Opinión Personal: La ecología como engañabobos


Vivimos en un mundo en el que el empresario moderno ha de pensar como un depredador y obtener beneficios a toda costa. Y es curioso, que en un mundo que se basa en el capitalismo todo lo que se intenta inculcar a los mas jóvenes, como cuando somos niños pequeños, es el hecho de no mentir, de acatar órdenes… y es irónico, cuando vemos que “los mayores” hacen todo lo contrario.

¿Por qué digo esto? Porque como ya he dicho en más de una ocasión, la masa tiende a creérselo todo. Antes un cepillo de dientes, solo se diferenciaba en la marca que comprabas. Ahora una sola marca tiene tantas variaciones que uno se marea, y lo peor es que salvando las formas, los cepillos de dientes siguen siendo igual de efectivos ya te compres uno marca Jordan que uno Colgate excelsior ship class fragmate of the death: lavarte los dientes. Pero claro, con el primero se es menos “cool” que el segundo, y es que ahí vemos lo que hace el marketing, de sobresaliente dicho sea de paso.

Pero eso no tiene mucho de engañabobos. A fin de cuentas, es solo un cepillo de dientes, y es uno de los muchos ejemplos que podría dar (Yo creo que ya hay hasta Champú de placenta de bebé y sino tiempo al tiempo) No señores, a lo que quiero llegar es a toda esa mierda de “respetar el medio ambiente” visto desde el punto de una empresa.

Porque yo, por poner un ejemplo creo que estoy concienciado en no gastar a lo tonto, por dos razones, una por las facturas, y la otra por lo dicho, porque no hay razón para gastar. En mi casa nunca están encendidas mas luces de las necesarias, las duchas imperan (Nada de bañeras llenas todos los días), se recicla en la medida de lo posible… y creo que como yo habemos muchas personas. Y también fuera de casa, el tema de las basuras tiradas y demás es algo que me tomo muy en serio.





Hasta ahí todo bien. El problema es cuando vienen las compañías (O algún aprovechado cofcofalgorecofcof) y se las quieren dar de ecológicas y de que si toman una decisión tonta, estúpida o que no tiene ni pies ni cabeza, es por el medio ambiente.

Léase el caso de las bolsas de Carrefour. Que si las bolsas ahora son biodegradables, que si se emite mucho CO2 al ozono… y toda la gente pese a que no le hace gracia el tema de tener que soltar 10 céntimos por bolsa se maravilla pensando que la empresa tiene corazón…

MIS COJONES

Así de claro. Lo que los señores de Carrefour no hablan, es la millonada que se ahorran al no tener que dar las bolsas gratis. Pregunto yo ¿Por qué no dan las bolsas gratis como siempre, siendo ecológicos? ¿Por qué demonios Mercadona y Alcampo las siguen dando gratis, pese a que ya pasó esa ley ecológica y esta implementada? Eso en mi casa, lo llamo tener un morro que se lo pisan. Porque ya que se ahorran pasta en dar bolsas se podría aplicar una rebaja a todos los precios del supermercado en cuestión… pero nada, supongo que bajarlos  será antiecológico o algo…

Y mas triste son los supermercados que los imitan (Véase Altesa por ejemplo) que hacen lo mismo, pero tienen la puta cara de colarte… LAS MISMAS BOLSAS QUE DABAN GRATIS ANTES. A causa de eso, han perdido una burrada de clientes y lo que les queda… y los que van por lo que sea, llevan bolsas por su cuenta de otros supermercados. (Lo mismo el pasó a los Hiperdino -supermercados de Canarias- que intentaron lo mismo, pero en vista de la ahuyentada masiva de clientes, volvieron a poner las bolsas gratis)

Y el mundo de los videojuegos no se escapa de esta “moda ecológica empresarial”. Recientemente, Ubisoft, que trabaja duramente para que los usuarios tengan motivos para odiarla de sobras sacando protecciones absurdas que joden al comprador legítimo por poner un ejemplo, anunció que en breve en EEUU los juegos dejarán de venir con el manual impreso para contar con versión digital ¿Las razones? Según ellos que el papel necesario más la maquinaria contamina un huevo el medioambiente y quieren ser solidarios con el mismo. ¿A que suena bonito? Mas bonito sonaría si eso también se tradujese en una bajada de precios de los juegos puesto que sin manual cuestan menos.





Personalmente me duele en el alma que se carguen algo tan clásico de un juego como es su manual de instrucciones. Yo soy uno de esos frikis que se lo leen antes de jugar al juego, para enterarme mas o menos de opciones que, tirándome directamente al juego ni sabría que tengo. Pero en concreto los manuales de Ubisoft no me dan pena alguna: Manuales en blanco y negro (Y alguna esquina en celeste, pero nada mas) que encima ni están bien presentados, parecen el trabajo de un becario amateur que estudió física termodinámica y que lo que sabe de diseño gráfico lo que ha visto en un graffiti, y solo hacen constar lo obvio con una información dada pésima hasta decir basta.

Pero el caso y a lo que vamos, es que suprimir el manual hace quedar bien a la empresa a ojos de las masas, eso sí, manteniendo el precio de los juegos (Y si se queja alguien de eso, ya dirán que los beneficios obtenidos de dejar de fabricar manuales se destinarán a cubrir las pérdidas de la piratería… yo me pregunto que excusa usarían si no existiese la piratería), mientras que lo que se ve a las claras es que quitan una parte del producto, lo dejan al mismo precio y se forran mas, eso sí, la causa es “ecológica”.

¿Qué pretendo con este artículo? Que si aún queda alguien que piense que Sony, Microsoft, Nintendo, Carrefour, o el supermercado de la esquina trabajan por amor al medio ambiente o a la obra social (Como lo de los bancos) que despierten: Bajo toda esa bonita propaganda ecologista o social, hay intereses monetarios, pero que nos afectan negativamente a nosotros

¿Qué hacer? Si no quedan narices y tenéis que comprar en Carrefour o algún sitio que cobren por las bolsas, llevad unas que hagan publicidad de otro establecimiento. Que sea en señal de protesta o por tocar la moral un poquito ya depende de vosotros. Con cualquier producto capado por cualquier razón que se venda al mismo precio, no comprarlo hasta que baje de precio.

Como dice el dicho, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Que no te tomen por gilipollas.


Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 6-

 

Capítulo 18

 

El asesino intentaba arrastrarse por el suelo, pero la pierna, ahora un simple apéndice sanguinolento que se mantenía unido al resto por un hilo de piel, le dolía demasiado y se estaba desangrando rápidamente. Apenas había podido avanzar unos metros para alcanzar la cartuchera que se le había caído al empezar el tiroteo, pero el rastro que había dejado de sangre era bien visible. Tenía que darse prisa si quería…

– Quieto ahí, date la vuelta – oyó decir a alguien desde el umbral de la puerta.

Poco a poco, el asesino acató la orden de su interlocutor para encontrarse cara a cara con el turiano que le apuntaba directamente a la cabeza, desde la puerta. Enseguida, tras él, apareció la asari, que se apresuró a recoger la pistola del suelo, la misma que él había dejado caer al resultar herido, como si realmente él aún continuara suponiéndoles una amenaza. Detrás del agente de la Seg-C, dos mujeres humanas también lo observaban.

– Está bien, ¿quién eres? ¿para quién trabajas? – le preguntó la asari arrodillándose y poniéndose a su altura.

El asesino permaneció callado. Le preguntaran o le hicieran lo que le hiciesen, sabía que era mucho mejor no responder. Si lo hacía, las consecuencias podían ser funestas: Cerberus tenía hombres lo suficientemente capaces como para dar con él aunque lo escondiesen en la cárcel de la colonia más perdida del confín Aticano.

– Es una pena que no quieras colaborar, – insinuó la espectro – esa herida tiene un aspecto realmente feo… debe dolerte mucho… – dijo apoyando la yema de los dedos directamente sobre la herida.

El hombre aulló de dolor con un grito estremecedor que hizo que Lizzy girara la cara para no contemplar la escena. Sin embargo, ninguna palabra inteligible salió de sus labios, ni siquiera una maldición. Entonces miró directamente a los ojos verdes de la asari y sonrió, a la par que masticaba algo que había ocultado en su boca durante todo aquel tiempo. Una espuma blanca empezó a brotar de su boca mientras su cuerpo se retorcía por las convulsiones, hasta que, de repente, dejó de moverse. Corriendo, Simmons se acercó al cuerpo sólo para comprobar que el corazón ya había dejado de latirle.

– Una cápsula de cianuro. – dijo señalando la espuma blanca que rezumaba por la comisura de los labios – Creía que eso sólo pasaba en las viejas películas de espías, pero parece que me equivocaba.

Yleanna permaneció pensativa unos instantes. Había innumerables bandas de mercenarios que infestaban la Ciudadela, muchos de los cuales trabajaban para los principales capos o directamente bajo las órdenes del misterioso Corredor Sombrío, pero todos ellos tenían una característica común: exceptuando a los krogan que solían tomarse como algo personal sus encargos, el resto de mercenarios no conocían ningún lazo de honor con su patrón excepto el dinero. Además, en su mayoría, esas bandas estaban formadas de forma heterogénea por turianos, krogan o incluso renegados lystheni, y en menor medida por humanos, sin embargo aquellos hombres eran todos humanos y parecían seguir un código de conducta y honor bastante inusual para unos simples mercenarios, prefiriendo morir antes que ser capturados. Es más, por su forma de actuar, parecían más militares que simples mercenarios.

Mientras tanto, Sirius no perdió el tiempo. Activó su omniherramienta y trató de piratear el terminal de Kaldon, que debía ser el salariano cuyo cuerpo decoraba como una alfombra de mal gusto el suelo de la habitación. A diferencia del terminal del motel, éste ya había sido manipulado y todos los datos borrados, por lo que no podría saber a quién había llamado antes de morir. Con resignación, probó una última estrategia tratando de recomponer los slots de memoria residuales, para recuperar al menos un dato, el del destino de las llamadas, que pudiera serle útil.

– ¡Sí señor! – gritó alborozado – ¡Ya te tengo! La última llamada realizada desde aquí se hizo a la Estación Omega.

– ¿¡Qué!? – exclamó Yleanna – ¿Estás completamente seguro?

– Sí, concretamente al sector X7B de la estación – le respondió exultante el turiano.

– Volvemos a estar en un punto muerto. – les interrumpió Ellie – Ese dato no nos aporta ninguna información sobre el paradero de Sareyev.

– No necesariamente. – dijo la asari – El teniente Sareyev es un prófugo de la justicia y lo sabe. Lo más probable es que intente salir de la estación lo antes posible, pero sus datos han sido enviados a aduanas, de modo que no podrá salir de aquí en un transporte convencional ahora que está siendo buscado. Si quiere huir tendrá que recurrir a una nave que no tenga la necesidad de pasar por esos controles, de ahí que llamara a Kaldon. Si es así, éste – dijo señalando al cadáver del salariano –  lo habrá preparado todo antes de morir, de ahí que el registro de esa última llamada tal vez sea la clave para encontrarle. De todas formas, es lo único que tenemos.

