Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 4-

 
 
Capítulo 12

 

– ¿Te apetece una copa? – el joven soldado sonreía con su dentadura de un blanco perfecto intentando seducirla.

– No, gracias, – dijo ella señalando a un hombre de mediana edad, cepado y musculoso – Mi padre, aquel de allá, no me deja beber alcohol hasta que no cumpla la mayoría de edad, ¡hola, papá! – gritó en tono cantarín, agitando la mano, saludando a aquel hombre, que por cortesía, le devolvió el saludo.

– Eh… no sabía que eras menor, – le respondió el muchacho – bueno, ya nos veremos…

El Flux era uno de los lugares más concurridos de la Ciudadela, un lugar donde se podía tomar una copa tranquilamente o jugar a las máquinas de quásar, actividades ambas prohibidas para un menor de edad, a quienes estaba restringido su acceso. Si aquel soldado, como otros dos antes que él, hubiese utilizado el cerebro en vez de pensar con otra parte de su cuerpo, se habría dado cuenta de que ni aquel hombre de mediana edad era su padre ni ella era menor. Por suerte o por desgracia para Lizzy, las hormonas eran más poderosas que el raciocínio humano, pensó. Aquel era un buen lugar para ahogar las penas y para esperar a que llegara la hora de la cita con uno de los funcionarios de la embajada, Arnold Bosker, el que se encargaba de la repatriación de los cuerpos de los marines muertos en Eden Prime.

Desde su accidentado rescate en Trebin, las cosas habían ido de mal en peor para Elizabeth Sánchez. En la SSV Varsovia, mientras permanecía en la enfermería de la nave junto a sus dos compañeros de la Orleans, ambos en coma, se le había comunicado que Eden Prime había sido atacada por los geth. El número de bajas entre los marines aún estaba por contabilizar y el de los cíviles muertos durante el ataque tardaría meses en poder concretarse. Aquella noticia había sido mucho más dolorosa que cualquier herida física: por lo que sabía, todos sus familiares, padres, hermanos, tios,… podían estar muertos y ella no había podido hacer nada por evitarlo. Se echaba en cara no haber ido a visitarlos en su último permiso y ahora, nunca más podría volver a ver sus caras sonrientes, nunca más. Encima, por alguna razón que desconocía, a ella y al resto de los supervivientes de la Orleans se les había trasladado a la Ciudadela en lugar de repatriarlos directamente a Arturo, destino que originariamente tenía la Varsovia, obligando a la nave a desviarse de su ruta. Además, y a pesar de que ella ya no necesitaba muchos más cuidados, puesto que su pierna evolucionaba perfectamente, también había sido trasladada junto a Simmons y Sareyev a aquella clínica tan lujosa del Presidio, de la que habían tardado casi tres semanas en darle el alta.

Durante su estancia en la clínica, había recibido en varias ocasiones la visita de aquella asari enfundada en su traje negro ajustado, preguntándole sobre la extraña escapada que Simmons y Dalsem habían hecho. Poco podía explicarle ella, puesto que enseguida le habían subido a la enfermería de la Varsovia, y es más, si lo hubiese sabido, les habría acompañado, pasase lo que pasase. En cierto modo, y a pesar de que casi habían muerto, se arrepentía de no haberles acompañado, como si hubiese sido capaz de evitar lo inevitable.

Lo curioso de aquellas visitas era que, al menos las primeras veces, el embajador Udina había acompañado a la asari y en un par de ocasiones le había ordenado que colaborara en todo lo posible con ella. Parecía muy interesado en aprovechar cualquier ocasión que le permitiera ganar influencias en las altas esferas políticas, aunque fuese a costa de los demás. Sin embargo, su interés, y el de la asari, se centraba básicamente en la teniente, pero no así en Sareyev, al que ignoraron por completo, por ser ella la oficial al mando, supuso Lizzy. Otra cosa que la tenía en ascuas era el hecho de que, si bien ambos se habían visto afectados por la explosión o lo que fuera que les ocurrió, sólo la teniente estaba realmente grave y su implante biótico había tenido que serle retirado y reemplazado por uno nuevo: quitárselo sólo habría supuesto que su sistema nervioso se viera afectado de por vida, dejándola como un vegetal. En cambio, los de Sareyev, unos implantes inactivos que tenía desde niño, apenas se habían visto afectados y, dado que eran residuales, ni siquiera se habían planteado extirpárselos. Además, su coma no era tan profundo como el de la teniente, y como decía la doctora cuando Lizzy le preguntó, sólo era cuestión de días que recuperara completamente la conciencia. El problema es que, cuando lo hizo, se escapó de la clínica.

