Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle)

 

 

 

Capítulo 1

 

Ellie volvió a reproducir el mensaje. La voz súbita y carrasposa de su padre empezó a sonar en aquel tono monocorde tan habitual en él, pensó. El mensaje de audio le había llegado hacía apenas seis horas vía extranet pero en realidad su contenido ni siquiera era relevante. Ni Ellie ni su padre, a pesar de que las videoconferencias eran una tecnología implantada hacía décadas en la Tierra, mucho antes de que cualquiera de los dos hubiese nacido, se sentían cómodos con ellas y preferían utilizar, salvo que fuese estrictamente necesario, sólo el canal de audio. ‘En algo nos tendríamos que parecer’, pensó Ellie, mientras volvía a reproducir por segunda vez el mensaje. Éste sólo era un intento de tener a su díscola hija controlada, aunque estuviese perdida a millones de UA, en el cúmulo de Hades Gamma, o un vago intento de insinuarle a su hija que la quería. ‘Esa era la típica actitud de papá’, pensó. ‘  ¿Por qué aquel hombre, uno de los generales más importantes de la Alianza y héroe de guerra, era incapaz de expresar un simple "te quiero" como hacían millones de padres de todas las especies conocidas en todo el Universo?’.

Lo cierto era que ella tampoco se lo había puesto nada fácil. Lo había tenido todo a su favor para seguir la tradición familiar y hacer carrera en el ejercito de la Alianza, y además de una forma fulgurante: tenía los contactos de su padre, una inteligencia excepcional y una gran habilidad para resolver problemas de tipo táctico, pero sobretodo era uno de los primeros sujetos con implantes L3 y una habilidad biótica que no tenía nada que envidiar a la de los asari, al menos eso era lo que decía su instructor. También había logrado ser la primera de su promoción tanto en la academia militar como en Arturo, pero sin embargo, mientras muchos compañeros de promoción ya habían llegado al rango de comandante o incluso de capitán, Ellie Simmons, seguía siendo una simple teniente a sus 24 años, una teniente perdida en medio de la nada, se autocorrigió. Era su forma de rebelarse ante lo que le había sido impuesto. Obviamente no estaba en su mano haber evitado el accidente que expuso a su madre al elemento cero cuando aún estaba embarazada de 6 meses, provocado por terroristas batarianos, ni tampoco haberse escapado de la academia militar en la que fue ingresada nada más alcanzar la edad mínima. Es más, en esa época hubiese entrado voluntariamente sólo para ganarse el cariño de su padre. Por desgracia, la experiencia y los años le habían demostrado que, hiciera lo que hiciera, nunca iba a contentar a su padre, ni siquiera convirtiéndose en capitana de su propia nave de guerra, así que había optado por el camino de la indiferencia y la desidia. Por eso estaba allí, patrullando a una velocidad de crucero muy inferior a la de la luz, en la minúscula fragata Orleans, tan pequeña que apenas había espacio para el motor MRL y cinco tripulantes contándola a ella. Por su tamaño, la SSV Orleans podía haber sido considerada una lanzadera pero la decisión de instalarle un motor MRL capaz de alcanzar velocidades superiores a la luz, la había convertido en una extraña quimera imposible, una nave surrealista y poco práctica que parecía que iba a descomponerse en miles de pedazos cada vez que entraban en velocidad MRL. Por eso, intentaban hacerlo lo menos posible.

La inconfundible señal de alarma procedente del puente, interrumpió sus pensamientos. No podía significar nada bueno: en los meses que llevaban patrullando la zona, todo había permanecido tan tranquilo como una balsa de aceite. De un salto y dos zancadas, Ellie llegó a la altura del sargento Ohone, el piloto, que seguía atento la traza de una nave en pantalla.

– ¿Qué sucede? – preguntó por fin Ellie.

– Una nave, señora – respondió el timonel manteniendo las formas castrenses – No se parece a nada de lo que hayamos visto hasta ahora.

– ¿Algún nuevo prototipo batariano?

– No creo, y además los sensores no detectan vida a bordo. Intentaré establecer contacto visual – respondió el piloto mientras mostraba en pantalla la imagen de la nave.

Ohone tenía razón, no se parecía a nada de lo que habían visto hasta el momento. Su diseño no se parecía a ninguna nave de las especies que componían el Consejo, ni a ninguna otra que hubiese sido registrada, y ella lo sabía porque antes de empezar la misión las había estudiado todas y cada una de ellas. Un pensamiento cruzó por su mente en aquel momento.