Conociendo el funcionamiento de las autoridades portuarias de la Ciudadela, Yleanna sabía que el teniente no podía haberse colado en ningún transporte de pasajeros estándar, e incluso era virtualmente imposible colarse como polizón en un transporte de mercancías por los rigurosos controles de cargas orgánicas existentes. Para probar eso, no le hacía falta la ayuda de Kaldon. La intervención del difunto salariano sólo podía significar que éste había preparado un transporte privado, seguramente una lanzadera de corto alcance, que saldría de alguno de los muelles de propiedad libre de la Ciudadela. Estos eran difíciles de controlar por la Seg-C, porque sus propietarios solían pagar religiosamente las tasas, por lo que en cierto modo gozaban de prerrogativas que el resto de ciudadanos no poseían. Sin embargo, aunque no tenían que rendir cuantas sobre qué salía o dejaba de salir de sus muelles, no podían negarse a dar el destino de sus naves, aunque en sus códigos de destino sólo se mencionasen de forma vaga los sistemas a los que iban, sin especificar demasiado al respecto. La espectro sólo tenía que comprobar las últimas salidas y si alguna de ellas hacía referencia a los Sistemas Terminus o más concretamente al planeta minero Shelba, porque en ninguno de ellos se atreverían a mencionar "el corazón del mal" como el destino final de la nave.

Después de un par de llamadas a sus contactos dentro de aduanas, la espectro descubrió que una lanzadera, la Ypsilon Tau Victoria, había salido hacía dos horas de uno de los muelles privados propiedad de Exo-Geni, rumbo al planeta Shelba. Aunque les sacaban esa ventaja, la nave era de pequeño tamaño por lo que no les costaría demasiado esfuerzo atraparles aunque salieran más tarde en su búsqueda. Aún tenía que solicitar una nave lo suficientemente rápida al Consejo, ya que estos gastos adicionales sobrepasaban lo asumible para un miembro de los Espectros sin el permiso tácito de los consejeros, además de plantearse qué hacer con Sirius y los demás.

Ya era tarde, de modo que, agotada, se despidió de los demás, para volver a su apartamento y el resto hizo lo mismo.

Unas horas más tarde, una llamada del intercomunicador de la entrada la despertó. Al encender el terminal, la visión de la persona que estaba al otro lado la sobresaltó. La mismísima consejera asari estaba llamando a su puerta, solicitándole entrar en su humilde apartamento. Después de hacerla pasar y arreglarse un poco, la espectro le hizo un relato pormenorizado de todos los detalles de la investigación y de lo que había acontecido ese día, sin embargo, de alguna manera, la consejera parecía ya estar al tanto de todo, seguramente por la intervención de Pallin.

– Vivimos tiempos excepcionales, señorita Viso. – dijo la consejera – No hace falta que le diga lo comprometida que es nuestra situación actual. La traición de Saren y… – hizo una breve pausa – su alianza con los geth no tiene una razón de ser lógica, así como su obsesión por los artefactos proteanos, y encima ahora también tenemos que enfrentarnos a otra traición en nuestras propias filas: Benezia.

– Lo sé – musitó Yleanna sin querer interrumpir la exposición de la consejera.

– Los informes de Shepard al respecto son bastante confusos, citando a los Segadores, unos seres de los que ni siquiera tenemos constancia en nuestros registros más antiguos, así que ¿cómo podemos tomarlos en serio si son un simple mito, una leyenda de cuya existencia real ni siquiera tenemos pruebas? Por desgracia, Shepard es en el único en el que podemos confiar para que detenga a Saren, y ahora ocurre esto.

La espectro levantó la mirada para encontrarse con la de la consejera. A pesar de la sabiduría de sus palabras, a Yleanna le costaba calcular su edad, ya que aparentaba no haber alcanzado aún el rango de matriarca y sin embargo era una de las personas más poderosas de la galaxia, que transmitía serenidad siempre que hablaba. La situación debía ser verdaderamente desesperada como para no esperar a una reunión en pleno del Consejo.

– La baliza que encontraron en Trebin puede ser del mismo tipo que las que ansía obtener Saren – prosiguió la consejera – y si es así, como parece ser, nuestro problema se va a multiplicar por dos, a no ser que ese Sareyev no sepa qué debe hacer con lo que sabe. Señorita Viso, su prioridad debe ser encontrar esa baliza antes que Saren sepa de su existencia y, si puede, detener al humano.

– ¡Pero…! – exclamó Yleanna olvidándose por un momento del rango de su interlocutora – Ya hemos localizado a Sareyev, que se encuentra rumbo a Omega, y francamente, supone un peligro público que no debemos dejar campar a sus anchas. Sin embargo, sobre la baliza, nadie, aparte de la teniente Simmons y de Sareyev, sabe de su existencia. Con todos los respetos, nuestra prioridad debería ser detener a Sareyev que sí es un peligro real y dejar que Shepard se encargue de Saren…

La consejera sonrió aunque su mirada reflejaba una tristeza que se mezclaba con el cansancio y el estrés de varios días sin dormir.

– Señorita Viso, lo dejo a su discreción. – dijo despidiéndose de la espectro – Pero escoja sabiamente el camino… y libere de una vez a ese quariano.

El resto de la noche la pasó dándole vueltas a la cabeza sobre todas las cosas que habían pasado aquel día, y cómo una simple visita de cortesía a las celdas de la Seg-C había derivado en el conocimiento de una nueva amenaza que podía poner en jaque la estabilidad de la galaxia. A la mañana siguiente, sin embargo, los pasos a seguir ya le habían sido marcados de antemano, mediante una convocatoria oficial ante el Consejo en pleno, en la que, aparte de dar las consabidas explicaciones, se decidiría el camino a seguir. Aunque no le gustaba que se coartara su capacidad de decisión en el caso, Yleanna se resignó y marchó hacía la sede del gobierno, ubicada en plena Torre del Presidio. Nunca, desde que llegara por primera vez a la estación, se cansaba de admirar las hermosas y estéticas formas de la Torre, la culminación de todo lo hermoso del trabajo de los antiguos proteanos, que se elevaba perfecta, sin fisuras apreciables de ningún tipo. Toda la estación era una auténtica obra de ingeniería que desafiaba las leyes físicas pero la Torre del Presidio simbolizaba por sí sola la magnificencia de aquella antigua civilización desaparecida misteriosamente hacía miles de años.

Cuando llegó ante el atrio del Consejo, presidido por el árbol blanco de la concordia, comprobó que estaba mucho más concurrido de lo que esperaba: junto a los tres miembros oficiales, uno por cada una de las tres razas que lo componían, el embajador Udina se movía inquieto en el podio de los demandantes, justo en el lugar que debía ocupar ella.

– Buenos días agente Viso. – empezó saludando el consejero salariano – Estamos aquí para decidir cuál va a ser el destino de su misión.

– Creía que el destino de la misma sólo estaba en mi mano. – renegó Yleanna manteniendo las formas.

– ¡Cómo se atreve! – protestó a viva voz el consejero turiano – ¡Esta actitud es un claro ejemplo de porque nos precipitamos en su nombramiento! ¡Esa insolencia…!

– Cálmense, por favor. – trató de poner paz la consejera asari – En cierto modo, es culpa nuestra ya que los agentes espectros suelen tener la capacidad de decisión en las misiones que les son encomendadas, pero este caso es especial. – dijo mirando de reojo al embajador Udina – Es una misión que requiere de la colaboración de todas las especies implicadas, y eso incluye a los humanos.

La espectro miró con extrañeza a la consejera. La intervención diplomática en los asuntos que solían afectar directamente a los espectros era algo poco habitual. Normalmente se solía actuar en el más absoluto de los secretos, tanto por los métodos poco ortodoxos que solían utilizarse como por la necesidad de que se desarrollaran lo más rápido y silenciosamente posible. Sin embargo, desde la llegada al puesto de Udina, éste aprovechaba cualquier resquicio, cualquier vacío legal, para acercarse un escalón más al Consejo. Oficialmente, lo hacía para el bien de la Humanidad en el Universo, pero la asari sabía que los intereses de Udina eran personales: estaba dispuesto a lo que fuera con tal de ocupar el cuarto asiento en el Consejo de la Ciudadela, aunque ello supusiera deshacerse de aquellos a los que había utilizado, "por el bien de la Humanidad".

– Efectivamente. – irrumpió finalmente Udina, alzando la voz – El ataque a Eden Prime no es sólo el principio. Trebin ha demostrado que los geth son una amenaza real, que están preparados para una guerra y que tienen capacidad para desplegarse por todos los sistemas. Otra vez los humanos nos hemos visto golpeados ante esta nueva amenaza, por eso no podemos quedarnos de brazos cruzados cuando son nuestros hogares los que corren peligro.

– Nadie ha dicho que las colonias humanas corran peligro, además, usted ya ha conseguido a su Shepard, ¿qué más quiere? – le interrumpió Yleanna, enfadada.

– ¡¡Viso!! – aulló el consejero turiano – ¡Limite sus palabras!

– El embajador ha solicitado que para esta misión le acompañen la teniente Simmons y la cabo Sánchez, como representantes de la especie humana. A cambio, se le entregará una nave, una de las más rápidas de la Flota de la Alianza. Como comprenderá, es normal que parte de su tripulación deba ser humana y esté familiarizada con el manejo de una nave de este tipo, además de que ya han demostrado su valía en el rastreo de Sareyev… – dijo la consejera

– … y que son una pieza clave para encontrar la baliza de Trebin antes que Saren. – apostilló Udina con una enorme sonrisa de autosuficiencia dibujada en su cara.

– De modo que ya está todo decidido… – respondió la espectro resignada. De hecho, en realidad no le molestaba tanto que Ellie y Lizzy formasen parte de la misión, ya que habían demostrado desenvolverse sobradamente bien y su ayuda había resultado inestimable. Si hubiese estado en su mano, ella misma habría solicitado que la acompañasen, porque nunca venía mal la mayor ayuda posible para adentrarse en la temible estación Omega, pero no le gustaba que se lo impusiesen.

– Sí, – zanjó el consejero turiano – y puesto que la Seg-C también está implicada, a petición del Ejecutor Pallin y mía, Sirius Karekian también participará en la misión como representante de la raza turiana.

– Aclarado esto, – concluyó el consejero salariano – agente Viso, acuda de aquí a una hora al despacho del embajador Udina. Él le dará el resto de instrucciones así como los códigos de la nave. Ya pueden retirarse.

Yleanna dio media vuelta sin ni siquiera mirar a Udina y se encaminó al RapidTrans. Aunque fuera de buena mañana, le apetecía una copa bien cargada en el Flux.

Capitulo 19

 

Gabriel Simmons se encontraba sentado en su sillón de cuero artificial preferido que presidía de forma señorial su despacho en la Estación de Arturo. Esa era una de las prerrogativas y ventajas que suponía ser considerado un héroe de guerra, aunque en cierto modo, toda aquella ostentosidad le incomodaba. Echaba de menos la vida activa, pero eso era algo incompatible con su estatus actual: se había convertido en un verdadero símbolo para la Humanidad, un ídolo para muchos jóvenes que se alistaban en la Alianza, esperando conocer algún día al hombre que liberó el Sistema Asgard de la amenaza de los esclavistas batarianos. Por supuesto, aquello no se debía únicamente al trabajo de un solo soldado, sino al sacrificio de muchos, pero en una época, tras la desastrosa Guerra del Primer Contacto, en la que la Humanidad estaba necesitada de grandes gestas, sus acciones fueron ensalzadas de forma exagerada. Siendo aún joven por entonces, viudo y con una hija aun muy pequeña de la que hacerse cargo, se vio arrastrado en un remolino de homenajes, condecoraciones, y con un ascenso que le postró como instructor y responsable de la Estación Arturo, la mayor estación espacial humana, para el adiestramiento de los nuevos cadetes. Se había convertido en una pieza demasiado valiosa como para dejar que muriese en combate.

