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Presagio – Autor: DarkOuterheaven

Presagio

Eleanorabrió los ojos. Estaba manchada de barro y algo magullada, pero viva a fin decuentas. Inmediatamente supo que había vuelto; aunque se escondiera en elrincón más apartado del mundo, Él volvería a encontrarla. Podría cerrar losojos tan fuerte como quisiera, arrullarse en cualquier lugar, abrazarse fuertey apretar los dientes, que no serviría de nada: Él volvería a perseguirla, ycómo no, atraparla.

La chiquilla llevaba lo que antañohabía sido un bonito vestido, que con el paso del tiempo, se había tornadodescolorido y raído. Y encima estaba manchado de barro. Se irguió,desorientada, y por fin comprendió donde había venido a parar. Reconoció almomento el bosque de encinas al que mamá la llevaba de pequeña. Pero ya teníasiete años, su abuela ya le decía que casi era un mujercita, y como tal debíacomportarse. Se prometió no llorar.

Cuando se levantó, respiró hondo, ysus pequeños pulmones se llenaron de la fragancia del bosque. Olía a tierrahúmeda, a flores, a agua… vagamente recordaba que había estado días lloviendo,y el cielo grisáceo y cubierto así lo confirmaba. Guardó silencio por unosinstantes, y además del canto de los insectos y el aleteo de los pájaros,escuchó el fluir del agua a su espalda. Un riachuelo discurría por allí. El rumordel agua le recordó que tenía mucha sed, pero le aterraba la idea de deambularsola entre la oscuridad provocada por la sombra de los árboles. ¿Qué haría unamujercita en su lugar? Por supuesto que no tendría miedo, se acercaría al aguay se quitaría toda esa mugre, hasta quedar reluciente como la princesa dealguno de sus numerosos cuentos. La abuela estaría orgullosa de ella.

Cuando llegó a la orilla del río,vio un calmado remanso que partía del mismo. Las aguas bajaban cristalinas. Elsimple sonido de la corriente la tranquilizó, y al acercarse al agua el río leofreció su reflejo. Tenía ojeras bajo sus preciosos ojos azules; su melena depelo castaño, ayer sedosa, estaba apelmazada y llena de hojarasca. Las pecasque normalmente lucía en su tez blanca ni siquiera se veían; en su lugar habíauna capa parduzca de origen incierto. Lo que menos le gustó fue el corte quetenía en el labio superior. Ya no le dolía, pero lo tenía hinchado, y le afeabasu inocente rostro. Agachándose, se aseó con las frías aguas provenientes delas montañas. Ya se estaba sintiendo mejor, y llegaba la hora de emprender elcamino a casa.

Ni siquiera un mínimo rayo de soliluminaba el bosque. El aire, cargado de humedad, estaba frío y pesado. Habíaempezado a levantarse una molesta neblina, e incluso los pájaros dejaron decantar. A pesar de conocer el bosque, se sentía absolutamente perdida. Sabíaque una vez traspasara los límites de la arboleda encontraría una carreterasolitaria que le llevaría a casa de tía Marta, no tendría más que andar hastadar con ella; pero el verdadero problema era salir de ese bosque, que segundo asegundo se volvía más extraño y amenazador.

—Oh… ¿dóndeestoy? —deseó con todas sus fuerzas poder hablar con los animales, como hacíanlos personajes de sus historias favoritas. Pero bien pensado, de un momentohabía desaparecido cualquier animal con el que hablar. En el bosque no se veíamás que las centenarias encinas, y la niebla.

—¿Alguienme oye? —gritó, pero sólo obtuvo el silencio por respuesta—¡Por favor, quealguien me ayude, estoy perdida! No puedo quedarme aquí sola, o…

—¿O vendrá Él,verdad pequeña?

—¿Hola?—buscaba a izquierda y derecha, desorientada.

—Vaya…perdóname pequeña, no te he saludado. Hola, y encantado de conocerte. —Eleanorseguía buscando, sin conseguir determinar de quien era la voz profunda yquebrada que se dirigía a ella. Finalmente la pequeña consiguió ver al poseedorde tan extraña voz, y la sorpresa hizo que sus piernas temblaran de emoción, yen parte, de miedo. Por unos momentos, se quedó sin habla.

—No tengasmiedo amiguita, dime algo —dijo el ser con tono conciliador— tu mamá seguro quete enseñó a ser educada, y a contestar cuando se te habla, ¿verdad? —Por fin Eleanorconsiguió reaccionar, y articular con dificultad algunas palabras.

—Ho… hola…¿eres un árbol?

—Soy muchomás que “un árbol”. Yo soy la voz del bosque, mi niña.

—Pero… silos árboles no hablan. —La niña miraba descaradamente a su interlocutor. Erauna enorme encina; sobre sus ramas parecían descansar un sinfín de años. Suancho y antaño poderoso tronco aparecía encorvado por el inevitable paso deltiempo. Un halo casi mágico envolvía a la mística criatura.

—Ya te hedicho que no soy un árbol corriente, pero creo que tú, pequeña, aún no puedescomprender quien realmente soy. Y aún así me has llamado, muy valiente para unachiquilla de tu edad.

—Disculpe,señor, pero… yo no le he llamado…

—¿Esocrees? Mmmm disculpa a este viejo, creo que el paso de los años me está dejandoalgunos achaques. —el ser se dirigía a Eleanor casi con dulzura— Ah, y puedesllamarme Galon.

—¡Galon!Que nombre más bonito. —Eleanor empezaba a calmarse, incluso disfrutaba con laconversación que su nuevo amigo le brindaba.

—Galon… —laniña titubeaba— creo que me he perdido, y me preguntaba si podría ayudarme—dijo, sonrojándose.

