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Remdall – Duelo al Sol – Capítulo I – Tormenta Tenebrosa

La noche, sabía en sus sueños, anunciaba el desenlace de unahistoria que se perdía en el tiempo de los hombres, interpretando la mejor desus piezas. Ambos jinetes cabalgaban envueltos en una profunda oscuridad,confiando en el instinto de sus animales, alumbrados a intervalos por los rayosque hendían la tierra con su atronador martillo, a la merced de una tormentasalvaje de nieve que arrojaba sobre ellos verdaderas olas desde los cielos,acompañadas por las rafagas de un viento capaz de arrancar el alma a un hombre.Resonando en su interior unas voces desgarradas que antaño fueron humanas.

El primer jinete huía de su destino, el segundo esperabaconocerlo al atraparlo a él. Escalaban la falda de la montaña sur, una moleescarpada de roca negra esculpida a viento y nieve en una época anterior a lallegada de los hombres. Ahora maldita por uno de ellos, un rey del que nadiepronunciaba su nombre por miedo a invocarlo en la noche. Soberano del horizontevisible desde lo alto de la atalaya del castillo, situado en la cima en lamontaña norte. El lugar donde su propio hermano le apuñaló con elconsentimiento de su familia. Seres corrompidos por la envidia que contemplaronen silencio sin advertirle de la hoja que penetró por su espalda hiriéndole de muerte. Moribundo, desencajado porel dolor de la amarga traición de aquellos que amaba. El Rey les maldijo por lavileza de sus corazones, poniendo a los dioses del viento por testigos, que loscondenaba a permanecer por siempre en sus montañas, cercanos a él, dondepudiera castigarlos por su crimen noche tras noche.

Tras señalarles con el dedo con una mirada llena de rabia,como jamás le habían visto en vida, se arrojó al vacío susurrando la letanía dela maldición durante la caída. Cuando los guardias llegaron alertados por losgritos del rey a la atalaya “ha sido un accidente, ha sido un accidente” gimieronaterrados aún conmocionados sus familiares, cada vez más bajo ante sus miradasde reproche. Viendo como en silencio, paso a paso eran rodeados, hasta que suscabezas rodaron por el suelo antes de serarrojadas al vacío, prendiendo en llamas sus cuerpos. Los guardias abandonaronel castillo en busca del cuerpo de su majestad, al que dieron un entierrosolemne en la tumba que le construyeron donde fue encontrado, rogando por su descanso.Antes de salir del reino juraron custodiar su reposo, impidiendo el paso a losextranjeros, velando por su sueño de generación en generación.

Nunca habían hecho una excepción hasta hoy, cuando vieron ala singular pareja de jinetes, a lo lejos sin que ellos se percataran, comprendiendoen sus miradas que le correspondía a su majestad juzgarlos, regresando a ladifusa sombra del bosque alrededor de las montañas. Donde las leyendas de losbardos los situaban, sin haber sido nunca vistos por nadie, que no hubieracubierto con su sangre sus armaduras oxidadas. Piezas forjadas cuando loshombres reinaban en el continente, antes de la aparición de las abominacionesde sangre, y los horrores de la penumbra, que los habían confinado en lasentrañas de la tierra, o en el interior de ciudades inexpugnables de piedra.

La llegada al sendero de piedra, un angosto paso excavado enla tortuosa piedra, de apenas un metro de ancho en ruinas. Estaba cubierto porun manto de tierra negra encharcada entre franjas de hielo o nieve, que ocultabaalgunas piedras capaces de romper las patas de las monturas. La senda ascendíahasta la cima de la montaña, siguiendo su demencial orografía de giros abruptosconstantes, alcanzado la cumbre a través de una serie interminable de anillosalrededor de sus paredes, con la constante sensación de a cada paso se jugabauna ruleta con la muerte, al borde de la caída por el precipicio. Peligros queno tuvieron la marcha de los jinetes un ápice.