– Ohone, ¿crees que podría ser una nave geth? – inquirió a su subordinado.

– ¿Geth? ¿Tan lejos del Velo de Perseo? Nunca han salido de allí desde que se rebelaron contra los quarianos, y ¿por qué iban a hacerlo ahora?

Los geth eran una especie completamente desconocida para la Alianza. A diferencia del resto de aliens con los que habían establecido contacto, los geth eran un mito, casi una leyenda urbana de la que apenas se tenían pruebas. Creados para ser utilizados como mano de obra por los quarianos, poseían una IA bastante simple enfocada a una especie de mente colmena, algo lógico por el trabajo que hacían pero peligroso. Cuando los quarianos se dieron cuenta de que los geth estaban evolucionando, haciéndose más inteligentes, intentaron destruirlos, en vano: los geth se sublevaron y obligaron a los quarianos, sus propios creadores, a exiliarse. Luego, en lugar de perseguirles, se escondieron en el Velo de Perseo, hasta ahora. Era difícil imaginar cómo los geth habían evolucionado en los 300 años siguientes, pero sin duda, la nave que tenían justo delante parecía muy avanzada tecnológicamente y… ¡armada! Una idea muy siniestra empezó a rondar la cabeza de la teniente: si ellos habían sido capaces de captar la imagen de la nave geth, ¡la nave también podía haberlos captado a ellos!

– ¡Acelera! ¡Avante popa! – gritó  

En un acto reflejo casi automático, el timonel obedeció justo a tiempo, antes de que el proyectil impactara en la proa de la nave, mientras la Orleans hacía una improvisada y peligrosa maniobra de marcha atrás. En apenas segundos, antes de que un segundo impacto diera de lleno en la nave, Ohone ejecutó a la perfección la conocida como "maniobra del contrabandista" sobrevirando hacia la izquierda y dejando a la cola la nave geth, que seguía disparando ráfagas cortas con su cañón pesado.

– ¡No podremos aguantar mucho más! – gritó Ohone para que su voz destacará sobre el pitido angustioso de la alarma y los gritos del resto de la tripulación, que habían acudido al puente.

El piloto tenía razón. La Orleans no era una nave de guerra propiamente dicha y sus escudos no estaban preparados para enfrentarse a una nave del tamaño de un acorazado. Había sido diseñada para perseguir las pequeñas lanzaderas de los piratas, los mercenarios, los terroristas batarianos y toda aquella gentuza que pululaba por los Sistemas Terminus, motivo por el que se había puesto especial énfasis en la instalación del motor MRL y en su velocidad. Pero aunque la Orleans fuese una fragata lo suficientemente veloz para derribar a los señores del crimen de los sistemas, no podía compararse con una nave como la que ahora les perseguía. Hicieran lo que hicieran, no lograrían escapar de los geth, ni tampoco distanciarse lo suficiente como para alcanzar la velocidad MRL.

– ¡Dirígete al campo de asteroides! – gritó en respuesta – Intenta acercarte a la superficie del planeta usando los asteroides de parapeto. Una nave de ese tamaño no podrá seguirnos.

Esa última frase la había pronunciado más como un deseo que como una certeza. Si bien, ellos tenían a su favor el pequeño tamaño de la Orleans que les permitiría maniobrar con relativa facilidad por entre el campo de asteroides, los geth eran máquinas y como tales, eran mucho más precisas en sus movimientos. No sabía si entre los geth existía el concepto tan orgánico del valor, pero seguro que en breve lo averiguarían.

La Orleans se deslizó suavemente por entre los cascotes del antiguo satélite de Trebin, que lejos de caer a la superficie del planeta, habían permanecido flotando ingrávidos, amenazando con precipitarse como una espada de Damocles de escala planetaria. Maniobrar en esas condiciones era muy peligroso pero la maestría de Ohone como piloto era asombrosa, corrigiendo la trayectoria de la nave con ligeros toques de gas. Ya casi habían salido de la zona sin que hubiese ni rastro de la nave geth, cuando uno de los meteoros que habían dejado atrás, se volatilizó literalmente, impactando sus fragmentos contra la carcasa del motor, perforándola. La nave, desplazada por el impacto casi un kilometro, cayó en barrena, saliendo de la órbita y precipitándose rápidamente sobre la superficie del planeta. A esa velocidad y con ese ángulo, la nave no tardaría en pulverizarse al entrar en contacto con la atmósfera. Por suerte, Ohone, a pesar de que el motor estaba casi inservible, dominó la situación corrigiendo el ángulo de reentrada, antes de que el motor se quemara del todo. Lo único que les quedaba ya, era rezar para que la nave cayera en un lugar alejado de las altas montañas que configuraban la orografía de Trebin, y prepararse para el choque.