En cierto modo, siempre había deseado abandonar aquella vida sedentaria y regresar al espacio, y era consciente de que, en el fondo, había querido aliviar esa frustración a través de su hija, dirigiendo sus pasos involuntariamente. La muerte prematura de su esposa había sido un mazazo, así como el tener que hacerse cargo de una criatura que en el momento de nacer apenas le cabía en la palma de la mano. Si el accidente hubiese ocurrido apenas un siglo antes, el bebé no habría sobrevivido, pero con los adelantos médicos disponibles y el fuerte carácter que la niña ya demostró desde un principio, apenas tuvo que permanecer varios meses bajo vigilancia pediátrica. Luego le llegaría otra noticia aún más devastadora: la explosión del Angra Manyu, uno de los mayores transportes de pasajeros de la Flota, que había herido de muerte a su querida esposa Elle, había tenido otro tipo de consecuencias a largo plazo. El elemento cero, el combustible que hacía funcionar los enormes motores del Angra Manyu, se había dispersado por el aire intoxicando a la gran mayoría de supervivientes del accidente y afectando en especial a tres embarazadas, una de ellas su esposa. En casos similares, el elemento cero modificaba el código genético de los fetos, los más afortunados de los cuales nacían sin malformaciones físicas o morían. De los tres afectados en el incidente, uno había muerto al nacer y los otros dos, la pequeña Ellie y otro más, se habían convertido en "accidentales". Así era como se llamaban a aquellos bebés que se habían visto afectados por el elemento cero, y cuya principal característica era que les resultaba más sencillo desarrollar capacidades bióticas que al resto.

 En la moderna bioingeniería, después de entablar contacto con el resto de razas alienígenas, especialmente con turianos y asari, los "accidentales" estaban muy buscados en parte por ese afán humano de ponerse a la altura del resto de especies, de partir con cierta ventaja, en un campo, la biótica, en el que éramos unos neófitos. Para tal fin, se creó en la Estación Gagarin, llamada popularmente "Salto Cero", una instalación para la enseñanza de la biótica, un lugar donde los instructores, en su mayoría turianos – los asari se negaron en un primer momento a ceder sus conocimientos y tecnología en ese campo – entrenaban a los accidentales con métodos poco convencionales. Pero ser accidental no era suficiente. Para desarrollar la biótica eran necesarios unos implantes, colocados cerca de la nuca y conectados a los nervios de la médula espinal, los más modernos de los cuales eran los denominados L2, implantes que no se podían eliminar una vez implantados por el riesgo que implicaban.

Como padre de una "accidental", Gabriel también sufrió las presiones del gobierno para que cediera a su hija y la internara en Salto Cero, pero él siempre se negó, lo mismo que a que le implantaran uno de aquellos L2, sobre los que corrían rumores acerca de su mal funcionamiento. Había oído que podían provocar psicosis, esquizofrenia, paranoia, y toda una batería de enfermedades mentales y motrices, pero sólo eran eso, rumores. Sin embargo, como comandante de la Alianza gozaba de ciertas ventajas sobre el resto de padres afectados, de modo que pudo negarse y mantener a su hija a su lado, mientras al final era testigo de cómo sus sospechas se confirmaban: el instituto biótico de Salto Cero resultó ser un lugar terrible donde se maltrataba a los niños y se les forzaba hasta el límite para desarrollar sus habilidades, y los implantes L2 tuvieron que ser retirados finalmente al comprobarse su nocividad. Después de eso, y de promover una pequeña academia para el desarrollo de la biótica allí mismo, en Arturo, Simmons aceptó finalmente que a la pequeña, y cada vez más rebelde Ellie, le implantaran uno de los nuevos implantes L3, mucho más seguros y estables, y que fuera entrenada como biótica, como complemento perfecto para su recién estrenada carrera en la academia militar.

Pero ahora, ¡hacía tanto de aquello!, pensaba Simmons mientras ojeaba una vieja fotografía de ambos. Su hija y él se habían distanciado en el transcurso de aquellos años, primero al escoger ella el cuerpo del N7 como destino final de su carrera, un cuerpo que le garantizaba estar en plena acción pero que le ponía en peligro innecesariamente, como pensaba él, y después, por el incidente de Nepherion. Gabriel no entendía porqué su hija se había enfadado con él por interferir en su favor e impedir un juicio que le habría supuesto el fin de su carrera, pero Ellie era así. Era mejor no tratar de buscarle una explicación lógica.

La señal de una llamada entrante del terminal, le interrumpió sus pensamientos. Su interlocutor solicitaba una videoconferencia, lo que demostraba que no conocía demasiado al general Simmons. Con un suspiro de resignación, Gabriel pulsó el botón de videoconferencia y la imagen de un hombre de piel bronceada y aspecto bien cuidado, que desgraciadamente conocía demasiado bien, apareció en la pantalla del terminal.

– Buenos días, Gabriel – dijo.

– Buenos días, Donnel. – le respondió Simmons frunciendo el ceño  – ¿Qué demonios quieres?

– No creo que debas utilizar ese tono con el representante de la Humanidad ante el Consejo… – le respondió Udina ligeramente ofendido.

– Supongo que las confianzas dan asco, ¿no crees?

– Siempre fuiste un desagradecido, pero bueno, eso ya es agua pasada. – dijo Udina tratando de calmarse, al fin y al cabo era él el que había conseguido que le diesen ese puesto – Quería pedirte permiso para una misión de la que puede depender el destino de la Humanidad, y esa misión te afecta directamente.

– Dudo que nada de lo que haga aquí – dijo señalando la decoración de estilo clásico de su despacho – sea determinante para el futuro de la Humanidad.

– He dicho que te afecta a ti, no que seas partícipe… – hizo una breve pausa – Se trata de tu hija.

– ¿Qué ha hecho? – preguntó Simmons esta vez, intrigado por el secretismo del embajador. Era obvio que estaba disfrutando.

– Ah, se me olvidaba que no sabías nada de ella desde, ¿hace cuanto? – le insinuó de forma intencionada – ¿meses?

Gabriel tragó saliva. El hecho de que apenas se hablara con su hija era bien conocido por todos. La última transmisión, un simple mensaje sin respuesta, había sido enviada hacía más de un mes, y como en otras ocasiones, no esperaba que ella le respondiese de inmediato. Sin embargo, que Donnel Udina, embajador humano en la Ciudadela, supiese de ello era algo bastante desagradable.

– Entonces, no sabrás que su nave fue derribada en el cúmulo Hades Gamma, ¿no? – por su tono, era obvio que estaba disfrutando – Pero tranquilo, está bien. La rescatamos junto al resto de su tripulación y ahora está recuperándose en la mejor clínica de la Ciudadela…

– ¿¡Por qué no se me avisó de nada!? – gritó Simmons.

– Tranquilo, ella está perfectamente, pero digamos que puede ser la clave para derrotar a los geth… o al menos una pieza importante, de ahí que se haya llevado el tema con el más alto secreto. Por eso, quería pedirte permiso, para disponer de tu hija, como soldado de la Alianza que es,…

– Mi hija ya es mayorcita para hacer lo que quiera. – apostilló Simmons con el brillo de la ira y la frustración reflejado en sus ojos. Sabía que, aunque fuese un general del Alto Almirantazgo, no podía interponerse ante una orden directa del mando general o de Udina.

– No esperaba menos de ti. Cómo ya sabía qué ibas a responderme, le he asignado un nuevo destino en el que podrá servir mucho mejor a la Alianza, pero sólo quería que lo oyeras de propios mis labios. Vamos a hacer algo grande, Gabriel, algo grande. – dijo Udina antes de despedirse y cerrar la comunicación.

Gabriel Simmons volvió a mirar la fotografía que aún llevaba en la mano, mientras con la otra trataba de mitigar el dolor intenso que sentía en el pecho. ¡Habían sido tiempos tan felices! ¿Por qué todo tenía que cambiar de repente e irse a pique como un barco a la deriva sin control?

Entonces, finalmente, dejó caer la fotografía que cayó al suelo, rompiéndose el LCD en mil pedazos, a la par que su débil corazón, víctima de una arritmia severa, por fin se detuvo. Ya no habría más sufrimientos. Sólo lamentaba no haberle dicho a su hija, cuanto la quería.

Capítulo 20

 

Tal como prometió al Consejo, una hora más tarde, Yleanna acudió como habían acordado a la oficina del embajador Udina. Allí, de pie, también la esperaban la teniente Simmons y la cabo Sánchez, esta vez de uniforme y armadas, dando un tono mucho más oficial a todo lo referente al caso. Cómo si no se conociesen de antes, las dos mujeres se cuadraron ante la espectro, tratándola como si fuera uno de sus superiores, a la vez que le sonreían de manera cómplice. La asari agradeció este gesto y les devolvió el saludo, mientras Udina permanecía ajeno a toda aquella pantomima. Finalmente, el embajador rompió el hielo.

– En primer lugar, es un honor colaborar con un miembro del cuerpo de los espectros tan distinguida como usted, señorita Viso. – le dijo de forma condescendiente – De ahora en adelante, podrá servirse de la ayuda que necesite de la teniente Simmons y su subordinada,… siempre y cuando respete la independencia de la teniente en todos los asuntos que afecten directamente a los intereses de la Humanidad…

– Es decir, – le replicó Yleanna en tono irónico – que en realidad, ellas se harán cargo de la misión, ¿es eso, señor Udina? ¿debo responder ahora directamente ante usted también?

– ¡No, no, por supuesto que no! – se apresuró a negar el embajador – Simplemente he sugerido que debe respetar su independencia y… Bueno, en realidad, yo sólo quería hacerle entrega de los códigos de la nave, la SSV Byron, una de nuestras mejores fragatas, que está anclada en el muelle de la Seg-C. En cuanto suban a bordo, les daré más instrucciones al respecto.

– ¿Comprende que la nave no debe llevar ninguna insignia que la delate? ¿Y que sus códigos deben ser "lavados"? – inquirió la espectro tratando de dejar al embajador en evidencia.

– ¿Insignia?

– Claro, ¿acaso pretende que nos presentemos en la Estación Omega con una nave y armaduras de la Alianza? No duraríamos ni dos minutos después de poner el pie allí…

– Tranquila, lo arreglaré. – dijo cabizbajo – Encárguese de lo que le haga falta antes de salir de la Ciudadela, que yo me encargaré del resto. Señoras. – dijo con un ademán señalándoles la puerta para que se marcharan.

Dando por concluida la fugaz entrevista, las tres mujeres salieron del despacho ignorando al volus que observaba de reojo desde la puerta del suyo propio y al resto de las personas que deambulaban por los pasillos.

– Ese tipo me da grima – dejó escapar Lizzy después de comprobar que a esa distancia el embajador no podría oírla.

– Creo que no eres la única, Lizzy. – le respondió Simmons – Por cierto, ¿qué vamos a hacer ahora? – dijo dirigiéndose a la espectro.

– Buscar armaduras y armas "limpias". Esas de la Alianza parece que lleven un cartel a la espalda que diga "dispárame". Las tomaremos del almacén de la Seg-C, de objetos decomisados.

La asari sabía que la mayoría de armas y armaduras que la Seguridad de la Ciudadela se encargaba de decomisar en las operaciones contra las bandas organizadas, dedicadas en su mayoría al tráfico de sustancias ilegales y a la prostitución, casi nunca eran reclamadas ya que eso podía incriminarles aún más. Cuando el montante de dicho equipamiento era muy alto, se procedía a la subasta directa a los principales gobiernos que tenían una delegación en la Ciudadela, nunca a particulares, o se destruía directamente. Con todo, siempre había armas u otros objetos que, por su potencia de fuego, mejoras técnicas y modificaciones adicionales, eran demasiado excepcionales como para correr esa suerte. Esas en concreto, pasaban a una cámara de seguridad secreta a la que pocos oficiales de la Seg-C tenían acceso, y eran esas las que despertaban el interés de Yleanna. Estaba decidido, la siguiente parada del recién formado equipo de investigación, sería la sede de la Seg-C, concretamente al despacho del Ejecutor Pallin, el único con potestad para entregarle esas armas.

