Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 3-

 

Capitulo 8

Desde luego, pensó, aquel hombre no podía ser Ohone. Vestido con un traje ambiental, el misterioso acompañante de la teniente Simmons, aún cargaba a su espalda el rifle Volkov con el que había disparado a la bestia, y salvado su vida. Un vistazo más a fondo reveló que ni siquiera era humano: cada mano poseía tres dedos en lugar de los cinco habituales en los humanos. Su voz además, distorsionada mecánicamente por el altavoz del casco del traje, tenía un curioso acento que lo delataba, alargando innecesariamente las eles. Aunque Sareyev nunca había visto ninguno con anterioridad, enseguida supo que se trataba de un quariano, uno bastante joven además.

– ¿Y el sargento Ohone? – alcanzó finalmente a preguntar.

– Muerto – respondió Ellie lacónicamente – No pudo sobrevivir al impacto. Como Nichols, supongo.

Mientras ambos oficiales hablaban, Dalsem se deslizó hasta donde descansaba Lizzy. La joven seguía inconsciente, durmiendo plácidamente, pero su situación podía ser todo menos tranquila. El golpe de la caída, durante el ataque de las fauces trilladoras, había provocado que el fragmento de metal de la pierna se desplazase, seccionando la arteria y provocando una hemorragia masiva. Del cinturón de su traje, el quariano sacó una pequeña herramienta de cirujano y empezó a cauterizar la herida, mientras con la otra mano presionaba para frenar la hemorragia.

– ¡Quítale las manos de encima! –  gritó André intentando agarrar al quariano del hombro, pero Ellie lo retuvo, apartándolo a un lado.

– ¡Tranquilo! – le dijo Ellie señalándose con la mano libre la cura que Dalsem le había practicado en la herida del costado – Sabe lo que hace.

La operación no duró más de cinco minutos, tras la cual, Dalsem le inyectó un estimulante para que la joven recuperase la consciencia. Cuando por fin abrió los ojos, lejos de asustarse al ver el extraño aspecto de su salvador, se limitó a bromear como hacía siempre.

– Si he muerto y estoy en el cielo, – susurró con la voz aún débil – tú debes ser el ángel más raro que he visto nunca…

Mientras los dos humanos estallaron en una carcajada que retumbó en el valle, Dalsem no acababa de entender el motivo. Aquello debía ser lo que llamaban popularmente el "humor humano", algo que el resto de especies de la galaxia no acababan de comprender.

– Bien, ¿cuál es el plan, señora? – interrumpió por fín Sareyev. Aunque había mantenido las formas, el tono con el que pronunció la frase era de todo menos respetuoso. Ellie prefirió ignorarlo.

– Antes de encontraros,- le respondió – él y yo íbamos en busca de las provisiones de la cola. Supongo que vosotros iríais en busca de la baliza…

Sareyev se limitó a asentir con un simple movimiento de cabeza.

– De acuerdo. – continuó Ellie – La baliza ya está activada así que lo más prudente es regresar  allí para que nos recojan, aunque este caballero – dijo señalando a Dalsem – también tiene su propia nave y nos podría llevar…

Al quariano no le gustaban los derroteros que estaba tomando la situación, una cosa era ayudar a aquella gente y otra bien distinta permitirles subir a la nave a la que tanto aprecio le tenía. Lo cierto era que no acababa de fiarse de ellos, al menos del varón, aunque con el poco tiempo que había estado con Ellie, había llegado a desarrollar un curioso vínculo de cariño, más allá de la simple colaboración. Ellos eran tres, aunque una estuviese herida, y podían perfectamente rebelarse y apropiarse de la nave. Contra su propia voluntad, Dalsem consintió.

– Está bien. Mi nave está oculta a unos dos clicks de aquí, en dirección a la puesta de sol. Podríamos ir hasta allí y yo os trasladaría hasta la colonia humana más cercana.- respondió resignado

– Muy bien. – prosiguió la teniente – En ese caso, Sareyev y Sánchez se irán en tu nave mientras yo espero a que venga el rescate.

– ¡No! – gritó Sánchez. Por un momento, todos los presentes se habían olvidado de la presencia de la joven cabo que ahora se erguía todo lo que su 1,85 le permitía – Si me permite, señora, – dijo intentando recuperar las formas marciales – somos un equipo y como tal debemos permanecer unidos. Ese es el lema de los marines, señora.

Ellie sonrió. Por supuesto, aquel no era el lema, pero las palabras de la cabo encajaban a la perfección con los valores que desde su ingreso en la academia, se les había tratado de inculcar. Nunca se abandonaba a un compañero, aunque este fuese un superior y se estuviera acatando una orden.

– Es una orden, Sánchez. – contestó – Precisamente usted debe ser evacuada inmediatamente, y no sabemos cuánto tiempo podrían tardar en rescatarnos. No me arriesgaré a que haya una muerte innecesaria más.

– Una orden o no, – dijo Lizzy con determinación – yo no me voy de aquí sin ti.

Sareyev contemplaba asombrado la escena. Por un lado le sorprendía el espíritu de autosacrificio de la teniente en un acto que parecía impropio de ella, o al menos de la imagen que él se había forjado. Por el otro, conocía de primera mano la testarudez propia de Lizzy, que era incapaz de transigir cuando se proponía algo, aunque ello pudiera costarle un consejo de guerra. No le gustaba tener que tomar partido, pero sabía que la joven no iba a dar su brazo a torcer y se sentía incapaz de abandonarla, de modo que, aunque en realidad no deseaba hacerlo, se puso del lado de la cabo Sánchez.