Ordenó que todos se colocaran en sus puestos y se prepararan para el impacto, mientras la nave se convertía en una estela anaranjada a medida que atravesaba la atmósfera, vibrando a su paso como si fuese a estallar en mil pedazos. Podía ver el suelo acercándose rápidamente hacia ellos, mientras todos a su alrededor gritaban de pánico, todos menos ella. Mientras los demás se dejaban dominar por el terror provocado por una muerte inminente, Ellie sólo podía pensar en que no se había llegado a despedir de su padre, que ahora debía estar escribiendo sus memorias en la estación de Arturo, ni decirle que, a pesar de todo, aún le quería y le echaría de menos. Luego, sobrevino el impacto y la completa oscuridad.

 

Capítulo 2

 

El quariano, con el cuerpo a tierra, observaba a través de la mirilla mejorada de su rifle Volkov. Llevaba varios días siguiendo a la caravana, desde la distancia, para no ser detectado. Aunque los geth fueran máquinas y tuvieran detectores de largo alcance, Dalsem conocía el alcance de los mismos. No en vano, los quarianos habían sido los creadores de los geth y conocían las características técnicas de los mismos. Además, ningún quariano se arriesgaría innecesariamente ante ellos, porque, con el paso de los años, los geth habían pasado de ser esclavos agrícolas a ser asesinos, perfectas máquinas de matar sin conciencia.

Respiró hondo, haciendo que el vaho cubriera momentáneamente la máscara del traje ambiental. A pesar del traje, Trebin era un planeta demasiado cálido en el que la vida era casi imposible a excepción de algunos cactus de montaña, insectos, pequeños roedores, y por supuesto, de fauces trilladoras. No era difícil reconocer el terreno donde estas tenían sus nidos y cualquier especie con dos dedos de frente se daría cuenta: allá donde las fauces trilladoras tuviesen su terreno de caza, el suelo estaba lleno de pequeños guijarros y grava, producto de su actividad excavadora. Dalsem prefería rastrear a su particular presa a través de las montañas, aunque la caravana formada por una tropa de soldados de asalto, zapadores, fantasmas y colosos geth no tenía ningún reparo en atravesar las planicies infestadas de fauces trilladoras. De algún modo, estas debían saber que los geth no eran comestibles, porque los ignoraban.

Dalsem había seguido a la peculiar caravana desde que la lanzadera geth, una simple cápsula a modo de carcasa no tripulada, saliera de la nave nodriza, en realidad un enorme acorazado de guerra, que el joven quariano había sido lo suficientemente prudente como para seguir a una distancia que no hiciera saltar los sensores de proximidad. Además, su recién adquirida nave turiana tenía uno de los mejores sistemas de sigilo que jamás hubiese visto, y había sido un golpe de suerte la forma en que la había conseguido, en una apuesta de doble o nada en un local de máquinas de quásar, en Elysium. Por supuesto, enseguida habían saltado las alarmas ante la posibilidad de que el quariano hubiese utilizado sus conocimientos de pirateo, por lo que Dalsem había tenido que salir huyendo de allí. Los códigos de la nave ya debían haber sido puestos en busca y captura de modo que a la que intentase aterrizar en cualquier puerto de la Alianza, la nave fuese retenida como material robado. Los humanos y los turianos, a pesar de su tendencia a la violencia, solían ser bastante fáciles de engañar, aunque en esta ocasión, él no había hecho trampas. Nunca lo hacía. Ahora que la nave era suya, había adquirido los códigos de una vieja nave batariana a punto de ser desguazada, por un módico precio, y los había acoplado a la suya. Los códigos le permitirían atracar en cualquier puerto, siempre que el oficial de aduanas fuese lo suficientemente estúpido como para confundir una nave turiana pequeña de última generación con una antigualla batariana de más de cincuenta años.

