A costa de un recuerdo

A costa de un recuerdo 

 

"En mis recuerdos tan sólo encuentro campos de trigo. He cedido al miedo a olvidarte, pues ya lo hice. Más de tú cabello rubio lacio y tus ojos verdes no recuerdo nada, ni siquiera alcanzo a saber en qué momento te di mi dirección si es que te la dije. Quiero irme, y seguir acordándome de ti. Devuélveme los recuerdos que te quedaste, no quiero olvidarte una vez más."

O al menos eso pensaba yo antes de partir. Me encontraba estirado en mi cama, mientras me releía la carta que había recibido de Sara un mes atrás. Aquél verano pasado es del que mejores recuerdos conservo, tal vez el único verano que haya vivido. Porqué respirar no es síntoma de estar vivo.

Mis pensamientos en voz alta se vieron interrumpidos por el sonido del claxon del coche de mi padre. Con la carta en el bolsillo, baje al portal y ayudé a papá a subir el poco equipaje que quedaba al maletero. Me senté atrás, no tenía ganas de mantener conversación alguna en todo el viaje. Subí el volumen de mis cascos en un intento de despejar mi mente y evitar pensar. Pero era echar la vista por la ventanilla y ser consciente que a cada kilómetro que recorríamos, menor era la distancia que nos separaba el uno del otro. Inocente de mí que estaba en lo cierto, lo que sucedería tras las tres horas de viaje en coche cambiaría el resto mi vida para siempre.

El sol brillaba como nunca, acabábamos de llegar. A cada persona de pelo rubio que distinguía entre la muchedumbre, la confundía con ella. La visita se debía a que mi padre tenía asuntos que resolver con mi difunta madre. Al detener el vehículo frente la casa de la que fue en vida propietaria mamá, se bajó de él y pasó a dentro a saludar. Yo entré tras él, y ofrecí un beso de esos que se dan por obligación a la mejilla de mi tía Silvia, quién se había hecho cargo del cuidado de lo que un día fue considerado como nuestro segundo hogar. Amablemente, mi padre se ofreció a subirme el equipaje al cuarto de arriba, excusándome que ya me lo desharía yo a la noche. En seguida le comprendí, mi padre prefería que me fuera puesto que mi tía y él no iban a entablar una conversación lo que se dice agradable.

Desmonté de la vaca mi bicicleta y me dirigí a saludar algunos de mis viejos amigos de por allí. Sorprendía ver el buen aspecto y alegría que mostraban los chavales. Te saludaban con entusiasmo pero sorprendentemente ninguno de ellos menciono una palabra en relación con Sara. Me cercioraba de salir airoso de un encuentro si no me preguntaban por ella, pero para que mentir, en ese momento lo habría dado todo por oírla mencionada. Las piernas me temblaban como siempre lo hacían al ponerme nervioso, y sin querer verlo volvía a estar pedaleando sobre el asfalto de la carretera en la que sucedió todo. El paisaje seguía igual que entonces, a los lados unos inmensos campos de trigo dibujaban el contorno del camino, el cual atravesaba las afueras del pueblo. Al frente, una carretera por la que ya no se transitaba, uno de los pocos recovecos del mundo en el que aún era posible parar el tiempo.

 

 

Aire puro era lo que inhalaban mis pulmones, amantes en secreto de aquella suave brisa. Una conocida voz me susurró al oído un insinuante "te echaba de menos". Al volverme, ahí estaba ella, pedaleando de nuevo a mi lado. El viento soplaba como antaño, el corazón no latía de igual forma.

– ¿Qué ha sido de ti en la gran ciudad? – me preguntó Sara.

– Sigo como siempre. Pocas cosas han cambiado desde entonces.

– Esto me trae tantos recuerdos…

– …cierto. – contesté devolviéndole una íntima mirada.