—Porsupuesto, pequeña. Aunque me veas aquí plantado, este bosque tiene muchos ojos,muchos oídos —afirmó Galon—, cuántos años viendo a la vida abrirse paso, tantasformas diferentes. Apenas recuerdo cómo llegué aquí, ni siquiera de dondellegué. Soy muy viejo, pequeña, muy viejo… si, eso es seguro. Mis años no mepermiten merodear, como antes, qué tiempos aquellos. Pero me quedan muchospequeños bribones, que hacen el trabajo por mí. Ardillas, conejos, hormigas… ¿tegustan las ardillas, pequeña?

—Si, mucho.—Eleanor no sabía cómo encauzar aquella conversación, que parecía no llegaría aningún lugar.— Entonces, ¿me ayudará? —preguntó ansiosa.

—Claro,creo que me fui por las ramas —dijo el árbol, y de su tronco surgió una risasuave, pausada y grave—. Dime pues, donde quieres llegar.

—La verdades que me gustaría ir a casa y ver a mamá.

—Meencantaría indicarte como, pero sabes bien que no puedes, Eleanor.

—¿Por quéno? Mamá debe estar muy preocupada —la niña empezó a sollozar.

—Sabes queÉl está allí, no puedes dejar que te haga daño otra vez, Eleanor. —La niñaestaba desconcertada. ¿Cómo podía saber Galon dónde estaba su casa, o cómo sellamaba? Estaba asustada, además sabía que Él podría estar buscándola aún. —encasa es dónde más fácilmente te puede encontrar, y tu no quieres que te hagadaño. Quédate con nosotros, aquí estarás segura. Tu madre sabrá arreglárselasmuy bien, por favor Eleanor…

—No… nopuedo —las lágrimas resbalaban por sus mejillas— ¡tengo que irme, mamá me debeestar buscando!

—Obedéceme,Eleanor, y aquí podrás descansar por fin… con nosotros estarás muy bien, te loprometo. Mira a tu alrededor, esto es un paraíso… —Eleanor estaba confusa, sóloveía niebla, y el silencio amenazador de la arboleda le provocaba escalofríos.

—¡Tú noeres mi amigo, eres un mentiroso! —gritaba enfurecida y asustada.— No quieroverte nunca más, ¡seguro que quieres que Él me encuentre!

—¡Eleanor,no! —dijo Galon alzando la voz, pero ya era tarde. La pequeña figura correteabaentre la niebla, ajena a los gritos que el propio bosque le lanzaba. Repetidasveces dio con su cuerpecito en el suelo, hasta que al final, se perdió de lavista de Galon.

—Hasta lapróxima, y suerte, amiguita— susurró.

Eleanor perdió por completo el sentidodel tiempo, y del espacio. Creía llevar días vagando por entre los árboles,escuchando el crujir de las hojas secas, y viendo tan sólo a algunosanimalillos recelosos, que rápidamente se escondían de su vista. Intentabaandar en línea recta, sabiendo que así alcanzaría el margen de la carretera.Por enésima vez vio el mismo árbol, la misma roca, las mismas pisadas. Eldesánimo la embargó. Estaba tan exhausta que ni siquiera podía llorar, ni gritarde impotencia. Andaba como una autómata, mirando al frente, cuando le parecióver una luz esquiva, quizá los faros de un coche.

—¡Mamá!¡Mami!—gritó hasta que le faltó el aliento, mientras corría desesperada hacia la luz.Conforme iba avanzando, le pareció que la niebla se disipaba. Alcanzó a ver lachimenea humeante de una casa, precisamente el hogar de tía Marta. Su casaestaría tan sólo a unos metros, por fin. Y Él no había conseguido encontrarla.Todo iba sobre ruedas. Como una exhalación llegó calle arriba, hasta quefinalmente halló la puerta de su casa. Cruzó el camino rodeado de céspeddescuidado. Empujó bruscamente la puerta; estaba abierta. La alegría ladesbordaba, y con una sonrisa que iluminaba su pequeño rostro, entró en buscade su mamá.

—¡Mami!¡Porfin estoy aquí, mami!

—¡Eleanor,no! —su madre intento evitarlo, pero ya era demasiado tarde. La niña quedóparalizada el instante, no podía creer lo que veían sus ojos. Su mamá estaba enel suelo, con su bata rota, enseñando su piel castigada. Tenía moratones en lacara, y sangraba por la nariz y la boca. Pero Eleanor apenas si vio esto: y esque allí estaba Él. Aquella bestia, con la cara contraída por la furia, alfinal la había encontrado, y además le había hecho daño a su madre. Cuando Élla miró, sintió como una fuerza extraña se apoderaba de ella, una fuerza muchomayor que el pánico, más intensa que el odio; sus ojos desorbitados aúnalcanzaron a verlo a Él, acercándose a ella con los puños apretados y la bocatorcida en un feo gesto. En medio del caos, e intentando oponerse a la fuerzaque se arremolinaba en su interior, la niña habló.

—No… papá,no… —y acto seguido, como una marioneta cuyos hilos manejaba el destino,emprendió a correr sin rumbo y sin conocimiento…

No se sabe cuanto tiempo más tarde,la niña despertó. Aturdida, miró a su alrededor, mientras que en su narizentraba un olor más que conocido. Al erguirse, escuchó una voz quebrada, que ledijo:

—Sabía quevolverías, mi pequeña, sabía que volverías…

Comentarios de Lester Knight: Quiero agradecer al amigo DarkOuterheaven su colaboración, en el que ha sido el relato cuyo final más me ha entristecido. Felicidades por un uso tan poco frecuente de la fantasía, donde un inicio al uso se transforma en un recuerdo de que el peor monstruo es el hombre, y del sufrimiento por el que pasan algunas familias por culpa de hombres que no merecen ser considerados humanos.

¡Un abrazo!

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