Mass Effect: Close Encounters (Por RikkuInTheMiddle) -Parte 6-

 

Capítulo 18

 

El asesino intentaba arrastrarse por el suelo, pero la pierna, ahora un simple apéndice sanguinolento que se mantenía unido al resto por un hilo de piel, le dolía demasiado y se estaba desangrando rápidamente. Apenas había podido avanzar unos metros para alcanzar la cartuchera que se le había caído al empezar el tiroteo, pero el rastro que había dejado de sangre era bien visible. Tenía que darse prisa si quería…

– Quieto ahí, date la vuelta – oyó decir a alguien desde el umbral de la puerta.

Poco a poco, el asesino acató la orden de su interlocutor para encontrarse cara a cara con el turiano que le apuntaba directamente a la cabeza, desde la puerta. Enseguida, tras él, apareció la asari, que se apresuró a recoger la pistola del suelo, la misma que él había dejado caer al resultar herido, como si realmente él aún continuara suponiéndoles una amenaza. Detrás del agente de la Seg-C, dos mujeres humanas también lo observaban.

– Está bien, ¿quién eres? ¿para quién trabajas? – le preguntó la asari arrodillándose y poniéndose a su altura.

El asesino permaneció callado. Le preguntaran o le hicieran lo que le hiciesen, sabía que era mucho mejor no responder. Si lo hacía, las consecuencias podían ser funestas: Cerberus tenía hombres lo suficientemente capaces como para dar con él aunque lo escondiesen en la cárcel de la colonia más perdida del confín Aticano.

– Es una pena que no quieras colaborar, – insinuó la espectro – esa herida tiene un aspecto realmente feo… debe dolerte mucho… – dijo apoyando la yema de los dedos directamente sobre la herida.

El hombre aulló de dolor con un grito estremecedor que hizo que Lizzy girara la cara para no contemplar la escena. Sin embargo, ninguna palabra inteligible salió de sus labios, ni siquiera una maldición. Entonces miró directamente a los ojos verdes de la asari y sonrió, a la par que masticaba algo que había ocultado en su boca durante todo aquel tiempo. Una espuma blanca empezó a brotar de su boca mientras su cuerpo se retorcía por las convulsiones, hasta que, de repente, dejó de moverse. Corriendo, Simmons se acercó al cuerpo sólo para comprobar que el corazón ya había dejado de latirle.

– Una cápsula de cianuro. – dijo señalando la espuma blanca que rezumaba por la comisura de los labios – Creía que eso sólo pasaba en las viejas películas de espías, pero parece que me equivocaba.

Yleanna permaneció pensativa unos instantes. Había innumerables bandas de mercenarios que infestaban la Ciudadela, muchos de los cuales trabajaban para los principales capos o directamente bajo las órdenes del misterioso Corredor Sombrío, pero todos ellos tenían una característica común: exceptuando a los krogan que solían tomarse como algo personal sus encargos, el resto de mercenarios no conocían ningún lazo de honor con su patrón excepto el dinero. Además, en su mayoría, esas bandas estaban formadas de forma heterogénea por turianos, krogan o incluso renegados lystheni, y en menor medida por humanos, sin embargo aquellos hombres eran todos humanos y parecían seguir un código de conducta y honor bastante inusual para unos simples mercenarios, prefiriendo morir antes que ser capturados. Es más, por su forma de actuar, parecían más militares que simples mercenarios.

Mientras tanto, Sirius no perdió el tiempo. Activó su omniherramienta y trató de piratear el terminal de Kaldon, que debía ser el salariano cuyo cuerpo decoraba como una alfombra de mal gusto el suelo de la habitación. A diferencia del terminal del motel, éste ya había sido manipulado y todos los datos borrados, por lo que no podría saber a quién había llamado antes de morir. Con resignación, probó una última estrategia tratando de recomponer los slots de memoria residuales, para recuperar al menos un dato, el del destino de las llamadas, que pudiera serle útil.

– ¡Sí señor! – gritó alborozado – ¡Ya te tengo! La última llamada realizada desde aquí se hizo a la Estación Omega.

– ¿¡Qué!? – exclamó Yleanna – ¿Estás completamente seguro?

– Sí, concretamente al sector X7B de la estación – le respondió exultante el turiano.

– Volvemos a estar en un punto muerto. – les interrumpió Ellie – Ese dato no nos aporta ninguna información sobre el paradero de Sareyev.

– No necesariamente. – dijo la asari – El teniente Sareyev es un prófugo de la justicia y lo sabe. Lo más probable es que intente salir de la estación lo antes posible, pero sus datos han sido enviados a aduanas, de modo que no podrá salir de aquí en un transporte convencional ahora que está siendo buscado. Si quiere huir tendrá que recurrir a una nave que no tenga la necesidad de pasar por esos controles, de ahí que llamara a Kaldon. Si es así, éste – dijo señalando al cadáver del salariano –  lo habrá preparado todo antes de morir, de ahí que el registro de esa última llamada tal vez sea la clave para encontrarle. De todas formas, es lo único que tenemos.