Cuando finalmente le dieron el alta, Lizzy acudió primero a la embajada de la Alianza para preguntar por Sareyev. Allí la remitieron a la Seg-C, para que pusiese la denuncia de la desaparición, pero a la vez no le dieron muchas esperanzas de poderlo encontrar: era un hombre adulto, no había cometido ningún crimen y la Ciudadela era demasiado grande para empezar a buscar sin ninguna referencia. Con tanta gente, era como buscar una aguja en un pajar. Pero gracias a sus visitas a la Seg-C, había descubierto otra cosa: Dalsem estaba allí, encerrado en una celda. En varias ocasiones había insistido en verle, pero los guardias se habían negado en rotundo, y más sin un permiso del embajador, que por supuesto no se lo iba a conceder. Sin familiares y sola en aquella mega estación sin poderse reincorporar al servicio activo por orden expresa del almirantazgo, lo único que la ataba con su vida anterior era la teniente, a la que procuraba visitar cada día desde que le dieron el alta.

Su visita al señor Bosker tendría que esperar. Al fin y al cabo ya sabía lo que le iba a decir, que aún se estaban identificando los cadáveres y que era imposible saber a ciencia cierta a quienes pertenecían muchos de ellos. Haría falta un análisis genético para una identificación positiva, y ¡había tantos! Las explicaciones del señor Bosker parecían bastante creíbles pero había rumores de que había algo más que las autoridades no estaban contando: habían muchos más desaparecidos que cadáveres, como si esas personas se hubiesen evaporado de repente.

No tenía ganas de pensar en ello. Dio el último sorbo a su copa, un brebaje elcor con un sabor similar a la cerveza de malta, y se despidió del volus que limpiaba la barra, dispuesta para ir a visitar a la teniente. No esperaba que estuviese despierta pero al menos, el aire esterilizado que se respiraba en la clínica la relajaba impidiéndole pensar en sus propias desgracias. Además, la doctora salariana había resultado ser una compañía bastante divertida, a pesar de su aire de profesionalidad. Cuando llegó, ya era bastante tarde y el horario de visitas estaba a punto de concluir.

– Llegas tarde, no se puede pasar. – le dijo la doctora con aquella forma de hablar tan acelerada, como todo su metabolismo, que tenían los salarianos.

– Anda, venga, – le suplicó Lizzy – y luego si quieres te invito a una copa en el Flux – aunque acababa de estar allí, no le importaba tomar una copa más, una de las tantas que ya llevaba en el cuerpo desde que se había levantado esa mañana.

La doctora pareció dudar unos instantes, pero luego se limitó a decir:

– De acuerdo, pasa, pero te vas a llevar una buena sorpresa.- le respondió la doctora manteniendo el suspense.

Al entrar, las luces habían sido atenuadas para facilitar el sueño de los pacientes, pero a pesar de eso, Lizzy no tuvo problemas en encontrar la cama de la teniente Simmons puesto que ya se conocía al dedillo la disposición de la sala. Para su sorpresa, Simmons no estaba dormida, sino incorporada en su cama, mirando por la ventana que daba al exterior, a la plaza del Presidio, con la estatua de un relé en miniatura que dominaba el estanque.

– ¡Estás despierta! – exclamó Lizzy corriendo hacia ella para darle un gran abrazo.

– ¡Ey, tranquila! – le respondió Ellie todavía dolorida. El nuevo implante todavía era reciente – ¡que aún me duele!

– Perdona, es la emoción. – se disculpó la joven – Pensaba que no te iba a volver a ver jamás.

– Hace falta mucho más que una descarga neural para acabar conmigo. – le respondió sonriendo mientras se palpaba la nuca, donde aún notaba la cicatriz reciente de la operación.

– ¿Cómo te encuentras?

– Como si tuviese resaca después de una noche salvaje, pero por lo demás estoy bien. ¿Sabes algo de Sareyev?

Lizzy negó con la cabeza.

– Se escapó de la clínica a la semana de estar aquí. – le respondió cabizbaja. Era obvio que le tenía un gran aprecio a Sareyev – No sé nada de él. Han detenido a Dalsem. – apostilló – ¿Crees que ha hecho algo malo?

