Sin categoría

El Cantante de la Muerte. Capítulo II: Juego Duro – Relato de Ciencia Ficción Épica

La cantante seguía cantandocon tal confianza que el publico no perdió la esperanza, al contrario, coreabanánimos para el Singer, quién para sorpresa de los motoristas, sin soltar elmanillar con la mano izquierda, desenfundó un revolver. Un anacronismo de un arcaicopasado en el que las armas eran de munición sólida, que hizo esbozar una sonrisa deburla en los rostros de los motoristas, craso error.

Enardel disparó a la cabezadel motorista más cercano. Su escudo de energía parpadeo deteniendo la bala,pero fue incapaz de amortiguar la fuerza del disparo de un revolver desemejante calibre, que arrojó al motorista contra el asfalto, donde sin llegara detenerse fue atropellado por un coche.

Cinco disparos después eltráfico de la vía se detuvo, debido a la colisión múltiple que produjeron seismotos caídas alrededor de cadáveres aplastados. El líder de los motoristassaltó por encima de los vehículos accidentados, espada de energía en mano,directo hacia Enardel con la locura dibujada en su rostro. Enardel enfundó elrevolver y le hizo un gesto retándolo a alcanzarlo.

El líder de los motoristassobrepasó los 350 Km/h.Ambos adelantaban a los demás coches como dos sombras borrosas, dibujandolíneas de luz con sus faros traseros. Cuando alcanzó a Enardel, lanzó un cortedirecto al cuello que esquivo agachando la cabeza en el último instante. Losataques eran continuos mientras la velocidad aumentaba, hasta que por fin lotuvo a su lado sin escapatoria. Lanzó un corte horizontal contra la cadera delSinger. Éste le esbozó una leve sonrisa e hizo saltar a la moto. El escudo dela rueda delantera rompió la espada de energía en mil pedazos, mientras la motosaltaba por encima del coche que tenían enfrente. El líder de los motoristas nisiquiera lo vió antes de chocar contra él, murió en el acto.

Bajo el sonido de nuevasmotos llegando por detrás, Enardel recargó el revolver con sangre fría yconsultó el cronómetro: 3.17 minutos. El estruendo de sirenas militaresprecedió al rotor de dos helicópteros de combate militar, que ascendieron desdela parte inferior de la ciudad hasta superar la autopista flotante. Ambosordenaron con potentes micrófonos a todo el tráfico que se detuviera o seríanvíctimas del fuego amigo. Entonces superaron a los motoristas y se situaron ala cola de Enardel.

No hubo la menor advertencia,exceptuando el pitido de las ametralladoras láser pesadas al cargarse. Untorrente de lluvia láser perseguía a Enardel. La autopista flotante temblabamientras se hacia añicos y se hundía en las nubes bajo ella. Enardel seguíaesquivando los disparos con movimientos imposibles. Haciendo caso omiso a lainminente curva a la izquierda, pulsó el botón del turbo sin desviar su rumbo.La calzada a los pies de la moto caía a su paso hacia el vacío.

Cuando los artilleros de loshelicópteros armaban sus mísiles, la imagen dió paso al Senador Mossul en plenodiscurso. Su gesto de suficiencia se contrario al ser interrumpido por uno desus agentes, que le susurraba algo al oído mostrándole un video con unapantalla de mano, que retransmitía en directo la histeria colectiva de losestadios. En especial el principal, situado en la estación especial, donde el ejércitohabía sido enviado a sofocar un presunto golpe de estado. Mossul clavó unamirada desafiante a las cámaras de holovisión.

Enardel aceptó el desafio clavandosu mirada en la pantalla gigante de holovisión de la autopista flotante frentea él, justo antes de la curva a la izquierda. El corazón de todos losespectadores se detuvo al verle saltar por encima de la autopista flotante,directo al rostro del Senador Mossul en la pantalla de holovisión. Los helicópterossin dejar de disparar sus ametralladoras láser disparon sus misiles contra él.

La moto atravesó la pantallade holovisión flotante cuando los misiles la alcanzaron. Continuó volandotransformada en una bola de fuego directa hacia un rascacielos. El publico delestadio grito aterrorizado por el espectáculo, hasta que el Singer, protegidopor su escudo, de las llamas a su alrededor, se puso en pie sobre la moto y larecorrió dando el salto final

La moto explotóviolentamente en llamas contra la fachada del rascacielos. El Singer aparecióentre ellas corriendo por la fachada de espaldas al vacío, gracias a losgeneradores de gravedad de su cibertraje de combate, que trasladaron su eje deatracción a la propia fachada.

Los dos helicópteros alavistar al Singer, dispararon de modo indiscriminado contra él, sin importarlesla gente del interior, mientras iniciaban el ascenso vertical.

Enardel interrumpió suascenso y se impulsó directamente contra los helicópteros para detener lamasacre. El público pronunció un grito ahogado al verlo arrojarse contra las hélicesdel primer helicóptero. La imagen saltó a la cabina de los pilotos del helicópteroque gritaban de júbilo. El diablo se había suicidado contra sus hélices.

Fue entonces cuando la risadel piloto se transformó en agonía. Una espada de energía roja se había clavadoen su pecho desde el exterior de la ventana izquierda. Sobre el ala izquierdadel helicóptero la empuñaba Enardel con una mirada implacable. Al extraerla arrancó restos delcristal mezclados con la sangre del piloto muerto. Antes de que su compañeropudiera reaccionar desenfundó el revolver, y vació el cargador entero a travésdel cristal roto.

Impasible a la caída libredel helicóptero sin pilotos que giraba sobre si mismo, el Singer miró fijamentea la micro cámara voladora, recargó el revolver, y coreó a la cantante,respondiendo que Alice merecía su planeta su libre de las garrasde su asesino.

Saltó a la fachada justo enel instante que su helicóptero chocó con el segundo perseguidor, produciendouna explosión devastadora, de la que surgió de nuevo escalando la fachada delrascacielos.

Según ascendía el Singer,inició una nueva canción dedicada a Miranda, la hija de Alice. Su voz reflejabael extremo esfuerzo que realizaba al cantar y escalar corriendo el rascacielosal mismo tiempo. A lo que se sobrepuso gritando con más fuerza y claridad, parala estrofa en que decía que Miranda merecía un mundo más justo donde crecer quesu madre. La orquesta entono un compás épico y la cantante tomo el relevo,continuando la segunda parte de la canción, hablando de la vida de Mirandodesde la muerte de su madre. Una vida de tristeza, soledad, silencio y opresiónque terminaría hoy. El público la coreaba enloquecido acompañando la melodíacon sus palmas.

El Singer coronó la azotea con un salto mortalimpresionante, que lo catapultó a la otra cara del rascacielos directo alvacío. Según caía activó el modo invisible del cibertraje de combate, y aterrizóen el techo de un coche volador. Antes de que el conductor se preguntará queocurría se deslizo al vacío, volviendo a caer sobre el techo de otro cochevolador que conducía por una aeropista. A cada salto al vacío, la ciudad de lasuperficie bajo las nubes se hacía un poco más grande.

La cámara se volvió a laescuadra en “V” de cinco helicópteros de combate que avanzaban directos aEnardel. Recogiendo la voz del coronel al mando que informaba a los oficialesde las condiciones de la misión. Llegaba el momento de jugar duro.

Continúa en: Capítulo III: Bailando con la Muerte

Capítulo Anterior…El Cantante de la Muerte I: Cinco minutos para salvar al mundo

Entrada Anterior:

Drácula I – Bram Stoker

Gamefilia