Al contrario, el primero al ver como le recortaba su distanciase puso en pie, espoleando el caballo con más fuerza, ignorando los golpes quele propinaba la tormenta de nieve y viento en su cuerpo, arrancando la piel desu rostro como si de un afilado cuchillo se tratara. El miedo que le inspirabaaquel hombre en su corazón diluía cualquier otro terror, incluso el de lamuerte.

Nervioso al sentir su presencia más cercana sin verla, aúnen pie, durante un instante, abrió un poco la capucha ceñida de piel de bisonteque ocultaba su rostro para comprobar su posición. Le seguía a unos cien metrossentado sobre su impresionante caballo blanco de las nieves. Un ejemplar detres metros de longitud de una tonelada de peso cubierto por una gruesa capa devello lanudo, de una crin interminable, que mostraba cicatrices en el rostro,el cuello y el pecho de disparos, espadas y garras.

Era un animal bravo sin temor, confiado en la valía de sujinete. Dispuesto a guiarlo hasta el océano del que nadie retornaba, más alláde los confines del mundo conocido, y de los horrores por conocer. Tal era suespíritu que el haber cambiado de caballo en cuatro ocasiones los últimos cincodías no había logrado dejarlo atrás. Era como si la determinación de su jinetealimentara sus fuerzas. Un hombre a pesar de la diferencia con su caballo nomenos imponente. Oculto en su traje de abrigo elaborado con la piel de un osocreado por los antiguos, de unos seis metros erguido, que él mismo había matadoen lucha singular, portando su cabeza como casco en la capucha probando unahazaña que pocos hombres lograban.

Se mantenía sereno pero tenso en la marcha, atento, dueño dela situación. Durante una fracción que le pareció una vida sus miradas secruzaron, contemplando sus implacables ojos azules carentes de toda emoción queno fuera el deseo de atraparlo. Supo con absoluta certeza que lo haría, y entoncessu revolver dictaría sentencia. Para la que había confeccionado balasespecialmente para él.

Ajusto su capucha volviendo la vista al frente para forzarde nuevo su caballo, sin permitirle bajar la marcha a pesar del giro abrupto ala izquierda que le venía, ciego por el muro que lo ocultaba. Ambos estuvierona punto de caer por el precipicio. Salvados por la propia fuerza del viento queles empujó a la parte interior de la senda. Apenas se había repuesto del sustocuando vio una franja del camino hundida, abriendo un espacio de caída libre albosque. El caballo logró saltarla in extremis. Volvió su mirada rogando a losdioses vampiros la desgracia de su perseguidor, cuando le vio tomar tierra sinaparente esfuerzo, alejado de la caída. Su caballo se irguió sobre los cuartostraseros bramando con orgullo su potencial, y emprendió la persecución denuevo. El Jinete esbozó la sonrisa que jamás se había permitido en su vida,consciente de que se acerca al final de la cacería

Remdall dio unas palmadas al cuello de su caballo,felicitándole por su gran salto, a las que respondió girando su cabeza a laderecha lo suficiente para cruzar sus miradas, asintiendo, sin llegar a perderde vista el sendero, volviendo a tirar con fuerza, hasta donde le permitía suamo con la rienda, indicándole que aún no había llegado la hora de volar sobrela tierra.

Seguro de haber visto los primeros signos de cansancio en elanimal de su presa. Aprovecho la pausa que se estaba tomando la tormenta alamainar. Abrió por el pecho su gruesa capa, mostrando su traje morado de pielde mamut, cerrado herméticamente por su cuerpo hasta la cabeza, para impedir lacongelación, manteniendo la temperatura constante. Desenfundó su revolver. Unapieza de artesanía pura regalada por un herrero al que salvo la vida, cuandoera un joven cazador. Un estudioso de la perdida ciencia antigua de las armasde fuego, que había logrado fabricar con sus propias manos, uno de los primerosy últimos revólveres del continente, aplicando su ingenio en las lagunas delconocimiento transmitidas por los bardos.

