Alemania, año cero >>> Ser niño en el peor lugar, en el peor momento

Llevaba haciendo películas sobre la segunda guerra mundial desde que todavía estaba en activo la segunda guerra mundial. Rosellini, con la huevada bien puesta se pone a observar a su alrededor, y se decide a plasmar con tanta dureza como pueda lo que para el es el día a día y los terribles acontecimientos que acaban de acaecer, de la forma tan objetiva (dentro de los límites que la misma palabra plantea) como es posible, pero haciendo de ciertos individuos, la personalización de todo un colectivo, de toda una ciudad… de toda una nación. Con este planteamiento, al fin, en el mismo año 1945, año del fin de la contienda, filma Roma, ciudad abierta, donde narra la vida de los italianos desde la visión de la gente que vive en un barrio destruido y pobre que tiene a la Gestapo pisándole los talones porque entre ellos, hay un traidor. En esta ocasión, en Alemania, año cero, lo que tenemos es una situación en la que la guerra ya ha acabado y toda Europa necesita volver a ponerse en pie porque está en completas ruinas.

En medio de este percal tenemos a Edmund, un niño de 12 años que no tiene edad para trabajar y que vive con su hermana mayor, su padre enfermo y su hermano, no registrado en el censo por miedo a represalias por haber estado en el ejército cuando la guerra y haber perdido. Edmund se convierte de forma automática en cabeza de familia. Mientras malviven en una de las pocas casas que quedan en pie por obligación gubernamental (a los propietarios a acoger gente concreta y a los inquilinos a vivir en aquellos lugares), tienen que sobrevivir todos como mejor viven, y en el departamento de la familia de Edmund es él, el único que puede y quiere hacer algo para sobrevivir y hacer que sobrevivan los suyos. Todo con la inocencia de un niño y la madurez del que sabe que tiene que levantar un continente sobre sus espaldas.

Pero todo el mundo se mira el ombligo y nadie quiere colaborar con los demás, de forma que nadie es consciente que en conjunto podrían llegar, quizá no al principio, pero si, sin demasiados esfuerzos a mantenerse los unos a los otros. Prefieren tener dos migas que llevarse a la boca que acabar haciéndose su propio pan. Edmund lo ve y lo sufre. Desconozco hasta que punto lo entiende realmente, pero desde luego lo siente. Y así vemos a personajes como el del profesor, de convicciones nazis, que debe esconderlas por puro afán superviviente, y del que insinúan (igual que del resto de nazis declarados en la película) que tiene unas apetencias un tanto depravadas e ilegales.

Maravilloso ese retrato de la gente que busca solo su propio bien sin conseguirlo normalmente, y como los funcionarios, los pocos que pueden vivir bien en ese tiempo se esfuerzan en ayudar aunque sea con minucias a todos los desamparados en una ciudad (¡una puñetera capital de nación!) sin apenas edificios habitables en pie, y con la gente más preocupada en comer más que en reconstruir. Nada achacable por otra parte porque lo primero es tener el buche lleno. El resto solo puede llegar si se cumple esta condición.

Y como tercer gran grupo en la ciudad están las fuerzas de pacificación internacionales, que pacifican poco y se aprovechan, en el mejor de los casos de que a las jovenzanas del lugar no les falte de nada, ni una cama en la cobijarse. Muy honorables las fuerzas norteamericanas y francesas allí en los locales de copas que todavía están en pie. Para pimplar si, para reconstruir, mejor mañana.

A la hora de filmar esta película se nota el tiempo que tiene (es del año 1948) y los medios utilizados, además de que los actores profesionales no son, y aún así, Roberto Rosellini es capaz de transmitir muchísimo con cada plano. Sabes que piensan los personajes, con una cierta independencia a como lo expresan, y ahí, por ejemplo, está la magia del cine. Y con magia y todo, su gran fallo es ese puntito que les falta a los actores sobretodo para hacer algo redondo. Está claro que de donde no hay, pues es difícil sacar, y aunque Rosellini saca de sus actores un rendimiento excepcional, desgraciadamente no es suficiente. Además, en este caso si que veo la obra maestra aunque no pueda compartirlo. Para mí esto es algo que pesa demasiado en el cómputo general del film. Eso si, lo escueto de la propia película es más que necesario para expresar todo eso y más, sin abusar de planos abiertamente grotescos o imágenes de tan solo la ciudad destruida hasta los cimientos.

El final tiene mucho de desalentador, no porque en general las cosas no sufran un cambio más o menos amplio hacia lo que en un caso así podría denominarse, pero para Edmund, que las cosas vayan a mejor no es lo más importante y que aquellos a quien quiere no sean capaces de verlo, afecta, y más, con miedo a repetirme, a un joven individuo de doce años. Puede ser que no comprenda en toda su extensión lo que ocurre en el mundo ni lo que ocurre a su alrededor, pero entiende perfectamente cuales son sus sentimientos. La hermana, el hermano, el padre, el casero… los otros niños, quien fue su profesor, los ladrones: si todo el mundo se empeña en que las cosas deberían ser de una determinada manera, ¿Por qué nadie hace nada?, se pregunta el bueno de Edmund.

Así tenemos una película dura, pero realista, que expresa en forma de ficción algo que toda Europa esta sufriendo en sus propias carnes en esos precisos instantes. Edmund personifica los deseos, los anhelos, las ganas y la fuerza de esta parte del mundo y como las cosas, a pesar del esfuerzo, inevitablemente se vuelven en su contra. Bonita y desgarradora, Roberto Rosellini hace de Alemania, año cero, todo un alegato a muchas cosas que no incluye en ningún caso ninguna defensa a las guerras recién pasadas.

Karl: Un soldado puede perder todo, menos el valor.