El Instructor

Tarde o temprano llega el momento en el que abres los ojos y te das cuenta de todo. De lo que has sido, de lo que es y de lo que pudo ser y no fue. Si la vida te ha tratado bien, bueno mejor dicho si tú has tratado bien a la vida el volver la vista atrás no hará más que despertar la llama de la nostalgia, un buen puñado de recuerdos asaltarán tu mente capturando esos buenos momentos y reviviendo parte de esa felicidad adherente. 

        En cambio habrá muchos insatisfechos que al volver la vista atrás no harán más que lamentarse por las oportunidades perdidas, por no haber sabido escoger, por faltarles el valor para elegir en ocasiones. Todo un súmmum  de desdichas que les desencadenarán sin duda un par de sensaciones contradictorias: la rabia por contemplar una vez más como acabaron por debajo de lo deseado y el sosiego, por saber que al menos hubo un tiempo en el que tuvieron opción de ser algo más que boxeadores noqueados por los puños del destino.

        Si algo tienen en común estos dos tipos de individuo es que contaron a lo largo de toda su vida con una persona que les acompaño y aconsejo en toda elección, desde la más superflua a la más transcendente: un instructor. Alguien que trato de endurecer nuestro “yo interior”, de convertir cada nueva experiencia en una herramienta para nuestro aprendizaje. También estuvo ahí dándonos ánimos cuando más lo necesitábamos, bajándonos de las nubes cuando nos creíamos poco menos que dioses, recriminando nuestras malas acciones y haciéndonos sentir orgullosos por cada buena obra. 

        Está claro que tanto seas un tipo de persona u otra la gran parte de ese “todo” en el que te has convertido se lo debes a tu instructor y al buen desempeño (o no) de su función. Después de tantos años y momentos vividos creo que no estaría mal sentarnos a charlar un rato con él. ¿Qué decirle? Eso ya es una cuestión personal que lógicamente dependerá de cada uno, algunos le darán las gracias, otros le reprocharán los malos consejos y los menos se darán cuenta que siguen necesitándolo, ya que a veces pensamos que lo sabemos todo y es imposible que aprendamos nada más, siendo esto una clara evidencia de que el aprendizaje es algo intrínseco durante todo el desarrollo de nuestra vida. 

      Al menos así lo entenderán  aquellos que viven sabiendo que lo único que tiene que hacer para encontrarse con su instructor, ese responsable del todo o nada que han conseguido, es contemplarse ante un espejo y ser sinceros con uno mismo…  

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Sobre tu y yo …

 

Se supone que debería aprovechar este espacio para presentarme y hablar un poco de mi, pero sinceramente ¿que más da quien sea?. Puede que me conozcas o puede que no, es  indiferente ahora y siempre, sin embargo si espero que mis publicaciones no causen la misma apatía que esta sosa y manida presentación. 

Aún así puede que quede alguien con la dichosa pregunta de “¿quien eres?”, para ellos va dedicado esta pequeña cita de “Kafka en la orilla” que, a los que de verdad sintáis curiosidad, os responderá mucho mejor que cualquier estúpido nombre o descripción que podáis imaginar …  

“A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta. 

 

 

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. No. Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella.”