El suyo era un ejemplar de más de dos palmos de longitud conel cañón incluido. Forjado en metal negro a martillo pieza a pieza, trascientos de horas de trabajo. De un peso igual al de una espada bastarda, con elrelieve de un lobo con las fauces abiertas grabado en él, confiriéndole unaspecto amenazador, que se completaba con el tambor de cinco cilindros.

Ato las riendas a su mano izquierda, sujetando con ésta elrevolver por encima del cañón, antes del espacio del tambor, que extrajo de unbolsillo interno para encajarlo en el eje del revolver, abierto por suizquierda. Con calma de un bolsillo de su cinturón sacó una bala esférica delmismo metal negro, del tamaño de la falange de su curtido pulgar. La introdujoen uno de los cilindros del tambor. Cogió del cinturón un pequeño saquillo decuero terminado en una boquilla, y lo presionó expulsando un hilo de pólvoraque relleno el espacio vacío del cilindro.

Al repetir la operación alzó la vista alertado por suinstinto, su caballo también lo sentía. No le veía a él, tapado por lasiguiente curva ciega, pero si el majestuoso volcán de tres mil metros dealtura que se erguía en el horizonte al sureste, en plena erupción trayendo luza esta noche de profunda oscuridad, en que las nubes no permitían la visión delanillo del planeta, que en cambio reflectaban la luz del volcán, tornando laoscuridad en un rojo tenue, preludio de desgracias. Más sangre vertida sobre lanieve.

El reflejo del revolver le alertó, volvió la vista atrásobservando el imparable avance de una tormenta tenebrosa por encima del bosque,a una velocidad difícil de creer. Era un manto vaporoso blanco con brillopropio, por el que navegaban cientos depuntos de luz más brillantes. Almas inocentes capturadas por la tormentaarrancadas de su cuerpo en la noche. Obligadas a vagar por siempre con ellahasta que compraran su libertad con sangre ajena. Remdall sabía que había algomás en el interior de la tormenta, algo que los propios vampiros temían losuficiente para huir sin rodeos de ella, y con saber eso le bastaba.

Dentro de unos minutos la tormenta rompería contra lamontaña, ascendiendo por sus paredes, trayendo consigo su perversa maldad. Noestaba a salvo, y lo sabía. Espoleó a su caballo golpeando con suavidadmediante las piernas sus costillas, manteniendo el equilibrio como podíacargando el arma al tiempo, no tenía alternativa.

De un bolsillo secreto de su cinturón del mismo color que sutraje morado, difícil de ver, situado detrás a su derecha. Sacó una esfera demetal negro envuelta en un halo de luz propia azulada, encantada por elpoderoso hechizo de un vampiro. Cambio su saquillo por otro morado, y alpresionarlo sangre en polvo relleno el cilindro.

Un nuevo salto al vacío estuvo apunto de hacerlo caer, de noser por el propio movimiento de su caballo, al que hizo caso omiso, al escucharcomo la tormenta tenebrosa impactaba contra la falda de la montaña. Llegando asus oídos unos gritos desgarradores sedientos de sangre.

Sin tiempo, completo la carga, cerró el tambor en el interiordel revolver, y presionó cada cilindro con la palanca bajo el cañón con todassus fuerzas. Disponiendo como primera bala una hechizada, seguida de las dosrestantes. Empuño el revolver en su mano derecha, ocultándola tras su espalda,y tiró con fuerza de las riendas, susurrando a su caballo que había llegado lahora, trotando por primera vez con su auténtico ritmo.

