Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 5-

Capitulo 15

Cuando llegó, el sucio apartamento que había alquilado en el peor lugar de los Distritos seguía igual. Nadie había entrado desde que lo dejara ahora hacía unas cuantas horas, ni para registrarlo ni nada, ni siquiera el casero, que ya empezaba a sospechar de su extraño inquilino que siempre iba vestido con ropa larga que le cubría todo el cuerpo y una capucha para hacer lo propio con la cara. Por suerte, aquel individuo, un salariano que se dedicaba a  negocios algo turbios, no se preocupaba demasiado por las actividades de sus inquilinos, aunque ahora la cosa cambiaba.

Ya se había arriesgado demasiado cuando aquella asari, a la que había contratado por un servicio común aunque en realidad no la quería para eso, se había tirado ventana abajo del motel. Por suerte, había sabido cubrir muy bien sus pasos hasta el momento, dando un nombre falso al registrarse por si acaso, aunque el desenlace final no lo había previsto. Él sólo quería dar sentido a los retazos de memoria que veía en sueños, retazos incoherentes que le atormentaban desde el accidente, no ser el responsable de la muerte de dos personas, aunque fuesen aliens. La primera visita, a pesar del suicidio de la prostituta, le había aportado algo de sentido a aquellas visiones. Tenían, dentro de su atrocidad, algo de coherencia, de modo que, pensó entonces, si una simple sesión de apenas unos segundos había conseguido articular aquellos fragmentos en una sola visión, más sesiones darían con la clave de los flashes y la razón de ser de porqué le estaban afectando de esa manera.

Suspiró y empezó a desnudarse poco a poco. Aunque la chaqueta, rota a la altura del codo de la manga derecha, era muy ancha y holgada, al roce con la piel le dolía horrores. No era sólo el dolor. La piel había empezado a adquirir un color azulado que no tenía nada que ver con los efectos de una necrotización de la misma. Era algo diferente. Lo peor eran los implantes. Tenía la sensación que habían empezado a moverse por debajo de su epidermis, retorciéndose y desplazándose como seres vivos. Durante los primeros días, creyó que era fruto de su imaginación y que tal vez eran los efectos de la medicación, pero, después de varios días de observación, lo vio. Los implantes no sólo se movían sino que crecían y extendían sus terminaciones como lo harían las raíces de los árboles. Era como si tuvieran vida propia.

La verdad era que había llegado un punto en que no sabía qué hacer. Regresar no era una opción: tal como estaba lo hubiesen convertido en un interesante espécimen de estudio, e incluso, ves a saber, hasta diseccionado. Por otro lado, los dolores habían ido aumentando, al igual que las pesadillas, día tras día, hasta el punto que había incluso llegado a pensar en el suicidio. Pero entonces tuvo la suerte de escuchar una conversación ajena sobre la consorte asari. Pocos la conocían en persona pero existía el rumor de que la consorte podía dar un tipo de paz espiritual que ninguna droga o terapia humanas habían conseguido. Probó suerte, pero no tenía el dinero suficiente para pagar sus servicios y mucho menos la paciencia de esperar a que llegara su turno: la lista de espera era de varios meses. Desolado, estuvo a punto de rendirse y reventarse la cabeza con su pistola, pero entonces, cayó en que, tal vez, podría obtener esa paz de otras asari, al fin y al cabo eran de la misma especie.

La primera sesión, a pesar de las funestas consecuencias, había sido bastante satisfactoria. Le había permitido recomponer de forma unitaria los recuerdos, que era lo que habían resultado ser, aunque eran recuerdos implantados. Era como si en vez de un retazo de memoria, en realidad las visiones fuesen como la secuencia grabada de una cámara, algo ajeno, sin empatía por las desgracias que se mostraban, algo grabado a consciencia para la posteridad. Un mensaje dejado para los que vinieran detrás. Después de aquello, había dejado de tener pesadillas e incluso los implantes habían dejado de dolerle tanto. Era como si hubiese empezado a asumir su papel en la Historia.

La segunda sesión en cambio, a pesar de su desafortunado encuentro final, le había dado sentido a todo y un objetivo que seguir. Ya no iba a ciegas, sabía qué era lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Sería difícil ya que iba en contra de todo lo que le habían enseñado, pero eso ya no importaba ya que él ni siquiera podía considerarse humano ya, y sus esquemas y normas éticas ya no le servían. Era un ser completamente nuevo con una misión que cumplir, una que iba en contra de los propósitos de la Alianza y del Consejo, y de todo raciocinio humano.