Conociendo el funcionamiento de las autoridades portuarias de la Ciudadela, Yleanna sabía que el teniente no podía haberse colado en ningún transporte de pasajeros estándar, e incluso era virtualmente imposible colarse como polizón en un transporte de mercancías por los rigurosos controles de cargas orgánicas existentes. Para probar eso, no le hacía falta la ayuda de Kaldon. La intervención del difunto salariano sólo podía significar que éste había preparado un transporte privado, seguramente una lanzadera de corto alcance, que saldría de alguno de los muelles de propiedad libre de la Ciudadela. Estos eran difíciles de controlar por la Seg-C, porque sus propietarios solían pagar religiosamente las tasas, por lo que en cierto modo gozaban de prerrogativas que el resto de ciudadanos no poseían. Sin embargo, aunque no tenían que rendir cuantas sobre qué salía o dejaba de salir de sus muelles, no podían negarse a dar el destino de sus naves, aunque en sus códigos de destino sólo se mencionasen de forma vaga los sistemas a los que iban, sin especificar demasiado al respecto. La espectro sólo tenía que comprobar las últimas salidas y si alguna de ellas hacía referencia a los Sistemas Terminus o más concretamente al planeta minero Shelba, porque en ninguno de ellos se atreverían a mencionar "el corazón del mal" como el destino final de la nave.

Después de un par de llamadas a sus contactos dentro de aduanas, la espectro descubrió que una lanzadera, la Ypsilon Tau Victoria, había salido hacía dos horas de uno de los muelles privados propiedad de Exo-Geni, rumbo al planeta Shelba. Aunque les sacaban esa ventaja, la nave era de pequeño tamaño por lo que no les costaría demasiado esfuerzo atraparles aunque salieran más tarde en su búsqueda. Aún tenía que solicitar una nave lo suficientemente rápida al Consejo, ya que estos gastos adicionales sobrepasaban lo asumible para un miembro de los Espectros sin el permiso tácito de los consejeros, además de plantearse qué hacer con Sirius y los demás.

Ya era tarde, de modo que, agotada, se despidió de los demás, para volver a su apartamento y el resto hizo lo mismo.

Unas horas más tarde, una llamada del intercomunicador de la entrada la despertó. Al encender el terminal, la visión de la persona que estaba al otro lado la sobresaltó. La mismísima consejera asari estaba llamando a su puerta, solicitándole entrar en su humilde apartamento. Después de hacerla pasar y arreglarse un poco, la espectro le hizo un relato pormenorizado de todos los detalles de la investigación y de lo que había acontecido ese día, sin embargo, de alguna manera, la consejera parecía ya estar al tanto de todo, seguramente por la intervención de Pallin.

– Vivimos tiempos excepcionales, señorita Viso. – dijo la consejera – No hace falta que le diga lo comprometida que es nuestra situación actual. La traición de Saren y… – hizo una breve pausa – su alianza con los geth no tiene una razón de ser lógica, así como su obsesión por los artefactos proteanos, y encima ahora también tenemos que enfrentarnos a otra traición en nuestras propias filas: Benezia.

– Lo sé – musitó Yleanna sin querer interrumpir la exposición de la consejera.

– Los informes de Shepard al respecto son bastante confusos, citando a los Segadores, unos seres de los que ni siquiera tenemos constancia en nuestros registros más antiguos, así que ¿cómo podemos tomarlos en serio si son un simple mito, una leyenda de cuya existencia real ni siquiera tenemos pruebas? Por desgracia, Shepard es en el único en el que podemos confiar para que detenga a Saren, y ahora ocurre esto.

La espectro levantó la mirada para encontrarse con la de la consejera. A pesar de la sabiduría de sus palabras, a Yleanna le costaba calcular su edad, ya que aparentaba no haber alcanzado aún el rango de matriarca y sin embargo era una de las personas más poderosas de la galaxia, que transmitía serenidad siempre que hablaba. La situación debía ser verdaderamente desesperada como para no esperar a una reunión en pleno del Consejo.

– La baliza que encontraron en Trebin puede ser del mismo tipo que las que ansía obtener Saren – prosiguió la consejera – y si es así, como parece ser, nuestro problema se va a multiplicar por dos, a no ser que ese Sareyev no sepa qué debe hacer con lo que sabe. Señorita Viso, su prioridad debe ser encontrar esa baliza antes que Saren sepa de su existencia y, si puede, detener al humano.

– ¡Pero…! – exclamó Yleanna olvidándose por un momento del rango de su interlocutora – Ya hemos localizado a Sareyev, que se encuentra rumbo a Omega, y francamente, supone un peligro público que no debemos dejar campar a sus anchas. Sin embargo, sobre la baliza, nadie, aparte de la teniente Simmons y de Sareyev, sabe de su existencia. Con todos los respetos, nuestra prioridad debería ser detener a Sareyev que sí es un peligro real y dejar que Shepard se encargue de Saren…

La consejera sonrió aunque su mirada reflejaba una tristeza que se mezclaba con el cansancio y el estrés de varios días sin dormir.

– Señorita Viso, lo dejo a su discreción. – dijo despidiéndose de la espectro – Pero escoja sabiamente el camino… y libere de una vez a ese quariano.