– No, no creo. – aunque apenas conocía al quariano, lo conocía lo suficiente para saber que no era un criminal – Lo tienen retenido por lo de Trebin…

Entonces cayó en que la asari no debía ser tan estúpida como para no tenerla vigilada las veinte horas del día. Seguro que tenía escondido algún dispositivo que registraba cualquiera de sus movimientos, al fin y al cabo, los espectros tenían potestad para hacer eso y mucho más. Sin previo aviso, tomó la mano de Lizzy. Cualquiera que viese la escena pensaría que eran dos amigas en un momento de confidencias privadas pero la verdad era que la teniente estaba explicándole todo lo que había ocurrido con un sencillo código morse, que todo soldado de la Alianza debía conocer, golpeando suavemente la palma de la muchacha con el dedo corazón. Instantes más tarde, la conversación silenciosa terminó con un abrazo amistoso y un hasta mañana.

 

Capítulo 13

 

Al día siguiente, la asari había sido tan puntual como prometió. A Ellie le habían ofrecido ropa de paisana, puesto que no se encontraba de servicio para llevar el uniforme, y para que pasara desapercibida durante su visita al Seg-C: Yleanna no quería que llamara demasiado la atención. Juntas subieron a un Rapidtrans en dirección a la sede del cuerpo de seguridad de la estación y durante el trayecto, ninguna de las dos abrió la boca, lo cual extrañó a la teniente, era obvio que la espectro tenía la mente en otras cosas.

Yleanna estaba sumida en sus propios pensamientos. Aunque sólo fuera una simple prostituta, la muerte de aquella asari seguía siendo inexplicable, al menos para ella. Además, no podía quitarse de la cabeza la sensación de que algo malo iba a pasar y que todo aquello, la traición de Saren, los geth, lo de Trebin, estaba de alguna forma relacionado. Era sólo una sensación, pero como muchas veces le había dicho la matriarca Leisia, las percepciones, por irracionales que pudieran parecer, se acercaban muchas veces a la verdad. Pero aunque la espectro estuviera tan absorta, no lo estaba tanto como para no notar que otro vehículo las estaba siguiendo.

Al llegar a su destino, en la Seg-C, nadie les estaba esperando, ni siquiera el Ejecutor Pallin, que parecía querer llevar todo el asunto de la visita con la mayor discreción posible. Mejor, pensó Yleanna. No le gustaba que Pallin se inmiscuyera de esa forma en los asuntos del Consejo, y cuanto menos supiera al respecto mejor, aunque el turiano era un individuo muy perspicaz, don éste que le había hecho escalar puestos rapidamente hasta llegar al de ejecutor, sería dificil seguir manteniéndolo en la inopia. La espectro avanzó por el pasillo, repleto de transeuntes ociosos que hablaban entre sí sobre disputas, denuncias y ese tipo de problemas y minucias de los que solían hacerse cargo en la Seguridad de la Ciudadela, y giró hacia uno de los pasillos laterales menos transitados. Allí, de repente, sin previo aviso, después de comprobar que no había ningún testigo presente, se giró sobre sí misma agarrando del brazo a la persona a la que llevaba tiempo notando que la seguía, retorciéndoselo detrás de la espalda. La presa había sido ejecutada en apenas unas décimas de segundo, demostrando la efectividad de la espectro asari en el combate CRC.

– ¡Suelteme! – gritó la muchacha.

– Creo que no. – le respondió en un tono calmado que denotaba superioridad y control de la situación – Tal vez debería romperte el brazo, por estúpida. ¿Eso es todo lo que os enseñan en la Alianza?

La cabo Sánchez dejó escapar un gruñido de rabia y frustración. Podría haber intentado zafarse, y con otro adversario seguramente lo hubiese logrado fácilmente, pero aquella asari era un espectro, y estos estaban rodeados de un halo casi de leyenda ante los ojos de los simples mortales. Aparte del hecho de que, seguramente, como espectro, tenía un entrenamiento en combate muy superior al suyo, Sánchez también temía posibles represalias si intentaba defenderse, de modo que se limitó a dejarse apresar.

– ¡Sólo seguía a la teniente! – aulló a causa del dolor – ¡También quiero visitar al quariano! ¡Le debo la vida!

Poco a poco, pero sin soltarla aún, Yleana fue aligerando la presión sobre el brazo para permitirle responder sin coacciones. Era obvio que ambas mujeres lo habían planeado todo con antelación, aunque aún se le escapaba cómo lo habían logrado con la cantidad de cámaras que había en la clínica de las que había ordenado que le enviaran las grabaciones personalmente. Ahora, eso ya no importaba, le acababan de pillar los dedos de tal forma, que aunque no lo desease, tendría que permitir que la suboficial les acompañase.