– No estaría bien que cuando vengan a rescatarnos sólo la encuentren a usted. – replicó con un deje en la voz que revelaba que en realidad eso no le importaba lo más mínimo – Yo también me quedo.

– Está bien. – se resignó Ellie – Puesto que parece imposible que se comporten como soldados y acaten sin rechistar mis órdenes, pueden acompañarme a la baliza. Ya decidiré más tarde qué hacer con vosotros.

Aunque su voz sonaba autoritaria, en realidad, la teniente agradecía secretamente que sus soldados se negaran a abandonarla. No se sentía una heroína aunque intentara comportarse a los ojos de los demás como tal, y el simple hecho de imaginarse morir sola, abandonada en aquella roca a la espera de una ayuda que nunca llegase, le producía escalofríos. La preocupación de Lizzy sabía que era genuina y sincera, porque había llegado a trabar con ella una buena amistad o al menos una relación más allá de la simple cadena de mando, pero no podía decir lo mismo de Sareyev. Él la odiaba desde el mismo día en que se le dio el mando de la Orleans. El teniente la consideraba una oportunista, pero lo que él no sabía, en parte porque ese hecho había sido enterrado en los archivos de la Alianza, era que Simmons había sido degradada por insubordinación al negarse a avanzar durante la batalla de Nepherion, salvando la vida de sus hombres de una masacre innecesaria. El hecho de que, después, consiguiera tomar un puesto avanzado de torretas antiaéreas, salvando así varias naves de la Flota, sólo le había evitado la cárcel y la condena fue sustituida por una misión de patrulla en los confines de los Sistemas Terminus, lo que a los ojos de cualquier militar con ganas de ascender sería considerado como un exilio forzado, pero no para Ellie.

Se giró hacia Dalsem.

– Agradezco tu ayuda, y me encantaría compensarte de alguna forma si volvemos a vernos algún día. – dijo estrechándole la mano – Creo que esto es una despedida, aunque no se me dan demasiado bien.

– No es necesario, -respondió – mi peregrinaje sigue en curso y lo cierto es que no tengo ninguna razón para regresar a la Flota Migrante todavía, así que – dejó escapar un suspiro – sigo teniendo la obligación moral de ayudaros en todo lo que pueda. Os acompañaré, si no es molestia.

Agradecidos, los tres humanos le respondieron dándole palmadas en la espalda y golpes en el hombro, gestos de agradecimiento y camaradería que Dalsem, aunque no acababa de comprender, agradecía. Enseguida se pusieron en marcha y en pocas horas llegaron junto a la baliza donde montaron un campamento.

Capitulo 9

La SSV Varsovia, un crucero de tamaño medio de la Alianza de Sistemas, había recibido no hacía mucho una señal de socorro proveniente del sistema Anteus, en pleno cúmulo Hades Gamma. La naturaleza de la señal no dejaba lugar a dudas, puesto que empleaba el código estándar de la Flota de la Alianza que incorporaba cifrado el número de referencia de la nave, identificada como la fragata de medio alcance SSV Orleans. Además, el código de la señal incluía otra información que identificaba el dispositivo desde el que se emitía, que en este caso correspondía a la baliza de accionamiento manual. Normalmente, esta baliza no se utilizaba porque, en caso de que hubiese supervivientes, la automática era la que se activaba sola, y en el caso de que la IV de la nave estuviera inoperativa por la gravedad del impacto, la nave seguramente estaba tan destrozada que no cabía la posibilidad de que ningún tripulante hubiese sobrevivido. Por eso, aquella señal era tan extraña, y por eso, el capitán Mladic, decidió enviar a su segundo de a bordo a investigar el orígen de la señal.

La Varsovia se posó con delicadeza sobre la superficie pedregosa de la llanura, a unos centenares de metros de lo que parecía un campamento improvisado, cerca de los restos de una nave, supuestamente la SSV Orleans. El comandante Tremaine, primer oficial, descendió de la nave junto a su equipo no sin antes tomar ciertas precauciones: según los informes de Exo-Geni, la compañía que hacía unos años había iniciado los intentos de terraformar el planeta, Trebin estaba infestado de fauces trilladoras y éstas solían cazar en terrenos abiertos como los que ahora estaban pisando. Aunque estaban a apenas unos metros de su objetivo, el equipo de Tremaine llevaba consigo RPGs y granadas de alta potencia, por si acaso. A medida que avanzaba hacia el campamento de los supervivientes, el comandante pudo identificar los componentes de aquel grupo tan peculiar, dos mujeres, un hombre y un quariano. Lejos de acercarse corriendo dejándose llevar por la euforia del rescate, los supervivientes lo observaron casi sin reaccionar, permaneciendo tumbados a la sombra de los restos del casco de la nave, excepto una mujer joven, la que no parecía herida, que se levantó y se acercó hasta donde él estaba, saludándole al estilo militar.

– Soy la teniente Simmons, oficial al mando de la SSV Orleans.

– Comandante Tremaine, de la SSV Varsovia – le respondió el comandante devolviéndole el saludo – Patrullábamos los límites del sistema cuando hemos captado la señal de socorro, ¿podría explicarme que pasó exactamente?