Cuando el trío llegó a la Academia de la Seg-C, una figura alta y enjuta ya les estaba esperando, moviéndose de un lado para otro, nerviosamente, tal como la asari la recordaba de su primer encuentro. Al verlas, se giró y corrió hacia ellas.

– Cuando el ejecutor me lo dijo, ¡no me lo podía creer! – les dijo Sirius incapaz de reprimir la emoción – Debe saber que para mí es todo un honor colaborar con usted, quiero decir, – rectificó inmediatamente – con ustedes.

– Sirius, no te infravalores – le respondió Yleanna – El honor de que formes parte de la expedición es nuestro. Has demostrado sobradamente que estás capacitado para algo más que la burocracia de la Seg-C – le dijo, aunque en su interior seguía creyendo, a pesar del aprecio que le tenía, que la misión le venía tal vez algo grande. Sirius seguía siendo aún un novato y durante la misión que iban a emprender no podía existir ni un asomo de duda a la hora de apretar el gatillo. Eso era lo que la atemorizaba.

– ¡Bienvenido a bordo! – exclamó entusiásticamente Lizzy, que desconocía las últimas órdenes del Consejo

– No se puede dudar que formamos un gran equipo, – interrumpió Simmons – pero hay una condición que debes cumplir si realmente quieres que te acompañemos a Omega – le dijo a la espectro, buscando la complicidad de Lizzy, que esta vez, por su cara de extrañeza, desconocía por completo las intenciones de su superior.

– No hay condiciones, Simmons – le respondió la espectro – Has recibido órdenes directas del Consejo, ¡no estás en posición de imponer nada!

– ¿Crees que acaso me importa? No es la primera vez, ni será la última, que incumplo órdenes. – le contestó Ellie desafiante – Creía que conocías mi expediente de memoria…

Yleanna recordaba el pequeño tachón, restaurado gracias al buen hacer de Suki, su hacker a sueldo, en el historial de la teniente Simmons. El texto suprimido a conciencia hablaba del incidente de Nepherion y de cómo la teniente había mandado "a la mierda", según palabras textuales, al almirante Mikhailovic desacatando sus órdenes directas de atacar un puesto avanzado. Sin embargo, aquel desplante no había tenido mayores consecuencias más allá de un nuevo destino alejado del campo de batalla y de las consecuente imposibilidad de mostrar sus aptitudes en combate, aptitudes que por otra parte Yleanna debía reconocer.

Después de unos segundos de silencio forzado, la espectro cedió: ya empezaba a conocer demasiado bien la rebeldía de Simmons y la forma tan sutil cómo lograba sus objetivos.

– Habla.

– Quiero que liberes a Dalsem, al quariano, al que, por si tu memoria te falla, aún tienes detenido en una fría celda de la Seg-C – le espetó Ellie. Ya no sonreía, sino que su semblante era extrañamente serio y autoritario, como correspondería a una teniente de la Alianza que tratase de imponer sus órdenes.

– Las celdas de la Seg-C no son frías… – trató de apostillar Sirius mientras recibía un codazo de Lizzy en las costillas para que se callara y no interviniera en aquel choque de caracteres.

La asari sonrió ladinamente. En sus intenciones ya estaba liberar al quariano de antemano. Sabía de sobras que encerrarlo no había servido para sonsacarle ninguna información y que si realmente quería su colaboración, ésta pasaba por liberarlo y convencerle pacíficamente. Para eso necesitaba a Ellie, y en especial la confianza que el quariano tenía en ella, pero ese era un pequeño detalle que no le iba a comentar a la teniente. Tal vez así, juntos, Ellie o el quariano le darían de una vez la posición de la dichosa baliza proteana, la que el Consejo buscaba con ansia y, seguramente Saren también.

– Si te lo concedo, ¿acatarás mis órdenes, sean cuales sean? – dijo finalmente.

– No te prometo nada, – le respondió Ellie sin dejar de sostenerle la mirada – pero lo intentaré.

– En ese caso, lo primero será hacer una visita al Ejecutor Pallin, él es el responsable de que Dalsem aún siga preso en la Seg-C, no yo. – una pequeña mentira piadosa no le iba a ir mal – Además hay que hacerle una visita para que nos dé las armas necesarias para la misión.

Yleanna enfiló hacia el despacho que el Ejecutor Pallin tenía dentro de la Seg-C. Oficialmente, su despacho se encontraba en una zona reservada dentro del sector de las Embajadas, para estar más cerca de la Torre del Presidio y del Consejo, pero Pallin no podía evitar su manía de supervisar de primera mano las actividades de la gente que tenía a su cargo, por lo que solía pasarse por allí y ocupaba de tanto en tanto uno de los despachos libres de la Seg-C. Al final, aquel pequeño despacho se había convertido en un segundo hogar para el concienzudo ejecutor, un lugar donde podía evadirse de toda aquella parafernalia burocrática de las Embajadas, y por supuesto, de la presencia cada vez mayor de los humanos, a los que no soportaba.

Al llegar allí, una simple puerta manual aislaba el pequeño despacho, que no tenía nada que ver con aquel amplio y elegante que tenía en las Embajadas, del ruido del exterior. A través del cristal ahumado de la puerta, la espectro podía ver al ejecutor, introduciendo datos en su terminal, sin levantar la vista de la pantalla. En su fuero interno, la asari sabía que le iba a dar el día al ejecutor turiano: Venari Pallin odiaba a los espectros y a los humanos, y ahora iba a tener ración doble de ambos. Sin embargo, tenía que reconocer, que le encantaba sacar de quicio al estricto ejecutor. Golpeó con los nudillos la puerta y solicitó permiso para entrar, que Pallin le concedió con un ademán.

– ¿Qué le trae por aquí, agente Viso? – dijo Pallin manteniendo las formas pero con un deje en la voz que indicaba cierta hostilidad.

– He venido para que liberes de una vez a ese pobre quariano que tienes encerrado – le dijo ella enérgicamente mientras se apoyaba con ambas manos sobre la mesa del despacho de forma que sus pechos quedasen a escasa distancia de la cara del ejecutor, guiñándole un ojo en busca de la complicidad del turiano.

Pallin no supo reaccionar en un primer momento. No le gustaban los espectros. Los consideraba una lacra para el funcionamiento de la seguridad de la estación, y por supuesto del Universo: tenían demasiado poder que no dudaban en usar, ignorando cualquier ley o procedimiento necesario – Saren era un buen ejemplo de ello – , y por supuesto se creían con la potestad de pisotear los derechos de cualquier ciudadano de a pie. Pero el caso de Viso era completamente diferente. Aunque Pallin era una persona bastante estricta, que trataba de mantener una actitud siempre intachable, así, plantada de esa manera en su despacho, no podía más que admirar los atributos de la asari. La espectro era una mujer, si es que a las asari se las podía calificar como mujeres estrictamente hablando, muy atractiva. Sus rasgos, más aniñados de lo habitual en parte por su juventud, le impedían normalmente ser más estricto con ella de lo que debería por su condición de espectro, pero nunca antes la había visto de esa manera, tan, exuberante. Trago saliva y le contestó finalmente.

– ¿Qué quieres? – dijo levantando la vista hasta cruzar su mirada con la de la asari.

– Ya te lo he dicho, que liberes al quariano.

– Para eso no hacía falta que vinieras aquí. – dijo él secamente – Sólo tenías que hacer una llamada.

– También necesito otra cosa. – dijo la asari acercándose aún más, de forma sugerente – Unas cuantas armas especiales, de esas que guardas a buen recaudo. Ya sabes que necesitaremos toda la ayuda posible.

– ¿Y por qué no las compras en el Mercado Inferior? – le espetó Pallin – Seguro que allí tienes todas las que quieras y más.

– ¡Vamos!, – dijo ella agachándose aún más, de modo que sus ojos quedaran a la misma altura que los de él, sonriéndole pícaramente – ¡Sólo serán un par de armaduras ligeras y unos rifles de nada…!

– Está bien, – le dijo Pallin alargándole una llave cifrada con las siglas S5B – coge las que necesites. Sirius ya te guiará hasta allí… Y no olvides llevarte también a ese quariano tuyo.

El grupo se fue por el mismo sitio por donde había llegado, mientras Pallin, dejando escapar una leve sonrisa, al verlos alejarse, sólo podía pensar en la excelente bailarina que el Antro de Chora había dejado escapar.

Las siglas S5B de la llave que el ejecutor les había entregado correspondían a la sala de seguridad B de la planta -5 del subsótano de la academia de la Seg-C. Allí, en uno de los lugares más inaccesibles de la estación, una gran cantidad de armas se apilaban ordenadamente en las estanterías según su tipo y fabricante, mientras que en la pared más alejada de la puerta, las diferentes armaduras, ligeras y pesadas, estaban guardadas en sus respectivas cajas, protegidas de las miradas curiosas. En el centro de la habitación, un terminal IV holográfico esperaba impaciente instrucciones.

– Buenos días, soy el Gerente de Almacenamiento Asistido. Identifíquese, por favor – dijo el holograma con una voz femenina sin entonación. El terminal era muy parecido al que habían visto en otros puntos de la Ciudadela y que hacía de punto de información para los recién llegados, salvo porque éste parecía un modelo mucho más básico y funcional.

– Soy la Agente del Cuerpo de los Espectros, Yleanna Viso. – le respondió la espectro con toda solemnidad. Si Pallin había activado los permisos pertinentes, la IV debía reconocerla sin problemas.

La máquina tardó unos segundos en contestar, mientras procesaba la información, segundos en los que la asari pensó que, tal vez, Pallin se la había jugado. Entonces, la IV le respondió.

– Permiso garantizado. ¿En qué puedo ayudarla agente Viso?

– Necesito una selección de armas, las más potentes que haya en el almacén, así como una selección de las mejores armaduras disponibles.

Casi instantáneamente, una serie de cajones fueron abriéndose, uno tras otro, de forma aleatoria, al igual que algunas de las cajas que contenían las armaduras, ante la mirada atónita de la cabo Sánchez. La muchacha era una fanática de las armas, en el buen sentido. Conocía casi cada uno de los modelos que las empresas como ERCS, Armería Haliat, Rosenkov,… habían lanzado al mercado, y allí, frente a sus propios ojos, tenía una selección de las mejores armas, algunas de ellas personalizadas hasta extremos insospechados, con grabados tribales y lacados en metales preciosos.

– ¡Son impresionantes! – dejó escapar – ¿Podemos coger cualquiera de ellas? ¿Puedo coger éste? – dijo tomando un rifle de asalto con la culata cromada y grabado con bellos motivos tribales.

– A no ser que no quieras que un krogan te mate por tenerla, puedes quedártela – le respondió la espectro, procurando sonar irónica. – Es un arma krogan. – trató de explicarse – Y los krogan se rigen por un código de honor bastante estricto: si tienes un arma así lo más probable es que hayas matado a su dueño porque un krogan nunca se desharía de su propia arma mientras estuviera vivo, así que vengarían su muerte sin atender a razones. Pero bueno, eres libre de cogerla si quieres.