Nuestros cuerpos se alzaron, parecíamos estar compenetrados. Ella me prestó sus labios que yo acogí sobre los míos. Por algo aprendí a pedalear valiéndome tan sólo de una mano en el manillar. El beso se me antojo breve, a pesar de resultar intenso. Sara no mostraba el más mínimo interés en dejar de pedalear, por lo que preferí seguirle el juego. Incluso trate de ser agradecido:

– Por cierto, gracias por haberte acordado de mí todo éste tiempo. – dije, hablándole a los ojos.

– Es algo que ya tendrías que dar por supuesto, yo nunca dejo de pensar en ti.

– Me refería más bien a la carta que me enviaste. Gracias.

– ¿Qué carta? – me preguntó Sara extrañada.

– La que me enviaste hace un mes más o menos. – le contesté frunciendo el ceño, con mi característico tono de voz que empleaba al querer ser irónico.

– Yo no te he enviado nada, si ni siquiera sé la dirección en dónde vives.

– ¿Y esto que es? – dije, mostrándole la carta.

– ¿Qué es eso?

Tú letra me temo.

– Yo no te la he enviado.

– Joder Sara, pensé que te alegrarías de verme y todo.

Aceleré el ritmo y en seguida me perdí por el frente, el bochorno que sufría era de tamaño colosal. Ese día no la volví a ver.

Esa noche me fue imposible conciliar el sueño. Desperté de madrugada. En un impulso decidí visitar a mamá al cementerio, que quedaba a unos diez o quince minutos de aquí a pié. El paseo me vendría bien. El pueblo resultaba diabólicamente tranquilo bajo una noche de luna nueva en la que solo se oía cantar a los grillos. No me demoré mucho en llegar al cementerio.

Distinguí a lo lejos a Sara, inmóvil frente al rosal. Me acerqué cauteloso a su espalda pues no quería percatarla de mi presencia.

Hablaba sola, o al menos con alguien a quién yo no podía ver. El ansia de poder, de saber que ahora era yo el que la sorprendía por detrás, decidí llamarla por su nombre. Quería respuestas acerca de su comportamiento en relación conmigo.

– ¿Qué haces aquí? – le pregunté en voz baja.

– He venido a rezar con papá y mamá. – contestó con la respiración entrecortada.

– ¿Dónde están?

– Ahí. – dijo, señalando a los nichos de la derecha.

– Ahí no hay nadie Sara.

Ella se dio media vuelta y emprendió de nuevo el rezo. Me acerqué a los nichos que me señaló, inseguro, algo no iba bien en todo aquello. Revise nombre por nombre la lápida de cada fallecido. No encontré nada extraño hasta agacharme a leer, en las lápidas a ran de suelo, los nombres de James y Laura Vidal, padres de Sara.

Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. Sara seguía rezando frente al rosal del cementerio. Cada vez que la veía junto al arbusto, éste me resultaba más familiar. Me puse a su lado, y le pregunté:

– ¿Por quién rezas?

– Por mi vida.

Una de las ramas del rosal agarró del cuello a Sara. La planta presionaba, y con ganas, empujada por un motivo que escapaba a lo concebible. Las espinas, se clavaban en su piel, dando lugar tal derrame de sangre que las rosas pasaban a ser de azules a rojas.

– Para arrancar las flores primero deberás clavarte sus espinas. – fue lo último que me dijo Sara.

Su cuerpo era arrastrado hacia a dentro mientras me señalaba y decía:

– Tú madre está al llegar.

Empecé a recordar, y entonces comprendí. La quería, y nunca la olvide, a pesar de convencerme a mí mismo de no ser cierto. No fui capaz de aceptar no verla, la maté. Me sería más fácil sin ella. Si no había a quién recordar, sería más fácil olvidar.

Hice caso, miré atrás. Mi madre no estaba ahí, o tal vez no la viese y en verdad si. Mi dolor no era el extraño u olvido, era el perdón. Debía redimirme y ya lo he hecho. Quién sabe si fuese ella en verdad quién me escribiera aquella carta, en una ayuda desesperada a que encontrase mi verdad.

Soy un monstruo, lo sé. También sé que voy a morir, pero ahora soy feliz. Mientras veo a Sara desvanecerse por segunda vez, sé que terminaré bajo tierra, y ya no habrá nada más por debajo de mí.