¡¡Me ca*o en las pu****ras subastas!!

Así es amigos, hoy defeco en los ancestros de quienes inventaron esto del "adjudicado" y el subastar tentadores artículos a precios irrisorios (aunque no me quejara aquel día que conseguí un valioso pedal multiefectos para guitarra de 200€ a 40, pero ésa es otra historia…).

Resulta que me ha venido la vena otaku hace no mucho (que la tenía un poco descuidada), y decidí seguir algunas figurillas en esa página que, por no hacerle publicidad, llamaremos con el nombre ficticio de "Ibey". Sí amigos, allí estaba, como buen cazador, esperando la aparición de alguna oferta irrechazable cual presa herida…y apareció.

26 cm de tentación pura, modelado espectacular, acabados de infarto, la pieza clave que me faltaba para ser un buen amante del anime y de Evangelion:

 

*Pincha para ver en todo su esplendor

 

Ohhhhh Yeahhh! ¡Y LA PUJA ESTABA SÓLO A 1€ A 20 MINUTOS DE ACABAR! Rei Ayanami tenía que venirse a mi casa. Mis experiencias como curtido pujador me permitían saber que era preciso aguardar hasta el último instante para que el resultado fuera el esperado. Como un lince ibérico agazapado entre los matorrales, esperaba ese último minuto de gloria que me llevara hacia tan codiciado artículo. Mi presa estaba cerca:3 minutos…2 minutos…1 minuto, ¡había que pujar!

Rápidamente introduzco la cantidad de 3€ y aparece el mensaje: ¡ enhorabuena, eres el máximo pujador! "¡Toma ya!", pensé incauto, "esto está casi rematado". Refresco la página y…¡horror!: "te han sobrepujado, la puja actual está en 4€".

Maldita sea, había que actuar rápido…introduzco 4,10 € y…¡horror!: "te han sobrepujado, introduce 4,16€". Era el punto culminante de tan ardua batalla, mi esquivo y oculto rival alzaba su espada en alto al tiempo que yo hacía lo propio, dispuestos ambos a asestar el golpe de gracia. Mi última baza, introduzco 5,10 € y….

 

¿QUÉ COÑO ES ESTO?

 

"Te han sobrepujado, la puja ganadora ha sido 4,26€"

 

(….)

 

El maldito servidor tuvo algún tipo de problema con mi puja, o simplemente ésta se envió tarde aún quedando unos segundos por delante…no lo sé. Lo único que sé es que deseo que el ganador de la figurilla encuentre en ella uno de esos horribles defectos de fábrica que deslucen el resultado final, mientras yo me voy a llorar a un rincón sabiendo que por 5€ pude haber tenido una figura de 69€…

 

PD: así es la vida del friki, sí.

El declive de mi afición a los videojuegos

La sentencia del título de esta entrada es tristemente concisa, no deja lugar a la duda: hoy confieso al mundo que mi amor por los videojuegos ha marchitado hasta un punto preocupante.

Supongo que es parte del devenir de la vida, esa tendencia lógica al cambio que nos lleva a muchos de nosotros a evitarla en la medida de lo posible pero que, al fin y al cabo, acaba siendo juez que dicta sentencia sobre lo que somos, hemos sido y habremos de ser. Nuestra vida cambia, a mejor o a peor, en mayor o menor medida, con más o menos trascendencia para quienes nos rodean, pero siempre acaba cambiando. Esto es algo que yo llevo mucho tiempo intentando negar, pero llegado el punto en el que me hallo es difícil cuestionar la evidencia por más tiempo (al menos en el ámbito que ahora nos atañe).

Y es que si , en un caluroso día de verano, sin nada más productivo que llevar a cabo en estos momentos inequívocamente ociosos, mi ser no se ve satisfecho por ninguna de las propuestas que me ofrecen las decenas y decenas de juegos que he acumulado durante tantos años, entonces es que algo ha ido degenerándose hasta el punto de no ser lo que fue.

No existe ahora esa propuesta idónea que aparece en el momento idóneo, ya no surge de forma repentina esa vorágine de apetencias que te conduce hasta ese juego que antes colmaba tus ansias de jugar, ya no me visita desde hace mucho esa sensación de hallar en los videojuegos evocadores mundos y sensaciones maravillosas que la vida real me niega. Ahora ya no. El recuerdo es ahora más grato que el disfrute real de un juego, ya no concibo la posibilidad de sorprenderme o maravillarme con una propuesta, ya no me enamora ni el encanto visual más hermoso ni el planteamiento jugable o la historia más profundos.

Y no me enamoran no porque no lo desee, o porque no busque esas sensaciones incluso de forma deliberada, sino porque cualquier emoción que me suscite un videojuego es hoy en día tan efímera, y muchas veces tan poco comparable con las de antaño, que he llegado a dar por válida la explicación de que el hastío ha aparecido en mi vida.

Aún recuerdo con claridad cómo empezó mi andadura por este mundillo, su progresión casi imparable y siempre ascendente hasta llegar a una cúspide de sentimientos que muy pocas cosas lograban hacer germinar en mi interior. Recuerdo muchos de los mejores momentos de mi vida junto a un videojuego, cosa muy mal vista por regla general, y que sin embargo a mí me enorgullece sobremanera y me ha permitido asentar algunos de los peldaños que conforman lo que soy hoy en día (quizás no alguien perfecto, pero al menos sí alguien que cree que los videjuegos han aportado algo bueno a su forma de ser).

Lo que no me enorgullece tanto y no me gustaría tener que recordar, es como esa afición pura, transparente, fruto de inspiraciones y de momentos sublimes, fue tornándose poco a poco en absurdas discordancias con gente que probablemente conoció este hastío mucho antes que yo, en pérdidas de tiempo descomunales intentando defender ideas triviales en interminables batallas dialécticas, en pasar más tiempo hablando de juegos que jugando, en anclarme en detalles que antes no me impedían el disfrute de un videojuego y que ahora no puedo evitar tener en cuenta, en tener la sansación de haber jugado a todo y que todo está jugado.

Dudo que éste sea (espero) el final de esta bonita relación que dio comienzo con una Atari 2600 y que ha llegado hasta nuestros días trayendo consigo nombres como Shenmue (lo mejor que me llevo de este mundillo), Resident Evil, Street Fighter, Metal Gear, Sonic, Mario , Metroid, Final Fantasy y un larguísimo etc que por no resultar excesivamente cansino no ilustraré aquí. Espero, eso sí, que antes de que los videjuegos y yo nos divorciemos de forma definitiva, vuelvan a hacerme creer en su magia, en que pueden llegar a destilar arte y provocar más de un momento puramente emotivo (incluso más allá de la historia que nos quieran contar).

Hasta entonces, observo entristecido cómo no merece la pena intentar seguir buscando en ellos algo que, indudablemente, ya no me dan.