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El Sombrío Despertar

Escalaba la montaña de la isla flotante desnudo, saltandoentre las cornisas de roca impulsado por las alas que batía con frenesí,jadeaba, cubierto de sudor, los pulmones le ardían y los músculos acusaban elesfuerzo continuo, pero nada de eso le importaba. Quería coronar la cima paracontemplar con sus propios ojos lo que, en el fondo de su corazón, ya sabía.

Ya estaba cerca de la cumbre cuando, de pronto, se encontrócon una elevada pared sin puntos de apoyo. Impaciente, alzó el vuelo con lasfuerzas que le restaban. La ventisca le obligó a cruzar el umbral de suslímites para no verse arrastrado al abismo, pero finalmente logró alcanzar lacima, y exhausto, aterrizó de rodillas. Apenas se permitió recuperar elaliento, se incorporó y entonces la vio.

Frente a él, en los cielos se extendía una isla flotantecontinental cuyo perímetro era rodeado por otras islas menores a diferentesalturas. La cima desde donde la contemplaba era equiparable a la altura de laprincipal en su superficie, a la que superaba por poco. A lo lejos, cerca delcentro, más allá de los desiertos, ruinas y verdes prados, se extendía unamajestuosa ciudad blanca edificada sobre un lago sangriento que dibujaba lascalles entre los edificios.

El esplendor de sus construcciones hacía de la menor de lascasas un auténtico palacio de mármol blanco, las fachabadas estaban decoradaspor relieves e imponentes estatuas, y de ventanas singulares recubiertas por complejaspiezas de metal. Llegaban a extenderse más allá de donde alcanzaba la vista,dispuestas alrededor de los grandes templos, torres monumentales altísimas que desafiabanlos cielos. Sobre el centro de la ciudad había una isla flotante capital. Unpalacio esférico colosal con una gran abertura circular en la parte superior einferior, alrededor del cual giraban islas flotantes menores con castillos enforma de rombo, que extendían su fachada hasta la corteza inferior de la isla.

Contempló la ciudad bajo el sol del mediodía, brillaba en uncielo despejado de nubes con cinco lunas visibles de diferentes colores ytamaños. Las fachadas de mármol blanco reflejaban un resplandor rojizo del lagoseductor. Las variaciones arquitectónicas revelaban una ciudad de miles de añosen pleno esplendor.

En el centro de la ciudad, bajo la esfera, miró entre lastorres la plaza central. Una explanada circular de kilómetros de diámetro,bordeada por columnas gigantescas que culminaban en arcos de medio punto sobrelos que descansaba un gran anillo en mármol blanco decorado con solemnidad.

La contemplaba en busca de respuestas y de pronto, sintió sucorazón detenerse por la fuerte impresión de vacío que sacudió su alma. Quisogritar, pero no encontró aire en sus pulmones.

En el centro de la plaza se produjo una explosión quedevastó la ciudad por completo. Una cegadora esfera blanca se expandió en unparpadeo y superó el margen de la ciudad devorando incluso sus castillosflotantes. En la superficie se generó una ola salvaje de polvo gris pálido, queavanzaba a cientos de metros por segundo directa a él.

Consciente de que el sentido de su existencia había muertocon la ciudad, permaneció inmóvil a la espera de la ola, una bestia puesta enmarcha, que avanzaba precedida por un estruendo ensordecedor. Ante la cercaníade la cual cerró los ojos y abrió los brazos para recibirla.

Impactó contra él con una violencia desmesurada. Fuearrastrado por los aires al interior de la corriente. El calor llegado de laexplosión lo abrasó. El dolor, unido a la fuerza centrifuga de seguir girandodentro de la bestia, le hizo perder el sentido.

Despertó unos segundos después por la fuerte sensación decaída, contrastada con el frío de haber salido del crematorio. Abrió los ojos yvio sus propias alas en llamas. Apenas le quedaban unos jirones de carne yplumas sobre los cartílagos que también se le desprendían. Tres cuartas partesde su piel permanecían intactas, el resto era carne carbonizada lamida por lasllamas.

La fuerza de la ola golpeó la isla con tal fuerza que,herida de muerte, la inclinó en vertical propiciando su caída de los cielos. Lacara de la montaña desde la que contempló la ciudad era lamida por la ola, cadavez veía más lejos la cima, inmerso en un vertiginoso descenso al abismo sincontrol. Él caía ya por la superficie ceniza del valle anterior, cuyos bosquesy verdes prados habían sido calcinados. Apenas quedaban en pie algunos árbolessolitarios carbonizados aún humeantes.

