Entre la niebla

“El día amanecía envuelto en una espesa nieblablanquecina que cubría completamente el ambiente. Las cristalinas ydiminutas gotas de aguas se adherían por toda superficie y refulgíancomo diamantes bajo los apelmazados rayos de luz que lograbansobrevivir al persistente manto blanco que abrazaba la ciudad.

Aparté la vista de la ventana y me dispuse a abandonar el cobijo delreconfortante calor del hogar hacia ese triste ambiente. Era lunes, díade instituto, y la rutina volvía a su ser, únicamente coartada por elclima de este atípico día.

Al abrir la puerta, una oleada de aire helado golpeó mi rostro,hiriéndome cada una de las pequeñas gotas de agua helada. Apreté confuerza los párpados y me coloqué la capucha para  protegerme de latempestad que azotaba la ciudad, dispuesto a internarme en ella. Nohabía nadie en las calles, salvo unas cuantas sombras embutidas en susabrigos, siluetas que aparecían desdibujadas en la distancia. Todoparecía irreal, monocromado, salvo las luces rojas de los vehículos queapenas se atrevían a desafiar la niebla.

Seguí avanzando por la calle, oteando en el horizonte la parada deautobús. A lo lejos comencé a vislumbrar su estructura, acechando a losescasos viandantes que pasaban cerca de ella. No parecía haber nadie.

Con un último esfuerzo logré llegar a su cobijo, pudiendo al finbajarme la capucha y respirar hondo. Al otro lado había una únicapersona, una chica joven. Parecía ser también estudiante, pero nuncaantes la había visto. Su pelo, largo y liso, acariciaba sus hombros yse deslizaba sigilosamente sobre su espalda. Bajo la espesa nieblaparecía completamente blanco, pero su tersa piel desmentía su edad.Estaba embutida en su abrigo, con su mirada puesta en el suelo. Loúnico que se distinguía eran sus ojos. Parecía distante.

El tiempo pasaba lento, como si estuviese disputando una batalla deantemano perdida contra el clima. Empecé a repiquetear con mis dedossobre el frío metal grisáceo de la parada, perdido en mis pensamientos.Fue en ese momento cuando sus ojos se cruzaron con los míos. Eran de unincreíble azul eléctrico, los cuales aportaban la única nota de coloral ambiente, rivalizando con las dispersas luces rojizas del tráfico.Fueron apenas unos segundos, pero su mirada se quedó grabada en misretinas. Sus ojos reflejaban con fidelidad su alma. Mostraban tristeza,pero a la vez gran madurez y amarga felicidad. Eran sentimientosopuestos, pero que en ella parecían tener una profunda compenetración.

Ella volvió su mirada, pero yo no pude apartar la vista de donde apenasunos segundos antes habían estado sus ojos. Intentaba comprender esaextraña mezcla de sentimientos, ese abismo incomprensible tan biencomprendido sólo por ella. Sin embargo, algo en ella me invitaba adescubrir el significado oculto de su alma, de su mente. Parecía unmisterio que sólo yo pudiera resolver.

Volví a quedarme absorto en mis pensamientos, sin apenas atisbar larealidad. No veía lo que pasaba a mi alrededor, sólo sus ojos. Fue elchirrido de las puertas del autobús cerrándose lo que me hizo recobrarla consciencia. Miré a mi derecha, y ella ya no estaba. Mi vista siguióinquisitiva la trayectoria del autobús, que ya se alejaba calle arriba,con ella a bordo. Pero no era el autobús del instituto.

El resto de la mañana la pasé ensimismado, recordando sus ojos una yotra vez. No podía concentrarme, nada más acudía a mi mente. Terminaronlas clases y yo aún no había tomado apenas conciencia de su inicio. Medespedí prematuramente y me dispuse a partir de nuevo hacia mi casa.

La niebla no había cedido, pero el viento parecía haberse aplacadoparcialmente. Miré hacia afuera en el vestíbulo, y allí estaba ella.Abrí la puerta y contemplé desde las escaleras como comenzaba a subiral autobús. Por alguna razón ella echó la vista atrás y me vio. Denuevo nuestras miradas se cruzaron durante un tiempo que parecióeterno. De sus ojos mi mirada pasó a sus labios, los cuales mededicaron una leve y fugaz sonrisa. Y de nuevo me quedé sólo,contemplando la partida del autobús.

No entendía lo que me pasaba. Apenas la había visto, entremezclada conla niebla, pero no podía olvidar sus ojos azules. Eran un espejocargado de sentimientos, que ahora me inundaban y bullíandescontrolados por mis entrañas. Cerraba los ojos y volvía a verlaallí, en la parada, protegiéndose del frío, deslizándose suavemente sucabello blanco en la niebla, mientras yo escrutaba en sus ojos unapalabra que describiese su alma. No la encontraba.

Al día siguiente continuaba la misma niebla. Todo parecía repetirse. Micorazón latía sin control, esperando encontrar de nuevo a aquella chicaque tenía atrapado mi corazón. La busqué entre la niebla, y allíestaba, de nuevo en el mismo sito, en la parada. El autobús llegó, yella subió sus escaleras, dedicándome de nuevo una de susdesconcertantes y profundas miradas. Corrí hacia el autobús, pero nollegué a tiempo. Me quedé sólo una vez más, sin comprender missentimientos.

Llegó mi autobús, pero lo dejé escapar. Pasaron otros dos, que tampococogí. Me quedé allí sentado el resto del día, viendo sus ojos en cadaventana, en cada espejo, en cada gota de agua.

Los dos días siguientes ella no apareció. Esperé en la parada, sinsaber si realmente la había visto o era todo una ilusión producida porla niebla. La semana continuó inexorable, y yo me sentía cada vez másperdido. El viernes me decidí a cogí su autobús sin saber por qué. Algome atraía hacia ella. Mi corazón lloraba amargamente su ausencia.