– Estábamos recorriendo el sistema Anteus en busca de alguna señal de piratas o esclavistas batarianos, cuando detectamos una nave orbitando cerca de Trebin. Al analizarla, nos dimos cuenta de que no pertenecía a ninguna especie afín al Consejo, y que sólo podía pertenecer a los geth.- le respondió la teniente.

– ¿¡Geth!? – la expresión de sorpresa era evidente en el rostro del comandante, aunque la respuesta no fue la que Ellie esperaba – No sabía que habían llegado tan lejos de Eden Prime.

– ¿Eden Prime? – ahora la sorprendida era ella. No sabía que tenían que ver los geth que les habían atacado con una pacífica colonia humana, la tercera en tamaño, tras Elysium y Terra Nova – ¿A qué se refiere?

Por un momento, Tremaine había olvidado que aquella gente había pasado aislada casi una semana, sin recibir ninguna noticia del exterior. Por eso no sabían nada de la devastadora incursión  que los geth habían realizado en Eden Prime, matando a todo aquel que encontraban a su paso. Muchos soldados murieron heroicamente defendiendo la colonia y las víctimas civiles se contaban por millares. Al final, la colonia había logrado salvarse in extremis de la destrucción total, pero las heridas del ataque tardarían en curarse.

– Hubo un ataque geth hace cinco días, a la colonia de Eden Prime. – respondió por fin, apesadumbrado – Conseguimos repelerlos, pero la Alianza ha decretado el estado de alerta temiendo futuros ataques. Ahora mismo deberíamos estar dirigiéndonos a Arturo, para reunirnos con el resto de la Flota.

Ellie permaneció unos segundos pensativa. Era obvio que los geth habían abandonado su retiro en el Velo por alguna razón que no acababa de comprender. Aunque fueran máquinas sin sentimientos, eran seres racionales que no atacarían sin lógica una colonia de la especie que fuera, por el simple cálculo de bajas que una guerra a esa escala causaría en sus filas. Debía haber algo detrás, algo que por el momento, a ella y a los altos mandos de la Flota se les escapaba. Otro de los misterios que la existencia de los geth planteaba era cómo habían podido mantener su población estable o que hubiesen evolucionado especializándose de aquella manera tan funcional. Era obvio que los tanques geth que le habían atacado no habían sido diseñados por los quarianos, ni tampoco las naves acorazadas. Existían demasiadas incognitas sobre esa raza de máquinas pensantes, que ahora se habían convertido en una amenaza para todo el universo.

– Necesito que evacuen a mi gente, comandante – dijo finalmente Simmons – ah, y me gustaría pedirle un último favor: ¿le importaría dejarme uno de sus rover y equipamiento?

– ¿Para qué? – la extraña petición había pillado completamente por sorpresa a Tremaine.

– Necesito investigar una cosa antes de salir del planeta. Es algo,… personal – hizo una breve pausa mientras miraba de reojo a Dalsem.

Tremaine dudó unos instantes. Era obvio que la teniente se traía algo entre manos, pero tampoco tenía ganas de sonsacarle qué intenciones tenía. Al fin y al cabo, la petición no era tan descabellada puesto que podía ser que simplemente quisiese recuperar algún objeto personal importante, perdido entre los restos de la nave. Lo que más le llamaba la atención era que solicitase equipamiento militar, armas en cantidad suficiente como para librar una guerra a pequeña escala. Finalmente, el comandante accedió, prestándole un viejo M29 Grizzly que había vivido tiempos mejores, así como un buen surtido de rifles de asalto y escopetas.

– Aquí tiene. Tenemos órdenes de una evacuación inmediata, de modo que sólo le esperaremos un día más, antes de partir hacia donde se está reuniendo la Flota – antes de retirarse de nuevo a la SSV Varsovia, se volvió – Le aconsejo que se dé prisa.

Mientras el comandante Tremaine se retiraba, Ellie se colocó la armadura Onyx de la Alianza mientras indicaba con un gesto a Dalsem que la acompañara. Justo cuando se disponían a subir al viejo vehículo, sintió como una mano le agarraba del hombro. Era Sareyev.

– Creí que te ibas a ir con Lizzy – le dijo tratando de ser amable.

– Voy con usted – le respondió él de forma tajante.

– No tienes porqué. – repuso ella – Tu responsabilidad bajo mi mando quedaba restringida a la Orleans: no hay nave, no hay obligación. Eres libre de hacer lo que quieras hasta nueva orden.

– Pues lo que quiero es ir adonde vayas – Sareyev no estaba dispuesto a que le dejaran fuera, fuese lo que fuese que aquellos dos estuvieran tramando.

