Labios de un gélido gris [Dedicado a mi niña]

Labios de un gélido gris

 

Angélica Yada yacía frente a una lápida en cuyo grabado se encontraba el nombre de una mujer con su mismo apellido.

– Mamá, ni te imaginas lo bien que estoy sin ti. Te costó marchar pero al final lo hiciste, dejándome vivir por primera vez. Por supuesto papá no te echa de menos, por no decir que ni te extraña. Y como supuse ya nadie te recuerda, ni en un esbozo del pasado has conseguido convertirte de lo insignificante que fuiste. No puedo esperar toda una vida a que el destino se decida a llevarme hacía ti… – prosiguió, mientras se ponía en pié y se dirigía al acantilado hablándole al vacío – …y dios sabe quién me arrebató el placer de matarte. Hoy, en tu aniversario, he decidido irte a buscar.

Observó fijamente, casi de forma demencial, el mar cristalino que a sus pies dibujaba lienzos de un cielo nublado y gris. Metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón sacándose de él una cuchilla que se llevó al cuello. Apretó con fuerza y desplazó el trozo de metal hacía un lado, pero una voz a sus espaldas la detuvo en el acto.

– La muerte no te llevará a dónde quieres ir.

Sin darse cuenta, Angelica se había provocado un minucioso corte, del que le resbaló una lágrima de sangre que terminó entre su canalillo. Su piel se le erizó, y sintió frío en el reciente orificio de su cuello. Se dio la vuelta sin saberlo, y contestó:

– ¿Qué lugar es ese?

– El lugar es el correcto, el camino que vas a tomar no.

– ¿Me lo indicas?

– Mi nombre es Darell Allridge, soy el guardián de éste cementerio.

– Angélica Yada.

Tan sólo bastó con su nombre para que se abalanzara sobre ella, acomodando sus labios sobre los suyos. Angélica cerró los ojos, saboreando el momento, mientras notaba que todo su cuerpo se congelaba. Al abrirlos de nuevo, lo único que rezumaba en el ambiente era aire, gélido aire.

* * *

Angélica se despertó en su cama, algo destapada y con molestias en el cuello. Aún dudosa, de si era verdad que había compartido aquél beso con el extraño tipejo del cementerio, asomó el rostro por la ventana asombrada por la nieve que asolaba el lugar. Se vistió a prisa y, abrigo en mano, se asomo al porche de su casa. A lo lejos, entre la maleza de los árboles, distinguió una silueta que se asemejaba a la de Darell. No del todo convencida, se abrochó el abrigo y salió tras el hombre.

Éste, al percatarse de que la chica salía en su búsqueda, echó a correr también. Angélica, en un impulso que escapaba a su voluntad, aceleró a pesar de su lentitud al hundírsele los pies al andar sobre la nieve, que a medida que se adentraba en el bosque la capa se iba haciendo más gruesa. Terminó por resbalar y caer, deslizándose sin control por la ladera del monte. El peso de su cuerpo la hundía cada vez más, hasta darse de bruces con un palacete no muy grande.

 

Temor sintió, al verse estampada contra la pared que se le venía encima sin poder frenar. Cerró los ojos mientras seguía cayendo, hasta que notó que se hizo oscuro. Al abrirlos dedujo estar deslizándose por un túnel, del que no tardó en salir.

El golpe contra el suelo fue algo brusco, y un fuerte hedor le vino de repente. Alzó la vista como pudo mientras se tapaba la nariz con la mano como podía, tratando de evitar oler aquél aroma vicioso que se respiraba en lo que parecía ser una madriguera de cuerpos mutilados.

Extrañada, se acercó agachada un poco más a ellos. Todos los cuerpos allí apelotonados, compartían la característica de tener dos profundo orificios en la zona del cuello de los que goteaban litros de sangre curiosamente reciente o, en el mejor de los casos, embadurnados de sangre ya coagulada.

Se incorporó deshaciendo varios pasos, observando que los cadáveres no estaban dispuestos aleatoriamente como creía en un principio, si no que seguían una estela temática, como representando un gran árbol pintado en la pared.

La misma voz de antes empezó a susurrarle en la oreja.

– ¿Has encontrado ya el camino a casa?

– No sé que creer.

– ¿Está tu madre entre ellos? – insistió señalando aquella macabra obra de arte expuesta en la habitación –

– No. –  respondió Angélica con la mirada perdida –

– Entonces aquí tienes algo incluso mejor que la propia muerte.

Acercó de nuevo sus labios a Angélica, acogiéndola ésta vez entre sus brazos, y mientras ella esperaba con ansia recibir tan placentera lujuria, él desechó todo su aliento helado en su boca.

Angélica abrió los ojos súbitamente, sin serle posible apartar su mirada de los colmillos que había dejado a la vista. Pero en vez de exaltarse, posó sus brazos alrededor de su nuca, y le besó con mucha más fuerza de la que él había usado en el cementerio el día antes.