– Esta bien, – dijo la espectro soltándola – aunque podría hacer que te detuvieran – sonrió a pesar de que ella sabía, como las dos humanas, que no podía detener a ningún soldado de la Alianza sin una causa justificada, y vagar por los pasillos de la Seg-C desde luego que no lo era – o simplemente matarte con mis propias manos, porque tengo potestad para ello, dejaré que vayas con la teniente a visitar al quariano, siempre que me prometas que te quedarás callada.

Lizzy asintió. Las tres mujeres recorrieron juntas los angostos pasillos de la Seg-C sin saber que, al menos ese día, no llegarían a su destino. La actividad frenética de la multitud de personas que se agolpaba, entre agentes y detenidos, aumentaba a medida que se acercaban al atrio central, vidas anónimas cada una de ellas con sus propios intereses y motivos vagando sin rumbo fijo. Sin perderlas de vista, la espectro asari las dirigió hacia el sector donde se encontraban las celdas, en el subsótano, un lugar aséptico y limpio que distaba mucho de la imagen que tenían las prisiones en las colonias o en la Tierra, pero entonces, cuando se disponían a enfilar las escaleras, alguien la agarró del hombro. Instintivamente, la asari intentó zafarse y apresar a su atacante, pero el misterioso individuo se escabulló retrocediendo unos metros. Todo había transcurrido en décimas de segundo, el tiempo suficiente para que su pupila se centrase en su objetivo y pudiera ver con claridad quién era su contrincante. Lo que vió la dejó estupefacta.

– Lo siento, – respondió el joven turiano – no era mi intención sobresaltarla de esa forma, pero tengo una nueva pista sobre el caso.

Aún sin poder asimilar que un novato de la Seg-C como Sirius Karekian hubiese sido capaz de esquivar su contraataque con aquella velocidad y maestría, Yleanna tardó unos segundos que le parecieron eternos en contestarle.

– ¿Qué sucede Sirius? – dijo la asari mientras el sudor empezaba a deslizarse por su frente.

– Tengo nueva información que puede ayudarnos con el caso N’Argan. – hizo una breve pausa esperando la aprobación de la espectro, que le indicó con un gesto que continuara con la narración – Acaban de denunciar un altercado con otra asari, en los Distritos, tal vez otra posible suicida…

– Sirius… Ahora no es el mejor momento – le respondió mirando de reojo a las dos humanas – para seguir a ciegas una intuición que puede no tener nada que ver con el caso…

– Pero ¿y si está relacionado? – le contestó el turiano ligeramente contrariado – ¿y si hay alguna razón para esos suicidios?

La espectro asari permaneció unos segundos en silencio, reflexionando. Algo en su interior le decía que, aunque no obedeciera a ninguna lógica, existía un nexo común aún inexplicable para los suicidios. Por otro lado, cancelar la visita programada al quariano le parecía una buena forma de resarcirse por la trampa en la que ambas humanas le habían hecho caer, una especie de venganza dulce y sutil. Sonrió maliciosamente.

– Está bien. Es una pena pero tendremos que anular la visita, – dijo mirando a Simmons – lo lamento en el alma.

– No importa, iremos con usted. – le contestó Ellie sin dejar de sonreír. Aunque podía parecer un gesto inocente, en su fuero interno, la espectro sabía que la teniente estaba disfrutando dejándola en evidencia – Supongo que podemos acompañarla y esperarla. Al fin y al cabo, no tenemos nada más que hacer, ¿verdad Sánchez?

La cabo asintió con la cabeza, de forma cómplice.  

Los siguientes diez minutos, el tiempo que tardó el RapidTrans en llevar a los cuatro extraños a su destino, fueron un verdadero calvario para Yleanna que veía como, sin quererlo, había perdido el control de la situación, y eso, como miembro de los Espectros del Consejo de la Ciudadela, la frustraba. Era una señal de que tal vez, sólo tal vez, en realidad no estaba preparada para serlo. Ni siquiera era capaz de imponer su autoridad ante un par de humanos, suspiró, ¿cómo iba a imponerse en una situación crítica?

El vehículo se detuvo cerca de la multitud que se agolpaba a la entrada del hotel El Circulo Rojo, un local de mala muerte en el que el propietario, un volus entrado en años, hacía la vista gorda ante cualquier tipo de clientes y sus perversiones, pero ahora les esperaba asustado a la entrada de su negocio.

