Los atropellos eran daños colaterales, nada que buscase nunca directamente, excepto en las misiones donde había que acabar con individuos concretos, claro.

Incluso me emociono recordando partidas épicas…

Y fin de la lista. Ya veis que no hay fantasías finales, ni medias vidas ni cales of dutis ni cosicas de esas, que los he jugado (unos más que otros), pero aunque me hayan gustado (o no), están lejos de haberme marcado mi corto bagaje como videojugador.

Lo último que pongo en esta entrada es una de las pistas de audio de Crónicas de la luna negra:

Partes privadas >>> Howard Stern as Howard Stern

Un buen cinéfilo, de quien creía estar en la otra punta del espectro del gusto cinéfilo (Academia de inglés Oui presenta: ¡La primera redundancia del día!), un buen día, tras poner en común opiniones iguales sobre una película, me recomendó un puñado de películas que poco a poco fui viendo. Todas me gustaron. Unas más, otras menos, pero joder, todas fueron películas que valieron la pena. Pasado eso, se le ocurrió recomendarme otra que no tenía nada que ver con todas las anteriores y que de primeras, parecía incluso extraña. Esta película es justo esta de la que se habla en esta entrada, Partes privadas.

En esta película tenemos algo difícil de encontrar como es el gran equilibrio entre lo que es un drama y lo que es una comedia. Es complicado saber en que momento de esta película estamos con una o con otra, ya que al fin y al cabo están muy estrechamente ligadas. Si a esto le sumamos un factor como es el de estar haciendo una biografía de alguien todavía vivo, y el conjunto sigue siendo bueno, el merito crece de modo exponencial, y si encima contamos el factor de que el biografiado es el propio actor que hace de si mismo, ya esto es el copón bendito. Y a buena fe os digo que todo esto se da en esta película.

Resulta que Howard Stern es incluso a día de hoy (lo dice la Wikipedia, así que si os interesa lo buscáis) uno de los grandes locutores de radio de la historia de Estados Unidos. Resulta que este hombre revolucionó la forma de hacer radio a base de improvisar y de hacer un programa sin guiones, y resulta que al final (esto ya no lo cuenta la película) ha acabado con un emporio radiofónico vía satélite brutal.

La historia de Partes privadas es la historia de Howard Stern desde que descubre su vocación, en la más tierna infancia hasta que por fin se consagra como estrella radiofónica en la gran compañía de comunicaciones norteamericana: la Columbia Broadcasting System o CBS para los amiguitos.

Pero desde luego el señor Stern no es un individuo al uso, y mucho menos quiere serlo. Es consciente de las posibilidades que le brinda la radio incluso mucho antes de empezar a poder ser locutor en la escuela secundaria. Es conciente, a su pesar, de que su estilo será defenestrado y también es consciente de que tiene una voz de mierda para la locución. Ni siquiera es guapo, que aunque no ayude a la hora de hablar por la radio, siempre sube la autoestima.

Además, es alguien que está obsesionado con el sexo. A tiempo completo. Tiene dos preocupaciones principales; que folla poco (no lo digo yo, lo dice el) y que tiene pequeño el pene.

Poco a poco consigue ir haciéndose un hueco. De una radio a otra, siempre intentando hacer un tipo de programa no siempre aceptado, con su humor sexual e irreverente, y con el rock como bandera, pasará por muchísimas situaciones delirantes por la que será odiado por los directivos y amado por la audiencia. Cada locura aumenta su reconocimiento, y entre sus entrevistas subidas de tono (actrices porno, señoras que pueden meterse en la boca salchichas de treinta centímetros y demás) y las llamadas de los oyentes se estaba forjando su propia leyenda a partir de su estupenda melena rizada.

Tendrá la ayuda de dos personas que ira encontrando a lo largo de su periplo. En este caso, junto al propio Howard Stern haciendo de Howard Stern, tenemos a Fred Norris, haciendo de Fred Norris y a Robin Quivers haciendo de Robin Quivers. El primero, a quien conseguirá como compañero, no muy hablador, pero que le seguirá cada movida mental que tenga hasta las últimas consecuencias y Robin, la chica que al principio se supone que debía encargarse de dar las noticias, y que desde el comienzo siendo parte del espectáculo, viendo la innovación que puede suponer una radio tan extrovertida y diferente.