Se miró al espejo. La imagen que éste le devolvió no se parecía en nada a la del hombre que había partido de la Tierra hacía 11 meses. Su masa muscular se había incrementado sorprendentemente y el tono de piel azulado se extendía de forma radial desde los implantes que ahora sobresalían de la piel y eran perfectamente visibles a simple vista. También había más, como si se hubiesen autorreproducido con nanomáquinas, y ahora se iban extendiendo como los efectos de una enfermedad infecciosa. Sin embargo, ya no le dolían apenas, a pesar de la hipersensibilidad que había desarrollado en la piel. Su aspecto en general, más que horrorizarle, le fascinaba. Él era el siguiente escalón en la evolución, el siguiente escalón no, se autocorrigió, él estaba por encima de lo que significaba ser humano. Sonrió y el reflejo del espejo le respondió con una sonrisa igualmente maliciosa. Había llegado la hora de irse.

Abandonar el apartamento de esa manera no entraba en sus planes, pero no era tan estúpido como para no saber que el trozo de manga que ella se había llevado contendría su ADN. Con él, estando fichado, sólo era cuestión de tiempo que la Seg-C diera con su paradero después de haber tenido que dar su verdadero nombre al arrendatario salariano. Era una forma de tener controlados a sus inquilinos, por si se retrasaban en los pagos o tenían trapos sucios con los que chantajearlos. Por eso, lo más prudente era escabullirse de allí y buscar un transporte rápido hacia algún lugar fuera de la jurisdicción de la Seg-C. Por desgracia, utilizar un transporte convencional, independientemente del destino, no era algo viable: todos los muelles estarían vigilados a esas alturas y resultaba imposible mentir sobre su identidad ya que se realizaban identificaciones genéticas allí mismo.

Volvió a vestirse. Era increíble como todo se había ido al garete en apenas unos segundos por culpa de alguien a quien no esperaba encontrarse nunca más y menos allí. Volverla a ver había sido un verdadero shock, de ahí que en un principio le costase reaccionar y se dejase atrapar tan fácilmente, pero tenía que reconocer que la teniente Simmons era bastante más ducha en el combate cuerpo a cuerpo de lo que había imaginado. Fue un fallo suyo menospreciarla en ese sentido, como enemiga podía ser una rival formidable, aunque desde luego no a su altura. Reconocer este hecho, no implicaba que la odiase menos, sino al contrario: ahora encima también era la culpable de que todo se viniera abajo. No importaba, tenía un as bajo la manga que le permitiría salir de allí sin problemas, aunque reconocer que tenía esos contactos le habría supuesto un consejo de guerra si aún siguiera en el ejercito de la Alianza.

Descolgó el auricular de su terminal y se volvió a colocar la capucha para que no se viera el implante que empezaba a sobresalirle por encima del cuero cabelludo ni el color de piel azulada que empezaba a invadir su rostro. Al otro lado, una serie de bips indicaban que su interlocutor aún no había descolgado el terminal. La voz, antes de que llegase la imagen nítida, de un salariano le contestó al otro lado.

– ¿Diga?

– "Nada escapa al que guarda las Puertas del Infierno" – respondió él a modo de contraseña.

– Eh… ¿Qué es lo que necesita exactamente de nosotros? – el salariano había reconocido el santo y seña aunque desconocía a su interlocutor – Aunque ya sabe que antes deberá darnos algo a cambio…

– Soy el teniente André Sareyev y necesito salir de la Ciudadela – respondió él.

– ¿Sareyev? – le contestó el salariano en tono jocoso – He oído hablar de ti… un prófugo de la Alianza. ¿Qué hiciste? ¿Drogas? ¿Robo? Creía que los del N7 estabais por encima de eso…

Era obvio que el salariano no conocía las últimas novedades de la Seg-C, sólo su fuga del hospital, y que tampoco sabía nada de las asaris.  