El resto de la noche la pasó dándole vueltas a la cabeza sobre todas las cosas que habían pasado aquel día, y cómo una simple visita de cortesía a las celdas de la Seg-C había derivado en el conocimiento de una nueva amenaza que podía poner en jaque la estabilidad de la galaxia. A la mañana siguiente, sin embargo, los pasos a seguir ya le habían sido marcados de antemano, mediante una convocatoria oficial ante el Consejo en pleno, en la que, aparte de dar las consabidas explicaciones, se decidiría el camino a seguir. Aunque no le gustaba que se coartara su capacidad de decisión en el caso, Yleanna se resignó y marchó hacía la sede del gobierno, ubicada en plena Torre del Presidio. Nunca, desde que llegara por primera vez a la estación, se cansaba de admirar las hermosas y estéticas formas de la Torre, la culminación de todo lo hermoso del trabajo de los antiguos proteanos, que se elevaba perfecta, sin fisuras apreciables de ningún tipo. Toda la estación era una auténtica obra de ingeniería que desafiaba las leyes físicas pero la Torre del Presidio simbolizaba por sí sola la magnificencia de aquella antigua civilización desaparecida misteriosamente hacía miles de años.

Cuando llegó ante el atrio del Consejo, presidido por el árbol blanco de la concordia, comprobó que estaba mucho más concurrido de lo que esperaba: junto a los tres miembros oficiales, uno por cada una de las tres razas que lo componían, el embajador Udina se movía inquieto en el podio de los demandantes, justo en el lugar que debía ocupar ella.

– Buenos días agente Viso. – empezó saludando el consejero salariano – Estamos aquí para decidir cuál va a ser el destino de su misión.

– Creía que el destino de la misma sólo estaba en mi mano. – renegó Yleanna manteniendo las formas.

– ¡Cómo se atreve! – protestó a viva voz el consejero turiano – ¡Esta actitud es un claro ejemplo de porque nos precipitamos en su nombramiento! ¡Esa insolencia…!

– Cálmense, por favor. – trató de poner paz la consejera asari – En cierto modo, es culpa nuestra ya que los agentes espectros suelen tener la capacidad de decisión en las misiones que les son encomendadas, pero este caso es especial. – dijo mirando de reojo al embajador Udina – Es una misión que requiere de la colaboración de todas las especies implicadas, y eso incluye a los humanos.

La espectro miró con extrañeza a la consejera. La intervención diplomática en los asuntos que solían afectar directamente a los espectros era algo poco habitual. Normalmente se solía actuar en el más absoluto de los secretos, tanto por los métodos poco ortodoxos que solían utilizarse como por la necesidad de que se desarrollaran lo más rápido y silenciosamente posible. Sin embargo, desde la llegada al puesto de Udina, éste aprovechaba cualquier resquicio, cualquier vacío legal, para acercarse un escalón más al Consejo. Oficialmente, lo hacía para el bien de la Humanidad en el Universo, pero la asari sabía que los intereses de Udina eran personales: estaba dispuesto a lo que fuera con tal de ocupar el cuarto asiento en el Consejo de la Ciudadela, aunque ello supusiera deshacerse de aquellos a los que había utilizado, "por el bien de la Humanidad".

– Efectivamente. – irrumpió finalmente Udina, alzando la voz – El ataque a Eden Prime no es sólo el principio. Trebin ha demostrado que los geth son una amenaza real, que están preparados para una guerra y que tienen capacidad para desplegarse por todos los sistemas. Otra vez los humanos nos hemos visto golpeados ante esta nueva amenaza, por eso no podemos quedarnos de brazos cruzados cuando son nuestros hogares los que corren peligro.

– Nadie ha dicho que las colonias humanas corran peligro, además, usted ya ha conseguido a su Shepard, ¿qué más quiere? – le interrumpió Yleanna, enfadada.

– ¡¡Viso!! – aulló el consejero turiano – ¡Limite sus palabras!

– El embajador ha solicitado que para esta misión le acompañen la teniente Simmons y la cabo Sánchez, como representantes de la especie humana. A cambio, se le entregará una nave, una de las más rápidas de la Flota de la Alianza. Como comprenderá, es normal que parte de su tripulación deba ser humana y esté familiarizada con el manejo de una nave de este tipo, además de que ya han demostrado su valía en el rastreo de Sareyev… – dijo la consejera

– … y que son una pieza clave para encontrar la baliza de Trebin antes que Saren. – apostilló Udina con una enorme sonrisa de autosuficiencia dibujada en su cara.

– De modo que ya está todo decidido… – respondió la espectro resignada. De hecho, en realidad no le molestaba tanto que Ellie y Lizzy formasen parte de la misión, ya que habían demostrado desenvolverse sobradamente bien y su ayuda había resultado inestimable. Si hubiese estado en su mano, ella misma habría solicitado que la acompañasen, porque nunca venía mal la mayor ayuda posible para adentrarse en la temible estación Omega, pero no le gustaba que se lo impusiesen.

– Sí, – zanjó el consejero turiano – y puesto que la Seg-C también está implicada, a petición del Ejecutor Pallin y mía, Sirius Karekian también participará en la misión como representante de la raza turiana.

– Aclarado esto, – concluyó el consejero salariano – agente Viso, acuda de aquí a una hora al despacho del embajador Udina. Él le dará el resto de instrucciones así como los códigos de la nave. Ya pueden retirarse.

Yleanna dio media vuelta sin ni siquiera mirar a Udina y se encaminó al RapidTrans. Aunque fuera de buena mañana, le apetecía una copa bien cargada en el Flux.