A Ellie no le quedó más remedio que aceptar. No le gustaba Sareyev, y sabía que el sentimiento era mútuo, pero también sabía el peligro al que se iban a enfrentar para el que cualquier ayuda, aunque fuese la de André, era poca. Con un gesto, le indicó que subiera al Grizzly, e iniciaron su marcha en pos de la posición en la que había visto desaparecer días antes a la caravana geth. Recuperar su pista era lo mínimo que podía hacer por Dalsem, y ahora que sabía que los geth se habían convertido en una verdadera amenaza, averiguar qué era lo que estaban buscando en aquel planeta era lo prioritario. Si hubiesen informado a Tremaine o al capitán del Varsovia sobre los geth, seguramente estos habrían optado por bombardear indiscriminadamente el planeta, al fin y al cabo deshabitado, desde su órbita, dejándoles sin la posibilidad de poder descubrir nada. Sin embargo, así, sin informar de sus intenciones reales, también se arriesgaban a morir a manos de los droides o a un consejo de guerra si sobrevivían. Por eso había dejado al margen a la cabo Sánchez, que se habría empeñado en seguirles a pesar de su estado, y su intención era dejar también a Sareyev, pero éste, por alguna razón que no acababa de entender y a pesar de su declarada hostilidad, se empeñó en acompañarles.

No tardaron más de veinte minutos en llegar el punto en el que había perdido de vista a los geths el día del ataque. Ante el riesgo de un ataque súbito de fauces trilladoras, Sareyev se ocupaba de la torreta de 40mm del Grizzly, sin embargo, el trayecto hasta allí había sido de lo más tranquilo. Dalsem bajó para inspeccionar las huellas que se movían linealmente en una dirección muy concreta: no sería difícil seguir su pista. Por el grupo de huellas, identificó a los componentes de aquella siniestra caravana: 2 colosos, 4 fantasmas, 1 destructor y sólo tres soldados de asalto. A primera vista, podían parecer un enemigo al alcance, pero la presencia de dos colosos geth, una de las armas más formidables nunca vistas, colocaba la balanza claramente a favor del enemigo.

El rastro llegaba hasta una extraña formación rocosa en mitad del llano, con una forma poco habitual. Un vistazo más cercano reveló que se trataba de una construcción, creada por alguna raza extraterrestre, probablemente proteanos, desgastada por el continuo asedio de las ráfagas de viento alcalino de Trebin. Las huellas desaparecían justo allí, sin que hubiera ni rastro de la caravana, lo que indicaba que, de alguna forma, habían logrado entrar en su interior. El equipo formado por los dos humanos y el quariano, descendió del M29 con las armas a punto, ante la posibilidad de una emboscada, y se aproximó a la estructura. No había puerta alguna ni ningún interruptor que permitiera abrirla.

Ellie pasó la mano por la superficie del monumento. Era suave al tacto como si el metal de que estaba hecho hubiese sido pulido con esmero. Entonces, sin previo aviso, se oyó un chasquido metálico y el frontal de la estructura se abrió como si fuese una puerta de doble batiente, abriéndose a una profunda oscuridad. Con un gesto, la teniente indicó a sus acompañantes que activaran la visión nocturna del casco de su armadura y entró sigilosamente en la estructura, con el rifle a punto y los escudos cinéticos cargados. Bajo la luz verde artificial, el interior de la estructura se perfilaba con sus enormes columnas metálicas abigarradas que llegaban hasta el techo, no visible por su altura, en una arquitectura barroca pero funcional. En el fondo de la sala, el grupo de geths se reunía en torno a un objeto que no alcanzaban a ver, como si estuviesen rezando, o al menos eso era lo que parecía a simple vista.

Con una señal, Ellie ordenó a Sareyev que se posicionara. Él llevaba un RPG antitanque con el que podría destruir uno de los colosos de un sólo disparo. El problema era que no podría efectuar una recarga a tiempo para disparar al segundo, con lo que se quedaría al descubierto ante el enemigo. La teniente había sopesado la situación: del segundo coloso se encargaría ella con un ataque biótico. Si era capaz de concentrar bastante energía, podía levantarlo del suelo lo suficiente para que el coloso quedara a su merced el tiempo justo para que pudiese ser derribado por Sareyev. Del resto, se tendría que encargar Dalsem por su cuenta.

El ataque fue muy rápido. El impacto del RPG destruyó sin problemas el primer coloso, y la onda expansiva que provocó hizo caer a los geth antropomorfos que se encontraban cerca. A continuación, el segundo coloso se elevó unos instantes quedando ingrávido, mientras una segunda explosión inundó de luz la sala. Dalsem había lanzado una granada de iones que inutilizó los sistemas de los soldados geth unos segundos, tiempo suficiente para que el quariano los rematara a placer. Finalmente, una última explosión, la de un nuevo proyectil de RPG, acabó con el último de los colosos y con la batalla. Todos los geth estaban muertos y no había que lamentar ninguna baja en su equipo.

– ¿Qué creeis que es? – preguntó Sareyev acercándose al objeto que los geth parecían haber estado venerando.

– ¡Esto es lo que he estado esperando tanto tiempo! – le respondió el quariano sin poder disimular su euforia.

Durante los tres siglos en los que los quarianos se habían visto obligados a vivir en el exilio, se había despertado en ellos una profunda curiosidad en todo lo referente a los geth. ¿Cómo se organizaban? ¿Cuáles eran sus creencias? ¿Seguían a algún lider? Aquel pequeño objeto ovalado que no medía más de un metro de altura, podía ser la clave para alguna de aquellas preguntas, aunque era obvio que el idolo no era de fabricación geth y que hacía milenios que había permanecido allí, enterrado. Sin duda, una ofrenda digna para poder regresar a la Flota Migrante con honores.