– Maté a un salariano por hacerse el gracioso. – le contestó André con ironía – Sobre el pago, creo que tengo algo que le podrá interesar…

Capítulo 16

Kaldon no paraba de dar vueltas en su despacho del Presidio. Era un lugar bastante lujoso, ubicado como era normal en la zona bancaria, bastante alejado de las Embajadas. Nada, aparte del secretismo con el que manejaba sus asuntos, indicaría con qué o con quién tenía lazos comerciales. Los más suspicaces darían por sentado que Kaldon, como muchos otros comerciantes y corredores de bolsa, trabajaba para el misterioso Corredor Sombrío, un individuo del que nadie había visto nunca su cara y con el que la pena por una traición se pagaba con la muerte. Nadie en su sano juicio creería que Kaldon, un salariano nacido en una de las familias aristocráticas más importantes de Jaëto, en realidad trabajaba para el Hombre Ilusorio, fundador y amo de Cerberus, una organización humana secreta relacionada con movimientos anti-alienígenas. Las actividades de la organización se centraban en la búsqueda del ser humano perfecto, el Hombre Futuro, aunque sería más conveniente decir el Soldado Futuro, ya a que a nadie se le escapaba las posibilidades militares de los proyectos que Cerberus llevaba a cabo en secreto. Por muy buenos que fuesen sus ideales en el momento de su fundación, estos siempre se acababan pervirtiendo por culpa de la corrupción y la ambición, y Cerberus no era la excepción. A pesar de todo, hasta Kaldon, que era salariano, se había dejado llevar en ocasiones por el poder de convicción del Hombre Ilusorio, y eso que su relación era puramente comercial.

Temblándole aún la mano, Kaldon sacó su pequeño recipiente hermético que contenía especie roja. No era un adicto, no solía tomar drogas si no era en fiestas o en ocasiones muy especiales, pero esta vez necesitaba un chute que le permitiese calmar los nervios antes de hablar con él. En todos los años que llevaba trabajando para el Hombre Ilusorio, apenas había hablado personalmente con él ya que sus conversaciones, siempre por extranet y sólo de audio, se podían contar con los dedos de una mano. Era parte del secretismo que siempre rodeaba a aquel individuo, como también lo eran las consecuencias que traía consigo una traición. En ese sentido, era mucho peor que el Corredor Sombrío, pero el riesgo de trabajar con él merecía la pena, como lo demostraba el despacho que ahora presidía.

El intercomunicador indicó con un simple bip que había establecido contacto con el otro terminal, pero la pantalla seguía apareciendo vacía. Sin embargo, una voz profunda y calmada le contestó desde el otro lado.

– ¿Qué es lo que quiere, señor Jaëto Oyrest Feth Dis Got Arghos Kaldon? – al oír su nombre completo, Kaldon frunció el ceño. Ni siquiera entre los salarianos era costumbre pronunciarlo entero de una vez, de modo que el hecho de que su interlocutor, un simple humano, un plebeyo, lo hiciese y además en ese tono, sólo podía tomarse como una provocación. Sin embargo, el salariano se resignó y se limitó a contestarle afablemente a la pantalla que continuaba en negro.

– Hay un humano que tiene una propuesta que hacerle. – le respondió tratando de mantener el suspense.

– Muchos humanos tienen muchas propuestas que hacerme. ¿Qué es lo que lo hace tan especial como para que me despiertes a estas horas de la madrugada?

Kaldon se quedó un momento parado. Cuando decidió llamar al Hombre Ilusorio, entusiasmado con la información que acababa de recibir, no cayó en que el cambio horario le pudiese jugar una mala pasada. Ahora encima, había molestado a su mecenas y sabía las consecuencias que tenía molestar al jefe, porque se había ocupado personalmente de limpiar las huellas de aquellas "consecuencias". Respiró hondo y prosiguió con su discurso, a sabiendas de que si no conseguía captar el interés de aquel humano, podía acabar en una de las estaciones de reciclaje orgánico de la Ciudadela. Por suerte, la especie roja parecía empezar a hacer efecto.

– Ese humano en concreto, conoce su interés por los aparatos alienígenas, especialmente por aquellos que pueden ser cruciales para el desarrollo de la bioingeniería humana… – hizo una pausa para comprobar si había logrado captar la atención de su interlocutor.

– Continúa – fue la parca respuesta del humano.

– A cambio de una tecnología que puede ser la clave para la evolución humana, ese hombre sólo quiere un transporte para llegar a la Estación Omega, y allí nos dará lo que queremos.

– Y, ¿por qué no utiliza un transporte estándar si se puede saber? – le preguntó el Hombre Ilusorio, aunque ya conocía la respuesta. Ningún transporte de viajeros estándar viajaba nunca hacia el Puerto Omega, un lugar sin ley donde ni siquiera los espectros tenían jurisdicción y cuyo nombre original aún provocaba pesadillas entre algunas especies alienígenas. Eso sólo podía significar que el hombre de Kaldon estaba buscado por la ley, y que además estaba fichado, lo que significaba que, o era un criminal o un soldado de la Alianza, o directamente ambas cosas.