Capitulo 19

 

Gabriel Simmons se encontraba sentado en su sillón de cuero artificial preferido que presidía de forma señorial su despacho en la Estación de Arturo. Esa era una de las prerrogativas y ventajas que suponía ser considerado un héroe de guerra, aunque en cierto modo, toda aquella ostentosidad le incomodaba. Echaba de menos la vida activa, pero eso era algo incompatible con su estatus actual: se había convertido en un verdadero símbolo para la Humanidad, un ídolo para muchos jóvenes que se alistaban en la Alianza, esperando conocer algún día al hombre que liberó el Sistema Asgard de la amenaza de los esclavistas batarianos. Por supuesto, aquello no se debía únicamente al trabajo de un solo soldado, sino al sacrificio de muchos, pero en una época, tras la desastrosa Guerra del Primer Contacto, en la que la Humanidad estaba necesitada de grandes gestas, sus acciones fueron ensalzadas de forma exagerada. Siendo aún joven por entonces, viudo y con una hija aun muy pequeña de la que hacerse cargo, se vio arrastrado en un remolino de homenajes, condecoraciones, y con un ascenso que le postró como instructor y responsable de la Estación Arturo, la mayor estación espacial humana, para el adiestramiento de los nuevos cadetes. Se había convertido en una pieza demasiado valiosa como para dejar que muriese en combate.

En cierto modo, siempre había deseado abandonar aquella vida sedentaria y regresar al espacio, y era consciente de que, en el fondo, había querido aliviar esa frustración a través de su hija, dirigiendo sus pasos involuntariamente. La muerte prematura de su esposa había sido un mazazo, así como el tener que hacerse cargo de una criatura que en el momento de nacer apenas le cabía en la palma de la mano. Si el accidente hubiese ocurrido apenas un siglo antes, el bebé no habría sobrevivido, pero con los adelantos médicos disponibles y el fuerte carácter que la niña ya demostró desde un principio, apenas tuvo que permanecer varios meses bajo vigilancia pediátrica. Luego le llegaría otra noticia aún más devastadora: la explosión del Angra Manyu, uno de los mayores transportes de pasajeros de la Flota, que había herido de muerte a su querida esposa Elle, había tenido otro tipo de consecuencias a largo plazo. El elemento cero, el combustible que hacía funcionar los enormes motores del Angra Manyu, se había dispersado por el aire intoxicando a la gran mayoría de supervivientes del accidente y afectando en especial a tres embarazadas, una de ellas su esposa. En casos similares, el elemento cero modificaba el código genético de los fetos, los más afortunados de los cuales nacían sin malformaciones físicas o morían. De los tres afectados en el incidente, uno había muerto al nacer y los otros dos, la pequeña Ellie y otro más, se habían convertido en "accidentales". Así era como se llamaban a aquellos bebés que se habían visto afectados por el elemento cero, y cuya principal característica era que les resultaba más sencillo desarrollar capacidades bióticas que al resto.

 En la moderna bioingeniería, después de entablar contacto con el resto de razas alienígenas, especialmente con turianos y asari, los "accidentales" estaban muy buscados en parte por ese afán humano de ponerse a la altura del resto de especies, de partir con cierta ventaja, en un campo, la biótica, en el que éramos unos neófitos. Para tal fin, se creó en la Estación Gagarin, llamada popularmente "Salto Cero", una instalación para la enseñanza de la biótica, un lugar donde los instructores, en su mayoría turianos – los asari se negaron en un primer momento a ceder sus conocimientos y tecnología en ese campo – entrenaban a los accidentales con métodos poco convencionales. Pero ser accidental no era suficiente. Para desarrollar la biótica eran necesarios unos implantes, colocados cerca de la nuca y conectados a los nervios de la médula espinal, los más modernos de los cuales eran los denominados L2, implantes que no se podían eliminar una vez implantados por el riesgo que implicaban.

Como padre de una "accidental", Gabriel también sufrió las presiones del gobierno para que cediera a su hija y la internara en Salto Cero, pero él siempre se negó, lo mismo que a que le implantaran uno de aquellos L2, sobre los que corrían rumores acerca de su mal funcionamiento. Había oído que podían provocar psicosis, esquizofrenia, paranoia, y toda una batería de enfermedades mentales y motrices, pero sólo eran eso, rumores. Sin embargo, como comandante de la Alianza gozaba de ciertas ventajas sobre el resto de padres afectados, de modo que pudo negarse y mantener a su hija a su lado, mientras al final era testigo de cómo sus sospechas se confirmaban: el instituto biótico de Salto Cero resultó ser un lugar terrible donde se maltrataba a los niños y se les forzaba hasta el límite para desarrollar sus habilidades, y los implantes L2 tuvieron que ser retirados finalmente al comprobarse su nocividad. Después de eso, y de promover una pequeña academia para el desarrollo de la biótica allí mismo, en Arturo, Simmons aceptó finalmente que a la pequeña, y cada vez más rebelde Ellie, le implantaran uno de los nuevos implantes L3, mucho más seguros y estables, y que fuera entrenada como biótica, como complemento perfecto para su recién estrenada carrera en la academia militar.