La que hace de amor de su vida, Alison Stern, ya no se interpreta a ella misma. En este caso, Mary McCormack hace el papel en cuestión de una manera formidable. Cada estado de ánimo era transmitido de forma impecable.

En esta delirante comedia dramática, el gran fallo formal está en las actuaciones, pero es algo que no reduce las capacidades generales del film. Que la mitad del elenco principal se interprete a si mismo sirve para darle realismo. Quizá también pretenciosidad, pero el realismo sale ganando. Además, en toda la parte satírica, que también la hay y muy importante, un magnífico Paul Giamatti, haciendo de directivo hijo de puta de la CBS, pone la guinda al pastel amargo por fuera y dulce por dentro.

Por supuesto, las mejores escenas las que son parte de los programas de radio a lo largo de su vida. Como el primero en su primer trabajo, donde entrevista a Ringo Star, o cuando hace un concurso junto a Fred, Robin y otro invitado. Un delirio. Y un auténtico descojone. Ventajas de la naturalidad.

También es interesante toda la parte crítica con los sistemas de comunicación y las grandes corporaciones. Que claro, no es solo crítica por si misma, sino porque lo vivió en sus carnes, pero no por ello, esa avaricia deja de transmitirse en la película.

Con todo esto, tenemos una película con aspecto de amateur, pero que tiene un trasfondo importante y muy cuidado, donde varios personajes que hacen de si mismos, se dedican a narrar parte de la historia de Howard Stern, el locutor de radio que cambió la forma de hacer radio (redundante, pero cierto). Todo el tiempo en el limbo entre el drama y la comedia (la vida no es fácil ni para un dios de la comunicación), es una gozada ver el ascenso y permanencia entre los más grandes a alguien que siempre supo que podía revolucionar la comunicación radiofónica. Y lo hizo. A lo grande. Acabando en la CBS con el programa más escuchado de los U.S.A y dando en los morros a todos los directivos de la cadena que nunca confiaron en el por su rebeldía.

Es una película con sexo radiofónico consumado, no os digo más.

Howard Stern: Me he comprado un libro. Se titula “Como tirarse a una tía”.

GTO: Great teacher Onizuka >>> La educación… por un motero… japonés… de anime

 
Una sola cosa para comenzar: No apta para profanos. No apta incluso, muy probablemente para los que se estén iniciando. Puedo asegurar que hay capítulos que para gente no demasiado acostumbrada a estas cosas como yo por ejemplo (no ha sido necesario irme muy lejos) se hacen un poco cuesta arriba. Cosas de mangas o animes que nos (¡me!) cuestan comprender. Esas expresiones faciales, esas obsesiones, esas cosas que por diferencias culturales (supongo) resultan tan ridículas que rozan lo estúpido en esta parte del mundo. Pura falta de costumbre. O estupidez mía, claro. No hay mucha más opción. Y ojo, que digo que lo parecen, no que lo sean, que soy consciente de que esto es la percepción de quien desconoce.

Tenemos entre manos una serie de algo más de una cuarentena de episodios sobre uno de los jefes de una banda de moteros, antes temida, ahora más bien calmada, que decide cambiar de vida y hacerse profesor de instituto. El motivo para llevar a cabo el cambio, no puede ser más noble: estar cerca de chicas jóvenes y bueno… lo que pueda, cosa muy típica de este tipo de series japonesas.

Tras conseguir una entrevista en un colegio privado llamado El bosque sagrado y no dar una buena primera impresión, la directora Sakurai lee más allá de lo aparente y decide darle una oportunidad, a pesar de que supone una confrontación directa con el subdirector Uchiyamada, quien opina de el que solo es un delincuente con ínfulas. Lo que desconoce es hacia que cosa van dirigidas todas esas ínfulas. De cualqueir modo, la directora tiene el arma definitva siempre cargada en su cajón: una carta de renuncia que entregará a Onizuka la primera vez que haga lo que no debe. Y esto es toda una prueba de fuego para Eikichi, que tendrá que andar templado para no pasar más allá de lo que Sakurai entiende por buena acción.