– Está fichado – le corroboró Kaldon – Es un ex-teniente de la Alianza. Si me da el visto bueno, ahora llamaré a Harris para hacer los preparativos y pondré a punto la lanzadera.

Después de un momento de silencio que se le hizo eterno, el Hombre Ilusorio le dio la respuesta que esperaba.

– De acuerdo, lo dejo en tus manos. Hazte cargo de todo y ponte en contacto con Harris, no le gustan las sorpresas pero si ésta es agradable, puede que te lleves una buena recompensa – apostilló el Hombre Ilusorio mientras un bip indicaba que la comunicación podía darse por acabada.

Kaldon dejó escapar un suspiro de alivio. La conversación no había resultado tan mala como esperaba y el jefe había aceptado la propuesta, lo que le haría escalar puestos en la organización, aunque a él, lo que realmente le interesaba eran los beneficios económicos y el prestigio que conllevarían. Lo que no le gustaba tanto era tener que llamar a Edmund Harris, el hombre de confianza del jefe en la Estación Omega, un tipo que reconocía sin tapujos pertenecer a Terra Firma, un partido extremista terrestre que se sospechaba que estaba detrás de unos cuantos atentados terroristas contra turianos y otras especies, en los asentamientos de mayoría humana. Kaldon no dudaba que Harris no sólo estuviera detrás de alguno de ellos sino que seguramente había participado de forma activa. Por eso se escondía en la Estación Omega, donde nadie se atrevería a arrestarlo y donde podía seguir manejando sus negocios turbios. Aunque era aun pronto, Kaldon volvió a tomarse una nueva dosis de especie: a pesar del peligro de sobredosis, hablar con Harris le ponía mucho más nervioso que hacerlo con el jefe.

El terminal de comunicación de la extranet volvió a dar el bip del establecimiento de llamada y esta vez, apareció en pantalla la habitación de Harris, que estaba tumbado aún en la cama, desnudo y acompañado.

– ¿Qué quieres, sapo? – dijo Harris aún medio dormido.

– Me llamo Kaldon, no sapo – le respondió el salariano sin entender el insulto que Harris le había lanzado – y necesito que prepares la llegada del Ypsilon Tau Victoria a Omega. A bordo ira un humano, un soldado de la Alianza, que tiene algo muy importante que darnos y que es de vital importancia para Cerberus.

– Mira sapo, más vale que ese tipo sea realmente importante como para joderme así la noche – dijo Harris enfadado mientras la hembra humana, tumbada sobre la cama, le pasaba la mano por la entrepierna bajo las sabanas.

– Lo es. – le respondió Kaldon tratando de mantener la compostura ante la actitud impúdica de los humanos – La nave saldrá esta noche de la Ciudadela y, si cruza sin contratiempos los relés, llegará a Omega dentro de 3 días. Son órdenes del jefe – Kaldon esperaba que, con esas últimas palabras, Harris no fuera tan susceptible.

– Estaré preparado. – le respondió Harris cortando inmediatamente la comunicación.

No le gustaba que el jefe tratase con los sapos, como él llamaba a los salarianos. Sabía por experiencia, por su trato con los renegados lystheni de Omega, que no eran de fiar. Cerberus debería confiar únicamente en humanos porque era una organización humana y no en una especie alienígena, que ni siquiera conocía el concepto del honor. Sin embargo, no era tan ciego como para no ver que gente como Kaldon tenía las influencias en las altas esferas que Cerberus necesitaba, sobretodo en la Ciudadela.

Respecto al humano que debía proteger, no era tan extraño que algunos soldados de la Alianza desertaran y se pasasen a Cerberus. La realidad no solía ser tan utópica como la Alianza la presentaba: el espacio era peligroso, con mercenarios batarianos, turianos o lystheni que no dudaban un segundo en disparar contra cualquiera y que solían asaltar las colonias y nuevos asentamientos humanos. Cerberus, en cambio les ofrecía seguridad y, por supuesto, total impunidad ante sus actos. El caso de aquel humano no era tan extraño, al fin y al cabo, e incluso entre las filas de sus hombres de confianza había unos cuantos casos similares.

– Vístete – le ordenó a su acompañante.

– ¿Ya? Aun es pronto, y podríamos hacer esas cosas que a ti tanto te gustan… – le respondió la mujer provocativamente, deslizando su mano hacia su miembro viril.

– Te he dicho que te vayas, AHORA – le espetó secamente Harris dando por concluida la sesión de sexo salvaje.

Cuando la prostituta se hubo marchado, Harris volvió a conectar el terminal de extranet, pero esta vez marcó el número del Hombre Ilusorio. La voz profunda y carismática de éste, se oyó al otro lado.