Pero ahora, ¡hacía tanto de aquello!, pensaba Simmons mientras ojeaba una vieja fotografía de ambos. Su hija y él se habían distanciado en el transcurso de aquellos años, primero al escoger ella el cuerpo del N7 como destino final de su carrera, un cuerpo que le garantizaba estar en plena acción pero que le ponía en peligro innecesariamente, como pensaba él, y después, por el incidente de Nepherion. Gabriel no entendía porqué su hija se había enfadado con él por interferir en su favor e impedir un juicio que le habría supuesto el fin de su carrera, pero Ellie era así. Era mejor no tratar de buscarle una explicación lógica.

La señal de una llamada entrante del terminal, le interrumpió sus pensamientos. Su interlocutor solicitaba una videoconferencia, lo que demostraba que no conocía demasiado al general Simmons. Con un suspiro de resignación, Gabriel pulsó el botón de videoconferencia y la imagen de un hombre de piel bronceada y aspecto bien cuidado, que desgraciadamente conocía demasiado bien, apareció en la pantalla del terminal.

– Buenos días, Gabriel – dijo.

– Buenos días, Donnel. – le respondió Simmons frunciendo el ceño  – ¿Qué demonios quieres?

– No creo que debas utilizar ese tono con el representante de la Humanidad ante el Consejo… – le respondió Udina ligeramente ofendido.

– Supongo que las confianzas dan asco, ¿no crees?

– Siempre fuiste un desagradecido, pero bueno, eso ya es agua pasada. – dijo Udina tratando de calmarse, al fin y al cabo era él el que había conseguido que le diesen ese puesto – Quería pedirte permiso para una misión de la que puede depender el destino de la Humanidad, y esa misión te afecta directamente.

– Dudo que nada de lo que haga aquí – dijo señalando la decoración de estilo clásico de su despacho – sea determinante para el futuro de la Humanidad.

– He dicho que te afecta a ti, no que seas partícipe… – hizo una breve pausa – Se trata de tu hija.

– ¿Qué ha hecho? – preguntó Simmons esta vez, intrigado por el secretismo del embajador. Era obvio que estaba disfrutando.

– Ah, se me olvidaba que no sabías nada de ella desde, ¿hace cuanto? – le insinuó de forma intencionada – ¿meses?

Gabriel tragó saliva. El hecho de que apenas se hablara con su hija era bien conocido por todos. La última transmisión, un simple mensaje sin respuesta, había sido enviada hacía más de un mes, y como en otras ocasiones, no esperaba que ella le respondiese de inmediato. Sin embargo, que Donnel Udina, embajador humano en la Ciudadela, supiese de ello era algo bastante desagradable.

– Entonces, no sabrás que su nave fue derribada en el cúmulo Hades Gamma, ¿no? – por su tono, era obvio que estaba disfrutando – Pero tranquilo, está bien. La rescatamos junto al resto de su tripulación y ahora está recuperándose en la mejor clínica de la Ciudadela…

– ¿¡Por qué no se me avisó de nada!? – gritó Simmons.

– Tranquilo, ella está perfectamente, pero digamos que puede ser la clave para derrotar a los geth… o al menos una pieza importante, de ahí que se haya llevado el tema con el más alto secreto. Por eso, quería pedirte permiso, para disponer de tu hija, como soldado de la Alianza que es,…

– Mi hija ya es mayorcita para hacer lo que quiera. – apostilló Simmons con el brillo de la ira y la frustración reflejado en sus ojos. Sabía que, aunque fuese un general del Alto Almirantazgo, no podía interponerse ante una orden directa del mando general o de Udina.

– No esperaba menos de ti. Cómo ya sabía qué ibas a responderme, le he asignado un nuevo destino en el que podrá servir mucho mejor a la Alianza, pero sólo quería que lo oyeras de propios mis labios. Vamos a hacer algo grande, Gabriel, algo grande. – dijo Udina antes de despedirse y cerrar la comunicación.

Gabriel Simmons volvió a mirar la fotografía que aún llevaba en la mano, mientras con la otra trataba de mitigar el dolor intenso que sentía en el pecho. ¡Habían sido tiempos tan felices! ¿Por qué todo tenía que cambiar de repente e irse a pique como un barco a la deriva sin control?

Entonces, finalmente, dejó caer la fotografía que cayó al suelo, rompiéndose el LCD en mil pedazos, a la par que su débil corazón, víctima de una arritmia severa, por fin se detuvo. Ya no habría más sufrimientos. Sólo lamentaba no haberle dicho a su hija, cuanto la quería.

Capítulo 20

 

Tal como prometió al Consejo, una hora más tarde, Yleanna acudió como habían acordado a la oficina del embajador Udina. Allí, de pie, también la esperaban la teniente Simmons y la cabo Sánchez, esta vez de uniforme y armadas, dando un tono mucho más oficial a todo lo referente al caso. Cómo si no se conociesen de antes, las dos mujeres se cuadraron ante la espectro, tratándola como si fuera uno de sus superiores, a la vez que le sonreían de manera cómplice. La asari agradeció este gesto y les devolvió el saludo, mientras Udina permanecía ajeno a toda aquella pantomima. Finalmente, el embajador rompió el hielo.

– En primer lugar, es un honor colaborar con un miembro del cuerpo de los espectros tan distinguida como usted, señorita Viso. – le dijo de forma condescendiente – De ahora en adelante, podrá servirse de la ayuda que necesite de la teniente Simmons y su subordinada,… siempre y cuando respete la independencia de la teniente en todos los asuntos que afecten directamente a los intereses de la Humanidad…

– Es decir, – le replicó Yleanna en tono irónico – que en realidad, ellas se harán cargo de la misión, ¿es eso, señor Udina? ¿debo responder ahora directamente ante usted también?