Lizzy soltó el rifle donde lo había encontrado. Era buena en combate pero no tanto como para enfrentarse a un krogan. Estos tenían fama de implacables y si bien ahora se habían convertido en simples, aunque excepcionales, mercenarios a sueldo, antaño habían sido una de las razas guerreras más poderosas de la Galaxia. En su momento, el Consejo había confiado en ellos para derrotar a una extraña raza de insectos gigantes, o al menos así los consideraba la cabo al ver los viejos grabados en las clases de historia galáctica de la academia, pero su número había aumentado de forma peligrosa y ellos mismos habían pasado a ser considerados una amenaza para la estabilidad galáctica rebelándose contra el Consejo, hasta que, de repente, una extraña enfermedad aparecida de la nada, empezó a diezmarlos hasta llevarlos al borde de la extinción en la actualidad. Sin patria ni futuro, los actuales krogan eran sólo una sombra de la orgullosa raza que habían sido en el pasado. Era mejor quedarse con un Kovalyov último modelo: las armas de Rosenkov eran de las mejores que podían encontrarse en la Ciudadela y encima podían personalizarse a voluntad, nada que ver con las reglamentarias de la Alianza, mucho más limitadas y que a veces les dejaban en clara inferioridad ante la potencia de fuego de algunos piratas, mejor surtidos que el propio ejército.

Después de tomar un arma de cada tipo y una armadura de diferente modelo para cada uno, para no levantar sospechas en caso de verse en dificultades en Omega, salieron del almacén rumbo a la zona de detención de la Seg-C, cuando un mensaje entrante en la DOA de la teniente les comunicó que la nave ya estaba preparada. Ahora sólo tenían que encontrar a Dalsem.

 


 

Índice de Capítulos

 

Top: Logros varios conseguidos de la Xbox 360 (Anécdotas inside)

 

Aquí estamos como un top bizarro como el que pocos. Muchos de Gamefilia y mis amigos del Live! Ya saben que me encanta sacar logros a los juegos (Y vaya si lo saben, no todos los días uno asciende de putilla logrera a Madam xD). El caso y quitando coñas, es que como en todos los ámbitos de la vida hay logros de los que uno esta orgulloso, logros que aunque son una chorrada te gusta, y logros cansinos e idiotas.

A continuación, haré una pequeña lista de aquellos a los que tengo cariño por algo en concreto. Y haré una aclaración que mis amigos ya saben: Yo cuando busco estos premios, no lo hago por compararme con nadie o por decir “La tengo más larga”. Simplemente me gustan por un mero hecho de superación personal y diversión (Y en ocasiones de completar si veo que me falta un logro para los 1000G). De modo que si en el artículo hago alusiones a “poca gente lo tiene” es para simplemente que os hagáis una idea de lo difícil o fácil que puede ser en caso de que os pique el gusanillo del reto. Y una cosa mas: En ningún momento se farda, ni a mí me gusta ver a gente decir "pues este logro esta tirado". Muchas veces los jugadores se olvidan de la humildad, o no se dan cuenta que mientras que ellos tienen un nivel de juego de bueno para arriba, el 90% de los jugones no lo comparte 😉



Me encanta desbloquear de estos, cuantos mas mejor ^^ Very Surprised

 

Anexo, con reglas ejecución (Gears of War 2, 75G): Reto ajeno a tu habilidad. Así es como lo definiría tras haberlo conseguido. Viene del GoW2 y de su online lo que significa que o tienes lag tú, o tiene lag el otro equipo. Si no lo tienes tú pues el logro es relativamente fácil por mucho nivel que tengan los otros, pero el caso mío fue el de tener la suerte de que todas las partidas encontradas, teníamos lag nosotros. A eso hay que añadir la suerte de que te toque el mapa que aún te falta por ganar. Y aún así solo perdimos tres partidas de las 7 que son necesarias para el premio (Dos en Imulsión y una en el mapa gasolinera).

En concreto la última partida que me faltaba estuvo totalmente reñida y en desigualdad total: Casi 2 segundos de lag, y el equipo contrario era muy bueno, tanto que acabamos en empate. Pensando que la 3º sería otra de las derrotas no teníamos mucha esperanza, pero le echamos un par y voila! Como pasa con estos logros en los que jugar en equipo es esencial, considero que deberían ir en las descripciones de los gamertags aquellos que te ayudaron a conseguirlo. En mi caso, agradezco a mis amigos que me ayudaron. Lo mejor es que a la par del logro, disfrutamos de una competición desigual, pero que coño, retante.

Leyenda de Rainbow Six (Rainbow Six Vegas, 100G): Difícil, pero retante. No en vano, esta considerado uno de los 20 logros más difíciles de la 360. Podría poner el modo ultradifícil del WET (Un logro que tampoco tiene demasiada gente) o el ingeniero Épico de Nivel 3 (Otro escasillo en cuanto a gente que lo haya desbloqueado) pero esto sin lugar a dudas se lleva la palma de oro. El modo realista de Rainbow Six Vegas se mea en muchas de las dificultades actuales, y solo quien se lo ha sacado puede presumir de que los juegos de hoy son fáciles.

En este juego no vale ni la suerte, ni la técnica de ensayo y error: Hay que ser rápido con el stick, preciso y letal. No se aguanta una ráfaga de 3 balas a media distancia y cuando se salga, hay que calcular los riesgos y al menos quitarte a uno de encima. Además en muchas ocasiones habrá que ir contra reloj o defender un objetivo. Este logro es el causante de que muchos mandos de 360 se hayan partido en dos. Pero algo es seguro, y es que cuando uno se lo saca, la sensación de poder y adrenalina que invade tu cuerpo es irrepetible. Todo un reto para quien se considere un crack en los videojuegos.

Solid Gold (The Saboteur, 50G): El puñetero. The Saboteur es, junto al WET, Dead Space y Battlefield Bad Company, de mis favoritos de esta generación de consolas sin dudarlo un momento. Sus logros tienen una dificultad de por encima de la media y pese a eso muy poca gente consigue los 1000G. Y uno de los culpables es “Solid Gold”, basado en tener nuestras habilidades al máximo.



The Saboteur, tetas, explosiones, prota con carisma y la mezcla de maldistos bastardos con Sin City ¿Para que mas?

Las habilidades, o “perks” -10 susodichos divididos en oro, plata y bronce- se consiguen cumpliendo unos requisitos, algunos bastante fáciles según como se miren (Matar a dos nazis de un tiro con un rifle de francotirador, salvando que se haga en nivel Feckin’ Hard donde habrá que dispararles a la cabeza o nada de nada es muy sencillo), o difíciles, como matar a 10 nazis con dinamita o RDX (Dinamita por detonador) en menos de 10 segundos. Puede parecer fácil, pero yo os digo que ni locos. Para empezar porque en las historias principales o secundarias solo hay un evento donde se puede conseguir y no es del todo seguro. El otro método es colocar RDX como cosacos, provocar alarmas, y tener suerte de que 10 nazis se agrupen en la zona de explosión. Y ese no es el mas difícil, como por ejemplo el de coleccionar en el garaje todos los vehículos… eso sí, cuando uno lo consigue, se sienta satisfecho a ver el cartelito.

Maestro Multijugador (Eat Lead Return of Matt Hazard, 30G): El cachondo. De entrada diré que los logros del Eat Lead son un cachondeo, en el sentido de que te ries con sus descripciones y en este caso, por la forma en la que te lo dan.

En este caso, este logro de 30 puntos te lo dan por dominar el multijugador. Lo que pasa es que si tenéis el juego como yo o véis en cualquier página de videojuegos su ficha veréis que no tiene multijugador… no diré nada mas, simplemente hay que ver porque salta y su descripción xD

No me toques las narices (Rainbow Six Vegas 2, 50G): El de nombre molón. Así es. Simplemente me saqué este logro y me puse a ello por el nombre del mismo. La meta es matar 1000 enemigos en el online. De los logros del RS Vegas 2, del que solo me falta un puñetero logro para completar 1000G posiblemente sea de los que menos orgulloso estoy porque no tienen apenas reto, y 3 o 4 se basan en la suerte mas trivial. “Mata a 100 enemigos con pistolas, Mata a 100 enemigos con escopetas”, logros absurdos “Mata a 250 enemigos con escopeta en campaña o en cazas del terrorista” También llamado el logro de rescate para Ubisoft para llenar los puntos que faltaban para los 1000G, pero de este, al menos el nombre mola LoL

La Gran Derrochadora (WET, 30G): Lo podría haber sacado sin buscarlo. Este juego me encanta. Es uno de esos que a pesar de haberle metido caña (Me queda un solo logro para sacarle los 1000G pero de momento así se va a quedar) lo sigo jugando una y otra vez.

Este logro en concreto, trata de en una sola campaña, comprar todas las mejoras, tanto de movimientos como de armas. Eso hizo que antes de pasármelo en ultradifícil le diese caña en normal para sacármelo: trillones de piruetas imposibles y más balas gastadas que en Commando de Schwarzenegger, tuviese los logritos consecuentes. Pero luego pasándomelo en difícil, en el cual te dan la MISMA puntuación por lo que sea que en otros niveles, sin buscarlo, conseguí los requisitos…

Te mataré el último, prometido (Army of Two, 40G): El que aún falta desbloquear. No podía acabar la lista, sin poner un logro que quiera conseguir pero que aún no tenga.

Este en concreto esta en un pack de mapas multijugador y dos misiones para el modo campaña gratuitas. Trata de en la 2º misión de la campaña, matar a [SPOILER] en menos de 40 segundos. A priori sencillo, es bastante complicado para un solo jugador. Este enemigo final sale en una pasarela superior y hay que hacerlo caer lo más rápido posible a base de tiros, lanzacohetes,… lo que tengas. Una vez caiga saltará una secuencia en la que baja a nuestro nivel Y QUE CUENTA EN EL TIEMPO, y entonces en ese nivel hay que rematarlo sin piedad.





De momento es inobtenible, porque mi tiempo se queda en 42 segundos cronometrados, y por mucho que lo intento ahí esta mi mejor marca. ¿Qué pasa? Que la IA del Army of Two es competente en fases normales, pero contra los jefes finales se ve que le desactivan la IA salvo para curarte, para que no te sea tan fácil si estas jugando solo. Eso se traduce en que solo tú le disparas, y eso contando que los de alrededor sean pocos disparándote, porque hasta en nivel de dificultad recluta te derriban en un par de segundos. Así que hasta que encuentre a alguien con el juego, ese logro se queda en standby (Y es el único que me falta para completar todos los de la campaña/un jugador).

Se me quedan un par de ellos por el camino, pero no quiero que este post se haga kilométrico, así que aquí quedan los mas reseñables. Si queréis, podéis hacer entradas sobre a que logros/trofeos o que coño, tiempos o dificultades en PC habéis superado. Porque puede que yo haga en mi blog una sobre mis triunfos en PC, muchos de los cuales tienen su captura 🙂

¡Saludos!

 

Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 5-

Capitulo 15

Cuando llegó, el sucio apartamento que había alquilado en el peor lugar de los Distritos seguía igual. Nadie había entrado desde que lo dejara ahora hacía unas cuantas horas, ni para registrarlo ni nada, ni siquiera el casero, que ya empezaba a sospechar de su extraño inquilino que siempre iba vestido con ropa larga que le cubría todo el cuerpo y una capucha para hacer lo propio con la cara. Por suerte, aquel individuo, un salariano que se dedicaba a  negocios algo turbios, no se preocupaba demasiado por las actividades de sus inquilinos, aunque ahora la cosa cambiaba.