– ¿Harris? Supongo que Kaldon ya ha hablado contigo – dijo.

– Sí, lo ha hecho. ¿Instrucciones adicionales?

Después de unos segundos de silencio, el jefe sentenció:

– Después de asegurarte del embarque de la mercancía, quiero limpieza total. – y colgó el terminal.

Harris dejó escapar una sonrisa maliciosa.

Capítulo 17

Lizzie seguía en estado de shock, con la mirada ausente. Descubrir que André, la persona en quién más confiaba de la Orleans, era el responsable de las muertes de aquellas asari, era algo difícil de asumir. Sin embargo, a Simmons, ya nada le parecía extraño. André había sido el que había tocado aquel artefacto y, de alguna manera, este pequeño hecho que los había postrado a ambos en una cama, en coma, al borde de la muerte, debía tener algo que ver con las visiones que habían experimentado las asari y que las habían empujado a la muerte. Ahora la clave consistía en encontrar cuanto antes a Sareyev, y detenerlo antes de que la cosa empeorara, aunque no se le pudiese acusar de ningún crimen concreto.

Ambas humanas siguieron a Yleana y a Sirius al interior de la Seg-C. A la espectro ya no le incomodaban, de hecho, ahora agradecía, como colaboradoras oportunistas que eran, su presencia. Ellas eran las personas que mejor conocían al sospechoso, además de algunas costumbres humanas, que, de haberlas tenido en cuenta antes, les habrían ahorrado tiempo y molestias en la investigación. El grupo se dirigió hacia una sala repleta de terminales que se encontraba ligeramente apartada del resto. En ella, un salariano se afanaba deslizándose de un terminal a otro, introduciendo información en ellos a una velocidad de vértigo. Si había alguna información en la Extranet sobre el sospechoso, seguro que él la encontraría.

– Buenos días, Gerhod. – le saludó Sirius formalmente – Necesito que me busques cualquier información sobre este humano – le dijo mientras le enseñaba el DOA con los datos y la ficha de Sareyev.

El salariano ni siquiera levantó la vista de la pantalla. Se limitó a continuar consultando la información de los terminales como si no hubiese escuchado nada de lo que le acababan de decir.

– Perdona, pero… – trató de insistir Ellie pero Sirius le hizo un gesto para que no continuase.

– Vuestro hombre se aloja en el motel Dulce Mannovai, habitación 15… – irrumpió el salariano – …y le gusta pagar al contado.

Sirius, bajo las placas óseas que protegían su rostro, sonrió. La capacidad de pirateo informático de los salarianos, junto a la de los quarianos, era proverbial. No en vano, eran famosos por sus actividades de infiltración y obtención de información, lo que les convertía en expertos en inteligencia militar. Todos los conflictos bélicos en los que se habían visto involucrados, los habían resuelto con el uso de la fuerza bruta justa, optando siempre por métodos más pragmáticos aunque menos éticos, y un buen ejemplo de ello era la enfermedad que habían creado para mantener a raya a los krogan, y que los había llevado al borde de la extinción. Gerhod, dentro de su limitado mundo de terminales de la extranet y bases de datos de toda la Ciudadela, era un buen ejemplo de esas capacidades, y si había alguna información perdida en la red, no había duda de que el único capaz de encontrarla sería él.

– Muchas gracias, Gerhod. Te debo una copa en el Flux. – se despidió Sirius, a sabiendas de que, por muy tentadora que fuese la invitación, el salariano no abandonaría su puesto por esa minucia.

El motel Dulce Mannovai, que de dulce sólo tenía el nombre, era un local cercano al Mercado Inferior, un hervidero de tenderetes de todo tipo de productos, algunos de ellos ilegales. Si alguien quería encontrar algún arma con modificaciones ilegales, el Mercado Inferior de los Distritos era el lugar perfecto para hacerlo. El aspecto decrépito del exterior del motel se mantenía en el interior, con paredes llenas de oxido y humedad que en nada se parecía al ambiente aséptico y pulcro de la clínica del Presidio. Un salariano con aire indiferente, posiblemente el dueño, estaba sentado en la recepción del motel. Ni siquiera se inmutó al ver aparecer por la puerta al extraño grupo liderado por un agente de la Seg-C.

– Desearíamos ver al señor Sareyev, si es tan amable – solicitó Sirius en tono educado.

– Se ha marchado. – le replicó el salariano sin inmutarse.

