Savage Grace >>> Obsesiones y otras lindezas en la alta sociedad

Bueno, bueno. Aquí estamos otra vez. Lo primero es hacer la autopromoción que no hice en la entrada anterior y que debí hacer entonces pero como soy asín no hice, anunciando la colaboración que hice en ese lugar blogueril maravilloso conocido como La ciudad olvidada, regentado por Zerael, a quien todos conoceréis (Y si no, deberíais conocerlo). Haciendo un muy breve resumen, y para quien le pueda interesar, la entrada se llama Los cinéfilos al descubierto (Entrada sin desnudos), y es una pequeña explicación sobre unos pocos tipos de cinéfilos, que si bien no son todos los que hay, si que son, a mi entender, lo más característicos. Todo repleto de gilipolleces de las que como mínimo, me hacen gracia a mí.

Y después de esta mamonada autocomplaciente, empecemos con la película en cuestión, que como veréis enseguida, la he visto por ser un puñetero fanboy, pero bueno, que para sentirme bien conmigo mismo yo me digo que es una excusa como cualquier otra para ver cine…

Y con esto y un pococho, vamos al tema.

Julianne Moore y Belén Rueda juntas en una misma escena. Solo pensarlo da bastante miedo, sobre todo para mí, admirador de la señora Moore, y aborrecedor de la señora Rueda. Pues en Savage Grace ocurre y es una situación peculiar, como juntar a Sarita Montiel con Bruce Lee en una escena de cama. Por suerte (y ya digo yo que mucha suerte), en la escena compartida, Julianne Moore se come con patatas al resto de actores y actrices que la acompañan. Impresionante interpretación… aunque claro, soy un fanboy, y por lo tanto es posible que poco objetivo, a pesar de ser el primero que protesta cada vez que lo hace mal. En este caso, aunque la película en general es algo vacía, ella solita se marca un papelón antológico y destaca sobre el resto. Aunque bueno, más que destacar, deja al resto a la altura del perejil.

Dejando de un lado el rollito maravilloso este que os acabo de dar, ahora voy a explicar un poco el rollito de la película en cuestión. Tenemos a una familia de clase alta americana, con un hombre, Brooks Baekeland, rico porque su abuelo se forjó una fortuna con el negocio de la baquelita, a una señora esposa que es una trepa y que se arrimó al señor Baekeland por sus dineros, que es Bárbara Daly y el hijo de ambos, Anthony Baekland, sobreprotegido por su madre y querido pero, digamos, que con poca efusividad y demostración por parte de su padre.

Así, tenemos a una mujer que solo quiere el dinero de su marido pero que tampoco se esfuerza en ocultarlo, manteniendo una guerra fría en la que la paciencia de Brooks nunca se ve desbordada, aunque por poco. Y llega Anthony, un pipiolillo buscado por los dos para ver si de alguna forma, la situación se adecua a ellos. Pero no hace más que complicar la situación. Brooks le presta poca atención y Bárbara demasiada, de forma que la tendencia natural de este es a arrejuntarse a su señora madre.

Y en el mundo de libertad que le ofrece su madre (y de dinero y opulencia), confunde libertad y libertinaje (¡Topicazo!) hasta tal punto que se confunde a si mismo y no termina de tener claro si prefiere las ostras o los caracoles. Vamos, que demuestra una tendencia especial hacia los caracoles, pero se niega a eliminar las ostras de su dieta. Si lo hace por convención social, por miedo a vaya usted a saber qué o realmente lo hace así por gusto, ya es cuestión de interpretación personal.

Claro, que con todo el planteamiento a la vista, solo puede tener una tendencia: a degenerar. Cada vez pasan más cosas y más extrañas. Aparecen Unax Ugalde y Elena Anaya y se dedican a revolucionar al Barbara e hijo hasta límites insospechados. Bárbara se vuelve cada vez más celosa y rebuscada y Anthony roza la locura. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? ¿Quién puñetas es y que cojones es su vida? ¡Y se tiene que enfrentar a ello! Por una parte, buscando su propia independencia moral y por otra sin poder evitar seguir arrimándose a su mamá.

Todo un descenso a los infiernos. La droga, el sexo, y lo extraño de ver entrar y salir a un montón de personajes, algunos de ellos con especial relevancia, confunden a la madre y al hijo y acaban aislados de la forma más triste que se les pudo pasar por la cabeza… y esto solo acaba perjudicándoles más, si eso fuese posible.

Cerrando un poco todo, resulta que la historia está llevada de forma irregular, de tal forma que son las interpretaciones las que llevan la voz cantante todo el tiempo, y aunque suponga ser repetitivo, es Moore la que parte el bacalao interpretativo.

Bárbara a Sam (Un amiguito de la familia): ¡Tony no es eso que es!

Colofón, colofón:

Fin del análisis… La verdad es que confío (y esto es mucho confiar) que no se alargue tanto el tiempo entre una entrada y la siguiente, porque hasta me molesto a mi mismo hasta el punto que esta entrada me agrada menos que las anteriores (aunque sean tres), y lo de que estoy empezando no se hasta que punto es una excusa válida. Espero y deseo que la próxima crítica se acerque mucho más en el tiempo, y espero y deseo que esta reflexión que está en mi cabeza nadie pueda leerla y cada uno saque sus propias cavilaciones si fuese menester.

Menuda basurilla de entrada, pero la quería acabar y desquitarme de ella, aunque haya resultado una sinopsis extensa y poco más.

Señores y señoras: Deseo desde lo más profundo de mi corazón que esta sea la peor de os análisis que haga de una película. Quizá en el futuro me anime y la rehaga, que es lo que se merece. ¡Cagon la puta!

Desesperación…