– ¿La luz, no te…? – le preguntó Angélica indiscretamente –

Darell se separó de ella unos instantes y se encaminó hacía la única ventana de la habitación. Corrió la cortina a un lado, y dejó entrar un pequeño rayo de luz anaranjado. Postró las yemas de sus dedos sobre éste, dejándolos descubiertos frente a la luz del día.

– No, no me afecta. Es sólo que a oscuras se ve mejor.

Angélica volvió su vista a toda aquella muchedumbre de muertos.

– ¿Los reconoces? – preguntó Darell insistente –

– Familia por parte de mi madre.

– Bienvenida a casa Angélica.

– ¿Y tú quién eres? – le preguntó insinuándose –

– ¿Quién quieres que sea? – le contestó Darell, acercando cada vez más el cuerpo de Angélica contra el suyo –

– Mi amor.

Y se besaron.

– ¿Vas a morderme?

– Sí, pero no te matare con ello.

– Entonces si voy a seguir viviendo quiero hacerlo a tu lado.

– Angélica…

– Poséeme, – contestó encendida – hazme tuya.

– Angélica… – le dijo al oído – mira en el armario…

* * *

…mira en el armario.Con sendas palabras se despertó Angélica. Todavía dolorida y con el camisón blanco de todas las mañanas puesto, miró en el armario. En él, encontró varias prendas que no le pertenecían, tales como un corsé de colores blanco macael y grisáceos, que destilaban olor a sucio y añejo. Unos guantes de red negros que puestos le cubrían los antebrazos, y una larga falda a la altura de sus pies también blanca que conjuntaba con el corsé, dando la impresión de ser un vestido de pieza única.

Angélica supo en ese momento que esa sería su última noche en vida. Una vez vestida, agarró el abrigo con firmeza y partió en busca de su amado. Al salir al porche una bocanada de aire le obligó a colocarse el abrigo, que desentonaba con el resto de prendas. Una vez fuera, las puntas onduladas de sus cabellos retozaron entre si a tenor de la dirección del viento durante el buen trecho de camino hasta llegar finalmente al palacete, como la misma mujer de las nieves.

Ésta vez le fue posible entrar por la puerta principal, que la esperaba entreabierta a su llegada. La poca luz azulada que entró al pasar Angélica dentro, dio de lleno a Darell que la esperaba allí, inmóvil.

Angélica extendió sus brazos, viendo cómo su abrigo ardía al pisar de nuevo el suelo de aquella tétrica casa, como si ésta creyera que no lo necesitara. Darell la tomó de la mano, y descendió junto a ella una escalera de caracol decorada con extraños motivos, que daba al cuarto del ser que tantas pasiones levantaba en su interior.

Éste estaba formado tan sólo por una cama de sabanas rojas. El techo, de tablas de madera, le hacía sospechar que el habitáculo había sido habitado en el sótano del palacete. Darell la lanzó suavemente contra la cama y Angélica, en respuesta, se colocó sobre él y le desabrochó el pantalón. Esparció la falda tapando todo cuánto pudo, a la vez que Darell le deshacía los nudos del corsé. Tanto el uno como el otro, empezaron a jactarse de placer.

Darell saboreaba los bellos senos de Angélica mientras el gimoteo de ésta aumentaba. Pequeñas vibraciones se originaron en la casa que, como un ente vivo que asistía a tal fechoría a escondidas, abrió los orificios de los cuerpos mutilados amontonados en la piso de arriba, de los que se derramaron grandes cantidades de hemoglobina que se hundieron bajo los tablones. Llovía sangre en el sótano.

Angélica se excitó, abriendo de tanto en tanto su boca para llenársela de tan dulce sabor que acariciaba todo su cuerpo, y que la obligaba a aferrarse a sus pechos al no soportar orgasmo de tales proporcione. Darell se percató, y se fue directo al cuello de la inocente doncella. Esperó, y al alcanzar ésta el máximo auge entre sus piernas y gritar, abrió su boca y sacó sus colmillos a relucir, prensó sobre cuello y mantuvo el mordisco, mientras Angélica se alzaba sobre él de tal gozo.

Retiró los colmillos y limpio la sangre con su mano. Angélica se le quedó mirando, acalorada. Acarició su mejilla, y le dijo:

– La muerte lo único que hace es arrebatarte la vida, yo en cambio, te ofrezco un trance entre éstas dos. Ahora ya puedes marcharte e ir a por tu madre, que es para lo que me querías. Lástima que no te hayas enamorado de mí, como yo de ti si he hecho…

Angélica se lamió la poca sangre que le quedaba de entre sus recientes colmillos.


Te dedico a ti mi niña, éste capítulo único que espero que te guste. Cuando lo leas sabrás que está hecho sólo para ti. Te amo, y gracias por hacer de mi vida cada día, algo tan grande como lo que tengo ahora entre manos. Agradezco que sigas a mi lado, pero a cambio te pido que no te me vayas nunca. Hoy es nuestro día. ¡Felicidades!