– En ese caso, déjenos ver su habitación. – prosiguió el turiano – Su cliente es sospechoso de dos crímenes y puede que en la habitación encontremos pistas sobre su paradero actual.

El salariano examinó de arriba a abajo a su interlocutor, y sin mediar palabra, le alargó la llave de la habitación número 15. Para el proxeneta reconvertido en "honorable hombre de negocios", aquel oficial de la Seg-C, a todas luces un novato, no suponía ninguna amenaza para sus actividades y dudaba seriamente de que encontrase nada de valor para su investigación, puesto que ya había limpiado él a fondo la habitación. Sin embargo, la presencia de aquella asari no le hacía tanta gracia: sus ropas delataban que no se dedicaba a ninguna actividad científica o lúdica, y su pistola al cinto, una HMWP, revelaba que se encontraba ante una espectro. Por eso era mejor dejarles hacer: lo último que quería era verse implicado en los asuntos del mismísimo Consejo.

Después de comprobar, para evitar sorpresas como la del Circulo Rojo, que sólo había un acceso a los pisos superiores a través de un único ascensor, el grupo subió hasta la planta en que se encontraba la habitación. El aspecto del interior del ascensor también iba acorde con el del resto del edificio, con paneles oxidados y sucios que daban asco tocar.

– Es increíble que alguien pueda vivir así… – musitó Lizzy en voz baja

– No es tan raro. – le respondió la espectro mirando por la cristalera del ascensor que daba al exterior y dejaba ver la belleza de las nubes gaseosas del Cúmulo Widow, como si las estrellas fueran ajenas a toda aquella sordidez – No todo el mundo puede permitirse vivir en el Presidio o simplemente en un lugar más decente que éste. Aquí viven los pobres, los que aún no han podido reunir el suficiente dinero para huir de aquí y regresar a sus planetas natales, después de descubrir que no todo es tan bonito como lo pintaban,.. o los que simplemente quieren pasar desapercibidos ante la ley.

– Parece que hablas por experiencia propia…- le insinuó Ellie mientras también clavaba su mirada en las hermosas y caprichosas formas que formaban los gases primigenios.

– Todos hemos pasado por momentos de privaciones, teniente, – le respondió Yleanna sin dejar de mirar por la ventana – no creo que ninguno de nosotros "se haya criado entre algodones", ¿es esa la expresión? Es que aún no estoy demasiado familiarizada con la forma de hablar de los humanos.

– Touché. –  claudicó Ellie sin dejar de sonreír. No era tan estúpida como para no captar el doble sentido de las palabras de la espectro, que seguramente conocía, por su ficha, las facilidades que había tenido en su juventud, aunque no se lo reprochaba.

Cuando, después de unos minutos que se hicieron eternos, llegaron a la habitación, ésta estaba completamente vacía. El dueño ni siquiera se había molestado en volver a poner sabanas limpias, dejando a la vista el mugriento colchón, y por cómo estaba el resto de la habitación, era obvio que el salariano se había afanado en limpiar todo lo que Sareyev se hubiera podido dejar allí. Todo no. Mientras las dos mujeres y la asari rebuscaban en la habitación por si al dueño se le había podido escapar algo y comprobaban donde estaban las cámaras, que seguro que el salariano tenía instaladas burlando todas las leyes sobre privacidad de la Ciudadela, Sirius activó su omniherramienta tratando de piratear el terminal de extranet cercano a la cama. Era obvio que o bien el salariano no le había dado la importancia que debía a las comunicaciones de su inquilino o directamente no le interesaron lo más mínimo, puesto que la información registrada en el terminal seguía inalterada como en el momento en que se hicieron aquellas llamadas. Una búsqueda a fondo determinó que Sareyev había contratado los servicios de las asaris desde allí, así como el alquiler de las otras habitaciones. Pero había algo más, había una llamada que había sido hecha hacía apenas unas horas antes, poco después del incidente del Circulo Rojo, una llamada cuyo destinatario vivía o trabajaba en el mismísimo Presidio. Con un poco más de esfuerzo, Sirius localizó a su objetivo, se trataba de un tal Kaldon, un corredor de bolsa que tenía su despacho en el distrito bancario, en pleno Presidio, alguien demasiado rico como para juntarse con un proscrito como Sareyev. Aquel era el momento perfecto para hacerle una pequeña visita a ese tal Kaldon.