– ¡Ya era hora! – les espetó en el tono asmático característico de los volus, producto del respirador del traje ambiental que les permitía vivir en una atmósfera, la de la Ciudadela, tan diferente a la de su planeta natal – ¡Se ha… vuelto completamente loca! ¡Hagan algo… antes de que acabe con mi local!

Con un gesto, Yleanna le indicó a Sirius que desenvainara su pistola mientras ella hacía lo propio.

– ¿En qué piso está? – preguntó la espectro.

– En el piso 77… puerta 12 – le respondió el volus señalando la puerta del ascensor central. Aunque fuese un hotel de mala muerte, la mayoría de edificios de los distritos tenían su propio ascensor por su altura, una forma de aprovechar el escaso espacio del que se disponía en la Ciudadela, con una población que no dejaba de aumentar día a día.

Con una breve señal, la asari ordenó al turiano que le siguiera y ambos subieron en el ascensor con la esperanza de llegar a tiempo. Al llegar al piso 77, el hall de entrada a las diferentes habitaciones parecía una zona de guerra asolada, con multitud de muebles y otros enseres destrozados, como si alguien se hubiese dedicado a lanzarlos por los aires. La puerta de la misteriosa habitación numero 12 estaba abierta de par en par, y de su interior se escapaban los alaridos de terror de alguien. Con sumo cuidado, para no asustar aún más a aquella persona, Yleana y Sirius entraron en la habitación sigilosamente, sin dejar de apuntar a su objetivo. Éste, una asari bastante joven, se encontraba acuclillada en mitad del salón, vacío de todo mobiliario, con el rostro hundido entre sus propias manos, sollozando y balanceándose rítmicamente adelante y atrás.

– Tranquilícese, – le susurró Yleanna en el tono más calmado y tranquilizador de su repertorio – hemos venido a ayudarle.

– No lo entiende…  – le respondió la asari en un tono de voz que ponía los pelos de punta – ¡¡Todos estamos muertos!! ¡¡No hay futuro!!

Mientras pronunciaba estas palabras, la asari se irguió en un movimiento espasmódico girándose hacia su interlocutora. Entonces la espectro se dió cuenta de lo que estaba pasando realmente. La muchacha tenía los ojos en negro: estaba todavía en trance, de uno del que no había conseguido salir por su propio pie y cuya visión le estaba consumiendo. Sin apenas tiempo para poder reaccionar, la asari se echó encima de la espectro, agarrándole la mano en un breve contacto, pero lo suficiente para hacerla entrar a ella también en aquel proceso místico.

El mundo desapareció de repente en medio de convulsiones mientras se convertía en testigo mudo de una visión escalofriante en la que millones de hileras de extraños postes cubrían toda la superficie hasta donde alcanzaba la vista. En esos postes, o mejor dicho, empalados en ellos, millones de seres se retorcían chillando a la vez con sus millones de bocas, mientras una luz rojiza lo inundaba todo, una luz que no correspondía a ningún atardecer sino a la provocada por millones de incendios que cubrían la atmósfera de un humo negruzco. Lo peor era que, lejos de sentir miedo o asco, contemplaba la escena fríamente como si nada de ello le importara, como si sólo le interesasen los beneficios, los beneficios de esa cosecha macabra. Horrorizada por ese pensamiento, Yleanna trató de gritar pero no tenía pulmones. Después, simplemente se desmayó.

Cuando finalmente despertó, lo hizo al lado del cuerpo ensagrentado de la otra asari, que descansaba en un charco de sangre que le manaba de un agujero de bala en la frente. Junto a ella, de pie, Sirius temblaba de la tensión, con la pistola reglamentaria aún humeante en la mano.

– No tuve elección… – balbuceó – Gritabas de dolor y yo…

 

Capítulo 14

 

Simmons observaba como el cuerpo rechoncho del volus se movía y agitaba nerviosamente, yendo de un lado para otro. A pesar de lo dramático del caso, a Ellie le resultaba una imagen bastante cómica pero trataba de disimular como podía intentando parecer todo lo seria que una oficial de la Alianza debería. Lizzy, en cambio, era incapaz de disimular o evitar que se le escapase la risa.