A través de los huecos entre las capas de nubes, vio a lolejos otras islas flotantes menores en una situación similar precipitarse alabismo, cubiertas en sus propias cortinas de humo. Un espasmo de dolor lesacudió al sentir carne y hueso desprenderse de la espalda, sin comprenderhasta ver los cartílagos de sus alas distanciarse de él, al planear ligeramentearrastradas por los vientos.

Agotado de vivir hizo un esfuerzo final por juntar laspiernas rectas y los puños cruzados contra el pecho. Cerró los ojos y aguardósu final. Muy lejos, más allá de toda medida, el sol que nació con él en losalbores de la creación se extinguió.

Recobró la consciencia sorprendido de conservar el cuerpounido al alma. El cielo de islas flotantes era una silueta distante, oculta porla última capa de nubes a cientos de kilómetros de altura. La luz daba paso ala oscuridad. Se dio la vuelta para observar su destino, el abismo. Una esferanegra sin fin en el horizonte de un diámetro incalculable, que separaba ambasdimensiones, cubierta por un manto de grietas que se extendían por toda lasuperficie, de las cuales brotaba desde las profundidades una fuente de luzazul oscuro, que llegaba a reflejarse en la capa de nubes que había dejadoatrás con su vida.

Según las distancias se reducían, las pequeñas grietas seensancharon hasta dar cabida a una luna. Su caída en el interior erainevitable, mas no trató de impedirlo. Abrazó el destino que le había sidodesignado, de momento. Al aproximarse a la grieta pudo ver que los bordes quela definían se perdieron en el horizonte. Al penetrar en ella descubrió que lasparedes eran una masa orgánica negra iluminada por la fuente de luz azul oscuradel interior, cuyo centro era de una oscuridad insondable tan profunda que nose atrevió a contemplarla directamente.

Continuó su caída hasta perder la noción del tiempo. Privadode un sol o necesidades mortales que marcaran su transcurso. La única señal erala progresiva cercanía de los bordes, a veces tan lenta que estaban cada vezmás cerca uno del otro tan lentamente, que le daba la impresión de volver atráso permanecer en el mismo punto, hasta que después de una eternidad la nuevacercanía era indudable, a pesar de los cientos de kilómetros que aún separabanlos bordes.

Tras un agónico descenso de varias vidas, la distancia entrelos bordes pasó a ser de unos cientos de metros. Entonces, pese a la velocidad,observó que la materia orgánica que los formaba se movía lentamente medianteimpulsos. Esto reveló varias capas independientes de una transparenciavariable, que terminaba por ser impenetrable.

Las paredes uniformes dieron paso a siniestras hendidurascon frecuencia, fruto del movimiento de las capas, que formaban balconesnaturales con un techo de apéndices de entre varios a decenas de metros. Laprimera vez que vio un cuerpo alado estrellado contra un balcón se sorprendió.Luego paso a ser la auténtica medida del paso del tiempo. Comprendió lopremeditado del acto de arrojarse contra aquellos balcones, donde hallaban undescanso que no terminaba de llegar, evitando descubrir qué había después de lacaída, tal vez un nuevo comienzo de un dolor insoportable. Pero él, ante elpaso a la verdadera estrechez de la grieta, se movió de nuevo por primera vezdesde el principio de la caída para no estrellarse. Había perdido susrecuerdos, excepto los de la explosión de la ciudad, que revivía una y otravez. Tenía la certeza de que seguía allí por un motivo relacionado con ambossucesos y pensaba averiguarlo.

Cuando apenas le separaban diez metros de ambos bordes,descubrió horrorizado la existencia de ojos inhumanos negros entre los plieguestransparentes dibujados por el reflejo de la luz en rostros demasiadodistorsionados para discernir su forma. El eco de aullidos amortiguados por lasparedes al principio le hizo dudar de sí era fruto de su mente, pero erancriaturas atrapadas en las cavidades de la grieta. Ante el pensamiento de poderterminar así se situó en posición vertical por completo, para acelerar sudescenso.

La oscuridad terminó por adueñarse de la estrecha grieta,cuya proximidad podía sentir contra su piel por el sonido del viento que secortaba en las paredes. Casi privado de luz no se atrevió a moverse ni lo másmínimo, pues era consciente de que el menor error sería fatal. Aceptó elpensamiento a la espera de un desenlace.