La espuma de vapores del impacto de la tormenta tenebrosa,pasó por encima de ellos unas decenas de metros, sin llegar a tocarlos. Contemplandocomo varios hilos de almas pasaron con ella siguiendo su impulso. Cuandorepararon en ellos. Remdall mantuvo la vista al frente en el camino, mirandopor el rabillo del ojo a la más cercana, unos cien metros por delante. Ésta cambiode rumbo hacía ellos. Martilleó el percutor del revolver y esperó una eternidadcomprendida entre dos latidos de su corazón. Observando como su vuelo irregularse transformaba en un salto salvaje directo hacia ellos, abriendo su boca etéreallena de odio por estar vivo contra él. Alzó el revolver por sorpresa en laúltima décima, viendo su mirada de pronto asustada frente a él, cuando vio supropia boca en el interior del cañón antes de ser detonado.

– Hasta que seamos uno – Presionó el gatillo detonando elalma en una nube de vapor etéreo que se diluyó en apenas unos segundos,engullida por la tormenta tenebrosa que ya descendía. Martilleo el percutor delrevolver, y lo alzó a la altura de su vista, a la derecha. Viendo en la negrasuperficie del metal dos reflejos cada vez más cerca. Se giró de improvisóapuntando al alma más cercana, detrás del caballo a su derecha, y disparó antesde que pudiera reaccionar disolviéndola. Sin cambiar de postura, manteniendo elequilibro aferrado con la mano izquierda a las riendas, martilleó apuntando ala última alma. La cual, perdida la sorpresa, navegaba de un modo erráticodificultando el blanco. Aun así, presionó sin dudar el gatillo rozándola,arrancando una pequeña parte de su cola etérea.

Durante unos segundos ambos se miraron fijamente. El almagritó desafiante su victoria con una voz forjada en las entrañas del infierno,reclamando la sangre del jinete. Consciente de que no le quedaban más balas encantadascapaces de herirla. Remdall con un gesto estoico, martilleó de nuevo elpercutor del revolver, y sin la menor concesión al miedo, invitó con un gestoal alma a venir a por él.

Continuará…

 

Comentarios de Lester Knight: ¡Saludos, queridos lectores! Hoy inicio la publicación del relato al que Mundo Destierro debe su existencia. Cuando no era más que un Mundo Glacial donde las condiciones climáticas habían hundido una civilización tecnológica, y la magia regresaba al corazón de los hombres, hubo un personaje, un valiente explorador, que asumió la responsabilidad de dar a conocer las tierras heladas, sus peligros, gentes y costumbres. Ese personaje fue Remdall. El primer personaje principal de Mundo Destierro, y hasta la actualidad el más importante.

Duelo al Sol fue también el primer relato escrito de Mundo Destierro. El esbozo de la trama argumental del personaje, y el banco de pruebas de lo creado anteriormente. Además de ser mi relato más ambicioso hasta la fecha, en un ya lejano Junio del 2006.

Fue el relato que marco un antes y un después en mi escritura: el salto a Mundo Destierro, larga duración, varias tramas simultaneas, cuidado en la escritura… nunca antes me había esforzado tanto en una historia.

La historia de Remdall, el cazador de almas poseedoras continuó más allá de mis mejores expectativas, desembocando en el guión de una triología de novelas, que algún día, espero poder escribir.

Técnicamente el relato era lo mejor de lo que era capaz hace 2 años. A día de hoy, por suerte, en ese aspecto se ha quedado obsoleto. He realizado cambios menores arreglando los mayores errores, tratando de no robarle la esencia del original, ese Mundo Destierro tan primitivo e inexplorado.

De momento mi PC sigue en taller. Muchas gracias por vuestros comentarios de apoyo. Es un placer tener amigos como vosotros. Os echo de menos y añoró participar en Gamefilia. Espero que en breve vuelva a dar guerra. Hasta entonces iré publicando los capítulos de Duelo al Sol para impedir que el blog quede desatendido del todo. Cuando vuelva haré un especial de colaboraciones para compensar, a esos buenos colaboradores que me han enviado tantos relatos últimamente.

Disculpad mi ausencia de comentarios y trato email. Me han vuelto a prestar un PC y no tengo más que unos minutos para publicar la entrada. A mi regreso me pondré al día.

¡Un saludo a todos! Wink

Gamefilia