Recomendación de la semana: «Estudio en Escarlata»

Autor: Sir Arthur Conan Doyle

Año de publicación: 1887

 

La primera de la serie de las nueve obras publicadas sobre el celebérrimo detective Sherlock Holmes. Por esta saga de novelas detectivescas siento especial devoción, dado que fueron las que me introdujeron años atrás al apasionante mundo de la lectura.

Os recomiendo ésta en particular puesto que es el comienzo de toda una maravillosa sucesión de relatos cortos y novelas que a buen seguro os cautivarán si os gusta el misterio del bueno. De todas maneras, no hay inconveniente alguno en comenzar por cualquiera de las otras publicaciones, salvo el hecho de que siempre contaréis con una idea más vaga de lo acontecido anteriormente. Aún así, yo comencé por "El Sabueso de los Baskerville", pero sea como sea os invito encarecidamente a conocer en persona a este fascinante personaje desde la entrega que sea, ya veréis que es una grata experiencia.

Como prefiero que el libro hable por sí mismo en vez de hacerle yo continuos halagos, os dejo aquí con un breve fragmento que entrañan sus páginas:

 

"- ¡Miren! – exclamó triunfalmente.

Hedicho hace poco que no había papel en algunos sitios de la pared ; en un rincón, un gran pedazo de este papelhabía sido arrancado, dejando al descubierto la pared, sucia ymugrienta; en el muro veíase escrito con letras rojas y en caracteresburdos y groseros: RACHE.

-¿Eh?… ¿Qué piensan ustedes de esto? – dijo el policía tomando el tonode un saltimbanqui a la puerta de su barranca -. No habíamos vistoantes esta inscripción porque está, como se habrán ustedes fijando, enel rincón más oscuro de cuarto; pero el asesino, hombre o mujer, haescrito esto con su propia sangre, indudablemente; miren, miren cómo seha corrido la sangre a lo largo de la pared; este descubrimiento alejapor completo toda idea de suicidio. Ahora bien; ¿por qué ha escogido elasesino este sitio y no ha escogido el asesino este sitio y no otro?Muy sencillo: cuando aquella vela estaba encendida, éste era el rincónmás alumbrado del cuarto; lo contrario que ahora, que es el más oscuro.

– Bueno; ¿y qué os viene usted a demostrar con este descubrimiento? – preguntó Gregson irónicamente.

-¿Qué vengo a demostrar? Pues que alguien iba a escribir el nombre deRaquel y, que circunstancias fortuitas , no ha podido terminarlo;acuérdese de lo que digo: cuando se haya hecho la luz en este misterio,verá usted cómo una mujer llamada Raquel interviene en el asunto… Sí,sí; ríase, señor Sherlock Holmes; usted será muy hábil, muy malicioso,pero una vez más el viejo perro de caza ha ganado al joven…

-Dispénseme, Lestrade – dijo mi amigo, cuyo intempestivo acceso de risahabía provocado aquella salida del policía -. Reconozco desde ahora quea usted corresponde la gloria de haber descubrimiento esta palabra,que, como dice muy bien, no puede haber sido escrita más que por elsegundo personaje del drama de esta noche. Yo no he tenido aún tiempode examinar este cuarto, y con su permiso voy a hacerlo inmediatamente.

Yacompañando la acción a la palabra, sacó de su bolsillo un metro y unalupa redonda y se puso a examinar todos los rincones de la habitaciónsilenciosamente, parándose aquí, arrodillándose allá, y algunas veceshasta deteniéndose cuan largo era en el suelo.

Estole absorbía de tal manera, que parecía haber olvidado nuestrapresencia; se le oía de vez en cuando hablar en voz baja, dejandoescapar exclamaciones de rabia, despecho, alegría o gozo. Viéndole así,traía a la memoria un perro de caza cuando va de un lado a otropersiguiendo la caza, y que ladra de vez en cuando.

Estasinvestigaciones duraron veinte minutos. Tan pronto Holmes medía conminuciosidad extremada la distancia entre dos señales casi invisibles,como aplicaba el metro contra la pared para medirla por extenso. Una delas veces cogió un puñado de polvo gris del suelo y lo metió en unsobre. Por último, examinó detenidamente con la lupa los contornos delas letras escritas con sangre. Y acabado este examen, dio porterminada su investigación y se guardó el metro y la lupa en elbolsillo.

-Dicen que es hombre de talento el que se sabe dar importanciainconscientemente – dijo sonriendo -. No es cierto este axioma, pero sepuede aplicar perfectamente a los policías.

Gregsony Lestrade habían estado observando las maniobras de su colega concierta curiosidad no exenta de desdén; no comprendían lo que yoempezaba a adivinar: que los más pequeños actos de Sherlock Holmesconvergían a un punto determinado y definitivo.

– ¿Qué opina usted? – preguntaron a un tiempo los dos.

-No quiero arrebatarles a ustedes el mérito de resolver este problema -contestó mi amigo -. Y por otra parte, no necesitan que nadie se mezcleen sus asuntos, pues ustedes solos se bastan para acometer las másaltas empresas.

Estas palabras encerraban todo un mundo de ironía, que no comprendieron.

-Sin embargo, si quieren ustedes darme cuenta del resultado de susinvestigaciones, no tengo el más pequeño inconveniente en ayudarles enla medida de mis fuerzas. Quisiera hablar con el policía que hadescubierto el cadáver. ¿Podrían decirme dónde vive?

Lestrade consultó su libro de apuntes.

– Se llama John Rance – dijo -. Pero ahora está franco de servicio. Le encontrará usted en Kennington Park-Yate, número 46.

Holmes apuntó la dirección y me dijo:

– Vamos, doctor, vamos a buscar a ese hombre.

Después, dirigiéndose a los dos policías, añadió:

-Permítanme que les dé algún detalle que quizás pueda serles útil.Estamos presencia de un asesinato, y lo ha cometido un hombre; estehombre tiene de estatura un metro ochenta centímetros por lo menos, yestá en la plenitud de su vida; sus pies son pequeños con relación a suestatura; llevaba calzado vulgar de punta cuadrada y fumaba pitillos deTrichinópolis. Vino aquí con su víctima en un coche de alquiler decuatro ruedas, de un solo caballo, cuyas herraduras tres eran viejas yla otra completamente nueva. El asesino, casi aseguraría que essanguíneo; las uñas de su mano derecha son extremadamente largas… Esto,repito, no son más que detalles, pero quizás puedan ser útiles.

Lestrade y Gregson se miraron sonriendo con incredulidad.

– Si hubo un asesinato, ¿cómo lo han matado? ¿Con qué? – preguntó el primero.

-Por medio de un veneno – respondió secamente Sherlock, e hizo ademán deirse – ¡Ah! Una palabra, Lestrade – dijo en el momento de franquear elumbral -. "Rache" es una palabra alemana que significa "venganza"; nopierda usted el tiempo en buscar alguna Raquel.

Ydespués de haber disparado esta especie de "flecha de parto", saliódefinitivamente, dejando con la boca abierta a sus dos colegas, que lemiraban alejarse con ojos llenos de asombro."

 

 

Y recuerda…