Entonces, sin previo aviso, los acontecimientos se precipitaron sin control. Espoleado por la curiosidad, André tocó la superfície del objeto. Al principio sólo notó que estaba muy frío pero, de repente, un pulso electromagnético se disparó lanzando a los tres a varios metros de distancia, luego, todo se volvió negro.

Capitulo 10

Una asari observaba desde una silla, cerca de la cabecera de la cama donde se encontraba. A pesar de la calma que por norma general las asari solían transmitir, aquella en concreto, enfundada en un traje completamente negro, permanecía seria, inquisitiva, como un juez en un juicio sumarísimo. Por fin, la asari habló.

– Ya era hora que despertase. – dijo en tono autoritario – La doctora tuvo que sumirla en un coma inducido para poder tratar sus heridas – dijo señalando a la doctora salariana que se afanaba recorriendo la clínica de un lado para otro como si la conversación de la que era participe de forma indirecta no fuera con ella – Debe saber que ha estado al borde de la muerte. Su implante se quemó, literalmente, por lo que ha tenido que serle sustituido por uno nuevo de tipo L4, cortesía del Consejo de la Ciudadela.

A Ellie le costó unos segundos comprender donde se encontraba. Lo último que recordaba era la explosión en las ruinas y a Dalsem gritar como un loco en quariano antes de caer inconsciente. Sin embargo, aquello no se parecía en nada a Trebin ni tampoco a ningún hospital de campaña de la Alianza: la sala era espaciosa y bien equipada, pero sobretodo era lujosa. Por una de las ventanas del fondo se podía ver el cielo artificial que imitaba el de algún planeta habitable. Antes de que pudiera preguntar en qué lugar se encontraba o qué había pasado, la asari prosiguió con su discurso.

– Por si aún no se ha dado cuenta, se halla en la Ciudadela. Fue trasladada aquí desde el SSV Varsovia a petición expresa del Consejo, con motivo de algunos acontecimientos muy preocupantes que se han producido estos últimos días. – hizo una pausa – ¿Conoce el informe Shepard?

Ellie negó con la cabeza.

– Hace ahora poco más de un mes, – prosiguió – un equipo de arqueólogos de la Alianza descubrieron en Eden Prime un artefacto proteano. Cuando ese equipo se preparaba para trasladar el objeto, la colonia fue asaltada por geth y devastada, y hubiese sido destruida completamente si el equipo del comandante Shepard no hubiese intervenido. Shepard no sólo salvó la colonia, también,… entró en contacto – dijo poniendo especial énfasis en las últimas palabras – con lo que resultó ser una baliza proteana.

– ¿Y qué tiene eso que ver conmigo? – consiguió articular finalmente Ellie.

La asari frunció el ceño. Los años de experiencia como espectro le decían que aquella mujer le estaba mintiendo, o que al menos sabía más de lo que dejaba entrever. El ataque geth a Eden Prime había sido la espoleta que había activado el resto de acontecimientos: la evidencia de la traición de Saren Artorius, el nombramiento del primer espectro humano, los avistamientos de naves geth en diferentes lugares de los Sistemas Terminus,… El informe trascrito por el SSV Varsovia, y cedido amablemente por el embajador Udina, hablaba de que la pequeña fragata SSV Orleans había sido derribada por una nave acorazada geth, días antes del primer ataque confirmado. Su presencia en un planeta sin apenas terraformar, como su presencia en Eden Prime, debía estar relacionada con algún objeto que los geth estuvieran buscando allí, tal vez otra baliza. Además, tanto el comandante Tremaine, de la Varsovia, como uno de los supervivientes de la Orleans, confirmaron que la teniente Simmons, junto a uno de sus subordinados y un quariano, habían partido en un vehículo 4×4 con un buen aprovisionamiento de armas. Su actitud era muy sospechosa, pero por alguna razón que no acababa de comprender, el comandante había accedido a sus peticiones. Lo siguiente que decía el informe era que el quariano había regresado al punto de extracción en el rover, con los dos humanos inconscientes y heridos de gravedad.

Su teoría era que, como en el caso de Shepard, ambos humanos habían entrado en contacto con algún tipo de artefacto proteano, ya que, en ambos casos, el contacto con el objeto les había provocado una descarga neural, y la consecuente perdida de conciencia. Shepard también había descrito visiones confusas y catastrofistas, producto sin duda de haber estado en contacto con la baliza proteana. Un efecto secundario añadido de esa posible exposición accidental de la teniente Simmons era que los implantes se habían quemado sin entrar en contacto con ninguna fuente de energía. La asari decidió cambiar de estrategia.

– ¿Ha tenido pesadillas? – inquirió

– No, que yo recuerde – respondió Ellie.

Era extraño. Los días que el otro sujeto humano había estado ingresado, había farfullado en sueños palabras ininteligibles que nadie fue capaz de identificar con ningún idioma registrado. Después, simplemente, un día desapareció. El Seg-C emitió una orden de búsqueda pero aún no había dado resultados. Por eso era tan importante obtener resultados de este interrogatorio, sobretodo teniendo en cuenta que el quariano seguía sin querer hablar. También podría intentar leerle la mente, pero una unión no se podía forzar, sólo funcionaba cuando el sujeto en cuestión lo permitía y desde luego era obvio que la teniente Simmons no iba a revelar sus secretos de buena gana, como tampoco el quariano, que seguía en custodia en una celda del Seg-C.