El volus prefería ignorar la afrenta: estaba demasiado ocupado como para hacer caso de aquellas dos humanas insolentes. La inversión de toda una vida podía irse al garete si aquella asari cometía alguna locura como matar a un cliente o suicidarse. Eso le daría una mala reputación a su local – nadie querría pasar una noche allí, en un sitio con tan poca seguridad – por no hablar de las perdidas que implicaría una investigación oficial de la Seg-C. No podría abrir en semanas, tal vez meses, y todo por un simple incidente sin importancia que se le había ido de las manos. Si salía de ésta, lo tenía claro, iría con mucho más cuidado a la hora de restringir el acceso a algunos clientes. Por otro lado, ya hacía un buen rato que la espectro y el oficial de la Seg-C habían subido por el ascensor, pero aún no habían dado ninguna señal de que todo estuviese controlado.

– Perdone, – la voz dulce de una de las humanas interrumpió sus pensamientos – ¿este edificio tiene algún otro ascensor para subir?

La pregunta le pilló por sorpresa, pero, sin pensarlo demasiado, el volus le respondió:

– Por detrás… hay un ascensor de servicio,… es pequeño… pero cumple su función.

Con un gesto, Ellie indicó a la cabo que la siguiera hasta el ascensor de la parte trasera. Disimuladamente, para no ser confundidas con clientas del hotel, las dos mujeres entraron en el ascensor de servicio, mucho más estrecho e incómodo que el principal, y comprobaron el panel de mando. El último de los pisos hasta los que el viejo ascensor subía era el número 70, por lo que el resto del camino hasta la planta 77 tendrían que hacerlo a través de una escalera de emergencia. Resignadas, pulsaron el botón correspondiente y el elevador inició su alocada carrera hasta el piso superior. Al llegar allí, efectivamente, una escalera oxidada con un ángulo de inclinación imposible les esperaba: el resto de la ascensión no iba a resultarles tan placentera.

Cuando ya estaban a mitad de camino, un disparo rompió el silencio. Por el sonido sólo podía tratarse de una pistola, seguramente de alguno de los dos oficiales a los que habían acompañado, lo que significaba que debían darse prisa aunque, desarmadas, poco podrían hacer para ayudar. Entonces, sin apenas poder reaccionar, un extraño, un individuo encapuchado, les salió al paso atropelladamente. Sin duda, estaba huyendo de la escena del crimen por lo que, en un acto casi reflejo, la teniente consiguió agarrarlo fuertemente del brazo, de modo que si quería huir tendría que arrastrarla con él. El encapuchado, entonces, contraatacó intentando golpearle el brazo para soltarse, pero Ellie consiguió esquivar el golpe y agarrar con más fuerza aún la manga de aquella chaqueta. Finalmente, el extraño estiró con todas sus fuerzas hacia adelante intentando desestabilizarla pero en lugar de eso lo único que consiguió fue que la manga se rompiera a la altura del codo, liberándose por fín y huyendo a toda prisa por las escaleras.

Lizzy trató de seguirlo, pero el encapuchado era demasiado rápido incluso para ella, y al llegar al rellano de la planta 70, éste ya se había desvanecido como un fantasma. Simmons abrió el puño que había mantenido cerrado desde la pelea: el sospechoso se había dejado un pequeño regalo en forma de trozo de tela ordinaria pero que contenía una buena cantidad de ADN, suficiente para una identificación positiva. Resignadas, continuaron su ascensión hasta el piso 77, donde contemplaron una escena sobrecogedora: el cuerpo de una asari yacía en medio de la habitación número 12, muerta, y a su lado, la espectro Yleanna Viso se retorcía en el suelo a causa de las convulsiones, mientras el turiano, en estado de shock, seguía apuntando al vacio con su pistola reglamentaria.

Yleana aún tardó casi un minuto en recuperar la consciencia, tiempo suficiente para que Sirius recuperase un poco la compostura y pudiese explicarles lo sucedido. Al parecer, la asari les había intentado atacar estando aún en trance y al hacerlo, había sumido en el mismo a la espectro, que había quedado inconsciente. Aterrorizado, el turiano se había dejado llevar por los nervios y había disparado a la asari, matándola. Ellos no habían visto a nadie salir de allí, pero no había duda de que la visita de los dos agentes había pillado al sospechoso por sorpresa y al verlos venir había intentado huir por la única vía de escape que le quedaba, la escalera de emergencia. Estaba claro que el misterioso desconocido tenía algo que ver, pero ¿con qué crímen?

Minutos más tarde, una unidad especial del Seg-C hizo el levantamiento del cadáver y todos los implicados en el altercado, sin excepción, fueron llevados allí para tomarles declaración. Resultaba irónico que el día, que había empezado con una visita a la Seguridad de la Ciudadela, acabase también allí, y no precisamente de la mejor de las maneras.