– ¡No, no, por supuesto que no! – se apresuró a negar el embajador – Simplemente he sugerido que debe respetar su independencia y… Bueno, en realidad, yo sólo quería hacerle entrega de los códigos de la nave, la SSV Byron, una de nuestras mejores fragatas, que está anclada en el muelle de la Seg-C. En cuanto suban a bordo, les daré más instrucciones al respecto.

– ¿Comprende que la nave no debe llevar ninguna insignia que la delate? ¿Y que sus códigos deben ser "lavados"? – inquirió la espectro tratando de dejar al embajador en evidencia.

– ¿Insignia?

– Claro, ¿acaso pretende que nos presentemos en la Estación Omega con una nave y armaduras de la Alianza? No duraríamos ni dos minutos después de poner el pie allí…

– Tranquila, lo arreglaré. – dijo cabizbajo – Encárguese de lo que le haga falta antes de salir de la Ciudadela, que yo me encargaré del resto. Señoras. – dijo con un ademán señalándoles la puerta para que se marcharan.

Dando por concluida la fugaz entrevista, las tres mujeres salieron del despacho ignorando al volus que observaba de reojo desde la puerta del suyo propio y al resto de las personas que deambulaban por los pasillos.

– Ese tipo me da grima – dejó escapar Lizzy después de comprobar que a esa distancia el embajador no podría oírla.

– Creo que no eres la única, Lizzy. – le respondió Simmons – Por cierto, ¿qué vamos a hacer ahora? – dijo dirigiéndose a la espectro.

– Buscar armaduras y armas "limpias". Esas de la Alianza parece que lleven un cartel a la espalda que diga "dispárame". Las tomaremos del almacén de la Seg-C, de objetos decomisados.

La asari sabía que la mayoría de armas y armaduras que la Seguridad de la Ciudadela se encargaba de decomisar en las operaciones contra las bandas organizadas, dedicadas en su mayoría al tráfico de sustancias ilegales y a la prostitución, casi nunca eran reclamadas ya que eso podía incriminarles aún más. Cuando el montante de dicho equipamiento era muy alto, se procedía a la subasta directa a los principales gobiernos que tenían una delegación en la Ciudadela, nunca a particulares, o se destruía directamente. Con todo, siempre había armas u otros objetos que, por su potencia de fuego, mejoras técnicas y modificaciones adicionales, eran demasiado excepcionales como para correr esa suerte. Esas en concreto, pasaban a una cámara de seguridad secreta a la que pocos oficiales de la Seg-C tenían acceso, y eran esas las que despertaban el interés de Yleanna. Estaba decidido, la siguiente parada del recién formado equipo de investigación, sería la sede de la Seg-C, concretamente al despacho del Ejecutor Pallin, el único con potestad para entregarle esas armas.

Cuando el trío llegó a la Academia de la Seg-C, una figura alta y enjuta ya les estaba esperando, moviéndose de un lado para otro, nerviosamente, tal como la asari la recordaba de su primer encuentro. Al verlas, se giró y corrió hacia ellas.

– Cuando el ejecutor me lo dijo, ¡no me lo podía creer! – les dijo Sirius incapaz de reprimir la emoción – Debe saber que para mí es todo un honor colaborar con usted, quiero decir, – rectificó inmediatamente – con ustedes.

– Sirius, no te infravalores – le respondió Yleanna – El honor de que formes parte de la expedición es nuestro. Has demostrado sobradamente que estás capacitado para algo más que la burocracia de la Seg-C – le dijo, aunque en su interior seguía creyendo, a pesar del aprecio que le tenía, que la misión le venía tal vez algo grande. Sirius seguía siendo aún un novato y durante la misión que iban a emprender no podía existir ni un asomo de duda a la hora de apretar el gatillo. Eso era lo que la atemorizaba.

– ¡Bienvenido a bordo! – exclamó entusiásticamente Lizzy, que desconocía las últimas órdenes del Consejo

– No se puede dudar que formamos un gran equipo, – interrumpió Simmons – pero hay una condición que debes cumplir si realmente quieres que te acompañemos a Omega – le dijo a la espectro, buscando la complicidad de Lizzy, que esta vez, por su cara de extrañeza, desconocía por completo las intenciones de su superior.

– No hay condiciones, Simmons – le respondió la espectro – Has recibido órdenes directas del Consejo, ¡no estás en posición de imponer nada!

– ¿Crees que acaso me importa? No es la primera vez, ni será la última, que incumplo órdenes. – le contestó Ellie desafiante – Creía que conocías mi expediente de memoria…

Yleanna recordaba el pequeño tachón, restaurado gracias al buen hacer de Suki, su hacker a sueldo, en el historial de la teniente Simmons. El texto suprimido a conciencia hablaba del incidente de Nepherion y de cómo la teniente había mandado "a la mierda", según palabras textuales, al almirante Mikhailovic desacatando sus órdenes directas de atacar un puesto avanzado. Sin embargo, aquel desplante no había tenido mayores consecuencias más allá de un nuevo destino alejado del campo de batalla y de las consecuente imposibilidad de mostrar sus aptitudes en combate, aptitudes que por otra parte Yleanna debía reconocer.