– Casualmente, su amigo tampoco se acuerda. – le insinuó para ver su reacción.

– ¿Mi amigo? – por un momento dudó, ¿a quién se refería la asari?

– Su amigo quariano, – hizo una pausa para enfatizar las palabras siguientes – el que le salvó la vida…

– ¿Dalsem está bien? – preguntó preocupada.

Yleanna sonrió para sus adentros. Su preocupación era sincera, así que por fín había dado con un punto débil del que sacar provecho. Lo cierto era que, en el mes que había transcurrido desde el incidente, los dos únicos supervivientes capaces de contar lo que verdaderamente había pasado durante esas horas que estuvieron desaparecidos – al otro humano no lo contaba en la ecuación – uno permanecía en coma y el otro se había negado en rotundo a hablar. Al ser quariano, se escudaba en el traje ambiental que le cubría la cara y se limitaba a contestar en quariano, deshabilitando el traductor instantáneo del traje. Si no estuvieran en la Ciudadela, habría podido emplear otros métodos menos sutiles para sonsacarle la información, pero allí, donde se debían siempre respetar los derechos de cada individuo para evitar conflictos diplomáticos, resultaba imposible, ni siquiera con un apátrida quariano. De todas formas, y a pesar de que siendo espectro gozaba de unas cuantas prerrogativas, a Yleanna no le gustaban estos métodos que sus compañeros salarianos y turianos no dudaban en utilizar. Los consideraba poco éticos.

– Muy bien. – respondió finalmente – Está en custodia, en una celda en el Seg-C, pero no se alarme, es sólo rutina: si no ha hecho nada malo, podrá salir sin problemas.

Ellie se quedó pensativa unos instantes. Era obvio que nada de aquello cuadraba: por graves que fuesen sus heridas, la Alianza tenía clínicas lo suficientemente preparadas para atenderle. No tenía lógica ninguna que la hubiesen trasladado a la Ciudadela ni que el Consejo se tomara tantas molestias en su cuidado. Además, estaba el hecho de que habían encerrado a Dalsem, sin duda para interrogarle por lo sucedido, y que él, a pesar de que podía, se negaba a hablar. Todo esto no era sólo por haber sido testigos del primer avistamiento geth fuera del Velo. Había algo más, algo relacionado con su contacto con aquel artefacto de las ruinas, que la había dejado inconsciente y que casi le había causado la muerte. También tenía que ver con ese tal Shepard, que por lo poco que había podido dilucidar, también había estado en contacto con algún artefacto alienígena. Ese empeño en sonsacarle alguna información a ella o a Dalsem sólo quería decir que el Consejo estaba muy interesado en el artefacto pero también que no sabía donde encontrarlo, de ahí que aún siguieran manteniendo preso a Dalsem sin ningún cargo.

Necesitaba hablar con él antes de que la espectro asari le acabara sonsacando la información, y así poder ponerse de acuerdo en sus versiones para sacar la mayor ventaja posible de la situación.

– Me gustaría poder verle. – le dijo Ellie

– No hay problema, – respondió la asari – pero tendrá que ser más adelante. Ahora está muy débil todavía. Concertaré una cita con el Seg-C, para que pueda ir mañana a visitarlo.

Con una ligera inclinación de cabeza, la asari se despidió de Ellie y se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, se dirigió a la doctora salariana que permanecía impasible de pie, preparando unos viales para sus pacientes.

– Vigílela y notifíqueme si experimenta cualquier cambio en sus ondas alfa. Me interesa saber si realmente dice la verdad con lo de las pesadillas.

Capitulo 11

A Yleanna Viso, no le gustaba el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Era absurdo que el Consejo, con todo su poder, la mantuviera a ella, una de sus mejores espectros, investigando simples suposiciones, por muy grave que el ataque a Eden Prime fuese para la estabilidad galáctica. La traición de Saren había supuesto un golpe muy duro para el Consejo, en tanto que su imagen pública se había visto deteriorada ante los ojos de las especies aspirantes a formar parte de él en un futuro. No sólo entre los humanos, también entre los volus y los elcor, había saltado la voz de alarma: si el Consejo era incapaz de saber qué estaba tramando uno de sus propios espectros, ¿cómo iba a defender la estabilidad de la galaxia? Parecía no sólo que las hubiesen permitido sino también protegido, las acciones de Saren.

Nunca le gustó. Aunque habían cruzado un par de frases como mucho desde que ingresó en los espectros, Saren era un prepotente pero gozaba de un buen status a los ojos del Consejo. Sus métodos eran brutales pero efectivos, y siempre conseguía sus objetivos, de ahí que aún, a pesar de las barbaridades que había cometido, le tuvieran en alta estima. Por eso, su traición era doblemente dolorosa para el Consejo. Desde su punto de vista, la reacción de la Alianza humana había sido lógica: las víctimas de Saren, que se contaban ya por millares, habían sido sólo humanas, a lo que se añadía el hecho de que parecía una catástrofe anunciada por el odio no disimulado del espectro turiano hacia esa raza, fruto de su experiencia en la Guerra del Primer Contacto. Era normal que ahora los humanos intentasen sacar provecho de una situación dolorosa pero que les podía reportar beneficios, el primero de los cuales era la incorporación del comandante Shepard al cuerpo de los Espectros. Aunque a los humanos les pareciese que su nombramiento era fruto de la incesante labor a favor de la Humanidad del embajador Udina, un tipo advenedizo y desagradable, o del discurso de Shepard ante el Consejo, la verdad era que todo había sido ya pactado de antemano: era una forma de compensar las horribles acciones de Saren.