Sirius Karekian, como oficial a cargo de la investigación tuvo que rendir cuentas en el despacho del Ejecutor Pallin. La suya no era una posición cómoda. Se había extralimitado con el uso de la fuerza, algo que en la Seg-C estaba completamente prohibido a no ser que la situación lo requiriese. Ese era el único argumento de su defensa, el de que en realidad no conocía el peligro real que la asari, aún sin identificar, suponía para los demás. Pallin prefirió dar carpetazo a un asunto que le incomodaba. Al fin y al cabo, aunque Sirius se había saltado el procedimiento, lo había hecho para salvar a una espectro del Consejo, por lo que sabía que éste tampoco estaría interesado en llevar el asunto más allá de una simple amonestación. Cuando finalmente salió, después de la pertinente reprimenda por parte del Ejecutor, Yleanna lo estaba esperando.

– Me alegra ver que estás bien, – le dijo la espectro – ¿Cómo te ha ido?

El turiano, aun cabizbajo, tardó unos segundos en contestar. Todavía seguía en estado de shock por lo ocurrido. En la Academia, aunque se les enseñaba a actuar en caso de necesidad, nunca se les enseñó lo que significaba quitarle la vida a alguien ni como asimilar algo así. En su interior, Sirius sabía que no sería la primera ni la última vez que se vería obligado a apretar el gatillo, pero eso no lo hacía menos doloroso.

– Bien, supongo. -respondió lacónicamente.

– Yo… – hizo una pausa para tragar saliva. Se notaba que no estaba acostumbrada a este tipo de cosas – te estoy muy agradecida por salvarme la vida.

– Tú habrías hecho lo mismo por mí – le contestó el turiano mirándole directamente a los ojos. En su mirada había reflejada una ternura desconocida para Yleanna. En un acto reflejo, ella rehuyó su mirada.

– Siento interrumpir este momento tan romántico – dijo una voz conocida a sus espaldas – pero me gustaría saber un par de cosas.

– Eso no es de tu incunbencia – le espetó la espectro – ¡ni siquiera deberías estar aquí, maldita sea!

– Tranquila… – le respondió Ellie sin perder su típica sonrisa burlona – Sólo quiero ayudar. Al fin y al cabo, soy una testigo, ¿no?

La verdad era que, aunque le molestara, la teniente Simmons era una de las dos personas que había visto al sospechoso salir de la escena del crimen, y no había acudido sola. A apenas unos metros, la cabo Sánchez, sentada sobre uno de los parterres que decoraban el atrio de la Seg-C, con los pies colgando en el aire, jugueteaba con un vaso de cafe. Ambas humanas eran el ejemplo perfecto de la actitud de su raza al entrar en contacto con las demás especies: avasallando e ignorando las normas allá donde fueran. Respiró hondo para contenerse. Por suerte para ella, fue Sirius el que tomó las riendas de la conversación.

– ¿Qué es lo que quiere saber? – le respondió el turiano amablemente – Aunque no estoy obligado a responderle, lo haré con mucho gusto. No en vano gracias a usted, tenemos una muestra genética del posible culpable,… sea cual sea su crimen.

– No me trates de usted – le contestó Ellie con la mejor de sus sonrisas – que me haces sentir mayor, ¡y aún estoy en la flor de la vida! – soltó una carcajada.

– Está bien. Lo que sabemos es que la asari, que aún no ha sido identificada, acudió al hotel con un hombre encapuchado que no quería mostrar su rostro, según el patrón del hotel. – sonaba extraño que una situación así no levantara sospechas, pero no era la primera vez que el volus había visto cosas así y hacer preguntas no era bueno para el negocio – El humano se identificó como John Doe, lo que demuestra que era el mismo individuo implicado en la muerte de N’Argan, pero no hemos encontrado nada en la base de datos sobre él…

– ¿John Doe? – preguntó Ellie extrañada.

– ¡Creo que os han tomado el pelo a base de bien! – todos se giraron para mirar a Lizzy que reía a sus espaldas – ¡Ese es un nombre falso! ¡Hace siglos que se utiliza en la Tierra cuando no quieres dar tu verdadero nombre!

Eso explicaba porque no habían encontrado nada en la base de datos de la Alianza ni en los registros del muelle de entrada de la Ciudadela. John Doe ni siquiera existía, así que volvían a estar de nuevo en el mismo punto, si no fuera por la muestra de ADN que la teniente había conseguido con mucha fortuna. Aún así, no todos los humanos estaban registrados genéticamente. Sólo los que habían cometido algún crimen y estaban fichados o los que trabajaban directamente para la Alianza, ya fuera en el ejercito o como subcontratados, tenían registrado su ADN. Ésta era una medida en la que el Consejo había puesto especial hincapie como condición para la integración de los humanos en la Ciudadela. Se podrían considerar muy afortunados si por casualidad la muestra pertenecía a alguien fichado. Los resultados de los analisis y el cotejado de datos aún tardarían en llegar.