Ya se había arriesgado demasiado cuando aquella asari, a la que había contratado por un servicio común aunque en realidad no la quería para eso, se había tirado ventana abajo del motel. Por suerte, había sabido cubrir muy bien sus pasos hasta el momento, dando un nombre falso al registrarse por si acaso, aunque el desenlace final no lo había previsto. Él sólo quería dar sentido a los retazos de memoria que veía en sueños, retazos incoherentes que le atormentaban desde el accidente, no ser el responsable de la muerte de dos personas, aunque fuesen aliens. La primera visita, a pesar del suicidio de la prostituta, le había aportado algo de sentido a aquellas visiones. Tenían, dentro de su atrocidad, algo de coherencia, de modo que, pensó entonces, si una simple sesión de apenas unos segundos había conseguido articular aquellos fragmentos en una sola visión, más sesiones darían con la clave de los flashes y la razón de ser de porqué le estaban afectando de esa manera.

Suspiró y empezó a desnudarse poco a poco. Aunque la chaqueta, rota a la altura del codo de la manga derecha, era muy ancha y holgada, al roce con la piel le dolía horrores. No era sólo el dolor. La piel había empezado a adquirir un color azulado que no tenía nada que ver con los efectos de una necrotización de la misma. Era algo diferente. Lo peor eran los implantes. Tenía la sensación que habían empezado a moverse por debajo de su epidermis, retorciéndose y desplazándose como seres vivos. Durante los primeros días, creyó que era fruto de su imaginación y que tal vez eran los efectos de la medicación, pero, después de varios días de observación, lo vio. Los implantes no sólo se movían sino que crecían y extendían sus terminaciones como lo harían las raíces de los árboles. Era como si tuvieran vida propia.

La verdad era que había llegado un punto en que no sabía qué hacer. Regresar no era una opción: tal como estaba lo hubiesen convertido en un interesante espécimen de estudio, e incluso, ves a saber, hasta diseccionado. Por otro lado, los dolores habían ido aumentando, al igual que las pesadillas, día tras día, hasta el punto que había incluso llegado a pensar en el suicidio. Pero entonces tuvo la suerte de escuchar una conversación ajena sobre la consorte asari. Pocos la conocían en persona pero existía el rumor de que la consorte podía dar un tipo de paz espiritual que ninguna droga o terapia humanas habían conseguido. Probó suerte, pero no tenía el dinero suficiente para pagar sus servicios y mucho menos la paciencia de esperar a que llegara su turno: la lista de espera era de varios meses. Desolado, estuvo a punto de rendirse y reventarse la cabeza con su pistola, pero entonces, cayó en que, tal vez, podría obtener esa paz de otras asari, al fin y al cabo eran de la misma especie.

La primera sesión, a pesar de las funestas consecuencias, había sido bastante satisfactoria. Le había permitido recomponer de forma unitaria los recuerdos, que era lo que habían resultado ser, aunque eran recuerdos implantados. Era como si en vez de un retazo de memoria, en realidad las visiones fuesen como la secuencia grabada de una cámara, algo ajeno, sin empatía por las desgracias que se mostraban, algo grabado a consciencia para la posteridad. Un mensaje dejado para los que vinieran detrás. Después de aquello, había dejado de tener pesadillas e incluso los implantes habían dejado de dolerle tanto. Era como si hubiese empezado a asumir su papel en la Historia.

La segunda sesión en cambio, a pesar de su desafortunado encuentro final, le había dado sentido a todo y un objetivo que seguir. Ya no iba a ciegas, sabía qué era lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Sería difícil ya que iba en contra de todo lo que le habían enseñado, pero eso ya no importaba ya que él ni siquiera podía considerarse humano ya, y sus esquemas y normas éticas ya no le servían. Era un ser completamente nuevo con una misión que cumplir, una que iba en contra de los propósitos de la Alianza y del Consejo, y de todo raciocinio humano.

Se miró al espejo. La imagen que éste le devolvió no se parecía en nada a la del hombre que había partido de la Tierra hacía 11 meses. Su masa muscular se había incrementado sorprendentemente y el tono de piel azulado se extendía de forma radial desde los implantes que ahora sobresalían de la piel y eran perfectamente visibles a simple vista. También había más, como si se hubiesen autorreproducido con nanomáquinas, y ahora se iban extendiendo como los efectos de una enfermedad infecciosa. Sin embargo, ya no le dolían apenas, a pesar de la hipersensibilidad que había desarrollado en la piel. Su aspecto en general, más que horrorizarle, le fascinaba. Él era el siguiente escalón en la evolución, el siguiente escalón no, se autocorrigió, él estaba por encima de lo que significaba ser humano. Sonrió y el reflejo del espejo le respondió con una sonrisa igualmente maliciosa. Había llegado la hora de irse.

Abandonar el apartamento de esa manera no entraba en sus planes, pero no era tan estúpido como para no saber que el trozo de manga que ella se había llevado contendría su ADN. Con él, estando fichado, sólo era cuestión de tiempo que la Seg-C diera con su paradero después de haber tenido que dar su verdadero nombre al arrendatario salariano. Era una forma de tener controlados a sus inquilinos, por si se retrasaban en los pagos o tenían trapos sucios con los que chantajearlos. Por eso, lo más prudente era escabullirse de allí y buscar un transporte rápido hacia algún lugar fuera de la jurisdicción de la Seg-C. Por desgracia, utilizar un transporte convencional, independientemente del destino, no era algo viable: todos los muelles estarían vigilados a esas alturas y resultaba imposible mentir sobre su identidad ya que se realizaban identificaciones genéticas allí mismo.

Volvió a vestirse. Era increíble como todo se había ido al garete en apenas unos segundos por culpa de alguien a quien no esperaba encontrarse nunca más y menos allí. Volverla a ver había sido un verdadero shock, de ahí que en un principio le costase reaccionar y se dejase atrapar tan fácilmente, pero tenía que reconocer que la teniente Simmons era bastante más ducha en el combate cuerpo a cuerpo de lo que había imaginado. Fue un fallo suyo menospreciarla en ese sentido, como enemiga podía ser una rival formidable, aunque desde luego no a su altura. Reconocer este hecho, no implicaba que la odiase menos, sino al contrario: ahora encima también era la culpable de que todo se viniera abajo. No importaba, tenía un as bajo la manga que le permitiría salir de allí sin problemas, aunque reconocer que tenía esos contactos le habría supuesto un consejo de guerra si aún siguiera en el ejercito de la Alianza.

Descolgó el auricular de su terminal y se volvió a colocar la capucha para que no se viera el implante que empezaba a sobresalirle por encima del cuero cabelludo ni el color de piel azulada que empezaba a invadir su rostro. Al otro lado, una serie de bips indicaban que su interlocutor aún no había descolgado el terminal. La voz, antes de que llegase la imagen nítida, de un salariano le contestó al otro lado.

– ¿Diga?

– "Nada escapa al que guarda las Puertas del Infierno" – respondió él a modo de contraseña.

– Eh… ¿Qué es lo que necesita exactamente de nosotros? – el salariano había reconocido el santo y seña aunque desconocía a su interlocutor – Aunque ya sabe que antes deberá darnos algo a cambio…

– Soy el teniente André Sareyev y necesito salir de la Ciudadela – respondió él.

– ¿Sareyev? – le contestó el salariano en tono jocoso – He oído hablar de ti… un prófugo de la Alianza. ¿Qué hiciste? ¿Drogas? ¿Robo? Creía que los del N7 estabais por encima de eso…

Era obvio que el salariano no conocía las últimas novedades de la Seg-C, sólo su fuga del hospital, y que tampoco sabía nada de las asaris.  

– Maté a un salariano por hacerse el gracioso. – le contestó André con ironía – Sobre el pago, creo que tengo algo que le podrá interesar…

Capítulo 16

Kaldon no paraba de dar vueltas en su despacho del Presidio. Era un lugar bastante lujoso, ubicado como era normal en la zona bancaria, bastante alejado de las Embajadas. Nada, aparte del secretismo con el que manejaba sus asuntos, indicaría con qué o con quién tenía lazos comerciales. Los más suspicaces darían por sentado que Kaldon, como muchos otros comerciantes y corredores de bolsa, trabajaba para el misterioso Corredor Sombrío, un individuo del que nadie había visto nunca su cara y con el que la pena por una traición se pagaba con la muerte. Nadie en su sano juicio creería que Kaldon, un salariano nacido en una de las familias aristocráticas más importantes de Jaëto, en realidad trabajaba para el Hombre Ilusorio, fundador y amo de Cerberus, una organización humana secreta relacionada con movimientos anti-alienígenas. Las actividades de la organización se centraban en la búsqueda del ser humano perfecto, el Hombre Futuro, aunque sería más conveniente decir el Soldado Futuro, ya a que a nadie se le escapaba las posibilidades militares de los proyectos que Cerberus llevaba a cabo en secreto. Por muy buenos que fuesen sus ideales en el momento de su fundación, estos siempre se acababan pervirtiendo por culpa de la corrupción y la ambición, y Cerberus no era la excepción. A pesar de todo, hasta Kaldon, que era salariano, se había dejado llevar en ocasiones por el poder de convicción del Hombre Ilusorio, y eso que su relación era puramente comercial.

Temblándole aún la mano, Kaldon sacó su pequeño recipiente hermético que contenía especie roja. No era un adicto, no solía tomar drogas si no era en fiestas o en ocasiones muy especiales, pero esta vez necesitaba un chute que le permitiese calmar los nervios antes de hablar con él. En todos los años que llevaba trabajando para el Hombre Ilusorio, apenas había hablado personalmente con él ya que sus conversaciones, siempre por extranet y sólo de audio, se podían contar con los dedos de una mano. Era parte del secretismo que siempre rodeaba a aquel individuo, como también lo eran las consecuencias que traía consigo una traición. En ese sentido, era mucho peor que el Corredor Sombrío, pero el riesgo de trabajar con él merecía la pena, como lo demostraba el despacho que ahora presidía.

El intercomunicador indicó con un simple bip que había establecido contacto con el otro terminal, pero la pantalla seguía apareciendo vacía. Sin embargo, una voz profunda y calmada le contestó desde el otro lado.

– ¿Qué es lo que quiere, señor Jaëto Oyrest Feth Dis Got Arghos Kaldon? – al oír su nombre completo, Kaldon frunció el ceño. Ni siquiera entre los salarianos era costumbre pronunciarlo entero de una vez, de modo que el hecho de que su interlocutor, un simple humano, un plebeyo, lo hiciese y además en ese tono, sólo podía tomarse como una provocación. Sin embargo, el salariano se resignó y se limitó a contestarle afablemente a la pantalla que continuaba en negro.

– Hay un humano que tiene una propuesta que hacerle. – le respondió tratando de mantener el suspense.

– Muchos humanos tienen muchas propuestas que hacerme. ¿Qué es lo que lo hace tan especial como para que me despiertes a estas horas de la madrugada?

Kaldon se quedó un momento parado. Cuando decidió llamar al Hombre Ilusorio, entusiasmado con la información que acababa de recibir, no cayó en que el cambio horario le pudiese jugar una mala pasada. Ahora encima, había molestado a su mecenas y sabía las consecuencias que tenía molestar al jefe, porque se había ocupado personalmente de limpiar las huellas de aquellas "consecuencias". Respiró hondo y prosiguió con su discurso, a sabiendas de que si no conseguía captar el interés de aquel humano, podía acabar en una de las estaciones de reciclaje orgánico de la Ciudadela. Por suerte, la especie roja parecía empezar a hacer efecto.