La nave turiana por sí sola, ya era algo de un gran valor para regresar con honores a la Flotilla después de su peregrinaje, y sin duda lo hubiese hecho nada más salir del Elysium, pero traer una simple nave a la comunidad, aunque fuese un último modelo, no le parecía suficiente. Él quería algo más. Además, los tres largos años que llevaba de peregrinaje le habían llevado incluso a reconsiderar su vuelta. Las emociones y aventuras que había vivido en aquellos largos años le habían llenado espiritualmente más que el tiempo que había pasado en la Flotilla, aunque la morriña por volver a casa seguía ahí. A pesar de que disfrutaba de la aventura, tampoco quería convertirse en un expatriado, por eso seguía aferrándose a un peregrinaje que debía haber acabado hacía tiempo, hasta que se topó por casualidad con la nave geth.

Era extraño encontrar una nave de guerra geth tan alejada del Velo, de donde hacía siglos que no habían dado señales de vida. Su sola presencia era una señal inequívoca de que algo estaba pasando, así que Dalsem, dejándose llevar por la famosa curiosidad científica quariana, decidió seguir a la nave, al menos hasta ver qué hacía. La nave geth había viajado
desde el extremo del cúmulo hasta Trebin, sin utilizar el relé de masa. Por alguna razón, tal vez para no revelar su presencia, la nave había evitado el repetidor proteano, lo que a Dalsem le había venido de perlas, ya que, a pesar de que su intención era estudiar a los geth o al menos capturar a uno vivo,  se negaba a seguir a la nave hasta un lugar tal vez plagado de enemigos o de peligros aún mayores. Después, la nave había lanzado la cápsula y se había alejado, orbitando sobre Trebin. Luego, él se había limitado a seguir la trayectoria de la lanzadora geth y a localizar su punto de aterrizaje, para, más tarde, hacer aterrizar a la Sombra Negra (que era como había decidido llamar a la nave turiana) a cierta distancia, y seguirlos a pie.

Eso era todo. Así llevaba varios días siguiéndolos, a través de las montañas, tratando de pasar desapercibido. Pero era consciente que, a pesar de todas las precauciones tomadas, había cometido un error grave, uno que le podía costar la vida. Aunque llevaba provisiones para más de un mes en forma de pasta alimenticia quariana, no había tenido en cuenta un pequeño detalle: los geth eran máquinas con baterías de energía casi inagotables, o lo que era lo mismo, no se cansaban. Sin embargo él, que era un quariano sano y en forma, llevaba varios días manteniéndose a base de estimulantes para poder seguir el ritmo, y no sabía cuánto tiempo más podría aguantar antes de desfallecer, un día, tal vez tres…

De repente, algo cambió. Una bola de fuego se perfiló, anaranjada, como el trazo de un pincel gigante sobre el cielo de color ceniciento de Trebin, mientras caía en un estruendo ensordecedor. Al aproximarse, Dalsem pudo ver que no se trataba de un simple meteorito procedente de la extinta luna de Trebin, sino de los restos de una nave que caían sin control a gran velocidad, hasta partirse en dos en pleno vuelo e impactar finalmente sobre la superficie.

Un dilema moral surgió entonces en la mente de Dalsem. Tenía dos opciones claras, o continuar persiguiendo a los geth a dondequiera que fuese su destino o acudir a socorrer a los supervivientes, si es que en realidad había podido quedar alguien con vida. Lo más lógico era optar por la primera opción y olvidarse de la nave estrellada, pero el fuerte sentido del deber inculcado en todo niño quariano no sólo restringido a su propia especie, le hizo dudar. Finalmente, Dalsem enfiló la colina abajo.

Capítulo 3

 

– Deben concentrar toda su energía sobre un punto. Esa es la clave – dijo con un tono calmado y apaciguador el instructor Kaworu – Controlen el ritmo de su respiración.

La docena de alumnos, vestidos todos con el uniforme del centro, de todas las edades, adoptaron la posición estándar, con las piernas abiertas y ligeramente flexionadas. A medida que la energía de masa empezaba a concentrarse en sus cuerpos gracias a los implantes, un halo casi imperceptible para ojos poco duchos se formó alrededor de sus cuerpos, señal inequívoca de que iban a realizar un ataque biótico. Sin embargo, poco a poco, esa energía empezó a disiparse, lo que demostraba que no estaban completamente preparados para ejecutarlo, todos menos una chiquilla de once años que permanecía ligeramente alejada del resto. La onda biótica resultante empujó la pesada silla del instructor varios metros en el aire, hasta caer ruidosamente al suelo, ante la mirada atónita del resto de bióticos. Sin embargo, el instructor Kaworu se limitó a sonreír.

– No esperaba menos de ti, Ellie, – dijo intentando sonar lo más severo posible a pesar de que no podía dejar de sonreír – pero la próxima vez, déjate de bromas pesadas y empuja lo que se te ha ordenado, si no quieres que te castigue.