– Analicemos por un momento la situación. – dijo por fin Simmons, en un tono reflexivo poco habitual en ella – Por lo que sabemos, ese individuo acudió a las dos prostitutas asari pero no dejó restos genéticos, es decir, que no lo hizo para obtener sexo a cambio. Buscaba otra cosa… El hecho de que ambas fueran asari y no humanas o de otra especie, indica que las necesitaba a ellas exclusivamente, ahora bien ¿por qué razón?

Sirius recapacitó unos instantes. El razonamiento de la humana tenía su lógica: era obvio, por la ausencia de semen y otros restos, que el sospechoso no había acudido a las asari para satisfacer sus instintos más bajos sino por otra razón bien diferente, y esa razón, aparte de algún tipo de fetichismo enfermizo, sólo podía ser por sus habilidades meditativas o como fuera que se llamasen. Eso explicaría porqué la última seguía aún en estado de trance cuando ellos llegaron.

– Sé lo que pretendes insinuar, – dijo finalmente Yleanna que había permanecido callada desde el principio – que el humano acudió a ambas asari para realizar una unión, para liberar su mente, pero se te escapa un pequeño detalle: nosotras siempre controlamos el proceso y cuándo hay que parar si las cosas se descontrolan. Aquella muchacha – hizo una breve pausa al recordar lo que le había pasado y la juventud de su atacante – estaba completamente fuera de control, la visión la poseía…

– Puede que eso fuese por su juventud, – alegó Sirius – y que por eso perdiese el control.

– ¿Y la otra asari? – preguntó Ellie – Tengo entendido que se suicidó, y no era ninguna adolescente, bueno, si es que se puede llamar adolescente a alguien de más de 50 años… No tiene ningún sentido.

– Sí lo tiene, – interrumpió Lizzy a distancia, todavía sentada en el parterre – si como la chica, tampoco supo salir del trance. Si vivierais algo tan horrible de lo que no pudierais escapar, ¿qué haríais?

Todos se giraron para mirar a Yleanna. No quería contarles nada de la visión que había tenido, ni de los millones, o mejor dicho, billones de cuerpos ensartados gritando a la vez en una visión apocalíptica que sólo podía significar el fin del mundo conocido. "No hay futuro", esas eran las palabras que había pronunciado la chica y que después de la visión habían adquirido todo su sentido: si lo que había visto era lo que les esperaba a todos, era mejor el suicidio que esperar a que se cumpliese aquel futuro deseperanzador.

– No tengo ganas de hablar de eso… – respondió al final.

– ¡Pero…! – protestó Sirius. Saber qué era lo que había provocado aquellas muertes dependía de lo que había visto la espectro, pero ella se negaba a hablar, lo cual le resultaba frustrante, aunque pudiese comprender sus motivos.

– Déjala, – le espetó Ellie – no hace falta que nos dé una descripción detallada. Ya nos podemos intuir cómo era por como han acabado las cosas. Está claro que el humano acudió a ellas en busca de ayuda, para acabar con esas visiones. El cómo y el porqué las tenía es algo más complicado de saber, ya sea que perteneciesen a su pasado o a otra cosa.

No era tan raro. Al fin y al cabo, desde que los humanos habían entrado en contacto con otras razas de la galaxia, siempre habían tenido en gran estima las capacidades terapeúticas de la meditación compartida que las asari ofrecían a algunos afortunados. Para muchos de ellos, las aliens eran como gurús espirituales que aliviaban las heridas del alma. Era más que probable que el humano conociera esto, y que sólo buscase alivio para sus propios problemas mentales.

Un pítido breve procedente del intercomunicador del oficial de la Seg-C interrumpió la conversación. Era el responsable del laboratorio comunicandole que ya tenían los resultados del cotejo del ADN de la muestra con la base de datos de la Alianza, que había resultado positivo y que le acababan de enviar a su DOA personal.

En ese momento, Sirius encendió la DOA ante la expectación de los demás. La ficha de la persona que aparecía en el dispositivo les dejó perplejos a todos.

– Dios mio… – susurró Lizzy – no… no puede ser…


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