En el autobús no había mucha gente, apenas cinco pasajeros. Todosparecían distantes. Me acerqué a una mujer morena en la tercera fila yla pregunté por esa chica. La describí sus ojos, su pelo, su sonrisa.La mujer dijo que siempre iba en ese autobús una chica joven de unosdiecisiete años que coincidía con la descripción, llamada Amy, caminodel hospital. El corazón me dio un vuelco. Por un lado exultante dehaberla encontrado, de saber que era real, pero aterrado de la razónpor la que iba todos los días en busca de ese amargo destino.

En la siguiente parada me bajé, en el hospital. Pregunté por ella enrecepción, y me enviaron al área de cardiología. Allí estaba ella,tumbada, igual de hermosa que como la recordaba, o imaginaba. Su pelorubio enmarcaba las delicadas facciones de su rostro, el cual mostrabala misma expresión misteriosa y serena que la primera vez que la vi.Sus párpados escondían sus increíbles ojos azules, pero no esa miradallena de dulce tristeza, amarga felicidad, paz desesperanzada. Acariciésu mano con ternura, pero ella no reaccionaba. Susurré su nombre concariño, pero no respondía. Un escalofrío comenzó a recorrer cada uno delos poros de mi piel.

Una mano me agarró con suavidad el brazo y me hizo recobrar la razón.Me di la vuelta y encontré a una enfermera que me preguntaba concompasión si era familiar suyo. Podía ver la angustia en su cara. No mehacía falta que me dijese nada para averiguar la verdad. Amy estaba enun coma inducido a expensas de un trasplante al corazón y le quedabapoco tiempo. Lo que nunca pude llegar a imaginar es que llevaba así másde un mes.

En ese momento el mundo se cayó completamente para mí. No podíacomprender nada. Ella estaba a punto de morir, pero para mí realmentenunca había vivido. Pero yo la había sentido tanto… ¿Lo había soñado?No, estaba despierto. ¿Lo había imaginado? No, era real. Ella me habíabuscado de verdad, ella había estado conmigo, me había regalado susmiradas cargadas de sentimiento, su sonrisa cargada de emoción. Todoera real, una irreal realidad, pero real.

Quiero que esta carta le llegue a Amy. Ella me buscó… Tú me buscaste,me pediste ayuda, o quizá fui yo quien te busqué a tí, y me diste lavida. Nunca me he sentido tan vivo. Ahora, más que nunca tengo unarazón para vivir, pero también para morir: darte la vida.

Este corazón ya no me pertenece a mí. Es tuyo, para siempre. Tú me hashecho sentir la vida, y es el momento de que tú la consigas.”

Amy cerró los ojos, dejando que las lágrimas resbalasen por susmejillas. El médico le había contado que hubo un accidente, unatropello por un autobús a un chico de instituto, de 17 años, donante,del que habían cogido el corazón. Más tarde llegó la mujer morena conuna carta que había encontrado en la parada.

Amy agarró con fuerza la carta y se la llevó al corazón.


Hasta aquí el relato. Espero que os haya gustado. Ahora voy a hablaroun poco de esta sección. Todos los relatos que escribo son fruto dediversas inspiraciones, y me gustaría hablaros un poco de qué es lo queme ha hecho escribir cada uno de ellos. Así que inauguro estsección queincorporaré a cada relato que realice.

¿Cómo se me ocurrió el relato?
La noche anterior había estado viendo la película de Silent Hill,y me gustaba el ambiente, con mucha niebla, hermoso, pero a la vezmisterioso y aterrador. Bueno, este relato de aterrador poco, pero sique conserva el ambiente surrealista y misterioso que caracteriza almundo creado por Konami en la saga de videojuegos.

Pero otra de las grandes partes de Silent Hill que contribuye acaracterizar tan bien semejante ambiente es la música. Akira Yamaoka,compositor de la saga, ha realizado un gran trabajo a lo largo de todoslos videojuegos, incluida la película. Promise, Theme of Laura,Forest… son muchas las canciones instrumentales que me parecensimplemente excelentes y concuerdan a la perfección con dicho ambiente.Pero fue precisamente una canción diferente la que me inspiró, una delas cantadas por Mary Elizabeth McGlynn (que aporta su magnífica voz acanciones como Room of and angel, I want to love y otras tantas muchas)la que me hizo escribir este relato.

Se trata de You’re Not Here. Es del Silent Hill 3, pero yo laconocí por los créditos finales de la película, y me encantó. Me lapuse una y otra vez, y me recordaba ese ambiente. Por ello decidí hacerun relato así. Pero no de terror, si no extraño, misterioso, de unamujer que, unida a ese surrealista entorno, marca la mente de ese chicoy le enamora sin siquiera haberla visto completamente. Y el final, ¿quéfinal sería? ¿El bueno, el malo o el UFO?

Créditos de Siletn Hill The Movie

You’re Not Here – Silent Hill 3 (Heather)

Este vídeo me resulta muy divertido. Está realizado con vídeos deljuego, utilizando escenas en las que habla Heather para que parezca quecanta, como si se tratase de un vídeo musical promocional. Lasincronización labial es espectacular. Mirad.

Yo necesito la música para escribir, y en este caso esta me ayudómucho. Para mí los relatos son como el cine. Cuando pienso en alguno lohago con música puesta y a modo de trailer, creando un ambienteespecial con las canciones. Y es que la música es uno de losprincipales métodos de expresar emociones y sentimientos. En el cine,una escena triste quizá no te encogería de tal forma el corazón si nofuese por los lastimosos acordes musicales que la acompañan. Y en laliteratura, para mí, es igual.

Leed el relato, escuchad la música y comentad ^^