Sin previo aviso, una fuerza desconocida implacable seintrodujo en él y antes de que pudiera reaccionar tiro de él hacía abajo. Talfue la presión ejercida que aceleró hasta llegar a un punto que, debido alcontraste entre la fuerza y el viento que cortaba su cuerpo fue inmovilizadopor ambas energías. Segundo a segundo, continuó aumentando la fuerza sobre él.Llegó a tal sensación de velocidad que escapo a su comprensión, hasta que uninstante después la superaba de nuevo.

La Presencia que ejercía tal fuerza sobre él cruzó la últimalínea cuando por la aceleración le separó de su propio cuerpo. Lo vio duranteun parpadeo vuelto de espaldas. Atónito, le tendió la mano atemorizado. Sequedó perplejo conmocionado, la comprensión le llegó por el brillo pálido quedibujaba su figura, la consciencia había seguido en el alma. Su cuerpo era unavaga ilusión que no podía recordar, con él se fue incluso la percepcióninconsciente de la pérdida completa de recuerdos que sufría. No le quedaba másque vacío en el interior del alma.

Seguía cayendo en un espacio abierto inundado de oscuridad,presa de La Presenciaque le atraía sin remedio a una velocidad constante increíble, justo en elpunto en que se había separado del cuerpo. Por los distantes rayosintermitentes, se imaginó que ahora caía por una especie de cielo abierto, enla oscuridad de un lugar que supo no era la primera vez que visitaba. Seesforzaba por recordar cuando un sonido imposible de olvidar traspasó su alma.Era un grito animal agudo de una intensidad y timbre desgarrador. Le horrorizóel mero hecho de imaginar la bestia capaz de generar semejante sonido.

Un rayo la dibujó parcialmente un instante por encima de él,era una bestia alada enorme que navegaba por los cielos con una furia terrible.Aún habiendo visto apenas una pequeña porción de la silueta supo del horror queocultaba la oscuridad. Nada, ni siquiera en lo más profundo de sus recuerdosperdidos era semejante. Volvió a emitir su grito, sin poder evitar revivirlo alpercibir la vibración de las alas cada vez más cerca de él, en una danza con unúnico final.

El oscuro fondo cobró luz de pronto. Se adentró en unaespiral de niebla, en la que giraban alrededor de él cientos de imágenesanimadas de su vida. Cuadros que visualizaban los recuerdos arrebatados, unosrecuerdos que jamás regresarían. Desolado se dio cuenta que La Presencia, según leperseguía, los aniquilaba entre sus garras uno a uno. Aunque llegará aalcanzarlo por entonces carecería de importancia. Todo cuanto era seríadestruido antes.

Por primera vez y con auténtica determinación se enfrentó ala fuerza implacable que lo atraía. Entonces, por la presión adicional que lellegó desde encima, supo que LaPresencia, la bestia alada sobre él, era la fuente de lafuerza que lo impulsaba hacía la destrucción. Se resistió a ella sin lograralterar la velocidad. Con un tremendo esfuerzo logró estirar la mano milímetroa milímetro, en una lucha que se prolongo eones hasta alcanzar una imagen.

Una cálida luz cegadora le transportó lejos de la oscuridad,a un lugar muy distinto. Flotaba por encima del suelo en medio de una puertacolosal, estaba en un templo de piedra gris de una escala que hacía al hombreinsignificante. En el exterior había un porche con una fila de columnasinmensas, que sostenían a cientos de metros más arriba la parte exterior deltecho. Tras él, un río de escalones escarpados conducían a un valle.

El cielo mostraba un atardecer naranja, salpicado porcientos de explosiones continuas en el horizonte. Se libraba una batalla entodo el mundo. Bajó la vista viendo entre los escalones un mar de hombresmorenos alados, vestidos con una armadura roja ligera, masacrados, en un charcode su propia sangre que corría por los escalones

Desde el primer escalón hasta el fin del horizonte, toda lasuperficie del valle era una entidad viva en movimiento. Un ejército demillones de guerreros avanzaba paso a paso lentamente. Subían las escalerascamino del templo en silencio y con precaución. Las primeras filas hasta dondellegaba a ver con claridad eran una abominación. Criaturas mecánicas de figurahumana de tres metros de altura, protegidas por una armadura pesada negra, conpiezas menores plateadas por encima. Blandían espadas enormes de dos metros yescudos igual de grandes. Sus cascos impersonales le miraban fijamente con suúnico ojo rojo. Tenían el cuerpo cubierto de sangre que supo perfectamente dedonde provenía.