Una vez contratado, le dan para tutelar a la clase más conflictiva de todo el colegio, y en seguida decide combinar ese honroso objetivo docente que tenía con el de ayudar a aquellos alumnos suyos, a aquellos tutelados que pidiéndole ayuda o no tengan problemas más o menos graves.

Pero hay algo peor en ellos, y es que como conjunto, odian toda autoridad docente, por una serie de situaciones previas que se irán desvelando a lo largo de la trama, y que no ayudan precisamente a Onizuka. Eso, juntado a que en su clase hay expertos en informática, la chica más inteligente de Japón y alguna que otra cosilla interesante más, hacen de la clase 2-4 un bonito caos que quiere aniquilar al nuevo profesor, Eikichi Onizuka de 22 años de edad (Algo que repite una o dos… cientas veces a lo largo de la serie).

Así cada alumno será un problema de la más diversa índole, suicidas, víctimas de bulling (No confundir con el restaurante de Ferrán Adriá), adolescentes que ridiculizan a los propios profesores, etc. Y cada profesor, un mundo contra el que luchar, y excepto la directora y Fuyutsuki, una joven profesora que ingresó en el instituto a la vez que Onizuka sensei, el resto se encontrará más o menos con el: el de gimnasia, el de inglés, el de química… y todos con un liderazgo no escrito a cargo del subdirector, que envidioso aunque dedicado, se dedicará a odiar a Eikichi por encima de todas las cosas.

Poco a poco, el motero salido con más empuje que dedos de frente, procura hacerse con la situación aunque sea a la brava, y con su cabezonería será capaz de salvar a sus alumnos de huestes infernales de fans, de secuestros express, de perder el honor de su familia y otras tantas cosas que a todo alumno de instituto le pasan a diario. Que conste que no le estoy pidiendo ningún tipo de realismo a un producto de este tipo, no confundamos términos. Es más, dentro del tipo de serie que es, es tremendamente consciente de si misma, cumpliendo con los objetivos de coherencia que se exigen de esta.

Lo que tiene realmente bueno es la personalidad tan marcadamente diferente de la gente. No se hasta que punto es algo común en los animes, porque no soy muy ducho, pero en este caso me ha resultado muy agradable. Es cierto que todos tienen sus semejanzas, pero coño, son parte de una misma obra y están imbuidos en una situación geográfica, cultural y demás parafernalia social. Es lo normal. A lo que me refiero es más allá. Me refiero al descubrimiento de las personalidades de cada uno, que claro, muchos corresponden a estereotipos brutales, pero no por ello carece de valor la diferenciación sutil que separa a muchos de ellos, al fin y al cabo todos son jóvenes de una misma edad en un mismo lugar. Las coincidencias deben darse.

Poco a poco Onizuka deberá hacerse el hueco en la vida de sus alumnos, primero porque ha venido para quedarse y segundo, por sus santos huevos. Su personalidad, arrolladora y obsesiva, en principio con el rollo de dejar de ser virgen y arrimarse a las jovenzanas para ver si suena la flauta (la de Onizuka) y ya después en los problemas que sus alumnos tienen. Esto, sin perder de vista su objetivo último, de arrejuntarse a tantas pechugonas como pueda. Y sin enseñar nada, claro.

Todo esto se queda en una serie entretenida para novatos animeros como yo o no demasiado fans de estas cosas y probablemente joya maravillosa para el resto del mundo, con eso, personalidades arrolladoras y situaciones desconcertantes, pero siempre con un buen humor suficientemente aceptable como para que no sea algo aburrido. Tanto Onizuka como el resto de personajes desbordan coherencia en cada uno de sus actos y entre chorrada y chorrada, te deja un pequeño poso del que al final está haciendo una reflexión sobre la educación. Curioso, simpático y violento a partes iguales, tenemos en Great Teacher Onizuka una serie que en el peor de los casos se deja ver.

Eikichi Onizuka: Por tu voluptuosidad, ¡un brindis!