El Rapidtrans les llevó con la rapidez acostumbrada hasta la zona del Emporio, una gran área abierta repleta de sucursales bancarias y tiendas de alto standing en las que pululaban los funcionarios que trabajaban directamente para el Consejo, las Embajadas o las delegaciones comerciales de las principales empresas tecnológicas. Desde allí, se dirigieron a la dirección que marcaba la DOA del agente, un despacho situado en la segunda planta de uno de los edificios de oficinas más lujosos. Esta vez, y puesto que el edificio tenía varias entradas, la espectro ordenó a las dos humanas que permanecieran en la planta de abajo para comprobar que no salía nadie sospechoso de allí sin su permiso.

– Esto, un pequeño detalle. – protestó Ellie – Por si no os habéis dado cuenta, nosotras no vamos armadas…

– Tampoco os hacen falta – le espetó Yleanna – ¿No sois oficiales de la Alianza? Seguro que os apañareis la mar de bien en un combate cuerpo a cuerpo, además, ¿qué peligroso puede ser un banquero salariano? – dijo irónicamente mientras enfilaba las escaleras detrás de Sirius.

– Creo que ésta conoce mejor de lo que dice la forma de hablar de los humanos… – le susurró Lizzy al oído.

– ¡Qué cabrona! – dejó escapar Ellie con una sonora carcajada.

Ajenos a esta última parte de la conversación, Sirius e Yleanna ascendieron por las escaleras del edificio hasta la segunda planta, pero al llegar al despacho de Kaldon, hubo algo que les llamó la atención. La puerta, una de aquellas puertas batientes con una cerradura electrónica, estaba ligeramente abierta y en su interior podían oírse ruidos sospechosos que no encajaban en lo que se esperaría oír en un despacho. Con un gesto, la espectro indicó al turiano que desenfundara su pistola mientras ella hacía lo propio. Sigilosamente, abrieron un poco la puerta, lo justo para poder ver el interior de la habitación sin ser vistos, y lo que allí vieron les sobrecogió.

Un cuerpo yacía estirado en el suelo mientras dos o más hombres en el interior, se movían de un lado a otro buscando algo, tal vez algo para envolver el cuerpo. Entonces, impulsivamente y sin previo aviso, Sirius abrió la puerta de par en par, de una patada, sobresaltando a los ocupantes.

– ¡Alto ahí! – gritó – ¡Seg-C!

La respuesta fue una ráfaga de disparos de un fusil de asalto que pasó rozando su cabeza y que pudo esquivar a tiempo gracias al empujón que Yleanna le propinó en el último momento para que se apartara. Con los dos agentes dentro de la habitación y con la única salida a sus espaldas, las cosas empezaron a ponerse realmente feas. Su cálculo inicial había resultado correcto: había tres humanos en la habitación, los dos que habían visto desde la rendija de la puerta y un tercero que había permanecido escondido en las sombras, fuera de su ángulo de visión, precisamente el que tenía el rifle de asalto, y que les seguía disparando por encima de la mesa de la secretaria tras la que se habían parapetado. Por suerte, la mesa era de acero, lo que les estaba salvando la vida.

Entonces, uno de los humanos trató de rodearlos por el otro lado de la mesa, pero no fue lo suficientemente sigiloso y, en un movimiento rápido, Sirius le disparó acertándole en el pecho, haciéndole caer de espaldas por el impacto. El disparo no había logrado atravesar sus escudos por lo que el asesino consiguió volver a ponerse en pie, aunque no lo suficientemente rápido como para evitar el segundo disparo del agente que dio justo en la caña de la rodilla, donde el escudo no era tan potente, destrozándosela y haciéndole caer al suelo, malherido. Ahora la situación empezaba a estar más igualada en un dos contra dos, aunque uno de sus enemigos seguía teniendo un rifle de asalto, que utilizaba para evitar que los agentes salieran de su cobertura.

Una breve pausa en las ráfagas les alertó. No era normal que aquel tipo dejara de disparar cuando aún no se había quedado sin munición. Entonces lo vieron: los criminales estaban preparando una medida desesperada, el asesino tenía en la mano una granada y estaba preparado para lanzársela. En un acto reflejo, casi sin pensar, Sirius se echó sobre Yleanna para protegerla, a la espera de que una detonación acabara para siempre con su vida. En lugar de eso, una luz cegadora como nunca antes había visto inundó la habitación embotando todos sus sentidos: habían tenido mucha suerte, los criminales, que ahora huían escaleras abajo abandonando a su compañero herido, sólo habían utilizado una simple granada cegadora.

– Creo… que ya puedes levantarte – oyó decir a Yleanna debajo suyo – a no ser que estés demasiado cómodo.