– ¿Se lo dirá a mi padre? – preguntó la niña. En su tono de voz no había ni rastro de temor, sino que rezumaba picardía, como si estuviera retando a su profesor.

– Ya te gustaría – le devolvió a la niña la mirada maliciosa

Los recuerdos se agolpaban en la mente de Ellie, mientras luchaba por despertarse. Cuando por fin abrió los ojos, no se encontraba en el centro de entrenamiento para bióticos de la estación Arturo, donde su padre había sido destinado después del atentado terrorista que le había costado la vida a su madre, y donde ella se había criado. La realidad era mucho más dolorosa de lo que había imaginado. Un dolor punzante en el costado le hizo tomar conciencia, a la fuerza, de lo que acababa de pasar. Ella seguía sentada en su puesto, pero el asiento ya no estaba en su posición original, sino que, tal como estaba, podía ver los paneles de mando y el asiento del piloto sobre su cabeza. Un líquido oscuro y pegajoso goteaba sobre su cara, cegándola momentáneamente. Mientras se limpiaba los ojos para poder ver, descubrió la procedencia del improvisado manantial. El cuerpo de Ohone yacía unos dos metros por encima de su cabeza, con el abdomen atravesado de lado a lado por una de las vigas que conformaban la estructura de la Orleans, convertida en metralla asesina. Era un milagro que aún siguiera con vida, aunque no por mucho tiempo si no tomaba un medigel para detener la hemorragia: el dolor penetrante que había notado lo provocaba una pieza metálica que se le había clavado como un proyectil.

Sin duda, el cómo se había salvado era todo un misterio, aunque algo le decía, por la forma en que su asiento había sido arrancado de su posición original, que le debía su supervivencia a la biótica. De alguna manera, había sido capaz, de forma subconsciente, de crear una barrera protectora, aunque no lo suficientemente potente como para no ser atravesada. El resto de la tripulación no había tenido tanta suerte. Descontando el cadáver de Ohone, no había ni rastro de los otros tres tripulantes de la nave, bueno, ni de los tripulantes ni del resto de la Orleans, que se había debido partir en dos por culpa del impacto. Por suerte, la atmosfera era respirable, porque, por culpa de lo precipitado del ataque, no habían tenido tiempo de colocarse el traje ambiental. Pero por otro lado, Trebin, era un planeta que no ofrecía ningún aliciente para su colonización, ni siquiera para su explotación minera, de modo que Ellie debía afrontar la dura realidad: estaba completamente sola en un planeta perdido y sin posibilidad de ser rescatada.

Como pudo, se deslizo hasta el suelo, que ahora se había convertido en el techo, y giró la pequeña maneta que había al lado del puesto de mando. Por el peso y la gravedad, el maletín metálico cayó a plomo desde esa altura, sin ni siquiera sufrir daños. Con la llave que como oficial de mayor rango de la Orleans llevaba al cuello, abrió el maletín y accionó el botón de señal de la baliza, que respondió en seguida con un bip-bip constante. En otras circunstancias, la propia IV de la nave habría activado de forma automática la baliza, pero toda la parte frontal, incluida la IV, estaba destrozada por el impacto.

Ellie sopesó la situación. Quedarse allí, al lado de la baliza no tenía ningún sentido. Aunque alguna de las naves de la Alianza captara la señal de socorro, podían tardar días en llegar hasta ella, días que no aguantaría sin comida ni bebida. Ambas cosas, junto al resto de sus compañeros, debían estar en la cola de la nave, que podía estar a centenares de kilómetros de distancia. Hiciera lo que hiciera, estaba muerta, de modo que optó por la solución más honorable: buscar la cola de la nave y averiguar qué les había pasado a sus compañeros.

Comprobó que su pistola reglamentaria, una Hahne-Kedar mejorada con munición radioactiva, seguía en su cartuchera firmemente sujeta a su cadera, aunque ciertamente de poco le iba a servir ante un enemigo armado o una bestia de gran tamaño, a pesar de que dudaba de que en un planeta desértico como aquel, hubiese ninguna bestia mayor que un gato. Oteó el horizonte en busca de algún rastro del accidente, hasta que localizó la columna de humo que debía pertenecer a la sección de cola. Había tenido bastante suerte, calculando a ojo, no debía estar a más de quince kilómetros de donde estaba, en línea recta, atravesando la extensa planicie recubierta de grava, así que se puso en marcha.