Mientras tomaba el Rapidtrans en dirección a la academia de la Seg-C, Yleanna también recapacitaba sobre su propia carrera. Nunca lo había tenido fácil. No había muchas espectros asari, principalmente porque los espectros eran escogidos por sus aptitudes en combate y las asari eran una raza pacífica que rara vez habían entrado en conflicto con alguna especie: siempre era mejor dialogar para encontrar una solución. Eso no quería decir que no las hubiera, pero en esos casos, las espectros asari trabajaban más como mediadoras que como soldados propiamente dichos, a pesar de que los comandos bióticos asaris eran temidos en toda la galaxia por su efectividad. Pero incluso entre las asari, su caso seguía siendo excepcional. Su madre había escogido como pareja a un turiano del que se enamoró profundamente, y fruto de ese amor había nacido ella. Al poco tiempo de nacer, la familia se había trasladado a Palaven, planeta natal de los turianos, donde viveron unos primeros años muy felices, hasta que un dia, su madre apareció muerta, degollada. A pesar de la intensa investigación que siguió a los hechos, nunca se pudo averiguar quién la había asesinado, pero este hecho marcó profundamente la vida de la joven Yleanna, que se crió sin el apoyo de otras asari, como una turiana más, con todas sus reglas y su espíritu guerrero, sin serlo. En cuanto pudo, simplemente, huyó de casa en busca de algo que, aunque no acababa de identificar, sabía que faltaba en su vida. La suerte y el destino hicieron el resto, y aunque llevaba retraso respecto a las demás jovenes asari en el aprendizaje de las enseñanzas de la Diosa, pronto se integró en su sociedad. Sin embargo, aquella necesidad de descubrir al culpable del asesinato de su madre siempre le espoleó para convertirse en espectro, así como su educación turiana. Esto último también le había marcado su carácter, demasiado agresivo e impulsivo a veces, y era por eso que no le gustaba nada la última misión que el Consejo le había encomendado: averiguar qué era lo que había pasado realmente en Trebin y si guardaba relación con lo que había ocurrido en Eden Prime.

Nada más bajar del vehículo, lo primero que vió fue la enjuta figura del Ejecutor Pallin, algo inusual ya que éste no solía salir de su despacho.

– ¿Ha habido suerte con la humana? – preguntó algo alterado

– No, pero si así fuera – le respondió tajante – no tendría porqué darle ninguna explicación.

Eso era cierto, en parte. Los espectros eran el brazo ejecutor directo del Consejo y tenían potestad para ir adonde quisieran y cuando quisieran, sin dar explicaciones a nadie. En cambio, la Seg-C, a cargo de Pallin, sólo se encargaba de los sucesos que tenían que ver directamente con la seguridad de la Ciudadela, siempre y cuando no afectaran directamente al Consejo.

– Me la debes – le respondió Pallin algo enojado: no soportaba la prepotencia típica de los espectros – aunque sólo sea por ese amiguito quariano tuyo al que me has obligado a retener sin cargos.

– No se acuerda. – dijo finalmente Yleanna – Por lo visto, la amnesia es un mal bastante común últimamente… ¿alguna novedad?

– Si te refieres al quariano, – dijo Pallin dulcificando su tono de voz – sigue sin soltar prenda, pero ese es el menor de los problemas a los que me he tenido que enfrentar hoy.

– No me digas, ¿algún hanar predicando en el Antro de Chora? – le espetó dejando escapar una risita maliciosa.

– No sabía que las asari conocieseis la ironía… – le insinuó – Pero no, es algo referente a las de tu raza. ¿El suicidio es una práctica común entre vosotras?

La pregunta le había dejado completamente fuera de combate. Las asari eran una de las especies más longevas de la galaxia y en su sociedad, el suicidio era algo impensable. No hacía falta que hubiera preceptos religiosos o sociales que lo prohibieran, simplemente era algo imposible que nunca pasaría por la mente de ninguna asari.

– No, es algo inconcebible – respondió finalmente.

– Pues tengo el cuerpo de una en la morgue, que dice lo contrario. – dijo Pallin – Me preguntaba si podrías asesorar a nuestro agente responsable de la investigación en esos pequeños detalles.- hizo una breve pausa antes de continuar – Favor por favor, por lo del quariano.

En otro momento, tal vez, se habría negado en rotundo a la proposición del ejecutor, pero ahora, embarcada en una misión absurda como aquella, más fruto de la debilidad del Consejo que de un temor real, el poder dedicarle su tiempo a una verdadera investigación era una buena via de escape a su frustración.

– ¿Dónde puedo encontrar a tu hombre? – le preguntó secamente.

– Está en los Distritos, te enviaré su localización exacta a tu DOA… ah, y suerte. – le dijo Pallin despidiéndose con la mano a medida que se alejaba.

– ¡Recuerda que mañana vendré a interrogar al quariano con la humana! – gritó a viva voz para que el ejecutor la oyera en la distancia.