Después de unos segundos de silencio forzado, la espectro cedió: ya empezaba a conocer demasiado bien la rebeldía de Simmons y la forma tan sutil cómo lograba sus objetivos.

– Habla.

– Quiero que liberes a Dalsem, al quariano, al que, por si tu memoria te falla, aún tienes detenido en una fría celda de la Seg-C – le espetó Ellie. Ya no sonreía, sino que su semblante era extrañamente serio y autoritario, como correspondería a una teniente de la Alianza que tratase de imponer sus órdenes.

– Las celdas de la Seg-C no son frías… – trató de apostillar Sirius mientras recibía un codazo de Lizzy en las costillas para que se callara y no interviniera en aquel choque de caracteres.

La asari sonrió ladinamente. En sus intenciones ya estaba liberar al quariano de antemano. Sabía de sobras que encerrarlo no había servido para sonsacarle ninguna información y que si realmente quería su colaboración, ésta pasaba por liberarlo y convencerle pacíficamente. Para eso necesitaba a Ellie, y en especial la confianza que el quariano tenía en ella, pero ese era un pequeño detalle que no le iba a comentar a la teniente. Tal vez así, juntos, Ellie o el quariano le darían de una vez la posición de la dichosa baliza proteana, la que el Consejo buscaba con ansia y, seguramente Saren también.

– Si te lo concedo, ¿acatarás mis órdenes, sean cuales sean? – dijo finalmente.

– No te prometo nada, – le respondió Ellie sin dejar de sostenerle la mirada – pero lo intentaré.

– En ese caso, lo primero será hacer una visita al Ejecutor Pallin, él es el responsable de que Dalsem aún siga preso en la Seg-C, no yo. – una pequeña mentira piadosa no le iba a ir mal – Además hay que hacerle una visita para que nos dé las armas necesarias para la misión.

Yleanna enfiló hacia el despacho que el Ejecutor Pallin tenía dentro de la Seg-C. Oficialmente, su despacho se encontraba en una zona reservada dentro del sector de las Embajadas, para estar más cerca de la Torre del Presidio y del Consejo, pero Pallin no podía evitar su manía de supervisar de primera mano las actividades de la gente que tenía a su cargo, por lo que solía pasarse por allí y ocupaba de tanto en tanto uno de los despachos libres de la Seg-C. Al final, aquel pequeño despacho se había convertido en un segundo hogar para el concienzudo ejecutor, un lugar donde podía evadirse de toda aquella parafernalia burocrática de las Embajadas, y por supuesto, de la presencia cada vez mayor de los humanos, a los que no soportaba.

Al llegar allí, una simple puerta manual aislaba el pequeño despacho, que no tenía nada que ver con aquel amplio y elegante que tenía en las Embajadas, del ruido del exterior. A través del cristal ahumado de la puerta, la espectro podía ver al ejecutor, introduciendo datos en su terminal, sin levantar la vista de la pantalla. En su fuero interno, la asari sabía que le iba a dar el día al ejecutor turiano: Venari Pallin odiaba a los espectros y a los humanos, y ahora iba a tener ración doble de ambos. Sin embargo, tenía que reconocer, que le encantaba sacar de quicio al estricto ejecutor. Golpeó con los nudillos la puerta y solicitó permiso para entrar, que Pallin le concedió con un ademán.

– ¿Qué le trae por aquí, agente Viso? – dijo Pallin manteniendo las formas pero con un deje en la voz que indicaba cierta hostilidad.

– He venido para que liberes de una vez a ese pobre quariano que tienes encerrado – le dijo ella enérgicamente mientras se apoyaba con ambas manos sobre la mesa del despacho de forma que sus pechos quedasen a escasa distancia de la cara del ejecutor, guiñándole un ojo en busca de la complicidad del turiano.

Pallin no supo reaccionar en un primer momento. No le gustaban los espectros. Los consideraba una lacra para el funcionamiento de la seguridad de la estación, y por supuesto del Universo: tenían demasiado poder que no dudaban en usar, ignorando cualquier ley o procedimiento necesario – Saren era un buen ejemplo de ello – , y por supuesto se creían con la potestad de pisotear los derechos de cualquier ciudadano de a pie. Pero el caso de Viso era completamente diferente. Aunque Pallin era una persona bastante estricta, que trataba de mantener una actitud siempre intachable, así, plantada de esa manera en su despacho, no podía más que admirar los atributos de la asari. La espectro era una mujer, si es que a las asari se las podía calificar como mujeres estrictamente hablando, muy atractiva. Sus rasgos, más aniñados de lo habitual en parte por su juventud, le impedían normalmente ser más estricto con ella de lo que debería por su condición de espectro, pero nunca antes la había visto de esa manera, tan, exuberante. Trago saliva y le contestó finalmente.

– ¿Qué quieres? – dijo levantando la vista hasta cruzar su mirada con la de la asari.

– Ya te lo he dicho, que liberes al quariano.

– Para eso no hacía falta que vinieras aquí. – dijo él secamente – Sólo tenías que hacer una llamada.

– También necesito otra cosa. – dijo la asari acercándose aún más, de forma sugerente – Unas cuantas armas especiales, de esas que guardas a buen recaudo. Ya sabes que necesitaremos toda la ayuda posible.