Detrás de ellos había una horda de figuras humanas, o eso lepareció. Portaban armas y gritaban a las criaturas mecánicas que avanzaran.Estás empezaron a subir los escalones ágilmente en formación, dispuestas aluchar.

Unos pasos metálicos resonaron con estrépito desde elinterior del templo, y por la acústica se escucharon en el exterior. Elejército entero se paralizó. Los pasos eran lentos, firmes y seguros. Tras uninterminable minuto la figura pasó por debajo de él y se plantó en el porchepara contemplar el horizonte a sus pies.

No encontró las palabras adecuadas para describir tanimponente criatura. Vestía una armadura negra pesada cargada de detallesmacabros, de superficie irregular y elegante con relieves, figuras y símbolosgrabados en ella en una composición muy compleja. El metal oscuro reluciente sedividía en pequeñas escamas plegadas unas sobre otras. Por los codos, la partefrontal exterior del hombro, cerca del cuello y la trasera del omoplato salíandesde ellas apéndices. Afilados colmillos gruesos en la base de 30 centímetros dediámetro. El cuello de la armadura ocultaba la cabeza entera hasta la altura dela boca, salvo por la parte frontal. Ocultaba el rostro con una máscaraplateada que no veía al darle la espalda, que le cubría por completo la cabeza,excepto por la parte de la nuca y el cuello. Por una abertura diagonalascendente permitía la salida de una melena castaña oscura con hebras de plataque se perdía oculta bajo la gran capa negra de cuero grueso, que llegabaarrastrar por el suelo. Llevaba dos objetos en la espalda, cruzados endiagonal, de los que tan sólo era visible una pequeña parte. El izquierdo eraun cetro de madera negra nudoso, coronado por una garra de tres apéndices quemantenía flotando en su interior sin tocarlo un orbe de veinte centímetros dediámetro, en cuyo interior había un mundo de miles de islas flotantes quegiraban en torno a una pequeña esfera negra. Dicha esfera emitía un pequeñodestello blanco que bañaba la figura del bastón. Por la derecha sobresalía laempuñadura negra de una espada siniestra cuyos detalles hablaban de poderesnacidos en la primera noche, con una hoja espectacular, que parecía forjada conel colmillo de una criatura ancestral. Emitía una oscuridad que devoraba la luzcercana a ella, que hacía de su verdadero aspecto una figura distorsionada.

Todo él irradiaba unasensación de muerte inminente a su alrededor. El ejército lo miraba nervioso,algunas criaturas de la primera fila avanzaban y retrocedían inquietas, sinatreverse a dar un verdadero paso adelante. Él lo dio, la fila cercana a élretrocedió tensa y alerta a cada paso suyo. Crearon un arco de espacio libre entorno a él, que llegó a las escaleras y continuó la marcha. El ejército separalizó, los gritos de los humanos tras las criaturas las empujaron, rompieronla formación y se lanzaron en avalancha hacía él, que continuaba bajandoescalón a escalón con una calma perturbadora.

Justo cuando se abalanzaban sobre él la imagen del recuerdose distorsionó por el cercano grito de La Presencia. Revivióla visión de la bestia alada. Asustado, se separó del recuerdo y retornó a larealidad. Libre de la imagen del recuerdo, volvió a caer en el preciso instanteen que unas garras terribles la sesgaron en pedazos frente a él. La Presencia volvió agritar ese sonido agudo estremecedor enojada por su fracaso. Remontó el vuelo yse lanzó en picado directo a él. A su paso cortaba las imágenes con lasafiladas alas sin perderle de vista. La fuerza implacable volvía a tirar de él.Incrementó la aceleración hasta el máximo anterior a pasos agigantados, pero nolo suficiente. La presencia le recortaba terreno rápidamente. Cada vez máscerca por primera vez, gracias al reflejo de los rayos en su carne se hizo unaverdadera idea de su envergadura. A unos escasos metros de atraparlo ocupababuena parte del cielo sobre él. La cabeza, fuente del grito estremecedorsuperaba en mucho su propio tamaño. Sin esperanza la miró desafiante, impasible,dispuesto a conservar lo último que le quedaba, la dignidad. La masa negra decarne se abrió para devorarlo, pero a escasos centímetros de entrar en ellaempezó a distanciarse. Su velocidad había superado el propio techo físico de La Presencia, que luchabaen vano por atraparlo. Embargado por las emociones no pudo impedir un estallaren carcajadas de jubilo.

