Freeze frame >>> La paranoia del que tiene motivos para ello

 

A veces leer por casualidad una sinopsis de una película puede llevar a que alguien como yo vea una película. Como un resumen de una película llamó mi atención y me impactó es la historia de por qué la he visto. Una historia con intriga, que parece oscura de una forma un tanto metafórica, centrada en un individuo asocial, en un presente extraño, cercano, que parece que está en el único sitio que no le corresponde, y a saber que le llevó a una situación tan penosa. Se olía un poco de acción, otro poco de suspense y calidad a raudales. Muchas expectativas, y muy altas. Normalmente es el camino a las grandes decepciones.

Por suerte, este tipo de normas a veces se rompen. Seguir confiando en el producto en cuestión es un punto importante para no estar amargado viendo una película. Se perdería parte de la magia. Incluso puede parecer ponzoña, o la mejor de las delicias, que el gusto, después del visionado puede ser completamente diferente. O mantenerse intacto. Por supuesto partiendo de la base de que no hay una cerrazón, y se llegue a la conclusión prematura de que una película concreta no puede ser buena, o ser el copón santo sin necesidad de haberla visto. Errores. Demasiado comunes. Errores típicos no solo en fanboys mitómanos como yo.

Aquí, en Freeze Frame, tenemos una historia inquietante, uno de esos thrillers oscuros, de pocos personajes pero bastante complejos, con intriga a mansalva.

Esta es la historia de Sean Veil (Lee Evans), un individuo que hace años fue acusado del asesinato de dos niñas y de la madre, crimen por el que acabó siendo declarado inocente por los métodos poco lícitos de la acusación para conseguir pruebas y confesiones. Desde entonces lleva una vida de ermitaño maniático y paranoico: Se graba veinticuatro horas al día con tantas cámaras como puede para que nadie pueda acusarle de otros crímenes. Está obsesionado hasta el punto que su vida gira en torno a ser grabado. Tiene un archivo enorme con todas las cintas que tiene en las que sale… él. Un túnel con las cintas apiladas, cada día, cada hora de su vida en los últimos años, años en los que no ha querido que lo vuelvan a mal acusar por la obsesión que tienen otros contra él. En este caso, el psicólogo forense Saul Seger (Ian McNeice) y el detective Émeric (Sean McGinley), que guardan un interesante secreto conjunto. Además, ellos se encargan de que el caso no pase y esté siempre en primer plano, para que nadie se olvide de que van a por Sean.

Llegado un día en que Seger presenta su último libro sobre la que es su especialidad, Veil decide ir a esa presentación, y allí, enfadado, sigue mostrando la que es su batalla personal, la de demostrar su inocencia entonces. Allí conocerá a Katie Carter, una periodista que tiene un interés especial en este caso.

Así, la cosa va evolucionando. Veil no puede quedarse quieto. Su paranoia, justificada o no le empuja, primero a querer esclarecer todo, por ver un pequeño rayo de luz al que aferrarse, y después simplemente a sobrevivir. Las cosas se complican de una forma inesperada, viéndose venir, pero de una forma inexorable, todo contado a un ritmo realmente bueno.

Las actuaciones, no especialmente sobresalientes pero correctas dejan paso al actor que interpreta el papel principal que realmente fascina. No destaca pro su calidad, pero esa gestualidad exagerada para otros papeles y más que aceptable para un papel de paranoico molón como este, le van que ni pintadas. Y más para una persona que todo lo que ha hecho a lo largo de su carrera ha sido humor, sobretodo en base a sketches y actuaciones en vivo. Es sorprendente el cambio de registro y el buen ojo que tuvo quién quiera que fuese quien pensó en el o decidió cogerle para encarnar a Sean. El resto, como ya digo bien. Ninguno destaca ni por bueno ni por malo. En todo caso por tener el personaje más oscuro o más cabrón, pero eso es otra historia.

Impresionante esa pequeña historia paralela, con una cierta importancia, pero que pasa bastante inadvertida sobre el colegueo y la corrupción policial, ambas diferenciadas como concepto, pero ligadas muchas veces. El otro detective, Mountjoy (Colin Salmon) es el encargado de darle vida propia y personalidad a esas cualidades un tanto censurables.

Algo curioso y poco habitual es que una película te muestre por donde van a ir los giros de guión, pero que realmente sirva como excusa para despistar y que al final, aunque el giro comience por los derroteros marcados, acabe en un giro bastante diferenciado y que podías haber visto venir. Ese juego de despiste, en Freeze frame está realmente bien hecho.

Por otro lado, el uso y abuso de las tomas de las cámaras que le están grabando, hace que se pierda parte de la intensidad del film, al fin y al cabo ese tipo de tomas en una película donde en todas partes hay cámaras, es más bien un recurso fácil y no precisamente bueno. Que no se trata de no usarlo, sino de no abusar de ello. Esa falsa impresión de cutrez hace que todo pierda, porque todo el tiempo está ahí.

Con todo esto tenemos un thriller intenso sobre un tipo acusado de un asesinato que dice no haber cometido, encorrido por los individuos que en su día quisieron encerrarle, se recoge sobre si mismo en una obsesión violenta como la paranoia que le lleva a grabarse veinticuatro horas al día con la hora puesta para tener constancia de que hace y donde está a cada momento. La historia, cada vez más oscura y con los personajes más oscuros, va convirtiéndose en un intenso tira y afloja de Sean Veil contra el mundo para demostrar la inocencia que desde el comienzo afirma tener, respecto a aquellos que le inculparon y algunos otros que quieren atribuirle. Realmente interesante y curiosa, con una historia original y novedosa, con unos giros bastante interesantes, que te dan pie a saber en general el desarrollo, pero para nada los detalles, interesantes, y muy importantes.

Sean: Es lo que hace el asesino en serie; conservar los recuerdos. Lo dice en sus propios libros.