Sirius tardó unos segundos en reaccionar, permaneciendo en esa posición sin moverse, ruborizado, tras los cuales, se levantó y ayudó a Yleanna a hacer lo mismo. La asari también permaneció callada un buen rato mientras esperaba que el color que bañaba sus mejillas se diluyera de forma disimulada. Aquella reacción no era propia de alguien que acababa de librarse de la muerte hacía unos segundos, y entonces cayeron. ¡Las humanas! ¡Las habían dejado atrás y ahora los asesinos iban hacia ellas, que estaban completamente desarmadas! Debían darse prisa si querían evitar una desgracia.

Mientras tanto, Ellie y Lizzy, ajenas a todo, contemplaban absortas la puerta del edificio. Sin duda era uno de los más lujosos que habían visto desde que estaban en la Ciudadela, lo que indicaba que ese Kaldon debía ser una persona muy importante o que movía mucho dinero, no necesariamente de forma legal. Los disparos que escucharon a continuación les sacaron de su ensimismamiento. Por el sonido de la ráfaga de disparos, el arma parecía un rifle de asalto de la Alianza, pero la cadencia era más rápida que la del Lancer de Hahne-Kedar, lo que significaba que o era un arma modificada ilegalmente o una especial que no se parecía en nada a las que habían visto hasta el momento, calculó Lizzy mentalmente. Entonces, de repente, el intercambio de disparos se detuvo súbitamente.

Las dos mujeres se miraron un momento. ¿Qué significaba aquello? ¿Era posible que estuvieran todos muertos? La respuesta a sus preguntas les llegó segundos más tarde en forma de dos individuos armados que irrumpieron corriendo en el hall, desde las escaleras. Sorprendidos ante la presencia de las dos chicas, tardaron unas decimas de segundo en reaccionar y apuntarles, tiempo suficiente para que Ellie, casi en un acto reflejo, lanzara varios metros por los aires al que tenía más cerca, hasta dar con la pared, con un ataque biótico. El asesino que portaba el rifle de asalto logró esquivar por unos pocos centímetros la onda de masa y ahora se disponía a disparar a Ellie por la espalda, que contemplaba asombrada el efecto inesperado de su propio ataque, pero entonces sintió que algo le estiraba del arma. Lo siguiente que notó fue una patada en la articulación del codo y el ruido desagradable de éste al romperse hacia adentro, obligándole a soltar el arma. Con el brazo colgándole inerte, desenfundó todo lo rápido que pudo la pistola con el único brazo que le quedaba útil, el izquierdo, para encontrarse de cara con el cañón de su propio rifle, apuntándole entre los ojos.

– Yo que tú ni lo intentaría – le dijo la cabo Sánchez sin inmutarse sujetando firmemente el fusil – Suelta la pistola si no quieres que te dispare ¡Suéltala!

El asesino dudó unos instantes con el arma aún en la mano. Ante una situación así, de completa desventaja, lo normal hubiese sido rendirse pero él no era un criminal cualquiera. Esbozó una sonrisa de desafío y apretó el gatillo. La bala pasó rozando el hombro derecho de Lizzy, que reaccionó disparándole una ráfaga a la cabeza. Ante un ataque así, por muy potentes que pudiesen ser los escudos cinéticos, el resultado era mortal de necesidad: a esa distancia y con esa potencia de fuego, los disparos le destrozaron la cara atravesándole el cráneo.

Cuando por fin llegaron allí Yleanna y Sirius, no pudieron más que sorprenderse por la escena que tenían ante sus ojos. Los dos asesinos yacían muertos, uno con el cuello roto en una posición inverosímil y el otro con la cara destrozada a balazos, mientras que sus dos, en un principio, indefensas oponentes permanecían en estado de shock. Ellie seguía asombrada ante el poder tan destructivo que había sido capaz de desatar en un tiempo sorprendentemente corto. Todos los ataques bióticos requerían de un periodo de preparación, y éste variaba dependiendo de la habilidad del usuario, sin embargo, su tiempo de reacción había sido excesivamente breve, tal vez demasiado, y eso sólo podía deberse al nuevo implante experimental que llevaba en la nuca. En cambio, la cabo Sánchez, que seguía apuntando aún a un enemigo imaginario, dejó caer finalmente el rifle mientras contemplaba el infinito con la mirada vacía.

– ¿Veis? Ya sabía que no os hacían falta armas – dijo la asari irónicamente, para quitar hierro al asunto – Buen trabajo, tal vez demasiado bueno. Dudo mucho que les podamos sacar mucha información tal como están.