– Ese humano en concreto, conoce su interés por los aparatos alienígenas, especialmente por aquellos que pueden ser cruciales para el desarrollo de la bioingeniería humana… – hizo una pausa para comprobar si había logrado captar la atención de su interlocutor.

– Continúa – fue la parca respuesta del humano.

– A cambio de una tecnología que puede ser la clave para la evolución humana, ese hombre sólo quiere un transporte para llegar a la Estación Omega, y allí nos dará lo que queremos.

– Y, ¿por qué no utiliza un transporte estándar si se puede saber? – le preguntó el Hombre Ilusorio, aunque ya conocía la respuesta. Ningún transporte de viajeros estándar viajaba nunca hacia el Puerto Omega, un lugar sin ley donde ni siquiera los espectros tenían jurisdicción y cuyo nombre original aún provocaba pesadillas entre algunas especies alienígenas. Eso sólo podía significar que el hombre de Kaldon estaba buscado por la ley, y que además estaba fichado, lo que significaba que, o era un criminal o un soldado de la Alianza, o directamente ambas cosas.

– Está fichado – le corroboró Kaldon – Es un ex-teniente de la Alianza. Si me da el visto bueno, ahora llamaré a Harris para hacer los preparativos y pondré a punto la lanzadera.

Después de un momento de silencio que se le hizo eterno, el Hombre Ilusorio le dio la respuesta que esperaba.

– De acuerdo, lo dejo en tus manos. Hazte cargo de todo y ponte en contacto con Harris, no le gustan las sorpresas pero si ésta es agradable, puede que te lleves una buena recompensa – apostilló el Hombre Ilusorio mientras un bip indicaba que la comunicación podía darse por acabada.

Kaldon dejó escapar un suspiro de alivio. La conversación no había resultado tan mala como esperaba y el jefe había aceptado la propuesta, lo que le haría escalar puestos en la organización, aunque a él, lo que realmente le interesaba eran los beneficios económicos y el prestigio que conllevarían. Lo que no le gustaba tanto era tener que llamar a Edmund Harris, el hombre de confianza del jefe en la Estación Omega, un tipo que reconocía sin tapujos pertenecer a Terra Firma, un partido extremista terrestre que se sospechaba que estaba detrás de unos cuantos atentados terroristas contra turianos y otras especies, en los asentamientos de mayoría humana. Kaldon no dudaba que Harris no sólo estuviera detrás de alguno de ellos sino que seguramente había participado de forma activa. Por eso se escondía en la Estación Omega, donde nadie se atrevería a arrestarlo y donde podía seguir manejando sus negocios turbios. Aunque era aun pronto, Kaldon volvió a tomarse una nueva dosis de especie: a pesar del peligro de sobredosis, hablar con Harris le ponía mucho más nervioso que hacerlo con el jefe.

El terminal de comunicación de la extranet volvió a dar el bip del establecimiento de llamada y esta vez, apareció en pantalla la habitación de Harris, que estaba tumbado aún en la cama, desnudo y acompañado.

– ¿Qué quieres, sapo? – dijo Harris aún medio dormido.

– Me llamo Kaldon, no sapo – le respondió el salariano sin entender el insulto que Harris le había lanzado – y necesito que prepares la llegada del Ypsilon Tau Victoria a Omega. A bordo ira un humano, un soldado de la Alianza, que tiene algo muy importante que darnos y que es de vital importancia para Cerberus.

– Mira sapo, más vale que ese tipo sea realmente importante como para joderme así la noche – dijo Harris enfadado mientras la hembra humana, tumbada sobre la cama, le pasaba la mano por la entrepierna bajo las sabanas.

– Lo es. – le respondió Kaldon tratando de mantener la compostura ante la actitud impúdica de los humanos – La nave saldrá esta noche de la Ciudadela y, si cruza sin contratiempos los relés, llegará a Omega dentro de 3 días. Son órdenes del jefe – Kaldon esperaba que, con esas últimas palabras, Harris no fuera tan susceptible.

– Estaré preparado. – le respondió Harris cortando inmediatamente la comunicación.

No le gustaba que el jefe tratase con los sapos, como él llamaba a los salarianos. Sabía por experiencia, por su trato con los renegados lystheni de Omega, que no eran de fiar. Cerberus debería confiar únicamente en humanos porque era una organización humana y no en una especie alienígena, que ni siquiera conocía el concepto del honor. Sin embargo, no era tan ciego como para no ver que gente como Kaldon tenía las influencias en las altas esferas que Cerberus necesitaba, sobretodo en la Ciudadela.

Respecto al humano que debía proteger, no era tan extraño que algunos soldados de la Alianza desertaran y se pasasen a Cerberus. La realidad no solía ser tan utópica como la Alianza la presentaba: el espacio era peligroso, con mercenarios batarianos, turianos o lystheni que no dudaban un segundo en disparar contra cualquiera y que solían asaltar las colonias y nuevos asentamientos humanos. Cerberus, en cambio les ofrecía seguridad y, por supuesto, total impunidad ante sus actos. El caso de aquel humano no era tan extraño, al fin y al cabo, e incluso entre las filas de sus hombres de confianza había unos cuantos casos similares.

– Vístete – le ordenó a su acompañante.

– ¿Ya? Aun es pronto, y podríamos hacer esas cosas que a ti tanto te gustan… – le respondió la mujer provocativamente, deslizando su mano hacia su miembro viril.

– Te he dicho que te vayas, AHORA – le espetó secamente Harris dando por concluida la sesión de sexo salvaje.

Cuando la prostituta se hubo marchado, Harris volvió a conectar el terminal de extranet, pero esta vez marcó el número del Hombre Ilusorio. La voz profunda y carismática de éste, se oyó al otro lado.

– ¿Harris? Supongo que Kaldon ya ha hablado contigo – dijo.

– Sí, lo ha hecho. ¿Instrucciones adicionales?

Después de unos segundos de silencio, el jefe sentenció:

– Después de asegurarte del embarque de la mercancía, quiero limpieza total. – y colgó el terminal.

Harris dejó escapar una sonrisa maliciosa.

Capítulo 17

Lizzie seguía en estado de shock, con la mirada ausente. Descubrir que André, la persona en quién más confiaba de la Orleans, era el responsable de las muertes de aquellas asari, era algo difícil de asumir. Sin embargo, a Simmons, ya nada le parecía extraño. André había sido el que había tocado aquel artefacto y, de alguna manera, este pequeño hecho que los había postrado a ambos en una cama, en coma, al borde de la muerte, debía tener algo que ver con las visiones que habían experimentado las asari y que las habían empujado a la muerte. Ahora la clave consistía en encontrar cuanto antes a Sareyev, y detenerlo antes de que la cosa empeorara, aunque no se le pudiese acusar de ningún crimen concreto.

Ambas humanas siguieron a Yleana y a Sirius al interior de la Seg-C. A la espectro ya no le incomodaban, de hecho, ahora agradecía, como colaboradoras oportunistas que eran, su presencia. Ellas eran las personas que mejor conocían al sospechoso, además de algunas costumbres humanas, que, de haberlas tenido en cuenta antes, les habrían ahorrado tiempo y molestias en la investigación. El grupo se dirigió hacia una sala repleta de terminales que se encontraba ligeramente apartada del resto. En ella, un salariano se afanaba deslizándose de un terminal a otro, introduciendo información en ellos a una velocidad de vértigo. Si había alguna información en la Extranet sobre el sospechoso, seguro que él la encontraría.

– Buenos días, Gerhod. – le saludó Sirius formalmente – Necesito que me busques cualquier información sobre este humano – le dijo mientras le enseñaba el DOA con los datos y la ficha de Sareyev.

El salariano ni siquiera levantó la vista de la pantalla. Se limitó a continuar consultando la información de los terminales como si no hubiese escuchado nada de lo que le acababan de decir.

– Perdona, pero… – trató de insistir Ellie pero Sirius le hizo un gesto para que no continuase.

– Vuestro hombre se aloja en el motel Dulce Mannovai, habitación 15… – irrumpió el salariano – …y le gusta pagar al contado.

Sirius, bajo las placas óseas que protegían su rostro, sonrió. La capacidad de pirateo informático de los salarianos, junto a la de los quarianos, era proverbial. No en vano, eran famosos por sus actividades de infiltración y obtención de información, lo que les convertía en expertos en inteligencia militar. Todos los conflictos bélicos en los que se habían visto involucrados, los habían resuelto con el uso de la fuerza bruta justa, optando siempre por métodos más pragmáticos aunque menos éticos, y un buen ejemplo de ello era la enfermedad que habían creado para mantener a raya a los krogan, y que los había llevado al borde de la extinción. Gerhod, dentro de su limitado mundo de terminales de la extranet y bases de datos de toda la Ciudadela, era un buen ejemplo de esas capacidades, y si había alguna información perdida en la red, no había duda de que el único capaz de encontrarla sería él.

– Muchas gracias, Gerhod. Te debo una copa en el Flux. – se despidió Sirius, a sabiendas de que, por muy tentadora que fuese la invitación, el salariano no abandonaría su puesto por esa minucia.

El motel Dulce Mannovai, que de dulce sólo tenía el nombre, era un local cercano al Mercado Inferior, un hervidero de tenderetes de todo tipo de productos, algunos de ellos ilegales. Si alguien quería encontrar algún arma con modificaciones ilegales, el Mercado Inferior de los Distritos era el lugar perfecto para hacerlo. El aspecto decrépito del exterior del motel se mantenía en el interior, con paredes llenas de oxido y humedad que en nada se parecía al ambiente aséptico y pulcro de la clínica del Presidio. Un salariano con aire indiferente, posiblemente el dueño, estaba sentado en la recepción del motel. Ni siquiera se inmutó al ver aparecer por la puerta al extraño grupo liderado por un agente de la Seg-C.

– Desearíamos ver al señor Sareyev, si es tan amable – solicitó Sirius en tono educado.

– Se ha marchado. – le replicó el salariano sin inmutarse.

– En ese caso, déjenos ver su habitación. – prosiguió el turiano – Su cliente es sospechoso de dos crímenes y puede que en la habitación encontremos pistas sobre su paradero actual.

El salariano examinó de arriba a abajo a su interlocutor, y sin mediar palabra, le alargó la llave de la habitación número 15. Para el proxeneta reconvertido en "honorable hombre de negocios", aquel oficial de la Seg-C, a todas luces un novato, no suponía ninguna amenaza para sus actividades y dudaba seriamente de que encontrase nada de valor para su investigación, puesto que ya había limpiado él a fondo la habitación. Sin embargo, la presencia de aquella asari no le hacía tanta gracia: sus ropas delataban que no se dedicaba a ninguna actividad científica o lúdica, y su pistola al cinto, una HMWP, revelaba que se encontraba ante una espectro. Por eso era mejor dejarles hacer: lo último que quería era verse implicado en los asuntos del mismísimo Consejo.

Después de comprobar, para evitar sorpresas como la del Circulo Rojo, que sólo había un acceso a los pisos superiores a través de un único ascensor, el grupo subió hasta la planta en que se encontraba la habitación. El aspecto del interior del ascensor también iba acorde con el del resto del edificio, con paneles oxidados y sucios que daban asco tocar.

– Es increíble que alguien pueda vivir así… – musitó Lizzy en voz baja

– No es tan raro. – le respondió la espectro mirando por la cristalera del ascensor que daba al exterior y dejaba ver la belleza de las nubes gaseosas del Cúmulo Widow, como si las estrellas fueran ajenas a toda aquella sordidez – No todo el mundo puede permitirse vivir en el Presidio o simplemente en un lugar más decente que éste. Aquí viven los pobres, los que aún no han podido reunir el suficiente dinero para huir de aquí y regresar a sus planetas natales, después de descubrir que no todo es tan bonito como lo pintaban,.. o los que simplemente quieren pasar desapercibidos ante la ley.