La Ciudadela era el epicentro de toda actividad en la galaxia. Todas las razas conocidas tenían una embajada allí o aspiraban a tenerla, y todas las compañías tenían una delegación allí donde se decidía el destino del universo. Eso hacía que millones de vidas pululasen por aquel planetoide artificial cuyo origen se remontaba a los proteanos, que habían sido sus creadores, y del que los Cuidadores, como fósiles vivientes de una época mejor, eran sus únicos testigos vivos. Su sola presencia suponía un enigma y como restos vivos ancestrales de una civilización como la proteana, estaba prohibido molestarles, aunque de hecho, nadie sabía qué era lo que realmente hacían. Según algunos, simplemente pululaban como parásitos de un lado a otro, carentes de inteligencia, otros, los más paranoicos, creían que los Cuidadores podían ser la clave de los enigmas de la extinción proteana. Yleanna simplemente los consideraba un estorbo. Lo peor era que estaban en todas partes, desde el Presidio a los cinco distritos en que se dividía la Ciudadela, uno por cada brazo de la estación. Escribió en el selector de destino del Rapidtrans, una especie de taxi automático sin piloto, la dirección que le había marcado Pallin en el DOA, y se dejó caer en el asiento, agotada.

El Rapidtrans tardó unos diez minutos aproximadamente en llegar a su destino, tiempo suficiente para aclarar su mente con una de las técnicas meditativas que la matriarca Leisia le había enseñado ya hacía unas cuantas décadas. Aunque las asari podían vivir centenares de años, Yleanna, con sus apenas 196 años, podía considerarse aún bastante joven, según los estándares de su raza, lo que explicaba las reticiencias del Consejo sobre su nombramiento como espectro, hacía ahora diez años. Ahora, todo aquello quedaba lejos, aunque no tanto como para no ver que seguía sin ser aceptada completamente. En cierto modo, comprendía cómo debía sentirse Shepard en ese momento: ambos eran un experimento del Consejo en favor de la integración.

Al llegar a la plaza, una figura esbelta se agitaba nerviosa, buscando a algo o a alguien entre la multitud. Su uniforme de la Seg-C lo delataba: aquel debía ser el agente del que Pallin le había hablado, un joven turiano con aspecto de novato. Yleanna le tocó el hombro para llamar su atención, a lo que el joven reaccionó con un respingo, del sobresalto.

– Eres del Seg-C, supongo – las obviedades siempre eran una buena manera de empezar una conversación.

– Lo siento,- le respondió él – pero no estoy interesado. Estoy de servicio.

No era la primera vez que le tomaban por algo que no era. En su trabajo ya había sufrido en varias ocasiones este tipo de malentendidos: el resto de especies, incluidos los recién llegados humanos, sentían cierta atracción por las asari, en el caso de los turianos incontenible, en parte motivada por los rumores sobre su sexualidad. Esto hacía que muchas de ellas acabaran trabajando de bailarinas o directamente de meretrices, a pesar de que las uniones eran algo sagrado en la cultura asari. Yleanna decidió cortar de raiz la confusión.

– Soy Yleanna Viso, agente espectro del Consejo de la Ciudadela. – dijo con el tono más solemne de su repertorio – Vengo de parte del ejecutor Pallin.

– P…p…perdón, – respondió el novato tartamudeando con un intento de saludo militar – S… S… Sirius Karekian, agente de la Seg-C, s…señora.

Ahora que ya había captado su atención, podían hablar del caso.

– Pongame en antecedentes, Sirius – le inquirió. El joven empezó recitando el informe de lo que había descubierto hasta el momento.

– La muerta es Dalessia N’Argan, conocida "mujer para todo". – Sirius trató de disimular como pudo la palabra "prostituta", para evitar en lo posible la ira de la espectro después del malentendido – Hace una hora aproximadamente, según los testigos, se dejó caer desde el balcón de aquel edificio. Es un hotel de mala muerte para gente que viene de paso.

– "¿se dejó caer?" – le interrumpió irónicamente – ¡Buen eufemismo, señor Karekian! Así que usted cree que se ha suicidado, ¿no?

– No existe el suicidio entre las asari, – le contestó sin mostrar ningún atisbo de duda – pero un asesinato es aún menos probable.

Yleanna sonrió. Al menos parecía que el señor Karekian había hecho los deberes y conocía aunque fuese un poco la cultura asari, lo que no se podía decir de su superior.

– Lo primero es averiguar si se encontraba con alguien a esa hora, ya sea como sospechoso o como simple testigo.

La siguiente hora, ambos se la pasaron interrogando a los inquilinos sobre los hechos. Nadie había visto nada, excepto a la asari cayendo al vacío desde uno de los últimos pisos. Lo más que lograron descubrir era que Dalessia había llegado allí acompañada de un humano, encapuchado, y que éste había pagado por adelantado la habitación. Sin embargo, nadie lo había visto marcharse, y al parecer, antes de caer al vacío, la asari estaba sola. Los datos de la autopsia tampoco revelaban gran cosa: no había drogas en el cuerpo de Dalessia ni ninguna herida que no estuviese relacionada con la caída. Parecía como si realmente se hubiese suicidado sin más, hipótesis fortalecida por el hecho indiscutible que Dalessia, como toda asari, era biótica, de modo que no se hubiera dejado arrojar al vacio sin haberse defendido de su agresor.

Sin nada más que pudiese hacer en el caso, Yleanna se fue a casa para descansar, mañana le esperaba un día muy duro.