– ¿Y por qué no las compras en el Mercado Inferior? – le espetó Pallin – Seguro que allí tienes todas las que quieras y más.

– ¡Vamos!, – dijo ella agachándose aún más, de modo que sus ojos quedaran a la misma altura que los de él, sonriéndole pícaramente – ¡Sólo serán un par de armaduras ligeras y unos rifles de nada…!

– Está bien, – le dijo Pallin alargándole una llave cifrada con las siglas S5B – coge las que necesites. Sirius ya te guiará hasta allí… Y no olvides llevarte también a ese quariano tuyo.

El grupo se fue por el mismo sitio por donde había llegado, mientras Pallin, dejando escapar una leve sonrisa, al verlos alejarse, sólo podía pensar en la excelente bailarina que el Antro de Chora había dejado escapar.

Las siglas S5B de la llave que el ejecutor les había entregado correspondían a la sala de seguridad B de la planta -5 del subsótano de la academia de la Seg-C. Allí, en uno de los lugares más inaccesibles de la estación, una gran cantidad de armas se apilaban ordenadamente en las estanterías según su tipo y fabricante, mientras que en la pared más alejada de la puerta, las diferentes armaduras, ligeras y pesadas, estaban guardadas en sus respectivas cajas, protegidas de las miradas curiosas. En el centro de la habitación, un terminal IV holográfico esperaba impaciente instrucciones.

– Buenos días, soy el Gerente de Almacenamiento Asistido. Identifíquese, por favor – dijo el holograma con una voz femenina sin entonación. El terminal era muy parecido al que habían visto en otros puntos de la Ciudadela y que hacía de punto de información para los recién llegados, salvo porque éste parecía un modelo mucho más básico y funcional.

– Soy la Agente del Cuerpo de los Espectros, Yleanna Viso. – le respondió la espectro con toda solemnidad. Si Pallin había activado los permisos pertinentes, la IV debía reconocerla sin problemas.

La máquina tardó unos segundos en contestar, mientras procesaba la información, segundos en los que la asari pensó que, tal vez, Pallin se la había jugado. Entonces, la IV le respondió.

– Permiso garantizado. ¿En qué puedo ayudarla agente Viso?

– Necesito una selección de armas, las más potentes que haya en el almacén, así como una selección de las mejores armaduras disponibles.

Casi instantáneamente, una serie de cajones fueron abriéndose, uno tras otro, de forma aleatoria, al igual que algunas de las cajas que contenían las armaduras, ante la mirada atónita de la cabo Sánchez. La muchacha era una fanática de las armas, en el buen sentido. Conocía casi cada uno de los modelos que las empresas como ERCS, Armería Haliat, Rosenkov,… habían lanzado al mercado, y allí, frente a sus propios ojos, tenía una selección de las mejores armas, algunas de ellas personalizadas hasta extremos insospechados, con grabados tribales y lacados en metales preciosos.

– ¡Son impresionantes! – dejó escapar – ¿Podemos coger cualquiera de ellas? ¿Puedo coger éste? – dijo tomando un rifle de asalto con la culata cromada y grabado con bellos motivos tribales.

– A no ser que no quieras que un krogan te mate por tenerla, puedes quedártela – le respondió la espectro, procurando sonar irónica. – Es un arma krogan. – trató de explicarse – Y los krogan se rigen por un código de honor bastante estricto: si tienes un arma así lo más probable es que hayas matado a su dueño porque un krogan nunca se desharía de su propia arma mientras estuviera vivo, así que vengarían su muerte sin atender a razones. Pero bueno, eres libre de cogerla si quieres.

Lizzy soltó el rifle donde lo había encontrado. Era buena en combate pero no tanto como para enfrentarse a un krogan. Estos tenían fama de implacables y si bien ahora se habían convertido en simples, aunque excepcionales, mercenarios a sueldo, antaño habían sido una de las razas guerreras más poderosas de la Galaxia. En su momento, el Consejo había confiado en ellos para derrotar a una extraña raza de insectos gigantes, o al menos así los consideraba la cabo al ver los viejos grabados en las clases de historia galáctica de la academia, pero su número había aumentado de forma peligrosa y ellos mismos habían pasado a ser considerados una amenaza para la estabilidad galáctica rebelándose contra el Consejo, hasta que, de repente, una extraña enfermedad aparecida de la nada, empezó a diezmarlos hasta llevarlos al borde de la extinción en la actualidad. Sin patria ni futuro, los actuales krogan eran sólo una sombra de la orgullosa raza que habían sido en el pasado. Era mejor quedarse con un Kovalyov último modelo: las armas de Rosenkov eran de las mejores que podían encontrarse en la Ciudadela y encima podían personalizarse a voluntad, nada que ver con las reglamentarias de la Alianza, mucho más limitadas y que a veces les dejaban en clara inferioridad ante la potencia de fuego de algunos piratas, mejor surtidos que el propio ejército.

Después de tomar un arma de cada tipo y una armadura de diferente modelo para cada uno, para no levantar sospechas en caso de verse en dificultades en Omega, salieron del almacén rumbo a la zona de detención de la Seg-C, cuando un mensaje entrante en la DOA de la teniente les comunicó que la nave ya estaba preparada. Ahora sólo tenían que encontrar a Dalsem.

 


 

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