La Presencia se rezagó hasta perderla en el horizonte,entonces la percepción del tiempo se tornó confusa. La espiral de imágenes conrecuerdos seguía de compañera en su caída, a veces se preguntaba cuánto tiempohabía llegado a vivir para contener tantos recuerdos en su interior, cuando enapenas unos parpadeos pasaban los de una vida mortal. ¿Quién era él? Tuvo lacerteza de que nunca más volvería a saberlo con seguridad. Pensó en el recuerdoque le quedaba en el templo, frente a aquel ejército infinito que le temía. Síél era ese hombre, cuánto tiempo había pasado y qué sucesos le habían conducidoaquí. Lo desconocía. Quería saber más, le tentaba la idea de tocar otra imagen,pero los gritos de LaPresencia se lo impedían. Sabía que aún lejos de él sí volvíaa detenerse lo atraparía. Esperó y esperó hasta que el grito se transformó enun vago eco en la distancia. Entonces, aún cuando estuvo seguro espero más,porque dudaba de todo menos de la inteligencia de La Presencia.

La espiral dio paso a una fase en que las imágenes secomponían de débiles colores fríos que parpadeaban a punto de desvanecerse.Faltaba poco para el fin de la caída, lo intuía y lo supo al ver muy a lo lejosel reflejo de un rayo en el propio suelo. Volvió a desafiar a la fuerzaimplacable, esta vez la resistencia fue mucho mayor, apenas podía moverse loimperceptible. Al ver el final de la espiral dio todo por alcanzar el últimorecuerdo y gritó de dolor entre parpadeos de la luz de su propia alma heridapor el esfuerzo, pero logró tocarlo.

Se desvaneció hacía el amanecer, tuvo una visión borrosa enla que él apenas era una sombría figura. Caminaba por un puente de metal, cubiertode nieve y hielo por encima de las nubes, con el sol despuntando de un nuevodía. Entre los huecos de las nubes vislumbró un mundo glacial de nievesperpetuas. Frente a él, una torre de metal en ruinas se alzaba hasta perdersemás allá de la atmósfera. Era un coloso circular de kilómetros de diámetro, conuna fachada irregular formada por grandes piezas de metal, unidas unas sobreotras al cuerpo central, todas ellas compuestas por enjambres de seccionesindependientes sin apenas ventanas. Había a diferentes alturas muchos otrospuentes igual al suyo, que salían de la torre para terminar directos al cielo.Camino de la entrada, el viento helado trajo consigo un manto de flores rojizasque empezó a caer sobre él, salpicaba el puente con cálidos copos rojos.Conforme se acercó a la puerta abierta, una figura salió a su encuentro.

Él mismo se soltó del recuerdo, que no era tal, si no de unfuturo muy lejano. Intuyó que las respuestas que iba a obtener con esa figuraeran la trampa definitiva y fue así. Volvió en sí con La Presencia encima de él.La súbita salida de la imagen enloqueció a la fuerza implacable que lo catapultóde golpe al suelo. Se detuvo en seco a escasos centímetros de él. Había uncuerpo desnudo estirado en negras arenas. Era un hombre de apariencia joven,alto, de edad indeterminada. La piel, excepto por las partes carbonizadas,rebosaba una vida recién extinta. El rostro era poderoso y elegante, defacciones marcadas y nariz afilada, que contraponía ciertos matices de juventudcontra la edad insondable de una mirada vacía en sus verdes ojos. La melenacastaña oscura, con hebras de plata, se mezclaba con la arena. Era él mismo, elhombre de la batalla, el hombre del futuro, el cuerpo que le había acompañadodesde la explosión en la caída, aún sin vida, sin apenas recuerdos y muydesmejorado lo reconoció. Lo miró fijamente, ansiaba regresar a él y averiguarel por qué de todo esto. De pronto él le miró y al instante se vio mirando aloscuro firmamento desde su interior, en el preciso momento en que las garras deLa Presenciase cerraron donde había estado su alma un segundo antes.

Contempló la oscuridad con la inexplicable sensación deexistir en un cuerpo muerto, dispuesto a emprender un viaje que le ocuparía unmillón de años, en busca de quién fue y sería en un mundo terrible ydesconocido.

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