– Parece que hablas por experiencia propia…- le insinuó Ellie mientras también clavaba su mirada en las hermosas y caprichosas formas que formaban los gases primigenios.

– Todos hemos pasado por momentos de privaciones, teniente, – le respondió Yleanna sin dejar de mirar por la ventana – no creo que ninguno de nosotros "se haya criado entre algodones", ¿es esa la expresión? Es que aún no estoy demasiado familiarizada con la forma de hablar de los humanos.

– Touché. –  claudicó Ellie sin dejar de sonreír. No era tan estúpida como para no captar el doble sentido de las palabras de la espectro, que seguramente conocía, por su ficha, las facilidades que había tenido en su juventud, aunque no se lo reprochaba.

Cuando, después de unos minutos que se hicieron eternos, llegaron a la habitación, ésta estaba completamente vacía. El dueño ni siquiera se había molestado en volver a poner sabanas limpias, dejando a la vista el mugriento colchón, y por cómo estaba el resto de la habitación, era obvio que el salariano se había afanado en limpiar todo lo que Sareyev se hubiera podido dejar allí. Todo no. Mientras las dos mujeres y la asari rebuscaban en la habitación por si al dueño se le había podido escapar algo y comprobaban donde estaban las cámaras, que seguro que el salariano tenía instaladas burlando todas las leyes sobre privacidad de la Ciudadela, Sirius activó su omniherramienta tratando de piratear el terminal de extranet cercano a la cama. Era obvio que o bien el salariano no le había dado la importancia que debía a las comunicaciones de su inquilino o directamente no le interesaron lo más mínimo, puesto que la información registrada en el terminal seguía inalterada como en el momento en que se hicieron aquellas llamadas. Una búsqueda a fondo determinó que Sareyev había contratado los servicios de las asaris desde allí, así como el alquiler de las otras habitaciones. Pero había algo más, había una llamada que había sido hecha hacía apenas unas horas antes, poco después del incidente del Circulo Rojo, una llamada cuyo destinatario vivía o trabajaba en el mismísimo Presidio. Con un poco más de esfuerzo, Sirius localizó a su objetivo, se trataba de un tal Kaldon, un corredor de bolsa que tenía su despacho en el distrito bancario, en pleno Presidio, alguien demasiado rico como para juntarse con un proscrito como Sareyev. Aquel era el momento perfecto para hacerle una pequeña visita a ese tal Kaldon.

El Rapidtrans les llevó con la rapidez acostumbrada hasta la zona del Emporio, una gran área abierta repleta de sucursales bancarias y tiendas de alto standing en las que pululaban los funcionarios que trabajaban directamente para el Consejo, las Embajadas o las delegaciones comerciales de las principales empresas tecnológicas. Desde allí, se dirigieron a la dirección que marcaba la DOA del agente, un despacho situado en la segunda planta de uno de los edificios de oficinas más lujosos. Esta vez, y puesto que el edificio tenía varias entradas, la espectro ordenó a las dos humanas que permanecieran en la planta de abajo para comprobar que no salía nadie sospechoso de allí sin su permiso.

– Esto, un pequeño detalle. – protestó Ellie – Por si no os habéis dado cuenta, nosotras no vamos armadas…

– Tampoco os hacen falta – le espetó Yleanna – ¿No sois oficiales de la Alianza? Seguro que os apañareis la mar de bien en un combate cuerpo a cuerpo, además, ¿qué peligroso puede ser un banquero salariano? – dijo irónicamente mientras enfilaba las escaleras detrás de Sirius.

– Creo que ésta conoce mejor de lo que dice la forma de hablar de los humanos… – le susurró Lizzy al oído.

– ¡Qué cabrona! – dejó escapar Ellie con una sonora carcajada.

Ajenos a esta última parte de la conversación, Sirius e Yleanna ascendieron por las escaleras del edificio hasta la segunda planta, pero al llegar al despacho de Kaldon, hubo algo que les llamó la atención. La puerta, una de aquellas puertas batientes con una cerradura electrónica, estaba ligeramente abierta y en su interior podían oírse ruidos sospechosos que no encajaban en lo que se esperaría oír en un despacho. Con un gesto, la espectro indicó al turiano que desenfundara su pistola mientras ella hacía lo propio. Sigilosamente, abrieron un poco la puerta, lo justo para poder ver el interior de la habitación sin ser vistos, y lo que allí vieron les sobrecogió.

Un cuerpo yacía estirado en el suelo mientras dos o más hombres en el interior, se movían de un lado a otro buscando algo, tal vez algo para envolver el cuerpo. Entonces, impulsivamente y sin previo aviso, Sirius abrió la puerta de par en par, de una patada, sobresaltando a los ocupantes.

– ¡Alto ahí! – gritó – ¡Seg-C!

La respuesta fue una ráfaga de disparos de un fusil de asalto que pasó rozando su cabeza y que pudo esquivar a tiempo gracias al empujón que Yleanna le propinó en el último momento para que se apartara. Con los dos agentes dentro de la habitación y con la única salida a sus espaldas, las cosas empezaron a ponerse realmente feas. Su cálculo inicial había resultado correcto: había tres humanos en la habitación, los dos que habían visto desde la rendija de la puerta y un tercero que había permanecido escondido en las sombras, fuera de su ángulo de visión, precisamente el que tenía el rifle de asalto, y que les seguía disparando por encima de la mesa de la secretaria tras la que se habían parapetado. Por suerte, la mesa era de acero, lo que les estaba salvando la vida.

Entonces, uno de los humanos trató de rodearlos por el otro lado de la mesa, pero no fue lo suficientemente sigiloso y, en un movimiento rápido, Sirius le disparó acertándole en el pecho, haciéndole caer de espaldas por el impacto. El disparo no había logrado atravesar sus escudos por lo que el asesino consiguió volver a ponerse en pie, aunque no lo suficientemente rápido como para evitar el segundo disparo del agente que dio justo en la caña de la rodilla, donde el escudo no era tan potente, destrozándosela y haciéndole caer al suelo, malherido. Ahora la situación empezaba a estar más igualada en un dos contra dos, aunque uno de sus enemigos seguía teniendo un rifle de asalto, que utilizaba para evitar que los agentes salieran de su cobertura.

Una breve pausa en las ráfagas les alertó. No era normal que aquel tipo dejara de disparar cuando aún no se había quedado sin munición. Entonces lo vieron: los criminales estaban preparando una medida desesperada, el asesino tenía en la mano una granada y estaba preparado para lanzársela. En un acto reflejo, casi sin pensar, Sirius se echó sobre Yleanna para protegerla, a la espera de que una detonación acabara para siempre con su vida. En lugar de eso, una luz cegadora como nunca antes había visto inundó la habitación embotando todos sus sentidos: habían tenido mucha suerte, los criminales, que ahora huían escaleras abajo abandonando a su compañero herido, sólo habían utilizado una simple granada cegadora.

– Creo… que ya puedes levantarte – oyó decir a Yleanna debajo suyo – a no ser que estés demasiado cómodo.

Sirius tardó unos segundos en reaccionar, permaneciendo en esa posición sin moverse, ruborizado, tras los cuales, se levantó y ayudó a Yleanna a hacer lo mismo. La asari también permaneció callada un buen rato mientras esperaba que el color que bañaba sus mejillas se diluyera de forma disimulada. Aquella reacción no era propia de alguien que acababa de librarse de la muerte hacía unos segundos, y entonces cayeron. ¡Las humanas! ¡Las habían dejado atrás y ahora los asesinos iban hacia ellas, que estaban completamente desarmadas! Debían darse prisa si querían evitar una desgracia.

Mientras tanto, Ellie y Lizzy, ajenas a todo, contemplaban absortas la puerta del edificio. Sin duda era uno de los más lujosos que habían visto desde que estaban en la Ciudadela, lo que indicaba que ese Kaldon debía ser una persona muy importante o que movía mucho dinero, no necesariamente de forma legal. Los disparos que escucharon a continuación les sacaron de su ensimismamiento. Por el sonido de la ráfaga de disparos, el arma parecía un rifle de asalto de la Alianza, pero la cadencia era más rápida que la del Lancer de Hahne-Kedar, lo que significaba que o era un arma modificada ilegalmente o una especial que no se parecía en nada a las que habían visto hasta el momento, calculó Lizzy mentalmente. Entonces, de repente, el intercambio de disparos se detuvo súbitamente.

Las dos mujeres se miraron un momento. ¿Qué significaba aquello? ¿Era posible que estuvieran todos muertos? La respuesta a sus preguntas les llegó segundos más tarde en forma de dos individuos armados que irrumpieron corriendo en el hall, desde las escaleras. Sorprendidos ante la presencia de las dos chicas, tardaron unas decimas de segundo en reaccionar y apuntarles, tiempo suficiente para que Ellie, casi en un acto reflejo, lanzara varios metros por los aires al que tenía más cerca, hasta dar con la pared, con un ataque biótico. El asesino que portaba el rifle de asalto logró esquivar por unos pocos centímetros la onda de masa y ahora se disponía a disparar a Ellie por la espalda, que contemplaba asombrada el efecto inesperado de su propio ataque, pero entonces sintió que algo le estiraba del arma. Lo siguiente que notó fue una patada en la articulación del codo y el ruido desagradable de éste al romperse hacia adentro, obligándole a soltar el arma. Con el brazo colgándole inerte, desenfundó todo lo rápido que pudo la pistola con el único brazo que le quedaba útil, el izquierdo, para encontrarse de cara con el cañón de su propio rifle, apuntándole entre los ojos.

– Yo que tú ni lo intentaría – le dijo la cabo Sánchez sin inmutarse sujetando firmemente el fusil – Suelta la pistola si no quieres que te dispare ¡Suéltala!

El asesino dudó unos instantes con el arma aún en la mano. Ante una situación así, de completa desventaja, lo normal hubiese sido rendirse pero él no era un criminal cualquiera. Esbozó una sonrisa de desafío y apretó el gatillo. La bala pasó rozando el hombro derecho de Lizzy, que reaccionó disparándole una ráfaga a la cabeza. Ante un ataque así, por muy potentes que pudiesen ser los escudos cinéticos, el resultado era mortal de necesidad: a esa distancia y con esa potencia de fuego, los disparos le destrozaron la cara atravesándole el cráneo.

Cuando por fin llegaron allí Yleanna y Sirius, no pudieron más que sorprenderse por la escena que tenían ante sus ojos. Los dos asesinos yacían muertos, uno con el cuello roto en una posición inverosímil y el otro con la cara destrozada a balazos, mientras que sus dos, en un principio, indefensas oponentes permanecían en estado de shock. Ellie seguía asombrada ante el poder tan destructivo que había sido capaz de desatar en un tiempo sorprendentemente corto. Todos los ataques bióticos requerían de un periodo de preparación, y éste variaba dependiendo de la habilidad del usuario, sin embargo, su tiempo de reacción había sido excesivamente breve, tal vez demasiado, y eso sólo podía deberse al nuevo implante experimental que llevaba en la nuca. En cambio, la cabo Sánchez, que seguía apuntando aún a un enemigo imaginario, dejó caer finalmente el rifle mientras contemplaba el infinito con la mirada vacía.

– ¿Veis? Ya sabía que no os hacían falta armas – dijo la asari irónicamente, para quitar hierro al asunto – Buen trabajo, tal vez demasiado bueno. Dudo mucho que les podamos sacar mucha información tal como están.